Una reflexión sobre los “perfiles pastorales”

La mentalidad moderna, caracterizada principalmente por la “supremacía de la razón con arreglo a fines” o “pragmatismo”, ha traído todo tipo de consecuencias – positivas y negativas – en las comunidades cristianas. Una de las principales consecuencias negativas de la mentalidad moderna en la vida eclesial es que ha logrado establecer acríticamente, en todo tipo de contextos confesionales, el deseo de controlar el crecimiento de la iglesia mediante tecnologías de manipulación de variables y técnicas de persuasión humanas. Muchas iglesias reformadas históricas, como la denominación a la cual pertenezco, no son la excepción… lamentablemente.

Quiero ser claro en esto, y espero que quienes leen este artículo no pasen por alto la siguiente afirmación que hago con plena convicción: no veo problema en adoptar ciertos conceptos, criterios y técnicas que nos pueden ayudar a ser mejores mayordomos de las capacidades, recursos, energías y tiempos que Dios da a la iglesia. Eso es bueno y es necesario, ya que somos llamados a ser sabios administradores y rendiremos cuentas el Señor por ello. Sin embargo, el problema, a mi modo de ver, está en que muchos adoptan estos conceptos, criterios y técnicas – como dije más arriba – de forma ACRÍTICA. O sea, sin preguntarse cosas como: ¿qué presupuestos subyacen a ciertos criterios de medición del crecimiento de iglesias? ¿Qué ideologías reflejan las técnicas de control de variables para hacer que la gente se sienta atraída a venir y permanecer en la iglesia? O incluso: ¿qué riesgos y pecados trae consigo una excesiva confianza en las técnicas por sobre la dependencia del Espíritu Santo? Ya es suficientemente grave que casi nadie se haga estas preguntas, más grave aún es que no se las hagan a luz de la Biblia.

Dentro de los elementos pragmatistas adoptados acríticamente en la últimas décadas para el crecimiento de la iglesia, se encuentra el concepto de “perfil pastoral”. La idea suena bien y tiene elementos positivos a luz de la Escritura, como veremos más adelante. Es bueno que al pensar en un proyecto de iniciación de una nueva iglesia o de desarrollo de una comunidad local ya establecida, antes que pensar en nombres específicos, las iglesias y sus líderes piensen primero en ciertas características que un pastor u obrero debe tener para cumplir con las tareas en ese contexto.

Así, por ejemplo, si una iglesia se encuentra en un barrio universitario y tiene como objetivo alcanzar a jóvenes estudiantes y a profesores es interesante pensar en alguien que tenga ciertas capacidades y capacitación para eso. Una iglesia, en cambio, en un contexto de riesgo social probablemente requiera un obrero con capacidades distintas. En el primer caso, los líderes probablemente van a preferir llamar un pastor con el perfil más académico, con estudios de postgrado y una retórica más elevada. En el segundo caso, el perfil buscado será más bien el de un pastor activo, que sepa catalizar iniciativas de ayuda social, que visite familias constantemente y con una retórica más simple y cuyos estudios de postgrado (a no ser que sean en Trabajo Social) serán más bien un elemento prescindible.

Suena razonable, y en más de un sentido lo es, pero ¿qué podemos descubrir del concepto de “perfil pastoral” bajo la autoridad de la infalible Palabra de Dios?

Al leer las historias de los siervos que el Señor llamó en la Biblia, termino opinando que no debemos SOBRESTIMAR ni menos idolatrar el concepto de “perfil” para decidir enviar o llamar a un pastor a un determinado campo, ya que podríamos terminar creyendo que nuestras técnicas y sabiduría humanas son superiores al llamado soberano del Señor de la mies. Pienso en este caso, por ejemplo, en el apacentador de bueyes Amós, que fue llamado, contra toda expectativa, desde los sectores rurales del Reino del Sur a predicar a los centros urbanos y palacios del Reino del Norte. Los sacerdotes de Betel y Samaria jamás habrían llamado para cumplir el oficio de profeta en su territorio a alguien con el perfil de Amós. Esto queda en evidencia en el enfrentamiento entre Amós y Amasías (Amós 7.10-17). Es altamente probable, también, que el mismo Amós por iniciativa propia y por su propia ponderación racional jamás habría escogido ser profeta… y menos aún en Samaria. Pero una cosa está fuera de toda duda: Dios quería a Amós predicando en las calles del Reino del Norte.

Por otro lado, siempre buscando analizar el asunto a la luz de la Escritura, tampoco debemos SUBESTIMAR la importancia que un determinado perfil puede tener. Y aquí creo que el foco desde una visión bíblica ni siquiera está en la capacidad de los líderes de decidir o descubrir correctamente cuál es el “perfil de pastor” para su iglesia, sino en algo más profundo: en el entendimiento claro que el Dios Soberano guía, prepara y encamina las vidas de las personas, desde su nacimiento, para que en un determinado punto asuman un llamado que Él tiene para ellos. Pienso aquí, por ejemplo, en Moisés, cuya vida fue especialmente preparada desde antes de nacer en cada detalle para cumplir ESE llamado específico que Dios le tenía: durante 40 años recibió la mejor educación egipcia, creció en los palacios del mismo Faraón y allí conoció sus costumbres, sus dioses, sus temores, sus prioridades, etc. Luego, en los 40 años siguientes, aprendió a apacentar ovejas en el desierto desarrollando la capacidad de encontrar sombra, buscar agua, escoger caminos, etc.

Lo maravilloso es que la dependencia del Señor fue siempre la clave. No fue el conocimiento que Moisés tenía de la cultura egipcia el que liberó al pueblo de la esclavitud. Fue la mano poderosa del Señor. Tampoco fue el conocimiento que Moisés adquirió del desierto el que hizo que el pueblo tuviera agua, alimento, sombra en el día y calor en la noche. Fueron los milagros del Todopoderoso.

Concluyendo, por lo tanto, me parece que en este asunto de los “perfiles pastorales” – así como en varias cosas más – aquello que la Confesión de Fe Westminster llama de prudencia cristiana (capítulo I, párrafo VI) se hace muy necesario en los líderes a la hora de escoger un pastor. Esta prudencia cristiana no se basa solamente en la capacidad humana de analizar factores; es más que eso: es pensar y analizar siempre dentro de los principios de la Biblia y tomar decisiones dependiendo del Espíritu Santo en oración. Me parece que lo más importante a la hora de definir un “perfil pastoral” es que presbíteros y diáconos estén abiertos a que Dios puede destruir ese perfil en el momento que sea y como le dé la gana. Él es el Señor de la mies y Él es quien envía obreros a su mies. 

Toda técnica, criterio o tecnología que nos invite, sutil o abiertamente, a dejar de depender del Espíritu de Dios jamás será buena para la vida de la iglesia. En este sentido, nada sustituirá jamás la búsqueda del Señor en oración, la sumisión irrestricta a los preceptos bíblicos y el ayuno. Es mi convicción personal que los líderes que están buscando un pastor para su iglesia deben dedicarse a estas cosas primariamente, y sólo así la elaboración de un “perfil pastoral” será útil en su preciso lugar y en su justa medida. Y la misericordia de Cristo – que ama a Su iglesia más que nosotros y que está mucho más interesado en Su misión que nosotros – hará que ocurra algo similar a lo que ocurrió en la iglesia de Antioquía: el Espíritu Santo mostrará a quién apartar para la obra a la cual Él los llamó (Hechos 13.2-3)… y puede que, incluso, Él se digne a usar la elaboración de un “perfil pastoral” para mostrarlo.

Advertisements

2 Comments

Filed under Uncategorized

Hermanos, no somos profesionales… pero sí debemos ser pro.

  
El lenguaje es algo maravilloso. Muta, se adapta, se hace flexible, se ajusta. El lenguaje es el ámbito donde existen nuestras sociedades y culturas. Por más que ciertos antropólogos ideológicamente sesgados se opongan, la verdad es que las culturas van evolucionando y cambian conforme entran en contacto con otras culturas distintas y estos cambios se van reflejando en varios ámbitos, pero es en el lenguaje donde primero se notan.

En el caso del idioma español hablado en mi país, Chile, ya hace un tiempo entró en él, proveniente del inglés, una palabrita, corta, de apenas tres letras, pero que tiene un potente significado en el uso cotidiano, especialmente entre los más jóvenes. Me gusta esa palabra porque, aunque es la abreviación de otra más larga, puede ser usada con un significado muy distinto al de la palabra larga de la cual procede. Me refiero a la palabrita “pro”. 

Esta palabra, de apenas una sílaba, como decía, es la abreviación del vocablo “profesional” – de cuatro sílabas ni más ni menos. Pero ser pro no es exactamente lo mismo que ser profesional, por varias razones.

En primer lugar, profesional se usa para designar a alguien que tiene estudios, generalmente superiores, y es un especialista en algún área X, por lo tanto es alguien que obtuvo una educación formal – reconocida por su gremio y por los mecanismos estatales, como el Ministerio de Educación en Chile – en X. Ya alguien pro, en cambio, puede haber obtenido esos estudios, pero no es pro por eso, sino porque es realmente muy bueno en lo que hace, dedicándose a ello con esfuerzo, determinación y disciplina, llegando a destacarse. No pocas veces, incluso, alguien sin estudios formales en X puede ser considerado “muy pro” justamente porque lo hace mejor que aquellos que sí se especializaron en X en alguna universidad. ¿No les parece interesante?

En segundo lugar, el concepto profesional después de tanto uso a lo largo de tantos años ya ha ido adquiriendo cada vez más un significado un tanto negativo. Muchas veces, profesional se usa para designar a alguien que se dedica a determinado trabajo u oficio motivado solamente por el dinero y el reconocimiento social que esto le trae y no porque realmente esa persona ame lo que hace. Esta persona puede incluso hacerlo razonablemente bien, ser muy metódico y serio en su quehacer profesional, pero no hay pasión por lo que realiza. 

Fue en este segundo sentido de la palabra que, de modo profético, el pastor John Piper publicó su libro dirigido a pastores: “Hermanos, no somos profesionales.” No puedo estar más de acuerdo con el llamado que el pastor de Minneapolis hace a sus colegas, entre los cuales me cuento. No puede ser que terminemos dedicándonos al oficio pastoral meramente para buscar estabilidad económica, reconocimiento social y admiración de círculos que nos interesan. En este sentido, no podemos ser meramente profesionales que predican, enseñan, visitan, aconsejan, en fin, que hacen todo lo que un pastor de verdad también hace, pero que lo terminemos haciendo sin amor a Cristo, sin pasión por Su gloria, sin amor por las almas que somos llamados a apacentar, sin amor por la iglesia que es la esposa de Cristo, que es nuestra madre aunque se prostituya (como tan fuertemente muestra el profeta Oseas) y por la que nuestro corazón ha de latir tan intensamente como el del mismo Señor.

Un pastor pro, en cambio, es alguien que hace lo que hace porque lo mueve un amor profundo, una pasión incontrolable como un fuego que arde dentro de sí. Es amor por su Dios y Salvador, sin duda, pero también es amor por la iglesia y amor por su vocación. En este sentido un pro puede que sea un “amateur” (curiosa evolución del lenguaje) pero que ama tanto lo que hace, que por lo mismo cada día crece, se disciplina un poco más, abandona los obstáculos que le impiden seguir su llamado y termina buscando dedicarse a tiempo completo a su vocación porque de verdad la ama. Esto puede que lo lleve, incluso, a tornarse un “profesional” según la primera acepción (alguien con estudios formales; de hecho conozco y admiro a varios pastores que recién después de ordenados fueron al Seminario), pero cuya motivación no es el salario ni el reconocimiento, sino el amor; el amor a su llamado, el amor a su vocación. Como un agricultor que ama cultivar y cuya felicidad proviene de trabajar la tierra, de sembrar, de podar, de regar y de cosechar. Y cuando la cosecha llega, llama a todos sus amigos y vecinos y comparte con ellos los frutos dulces de lo que cultivó porque no los quiere sólo para sí, ya que como todo corazón que ha aprendido a amar, ama también ver a otros felices con el fruto de su trabajo. ¡Esto es ser pro!

Es interesante, pero externamente un mero profesional puede estar haciendo las mismas cosas que un pro. Su día a día de actividades puede verse muy similar. Pero, una vez más, es en el corazón donde está la diferencia. Y cuando la diferencia está en el corazón, esta se notará externamente, más tarde o temprano. Y no me refiero necesariamente al abandono ministerial, ya que a veces la pasión los lleva a incendiarse y, como decía Neil Young, “es mejor incendiarse que irse apagando lentamente” (“It’s better to burn out than to fade away”). En este sentido, alguien, como Juan el Bautista, puede tener un ministerio de apenas unos meses (entre 6 y 18 meses deducen los eruditos bíblicos), pero aún así, como el profeta del desierto, tener un ministerio de entrega total a Cristo y no a sus propios objetivos de estabilidad económica personal o de reconocimiento social (generalmente para compensar Dios sabe qué traumas infanto-adolescentes). 

Pero, como decíamos, al final de todo, se notará en los frutos. Porque un corazón pro da frutos pro. Sus frutos son resultado del amor, no del resentimiento, no del tener que demostrarle nada a nadie, ni mucho menos el resultado de un trabajo metódicamente impecable, socialmente loable, pero frío, sin corazón. No nos ilusionemos: el amor del pro no es celestial, es terrenal y muy real. Es ese amor humano, muchas veces cargado de contradicciones, que se abre paso en el corazón mediante luchas intensas y terribles a solas en la madrugada, pero es 100% real, es ese amor que el Espíritu de Dios planta en corazones caídos a los que está redimiendo de sí mismos. Y el fruto del pro es producto de ese amor, de amar lo que se hace y, sobre todo, de amar al Dueño del huerto, a Cristo el Señor.

En este sentido, hermanos pastores, hago eco de las palabras de Piper, buscando aplicarlas a mí mismo en primer lugar e invitándolos a caminar conmigo en esta visión: no seamos meros profesionales, pero sí seamos [y busquemos ser cada día más] pro.

Leave a comment

Filed under Espiritualidad cristiana, Iglesia

 Las cruzadas y el terrorismo, ¿son equivalentes? (Igor Miguel)

  

El siguiente texto es de autoría de mi amigo Igor Miguel, uno de los pastores de una iglesia reformada llamada “Igreja Esperança” en Belo Horizonte, Brasil. Además de poseer formación en teología y pedagogía, Igor es Master en Letras por la Universidad de São Paulo (USP) y miembro de la AKET (Asociación Kuyper de Estudios Transdisciplinarios), una asociación de científicos de diversas áreas que colaboran entre sí para desarrollar investigación y reflexión desde una Cosmovisión cristiana consistente. Fue en ese contexto en el cual nos conocimos allá por el año 2007, cuando tuve el privilegio de colaborar en una de sus conferencias. Pueden encontrar otras excelentes reflexiones de Igor en su blog haciendo clic aquí. Sin más preámbulos, aquí les dejo su excelente texto, el cual da mucho para pensar, debatir y dialogar:

Decir que las cruzadas cristianas son el equivalente al actual terrorismo islámico, igualando fuerzas religiosas a partir del criterio “todas las religiones tienen virtudes y vicios” es un argumento precario por algunas razones:

1. Mire hacia los años iniciales del Islam y del cristianismo y vea cómo cada una de esas religiones nació y vea la relación de ambas con la violencia en su nacimiento. Son diametralmente distintas. El yihadismo (no-progresista) del Islam es su rostro más primitivista. Lea sobre el nacimiento del cristianismo ¿qué encontrará? A un judío galileo crucificado. Lea sobre el nacimiento del islamismo ¿y qué encontrará? La Hégira, a Mahoma organizando un ejército en Medina para dominar la península arábica.

2. El cristianismo tiene un concepto de martirio opuesto al concepto islámico (se puede ir incluso a las fuentes progresistas); en aquel el martirio es pasivo, en este el martirio es activo, recordando que para la teología islámica conservadora, shahada (martirio) y yihad andan juntos, o, en las palabras de A. Ezzati de la Universidad de Teherán, “el concepto de martirio (shahada) en el Islam solamente puede ser entendido a la luz del concepto islámico de Guerra Santa (yihad)”. Fuente aquí.

3) Igualar cristianismo e islamismo a partir de posibles crímenes cometidos por cada una de estas tradiciones es caer en un relativismo conveniente, en lugar de tratar las diferencias reales entre los dos fenómenos religiosos y sus respectivas matrices religiosas. El cristianismo tiene su propia complejidad, así como el islamismo, igualarlas es evitar un debate honesto sobre las razones por detrás de las cruzadas y las razones detrás del actual terrorismo yihadista.

4) Si alguna vez alguien en nombre del cristianismo, e incluso de Cristo, cometió algún tipo de violencia, esa persona podría ser disciplinada en base al “Sermón del Monte” (por ejemplo), mientras que en el Corán no hay nada equivalente a la noción de “amar a los enemigos” (¿recuerdan al hijo de Hamás?). En otras palabras, el cristianismo tiene subsidio teológico y moral en su matriz religiosa del Nuevo Pacto para disciplinar cualquier uso violento del mensaje de Cristo. En la matriz islámica, en cambio, esto no es posible (a pesar de los esfuerzos de alegorización del islam progresista). O sea, en caso de abusos, una “reforma” es posible a partir de las fuentes primarias del cristianismo, pero en el caso del islam, una reforma a partir del Corán sólo llevaría a un islamismo yihadista o algo equivalente.

5) Islamofobia, entendida en el sentido de una aversión violenta o despreciativa hacia el musulmán no es una actitud cristiana. Sin embargo, etiquetar de islamofóbico todo y cualquier tratamiento teológico o filosófico que esté en desacuerdo con aspectos de la cosmovisión islámica es deshonestidad intelectual o es colocarse en una posición políticamente cómoda. Esto sería lo mismo que etiquetar al apóstol Pablo de antisemita sólo porque tenía objeciones serias a cómo el judaísmo rabínico funcionaba. Simplemente: ¡no tiene cabida!

6) La yihad es una obligación religiosa para el Islam; temo que el progresismo y el secularismo no tendrán las fuerzas para contener al yihadismo literalista y, lo que es aún peor, temo que la retórica cristiana de no-crítica al Islam, sólo debilitará al cristianismo que ya sucumbe ante el crecimiento islámico y del secularismo en territorios post-cristianos.

7) En fin, comparar cruzadas cristianas con terrorismo islámico es lógicamente falaz y fenomenológicamente inconsistente. Un cristiano puede alegar, a partir de su raíz histórica, que las cruzadas son incompatibles con el cristianismo, sin embargo, infelizmente, el Islam no puede relativizar la yihad a partir del mismo criterio, por las razones citadas arriba.

Nota: sobre la interpretación progresista que afirma que yihad no implica violencia o acción armada cito: “Después del Corán, el hadith (registro sobre dichos y acciones del profeta) es la segunda fuente más importante de la ley islámica (shaaria). En las colecciones del hadith, yihad significa acción armada; por ejemplo, de las 199 referencias a la yihad en la colección más padronizada del hadith, Sahih al-Bukhari, todas asumen que yihad significa guerra. En un sentido más amplio, Bernard Lewis afirma que la aplastante mayoría de los teólogos clásicos, juristas y tradicionalistas [i.e. especialistas en hadith] entendían la obligación de la yihad en un sentido militar.” Fuente aquí.

Leave a comment

Filed under Uncategorized

¿Y eso edifica, hermano? (otra vez algo sobre cristianismo y cultura).

  
Es clara la Biblia acerca de que los creyentes en Cristo debemos dedicarnos a aquello que nos edifica. No cuestiono ni jamás podría cuestionar una enseñanza tan clara y un mandato tan explícito de mi Señor. ¡Busquemos aquello que edifica y evitemos todo lo que no nos edifica! 

El punto, sin embargo es: ¿qué significa “edificar”? “Edificante” no significa simplemente algo que es útil de un modo pragmático y utilitarista. No sólo edifican aquellas cosas o actividades que pueden ser identificadas racionalmente como cumpliendo una función para satisfacer necesidades de supervivencia o prosperidad material humanas. He visto a muchos pseudo- [o neo-] reformados que rechazan cualquier actividad u objeto que sea mera fuente de placer y deleite. Si no logran verle la utilidad pragmática a algo, dentro de un concepto mecánico y ascético del universo, entonces de inmediato su voz grave se hace sentir como el eco de un trueno del Sinaí: “Eso no edifica, hermano” o, peor aún, como una pregunta, que es en realidad un reproche que no espera respuesta: “¿Y eso edifica, hermano?

A no pocos cristianos que se consideran reformados – aunque están fuertemente influenciados por esa curiosa mezcla de pragmatismo y moralismo ascético que caracterizó buena parte del pensamiento moderno de los siglos XVIII y XIX y no por una visión genuinamente cristiana reformada – les haría muy bien leer las palabras de aquel a quién consideran su referente en cuanto a teología y cosmovisión: Juan Calvino.

En su obra magna, el brillante reformador de Ginebra, con la impronta propia de un mentor y padre espiritual, escribe lo siguiente:

Ahora bien, si consideramos el fin para el cual Dios creó los alimentos, veremos que no solamente quiso proveer para nuestras necesidades, sino que también tuvo en cuenta nuestro placer y satisfacción. Así, en los vestidos, además de la necesidad, pensó en el decoro y en la autenticidad. En los vegetales, los árboles y las frutas, además de la utilidad que nos proporcionan, quiso alegrar nuestros ojos con su hermosura, añadiendo también la suavidad de su fragancia. De no ser esto así, el salmista no cantaría entre los beneficios de Dios, acerca de “el vino que alegra el corazón del hombre”, y de “el aceite que hace brillar el rostro” (Sal. 104, 14). Ni la Escritura, para engrandecer su benignidad, mencionaría a cada paso que Él dio todas estas cosas a los hombres. Las cualidades naturales de cada cosa muestran claramente cómo debemos disfrutar de ellas, con qué fin y en qué medida. 

¿Pensamos que el Señor ha dado tal hermosura a las flores, que espontáneamente se ofrecen a la vista, y un olor tan suave que penetra los sentidos y que, sin embargo, no nos es lícito experimentar el placer de su belleza y perfume? ¿No ha diferenciado los colores de modo que unos nos parezcan más atractivos que otros? ¿No ha dado él una gracia particular al oro, la plata, el marfil y el mármol, con la que los ha hecho más preciosos y de mayor estima que el resto de los metales y las piedras? En definitiva, ¿no nos ha dado Dios innumerables cosas que podemos apreciar sin tener verdadera necesidad de ellas?

(Juan Calvino, Institución de la Religión Cristiana, libro III, capítulo X, título 2)

Los invito a reflexionar sobre estas cosas, mientras continúo siendo enormemente edificado mediante el disfrute de una copa de Petit Verdot, escuchando algo de John Coltrane y Thelonius Monk y asomándome cada cierto tiempo a la ventana sólo para sentir el suave aroma que dejan en el aire los árboles del Parque después de 2 días de lluvia en Santiago. 

Buenas noches.

Leave a comment

Filed under Arte y Estética, Citaciones, Cosmovisión, Espiritualidad cristiana, Por puro gusto, Teología Reformada

El mito de lo no-mitológico

  
Hoy comienzo un nuevo ciclo de mis clases de historia de la filosofía en el Seminario Teológico Presbiteriano y esto me inspiró a escribir esta muy pequeña reflexión sobre los orígenes de la filosofía occidental.

Se dice en los manuales, especialmente desde el Iluminismo del siglo XVIII, que la filosofía surge en el mundo occidental con las primeras explicaciones “no-mitológicas” al origen del mundo. ¿Qué quieren decir con eso de “no-mitológicas”? Simple: sin depender de relatos religiosos que hagan referencia a una o varias divinidades que crearon el mundo como hoy lo conocemos. Por ejemplo: la tentativa de Tales de Mileto de explicar que todo procede del agua.

Pobre e ilusa forma de definir los orígenes de la filosofía.

Pobre, en primer lugar, porque el pretender que una explicación es mitológica sólo por el hecho que hace referencia a un creador trascendente es sumamente parcial y tendencioso, especialmente a la luz de la historia de las ideas y la ciencia. No son pocos los grandes pensadores y científicos e incluso las principales escuelas de pensamiento filosófico que han contribuido al avance y progreso de sus áreas justamente por causa de su fe en un Creador (Johannes Kepler y las órbitas elípticas es un ejemplo). Es más, como muestra el epistemólogo holandés Roy Hooykas – y hace eco Nancy Pearcey en “The Soul of Science” – la ciencia moderna occidental sólo pudo existir porque los presupuestos fundamentales de la fe cristiana le proveyeron el marco y el suelo fértil para florecer. Es pobre porque sólo un ciego que no quiere ver sería capaz de hacer la inmediata y dogmática asociación entre el creer en un Creador Personal, Trascendente, Omnipotente, Sabio y Soberano (cosa perfectamente racional y compatible con los hechos del mundo y la naturaleza) y la mitología de los grandes relatos ficticios humanos (que no son otra cosa sino leyendas inventadas que desafían abiertamente toda racionalidad y el mismo funcionamiento del mundo).

En segundo lugar es iluso, dije. Y es iluso porque hay que ser en verdad muy ingenuo para creer que las primeras explicaciones que no apelaban a lo trascendente eran menos religiosas que las que sí lo hacían. El agua de Tales de Mileto, el fuego de Heráclito de Éfeso podrán ser elementos inmanentes para explicar el origen del mundo, pero no por eso son menos religiosos. Se les adjudica omnipotencia, eternidad y, a veces, incluso, casi una personalidad, con voluntad e inteligencia propias. No son sólo elementos, son dioses. Podemos sumar a esto el hecho tan correctamente observado por Friedrich Nietzsche y Herman Dooyeweerd (¡irónica coincidencia!) que las religiones dionisíacas (de la naturaleza) y apolíneas (de la cultura y la forma), en una constante tensión una contra la otra, fueron la base formativa de la cultura griega, al punto que la famosa tensión entre Parménides y Heráclito no era otra cosa sino el dios Apolos luchando contra el dios Dionisos. En otras palabras, fueron dos cosmovisiones esencialmente religiosas en tensión las que cumplieron el rol de fundamento de todo el edificio que hoy llamamos cultura y filosofía greco-romana. Es iluso, claramente, no querer ver la evidente raíz religiosa de la filosofía griega. Podremos, tal vez, concederle a los manuales que es cierto que las explicaciones trascendentes fueron abandonadas por explicaciones más inmanentes, pero esa inmanencia no es menos religiosa ni menos mitológica que los antiguos relatos de dioses en conflicto que, luchando y compitiendo entre sí, crearon los cielos y la tierra.

En todo esto que buscan enseñar gran parte de los manuales de filosofía modernos, fuertemente atados aún a una visión iluminista del origen de la filosofía, podemos identificar con claridad el mayor mito de todos: seguir insistiendo en la no-religiosidad del pensamiento. Y hasta el día de hoy, incluso, muchos de los discursos supuestamente POST-modernos, siguen porfiando “modernamente” que existe neutralidad en el pensamiento humano y que existe razonamiento totalmente autónomo y libre de toda influencia religiosa. Mientras este mito – fantasioso, arbitrario e iluso como la mayoría de los mitos – insista en ser elevado dogmáticamente a la categoría de explicación del mundo, las tinieblas de la superstición laicista seguirán avanzando y prevaleciendo en nuestra cultura.

2 Comments

Filed under Cosmovisión, Filosofía

El guerrero es un niño

Este post no es mío. Es una de la reflexiones semanales de Steve Brown en el blog de su ministerio KeyLife. La traducción tampoco es mía, es de mi amigo Danilo Járlaz, quien la ha dispuesto como un regalo para todos los que quieran leerla. Una vez más: ¡gracias Danilo! Por tu excelente trabajo y generosidad.


Estas últimas semanas han sido particularmente difíciles y muy dolorosas para mí. Probablemente han escuchado acerca de la renuncia del pastor Tullian Tchividjian como pastor de la Iglesia Presbiteriana Coral Ridge en Fort Lauderdale. No voy a profundizar en detalles porque los medios de comunicación ya nos han dicho todo lo que se puede contar al respecto, incluyendo con esto, por supuesto, el regocijo de personas no creyentes acerca de la “hipocresía” de los Cristianos que “se creen mejor que todo el resto” y los fariseos que gustosamente señalan a lo que lleva “el enfatizar tanto la gracia”.

Francamente me he hastiado de todo esto.

Mi dolor es mucho más profundo y personal que esto. Veran, yo amo a Tullian… le amo muchísimo. Lo conozco desde que tenía seis años de edad y he orado por él diariamente la mayor parte de su vida. Fui su profesor de seminario hasta que culminó sus estudios y he conocido y amado a su familia (tanto a los Tchividjian como a los Graham) la mayor parte de mi vida adulta. El difunto padre de Tullian, a quien extraño mucho, fue un amigo muy cercano.

Francamente, no planeé decir ni escribir nada respecto a lo ocurrido. Ya se ha dicho demasiado y a veces, cuando uno no sabe qué decir, es mejor guardar silencio. Sin embargo, formo parte del equipo pastoral (como pastor docente) de la iglesia presbiteriana de Coral Ridge, Key Life se ha asociado con Coral Ridge y Tullian en el Movimiento “Liberate” casi desde los inicios de “Liberate”. Muchos de ustedes me han llamado por teléfono, mandado e-mails, o escrito cartas para expresar su preocupación por mí y por todos aquellos que estamos involucrados en esto. Supongo que alguien que ama y conoce a Tullian y ha compartido el potente mensaje que ha predicado y enseñado no puede mantenerse en silencio. Por esto voy a escribir algo aquí… un pecador que ama a Jesús escribirá, para a otros pecadores que aman a Jesús acerca de pecadores que aman a Jesús. Estoy haciendo esto por ustedes, por mí y por todos aquellos que han sido heridos o están enojados o confundidos por lo ocurrido. Me he sentido igual que ustedes las últimas semanas.

Como pueden imaginar, es peligroso decir cualquier cosa acerca de una tragedia como esta. No daré excusas para el pecado, ni para el mío, ni para el de ustedes o el para el de Tullian. La santidad de Dios no es algo menor. No hay excusas para el pecado. El pecado es pecado porque es oscuro, destructivo y hace agonizar al pecador, tanto a los que luchan contra el pecado como aquellos que aman pecar. Nunca he insinuado que la gracia signifique no estar dolido por el pecado o que el arrepentimiento sea innecesario. Los cristianos están llamados a vivir una vida de arrepentimiento. Es la fuente de nuestro poder. Y por esto, a menudo he sido acusado de animar a la gente a pecar deliberadamente (una acusación, que de paso sea dicho, es falsa) No quiero darles más auge a los acusadores. Ya tienen suficiente. 

Déjenme compartiles algunas preguntas que he recibido últimamente:

Steve, ¿acaso el pecado de Tullian no demuestra que hablar un mensaje de gracia tan radical es muy peligroso y finalmente provoca lo que ocurrió?

La verdad es que no. De hecho, es precisamente lo opuesto. A pesar de que odio totalmente lo que ocurrió, Tullian ha demostrado que Cristo no murió por pecados pequeños o “respetables”. Jesús no murió porque no nos cepillamos los dientes el mes pasado, o dijimos alguna mentirita blanca a nuestro profesor de escuela dominical, o porque le robamos un poco de comida a nuestra madre cuando éramos niños. Cristo murió por pecados y pecadores REALES. Si la gracia que Tullian predicó y enseñó no estuviera disponible para él, tampoco estaría disponible para ti, ni para mí.

Una de las verdades elementales del cristianismo, el corazón de nuestra fe, es que Dios reveló su gracia y misericordia. Satanás odia este mensaje y sabe que si logra que los cristianos rechazen o duden acerca de esta verdad incondicional de Dios, de su amor y su perdón para los pecadores, ganará una gran batalla. No dejemos que nos engañe. Escuchen los sermones de Tullian y lean sus libros. Si Dios hablara su verdad sólo a través de predicadores “puros”, nadie podría hablar de su mensaje. No es acerca de Tullian, o de mí ni de nadie más. Es acerca de Jesús. Somos inmensamente pecadores y necesitamos un inmenso Salvador.

Si Tullian ha predicado o enseñado acerca de su propia obediencia o los ha llamado a contemplar su propia obediencia, quemen sus libros y borren sus sermones. Pero Tullian hizo esto. Él predicó la obediencia, la fidelidad y la santificación, pero él siempre apuntó hacia Jesús y confesó repetidamente que estaba luchando contra sus pecados al igual que nosotros.

Una vez más, esto no es una “excusa”, pero es algo importante de recordar. 

Pero muchos han sido heridos y están confundidos.

Por supuesto que lo están. Yo también lo estoy. Nos recuerda a todos nosotros que es peligroso adorar cualquier altar que no sea el de Dios. Porque muchas veces los maravillosos dones de Tullian, su predicación y escritura tan poderosa, su tan atractiva y encantadora personalidad, nos hacían olvidar fácilmente que él tambien es un pecador como cualquier de nosotros, que tenemos nuestros “demonios” internos, los cuáles muchas veces son aterradores.

Algunos años atrás Twila Paris escribió y cantó una canción que me ha estado rondando estos días.

Últimamente he estado ganando batallas a diestra y a siniestra.

Pero incluso los ganadores son heridos en batalla.

La gente dice que soy asombroso.

Que me he vuelto fuerte con el pasar de los años.

Pero ellos no pueden ver dentro de mí.

 

Que escondo las lágrimas.

No saben que corro a casa cuando caigo.

No saben quién me levanta cuando nadie me ve.

Dejo caer mi espada y lloro un momento.

Porque dentro de esta armadura

El Guerrero es sólo un niño. 

¿El pecado no importa? 

Por supuesto que el pecado importa. Cualquier cosa que haya costado la sangre del Hijo de Dios importa profundamente. Dios está haciéndonos como Jesús y es un proceso doloroso y lento que incluye los errores y el pecado. Se llama santificación y ocurre a medida que amamos más a Cristo. Él crece y nosotros menguamos. Pablo dijo que estamos crucificados con Cristo y que incluso Cristo vive en nosotros. Ambas cosas son un hecho un proceso. Durante este proceso nunca somos rechazados, nunca dejamos de ser amados y nunca dejamos de ser vestidos con la justicia de Cristo. Pero sin embargo, el proceso continúa.

¿Qué ocurrió con el “proceso” de Tullian?

Nunca sabremos la historia completa de nadie más que la nuestra, y no lo sé. Alguien ha dicho que cuando los cristianos pecan hay tres cosas que no sabemos acerca de como ellos enfrentan este hecho. Primero, no sabemos qué poderes están acechándolos. Segundo, no sabemos cuán difícil o por cuánto tiempo la persona ha peleado contra estos poderes. Y tercero, no sabemos el horror y la vergüenza que ellos sienten cuando han perdido la batalla.

Yo sí se que la reacción más apropiada para el pecado de un hermano o hermana cristiana debería ser la tristeza y las lágrimas. Muchos de ustedes han reaccionado en una forma en que ha sido una bendición para mí. Ni se lo imaginan. Como muchos de ustedes saben, este último tiempo he llorado más de lo que no había llorado en mucho tiempo. Sus palabras de comprensión, oración y sensibilidad me han sonreído como lo haría Jesús. Ric Cannada, mi mentor principal en el Reformed Seminary, apuntó a que hiciéramos una pausa en Key Life, y oró conmigo y otras personas de nuestro equipo. Muchos de ustedesn han escrito y llamado, como muchos otros amigos diciendo “déjame orar por ti” y oramos juntos por teléfono.

Pero Steve, tú no fuiste el que pecó esta vez.

¿No se dan cuenta? ¡Ése es mi punto! EL cuerpo de Cristo está tan conectado que deberíamos saborear la sal de las lágrimas los unos de los otros. Cuando los errores marcan a un hermano o hermana, ése es nuestro error también. Cuando nuestros amigos cristianos triunfan sobre el pecado o se mantienen firmes ante, todos deberíamos corear juntos el “ALELUYA”. Tus pecados son mis pecados, y tu fidelidad es mi fidelidad. Estamos todos juntos en esto, todos. Y todos nosotros pecamos y tenemos nuestros pequeños éxitos contra el pecado en ocasiones. Esto hace que nuestro vínculo sea mucho más fuerte.

Desafortunadamente no todos comprenden esto. He escuchado “¿¡Él?! ¡Pero cómo es posible!” y “Quizá ni siquiera sea salvo”, “Un Cristiano Real nunca haría algo como esto” y muchas cosas similares. Un pastor que evidentemente estaba muy contento con lo ocurrido, me escribió diciéndome: “Finalmente vemos los resultados de tus enseñanzas.” Él me dijo que era tiempo de arrepentirme de mi propia enseñanza y de mi narcisismo. Incluso me ofreció ayuda para arrepentirme y cambiar. (De paso le respondí que él sólo había visto la mitad de mi narcisísmo y que si supiera la verdad, quedaría horrorizado.)

Recibí un e-mail de un amigo que recientemente había expuesto su más horrendo pecado a la iglesia públicamente. Su vergüenza y horror me llevaron a sentir compasión por él, al igual que Tullian. Mi amigo me escribió: 

“¿Sientes la misma frustración que yo? Que la iglesia se siente como un lugar donde debemos mantener lo que se ve de afuera limpio y alejar todos los pecados socialmente inaceptables? Donde los pecados más grandes cometidos por cristianos necesitan ser quitados de la atención publica lo más rápido posible. Odio el mensaje que estas cosas comunican a nuestro mundo y a otros cristianos que quieren arrepentirse. 

Sólo mantiene el sentimiento de cómo la iglesia no es un lugar seguro para arrepentirse. ¿Cuándo estas personas dejarán de ver la paja en el ojo ajeno y dejarán de juzgarnos? Si mis líderes hubieran hecho esto cuando lidiaron con mi confesión, habrían manejado mi situación de manera distinta. Al que mucho se le perdona, mucho ama y ellos no me amaron a mí…

Me encanta que tu blog muestre a la iglesia como un lugar seguro para arrepentirse. ¿Pero por qué no es así? De eso se trata la iglesia. Gracias, Steve, por compartir este mensaje. Lo necesitamos mucho. Oro a Dios de que podamos aprender a manejar el pecado de manera diferente…

Si ves a Tullian dile que lo siento mucho. Y que lo perdono y lo sigo amando totalmente. Voy a extrañar sus sermones también. Estoy muy angustiado por todo esto y necesitaba decírtelo. 

Gracias por escucharme. Sólo seguiré confiando que Dios es Soberano aún en medio de este desastre y se que puedo confiar en que Dios puede sacar cosas buenas aún de las cosas malas. Y seguiré perdonando. No voy a juzgar ni tampoco condenar a otros pecadores…” 

Y ¿ahora qué?

No tengo idea, pero sí estoy de acuerdo con mi amigo de que Dios es soberano aún en medio de este desastre y se que puedo confiar en que Dios puede sacar cosas buenas aún de las cosas malas. Sigo amando a Tullian y él sigue siendo mi amigo. Nada ha cambiado eso. Su mensaje sigue siendo poderoso porque es verdadero. No es menos verdadero ahora ,ni lo será con el pasar de los años… y quizás sea más necesario ahora que nunca.

En Lucas 22, recordarán que Jesús le dice a Pedro que Pedro le negará y Satanás intentará destruirle. Entonces Jesús le dice a Pedro “Pero yo he orado por ti para que tu fe no falle. Y tú, cuando te hayas vuelto a mí, fortalece a tus hermanos.” (v. 32). 

Esto es lo que Jesús le dice a Tullian, a ti y a mí. El poder de los cristianos no está en su fortaleza, sino en sus debilidades, en su quebrantamiento y en su pecado. Este es el mensaje con el que “fortalecemos a nuestros hermanos y hermanas.” Es un mensaje acerca de redención, perdón e increible Gracia de Dios, de misericordia y amar a las personas que no lo merecen. Sólo los pecadores pueden proclamar este mensaje porque somos los únicos suficientemente descalificados para hacerlo. 

Steve Brown.

  

Leave a comment

Filed under Espiritualidad cristiana, Iglesia

Eliminando el deismo de nuestras iglesias

  
Aún no tengo el privilegio de leerlo, pero he oído bastante acerca de un libro llamado “Soul Searching: The Religious and Spiritual Lives of American Teenagers” de Christian Smith y Melinda Lundquist Denton (Oxford University Press, 2005). Allí ellos, como sociólogos estudiosos del fenómeno religioso, definen, después de entrevistar a muchos adolescentes de iglesias y de analizar los datos, la religión de los jóvenes evangélicos norteamericanos como un “Deismo Moralista Terapéutico Cristiano“. Impactante.

Me resulta impactante porque aprendí desde hace años, leyendo libros sobre herejías y sectas y, más tarde, textos de prolegómenos en Teología, que el Deismo y el Cristianismo son incompatibles, ya que el Cristianismo es Teista, esto es: cree en un Dios personal, que no sólo creó todas las cosas, sino que las sostiene y que interviene en su creación, prescindiendo de las leyes que Él mismo estableció en ella, cuando Él así lo determina. Ya el Deismo, en cambio, nos propone un dios que no es mucho más que la causa-no-causada de Aristóteles: el famoso relojero que creó el mundo, le dio cuerda y lo dejó andando como un sistema cerrado de causas y efectos; como máximo un juez cósmico que va a volver al final de todo esto a juzgar a cada uno según sus acciones. Insisto: esto me impacta porque estoy casi seguro que en sus iglesias evangélicas no les enseñan ni predican Deismo a estos jóvenes y esto me deja profundamente inquieto. Obviamente, mi primera reacción, fruto de mi arrogancia, es pensar que los autores se equivocan, pero luego de darle una segunda vuelta, por la gracia de Dios, prevalece la cordura y deduzco que no necesitamos enseñarle Deismo a las personas para que ellas se vuelvan deistas.

Tengo la impresión que el Deismo de estos jóvenes sólo es la consecuencia final de su Moralismo Terapéutico Cristiano. Y entonces todo calza porque eso sí que se enseña en nuestras iglesias evangélicas (históricas, contemporáneas y pentecostales, por igual), sobre todo a los niños y a los adolescentes. Me explico: cuando ser cristiano consiste básica y esencialmente en una decisión tomada en un punto X de tu pubertad o niñez (“recibir a Cristo”) y, después de eso, en un constante esfuerzo por ser cada día mejor para agradar a Dios, entonces eres básicamente un cristiano moralista terapéutico. “Cristiano” porque tu dios se llama Cristo y porque tu sistema de doctrina proviene de sus enseñanzas. “Moralista” porque asumes que la gran meta de la vida es el auto-perfeccionamiento moral; obviamente para no parecer un mero humanista y mantener la identidad “cristiana” de tus creencias, afirmas que no lo puedes hacer solo y reconoces que necesitas la ayuda de Dios y de la comunidad de fe para lograr esa gran meta de la vida: ser bueno. Y, precisamente, el papel que juega la comunidad de fe le añade el elemento “terapéutico”, ya que ellos te van supervisando, acompañando, diciéndote [pelagianamente] que con un poco más de esfuerzo sí puedes obedecer los preceptos divinos, pero sobre todo: desafiándote a ser mejor, vigilando y castigando, exhortándote cuando fallas, apuntándote tus errores para que la próxima vez no vuelvas a fallar en eso mismo.

No me da el espacio aquí para mostrar el gran daño que este falso evangelio del cristianismo moralista terapéutico hace a nuestras iglesias y comunidades. Pero uno de los peores daños que causa es lo que me llamaba la atención más arriba: nos torna deistas. Dios se hace lejano, una figura sombría y exigente, a quien sólo los más disciplinados y espirituales podrán agradar. Un juez que mira con ceño fruncido desde las alturas nuestro esfuerzo, que de vez en cuando nos regala una gracia o un favor, pero que tiende a estar constantemente decepcionado de sus hijos. Un dios al que hay que sacarle una sonrisita con buenas obras, compromiso, diezmos, asistencia dominical, etc. Esto me parece profundamente inquietante porque lo que ocurre en Norteamérica, sabemos bien que ocurre aquí también, incluso porque sus teologías y prácticas eclesiales son las que nos moldean como iglesia evangélica latinoamericana hasta hoy.

Es en medio de esta situación que quiero invitarnos (sí, invitarme a mí mismo inclusive) a abandonar la obsesión evangélica con el progreso moral. Nuestro afán con ser cada día mejores personas nos está distanciando del Padre, está creando falsas ilusiones a nuestros niños y está apartando a nuestros jóvenes de la fe: agotados, confundidos (especialmente con ese mito de que “a la gente buena le ocurren cosas buenas“), decepcionados y, sobre todo, cansados de tratar de agradar a un dios que, como sus padres, jamás siente placer en ellos a no ser que conquisten algún logro moral. En nuestras comunidades se están mordiendo unos a otros por culpa de esta enseñanza que ha salido de nuestros púlpitos y de nuestras clases de escuela dominical: que la santificación consiste en ser cada día mejores. Existen entre uno y mil argumentos teológicos de peso en los puritanos y en los reformados de los siglos XVI y XVII para mostrar que esa no es la esencia de la santificación. La santificación no consiste en auto-perfeccionamiento moral. La santificación consiste en amar cada día más a Dios y esto implica, a su vez, 2 cosas: (1) cada día estar más consciente de la profundidad de mi miseria y absoluta incapacidad para hacer la voluntad de Dios, sin importar cuánto me esfuerce y (2) cada día asombrarme más con el hecho de que Dios me amó y me ama, que Él siente placer en mí cuando hago el bien y cuando hago el mal porque soy Su hijo, que no hay castigo, juicio ni condenación contra mí, que su ceño ya no está ni nunca estará fruncido y que sus brazos siempre están abiertos para mí, todo esto gracias a la obra de Cristo en la cruz.

¿Queremos limpiar nuestras iglesias del Deismo Moralista Terapéutico Cristiano? Entonces más que una serie de clases y mensajes sobre herejías, falsas doctrinas y sectas, lo que necesitamos es predicar el Evangelio Cristocéntrico, el amor de Dios revelado en Cristo. Necesitamos invitarnos unos a otros no a ser mejores personas sino a asombrarnos más con el amor escandaloso, persistente, obstinado, incondicional del Dios a quien llamamos Padre, siempre cercano, siempre con sus brazos extendidos a nuestro al rededor, como un papá con su bebé que está aprendiendo a andar, siempre mirándonos sonrientes mientras vamos caminando, nunca frunciendo el ceño porque tropezamos y caemos, pero siempre levantándonos mientras se ríe, transmitiéndonos su paz y diciéndonos que no pasó nada, que está todo bien, que Él está a nuestro lado por siempre y que Él tiene el control de todo.

1 Comment

Filed under Espiritualidad cristiana