Monthly Archives: August 2013

Sexo y espiritualidad

Navegando por internet me encontré con un artículo realmente hermoso sobre la vida sexual de una mujer casada. El artículo, publicado originalmente en inglés en The Huffington Post y traducido al castellano por The Clinic On-line, se llamaba “Qué pasó cuando tuve sexo todos los días durante un año”. En primer lugar, me sorprendió que algo bueno y realmente positivo sobre sexo fuera traducido y publicado por The Clinic. En segundo lugar, me fascinó ver los estimulantes resultados en la autoestima de la autora al realizar el sencillo, pero revelador experimento de tener sexo con su esposo todos los días durante 1 año, sin importar ganas, cansancio, tareas pendientes, etc. ¡Lo recomiendo ampliamente! Observen especialmente la diferencia entre los e-mails que ella intercambia con su esposo al inicio del artículo y los que intercambian al final, 1 año después.

Bueno, el asunto es que el artículo leído y la preparación del mensaje del próximo domingo en iglesia UNO me inspiraron a traer la siguiente reflexión, ya que creo que se hace más necesario que nunca tomar conciencia de los amplios beneficios de una visión bíblica del sexo, la cual incluye entender que “el sexo es un deber placentero”.

Generalmente (sobre todo cuando somos niños o adolescentes emocionales) pensamos que “deber” y “placer” son antónimos, pero nada es más falso que esta dicotomía radical. Es mi deber jugar con mi hijo o pasear con mi hija, pero se me hace difícil pensar en cosas que me den más placer.

C. S. Lewis (me parece que en una de sus famosas cartas a los niños) hace ver que el sentido del deber es como una muleta que ayuda a caminar a alguien que tiene sus músculos atrofiados, hasta que los músculos propios de las piernas (que en esta analogía serían el placer) se recuperen, se tonifiquen y produzcan por sí mismos el apoyo necesario para que el cuerpo de esa persona se mueva.

Pues bien, la caída atrofió nuestro paladar espiritual y por esto hemos perdido la capacidad de apreciar plenamente el deleite en cosas que son muy placenteras, cosas que Dios nos entregó en su generosidad como Creador a fin de que le disfrutemos y le glorifiquemos a Él.

¿Qué cosas son esas que, no pocas veces, los seres humanos disfrutamos sólo de manera parcial, fragmentada ó torcida? ¡Son muchas! Pero, sólo a modo de ejemplo, aquí puedo citar cosas como:
– estudiar la auto-revelación de Dios,
– meditar en Su carácter santo,
– tener comunión con Él mediante la oración y
– tener relaciones sexuales con el compañero (ó compañera) de toda una vida: nuestro cónyuge con quien hemos concebido hijos y construido un proyecto llamado “hogar”.

Mi punto al citar el último ejemplo [a propósito] con los 3 anteriores es enfatizar que necesitamos más que nunca recuperar la visión bíblica de que el sexo entre esposo y esposa es algo profundamente espiritual, que va más allá de un simple asunto de “sentir o no sentir ganas”, ya que es un sagrado deber que nos puede llenar de placer y felicidad si se realiza cuando Dios tiene el control de nuestras vidas mediante la plenitud del Espíritu Santo.

Sobre esto último, basta observar atentamente la directa relación que Pablo hace en Efesios 5.18-32 entre ser llenos del Espíritu y una relación entre esposo y esposa caracterizada por entrega, servicio, amor y respeto; todos elementos imprescindibles para una relación sexual placentera y edificante, según los más expertos psicólogos y sexólogos.

Por eso, habiendo establecido las bases, quiero invitarlos a ver brevemente el interesante paralelo existente entre la oración y la relación sexual.

No es sarcasmo ni humor irreverente lo que estoy diciendo. Lo digo desde la más seria convicción teológica y pastoral: el sexo en el contexto de la vida matrimonial es como el tiempo devocional de oración en al menos 5 cosas:

(1) Uno lo hace primariamente por el placer de tener comunión genuina con quien ama, pero no por eso deja de ser un deber.

(2) A veces cuesta empezar porque la mente está en otra cosa y hay que hacer un esfuerzo para “entrar en onda”.

(3) Una vez que uno lo hace, aunque al inicio haya sido sólo por deber, al final jamás se arrepiente porque siempre termina más feliz, gozoso y liviano.

(4) Mientras con mayor frecuencia se practica, más placentero se torna hacerlo y uno se siente más feliz en general en otras áreas de la vida.

(5) Last but not least: Dios es glorificado en ello y nuestra espiritualidad personal y familiar son, por lo tanto, ampliamente fortalecidas.

Tengo bastante más que decir sobre un tema tan relevante como este para nuestra espiritualidad, por eso espero volver a este asunto en próximos posts.

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Las palabras y las cosas eclesiásticas

Hay palabras interesantes. En realidad, mientras más conozco las palabras más tiendo a encontrarlas todas interesantes.

Jesús enseña que “de la abundancia del corazón habla la boca” (Lucas 6.45). Parece que Jesús, al contrario de la visión moderna iluminista y positivista, pensaba que las palabras más que referir a las cosas como objeto, refería y revelaba a quienes las emiten como sujetos, o sea a sus visiones de mundo, su sentir acerca de la vida, sus temores y amores, su corazón.

Sin más divagaciones les comparto una palabra que me llama la atención últimamente: “institucionalizar”. ¡Tremenda palabra! Un sustantivo transformado en verbo. Parece referir a un proceso o al resultado de un proceso. Las relaciones humanas para lograr determinados objetivos pasan por un proceso mediante el cual se institucionalizan, o sea: se tornan instituciones. Las instituciones serían como organismos que tienen vida propia más allá de las personas que los componen.

Hay muchísima tela aquí para cortar. Pero, últimamente me ha llamado la atención el cómo se ha transformado el uso de esta palabra con los cambios culturales.

Hace 20, 30, quizás 40 años atrás, “institucionalizar” era una palabra positiva. Algo bueno ocurría cuando las cosas se institucionalizaban. Se hacían más confiables, estables y adquirían un estatus que les aseguraba su continuidad más allá de los liderazgos carismáticos y de personalidades. Max Weber a la vena. Si yo le decía a mi abuelo que una buena iniciativa social de caridad llevada a cabo por un grupo de jóvenes, por ejemplo, se estaba institucionalizando, él arqueaba las cejas y movía la cabeza en señal de aprobación, alegrándose.

Pero en los últimos años y en las generaciones recientes, institucionalizar es una palabra principalmente negativa. Algo malo ocurre cuando las cosas se institucionalizan. Se vuelven distantes, frías, poco “relacionales” (neologismo que generalmente es puesto, de forma un tanto arbitraria, como antónimo a “institucional”). Las cosas se tornan rígidas, deshumanas, poco interesadas en corazones y en sensibilidades propias del ser humano, como en una especie de régimen micro-fascista. Posmodernismo a la vena. Si le digo a mis alumnos que una buena iniciativa social de caridad que ellos admiran (siguiendo con el ejemplo) se está institucionalizando, ellos se van a quejar y a profetizar la muerte de la iniciativa. “Se está pasando a caca”, dirían en buen chileno.

Como podemos ver, más que describir realidades objetivas, más que referir a las cosas allá afuera, la palabra “institucionalizar” parece referir a visiones del mundo, amores y temores del corazón humano.

Y ahí yo pienso: ¿Qué tal si ambos usos de la palabra (positivo y negativo) tienen algo de razón? ¿Qué tal si necesitamos complementar ambas visiones?

Aplicando esta reflexión a la realidad eclesial (como no podía dejar de hacerlo) y recordando a Calvino y a los reformadores: se hace necesario mantener la distancia tanto del catolicismo-romano, fuertemente institucionalista, como del anabaptismo, contrario a y suspicaz hacia cualquier tipo de institución.

Aplicando esto específicamente a la realidad de la plantación y la revitalización de iglesias, hay que ver la institucionalización como un proceso positivo y negativo al mismo tiempo; debemos evitar sus vicios (descritos arriba en la visión más posmodernista ) y hacer uso sabio de sus ventajas (descritos arriba en la visión más weberiana).

En primer lugar, a los anabaptistas debemos recordarles en su ingenuidad que la iglesia es y siempre será una institución, al igual que el matrimonio y la familia. Y nada de malo hay en ello. Así es como las cosas son. Sin embargo, todas estas instituciones se fundamentan, alimentan y tienen sentido sólo desde las relaciones humanas guiadas por el sincero amor mutuo y por relaciones orgánicas comunitarias, algo que el institucionalismo romanista no valora e incluso llega a ahogar. Por lo tanto, el asunto no es ser o no una institución, sino estar conscientes acerca de qué tipo de institución queremos y debemos ser.

Una iglesia institucionalizada mediante estatutos claros, una confesión de fe (aunque sea simple), un reconocimiento explícito de su conexión con la historia del cristianismo, reglamentos internos que aseguren principios y bosquejen una metodología para la renovación del liderazgo y el ejercicio de la disciplina entre otras cosas, tiene muchas más posibilidades de perpetuarse y permanecer como un canal de bendición y un agente del Reino de Dios en su comunidad circundante, en su ciudad y más allá.

Una iglesia con estas características no depende de liderazgos carismáticos y aunque pueda haber este tipo de liderazgo (que no creo que sean malos en sí, ya que tienen su lugar en la historia de los movimientos del Espíritu) ellos no se tornan la base, el sustento y la amalgama de una iglesia, sino simplemente en instigadores, animadores, pero no fuhrer’s. ¡Esto, en el Cuerpo de Cristo, es siempre bueno! La Cabeza de cualquier comunidad cristiana es Cristo y no un pastor, obispo o líder que se levanta y aglomera gente a su al rededor. Se evitan los cultos a la personalidad de individuos y así hacemos un esfuerzo por seguir siendo una iglesia y no una secta. Una iglesia asegura su continuidad en la historia del Reino mediante una sana institucionalización. La institucionalización tiene todo que ver con mayordomía sabia y diligente de lo que Dios nos ha encargado como presbíteros en la iglesia. Es una forma de continuar el llamado de Dios a cuidar el jardín, el huerto que plantó para Su gloria.

Sin embargo, las estructuras deben mantenerse en nuestra mente como el enrejado y jamás ser más importantes que la vid (Colin Marshall a la vena). Y es ahí donde “institucionalización” no debe ser confundida con “institucionalismo”. La institución no evangeliza, somos nosotros, los creyentes, quienes debemos asumir nuestro papel único de ser testigos al mundo de la muerte y resurrección de Jesús. No esperemos que ciertos eventos llevados a cabo por unos pocos hagan lo que nosotros debemos hacer día a día donde vivimos, trabajamos o estudiamos. La institución tampoco hace discípulos; los discípulos se reproducen unos a otros mediante el hacernos cargo unos de otros en amor; esto vale tanto al discipular nuevos creyentes jóvenes y adultos como en la tarea de discipular a hijos. No es labor de la Escuela Dominical hacer lo que sólo yo como padre puedo hacer por y con mis hijos. Y así podemos reproducir un ejemplo tras otro para mostrar que las estructuras que se van desarrollando en un proceso de institucionalización son sólo un medio para que podamos cumplir mejor nuestras funciones como Cuerpo de Cristo. Son el esqueleto que afirma los músculos, nervios, órganos, venas y arterias para que podamos seguir creciendo en todo conforme a los propósitos que Cristo tiene para la extensión de Su Reino.

Que Dios nos ayude a ser humildes para entender que hay mucho que aprender e imitar de los procesos de institucionalización de la iglesia en el pasado. Que nos dé también de su creatividad para saber qué adaptar, qué adoptar y cómo hacerlo para Su mayor gloria, la extensión de Su Reino y la edificación de Su iglesia.

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Antes del primer sermón

Me encuentro en Campinas, Brasil, en este momento. Vine a la V Conferencia de Plantación de Iglesias organizada por el CTPI (Centro de entrenamiento de plantadores de iglesias). No es mi plan comentar todo, pero algunas notas y pensamientos que se despiertan en mí a partir de las plenarias los quiero compartir, sin mucha estructura, de la manera un tanto indisciplinada que me caracteriza.

Ayer en la noche, primera noche de plenarias en la Conferencia, mi amigo Ricardo Agreste habló una palabra a los pastores y líderes. Un llamado al corazón de los líderes a que descansemos en la obra de Cristo y en la realidad del Evangelio. ¡Muy buena! Una cosa me llamó la atención especialmente y la comparto aquí:

“Este es mi hijo amado en quien siento placer” (Mc 1.11) dijo el Padre a Su Hijo Jesucristo. ¿En qué momento? ¿Bajo qué circunstancias? Después de haber sido bautizado por Juan el Bautista.

Es interesante notar que, de la manera que lo presenta el Evangelio de Marcos, el Padre le dice estas palabras a Jesús antes de que él predicara su primer sermón o hiciera su primer milagro. Jesús aún no había reunido ni una multitud, no había hecho ninguna de sus grandes enseñanzas, no había siquiera iniciado su grupo de seguidores. El ministerio de Jesús aún no existía. Jesús no había realizado ningún logro ministerial. Y él oye estas palabras de su Padre: “este es mi Hijo amado. En ti mi corazón siente placer”.

Así también debe ser con nosotros: sabernos amados, saber y entender claramente que nuestro Padre se deleita en nosotros y que Él siente placer en nosotros como hijos no por nuestros logros. Él no es un padre que pone en una balanza logros y fracasos ministeriales para después decidir si nos abraza y demuestra su amor. ¡De ninguna manera! Nuestro Padre nos ama con amor eterno, no condicionado a nuestras conquistas.
Dios es tan radicalmente distinto a nuestra cultura contemporánea, incluso a la cultura eclesiástica contemporánea. No necesito reunir multitudes, predicar sermones bacanes, plantar muchas comunidades ni realizar grandes hazañas ministeriales para oír que el Padre me dice: “Eres mi hijo amado. ¡En ti siento placer inmenso!” Él me dice esto motivado sólo por Su gracia soberana. Y cuando el Padre habla, su voz es como el estruendo de muchas aguas: las otras voces se apagan. Sólo Su voz resuena en mi corazón: “te adopté por gracia y esta es tu identidad, es lo que te define. Eres mi hijo, por siempre serás mi hijo. El ministerio es algo que haces por ahora, no lo que tú eres eternamente”.

Esto es para todos, no sólo para pastores y plantadores de iglesias: nos sentimos agobiados muchas veces por ganar el respeto, la aceptación y el ser valorados. Corremos con desesperación tras logros académicos, logros laborales, éxitos económicos, rectitud moral, causas políticas, belleza física, etc. ¿Qué queremos en el fondo? Ser valorados. Sentir que nuestra vida tiene valor. Y buscamos ese valor mayormente en los ojos y las palabras de otros.

Que podamos sentir y percibir que ya somos amados y que a nuestra vida ya le ha sido dado el mayor valor que podría tener: la sangre de Jesucristo. Dios siente placer en nosotros no por nuestros logros, sino simplemente porque nos adoptó por Su gracia.

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Bosquejo para un salmo

“Júntate con gente decente” me decían. “Aprenderás mejores costumbres” decían. “Evita las malas juntas” repetían.

Y la gente decente sólo me hizo sentir cada vez más culpable y miserable. Todo era un asunto moral para ellos: lavarse bien las manos, cepillarse bien los dientes, estudiar para la prueba, usar tratamientos contra el acné, no comer demasiado, no comer tan poco, no atrasarse para la Escuela Dominical, no conversar en el culto, no enamorarse a tan corta edad.

Siempre tenían recetas, consejos y advertencias y lo intenté! Juro que lo intenté. Leí sus libros. Fui a sus conferencias. Pedí consejo a sus pastores. Pero sólo encontré fracaso, vez tras vez. Y cada vez que fracasé se fueron y me dejaron solo; escuché tras las puerta cómo hablaban de mí con desdén y lástima.

Ahora díganme: ¿cómo no voy a amar a Jesús de todo corazón, si cuando todos me daban la espalda avergonzados de mí y de mis errores, Él corrió a abrazarme? Y allí aferrado a mí, su rostro apegado al mío, mi alma apegada a la suya, sentí que sus lágrimas, mezcladas con la sangre tibia derramada en el madero, rozaban mi rostro mientras me decía: “te amo hijo, eres mi hijo amado que me llena de alegría el corazón”.

En medio de mis errores y rebeldías, lo miré a los ojos y percibí en ellos la misma ternura, la misma profunda admiración paternal, el mismo cariño que cuando hacía las cosas bien y correctas. ¡Amor invariable! ¡Amor que de verdad no pone condiciones!

¿Cómo no abrazar con desesperación, con lágrimas de alegría y con uñas sangrantes el Evangelio de la Gracia?

Tú que no conoces esta gracia violenta: ¡No malinterpretes lo que ves! No me sacrifico para obtener Su favor. No derramo sudor y lágrimas para ganarme su aceptación. De mi corazón brotan las canciones de amor y alegría, las lágrimas de felicidad, el esfuerzo por obedecer y el deseo de sacrificar mi vida entera ¡todo eso en un mismo movimiento! ¡En un mismo flujo! Es como si adentro corriera un río inevitable y caudaloso de amor y gratitud porque Él ya me salvó, me recogió cuando estaba lanzado, abortado en el basural, bañado en mi propia sangre.

No me mueve la conciencia pesada de una deuda por saldar. ¡Ya no le debo nada! Lo que me mueve es la admiración, la gratitud y el amor que Él despertó en mí cuando me amó primero.

Tú que aún no te has encontrado con Jesús: Sé que me has visto sufrir, cansarme, llorar, luchar con mis contradicciones y amargarme, pero no te engañes: no sufro por hacer Su voluntad. No es el obedecerle lo que me hace sufrir. Al contrario, ¡es el hecho de no obedecer siempre lo que me entristece! Porque mi alma quisiera ser uno con Él: sentir como Él siente y vivir como Él vive cada segundo de mi existencia.

Me asombra su carácter ¡mis ojos duelen y sienten punzadas como agujas profundas, pero ni aún así quiero dejar de mirar Su santidad, Su justicia, Su amor, Su belleza! No me canso de admirarlo y adonde Él vaya, yo quiero ir con Él. Porque mi alma lo busca con la misma desesperación y atracción irresistibles de un bebé hambriento que olfatea, buscando los pechos de su madre.

Aunque estuviera en el centro del infierno, mi alma se sentiría perfectamente segura y a salvo con el sólo hecho de estar bajo Su sombra, sintiendo su olor abrazado a su pecho.

¡Gracias por amarme Jesús! Cantaré tu gloria en las ciudades, en los bandejones centrales de las avenidas de las metrópolis, en los parques llenos de niños y gente en bicicleta. Entre todas las tribus de mi barrio, te exaltaré.

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Plenitud del Espíritu y realidad

No se emborrachen con vino, que lleva al desenfreno. Al contrario, sean llenos del Espíritu.” (Efesios 5.18)
El contraste es claro: Pablo no dice “embriáguense del Espíritu”, sino que dice “sean llenos”. Es un paralelo antónimo, no sinónimo, como, además lo muestra claramente la preposición adversativa griega muy bien traducida por la NVI como “AL CONTRARIO, sean llenos”.¿Y por qué esto sería importante más allá de la curiosidad gramática? Porque la plenitud del Espíritu sería, desde un visión genuinamente bíblica, contrastada con cualquier forma de “escape” o “huida” de la realidad tal cual ella es. Cuando estoy embriagado, mi conciencia está alterada, no veo las cosas como realmente son, se me hacen difusos los límites entre lo prudente y lo temerario, mis emociones afloran indiscriminadamente, mis palabras hieren y mi percepción de la realidad es distorsionada. Hay muchas aplicaciones de esto, pero – casi a modo de confesión – aquí pienso en una que me afecta directamente:

Soñar despierto que no vivo la vida que Dios me ha dado hoy. Soñar despierto que mi casa es más bonita y en otro barrio, que mi hijos son más obedientes y que el carácter de mi esposa es distinto. Soñar despierto que recibo admiración, cariño y reconocimiento de otros porque mi ministerio es exitoso y lleno de resultados envidiables. Soñar despierto que estoy en otra iglesia, que llevo a cabo mi ministerio en una denominación menos burocrática, que recibo un llamado a trabajar en un contexto diferente, más emocionante, exótico, cómodo o desafiante. Y, mientras sueño despierto, no estoy aprendiendo a amar de corazón, otorgando valor y siendo agradecido por el lugar donde vivo, la familia que tengo, la iglesia donde sirvo, el ministerio que la gracia de Dios me ha dado ni la denominación que Dios usó para confirmar mi llamado. No trabajo gozosamente por transformar la realidad a mi al rededor, sólo tengo quejas y murmuraciones. Y cuando trato de impulsar cambios, lo hago desde el resentimiento, desde la amargura, desde el desamor… no cultivo, sólo destruyo.

Toda esa actitud de vida, por más que trate de disfrazarla de “celo por hacer la voluntad de Dios, por el Evangelio, por la misión o por la sana doctrina”, no es otra cosa que carnalidad. Tal vez no bebí una gota de alcohol, pero estoy embriagado de mí mismo y de mi visión de cómo yo creo que debe ser mi vida. Estoy embriagado de la ilusión de que sólo ciertas cosas bajo ciertas circunstancias – que Dios me ha preparado en un futuro distante e incierto – me harán feliz y completo.

Esta embriaguez no me permite ver con claridad el aquí y el ahora. Veo borrosa la felicidad que Dios me ofrece de abrazar y amar a quienes están conmigo hoy, ¡de la manera como son hoy! Me tambaleo y no soy capaz de mantenerme de pie en el ministerio que Dios me ha dado hoy, en la iglesia a la cual sirvo aquí y ahora y en la denominación que Dios me dio oportunidad de servir en este preciso instante. ¡No! En vez de eso me embriago de mis ilusiones narcisistas acerca de cómo yo creo que debiera ser la vida. Me manifiesto en desacuerdo con Dios, miro con sospecha a mi Padre Celestial y le digo con ira y amargura de corazón: “no quiero lo que me ofreces hoy, aquí y ahora. No aprenderé a amar lo que me diste. No invertiré tiempo, recursos y energías en transformar gozosamente esta realidad. Simplemente me declaro en rebeldía contra lo que me das, ¡escupo el plato que me ofreces y demando una realidad distinta porque esta no es la que yo quería!”

Al ver y sentir el mundo de esta manera, me he tragado completa la mentira de la serpiente. Imagino, en mis alucinaciones paranoicas, que Dios me niega la felicidad y que soy sólo el objeto de una absurda broma con la cual Él, cual cruel demiurgo, se divierte. No hay plenitud del Espíritu en esto, sino todo lo contrario: embriaguez. Embriaguez de mi ego. Embriaguez de rebeldía satánica. Embriaguez narcisa.

Pero, AL CONTRARIO, cuando el Espíritu Santo me llena, me hace clamar “Abba Padre”, me hace cantar de gratitud la vida que Dios me dio, la realidad frente a mis ojos. Comienzo a ver y entender la realidad del aquí y ahora tal cual es: que TODO está lleno de Su amor perfecto y de Su cuidado paternal, incluso la pérdida, cuando algo que amo me es quitado, cuando mis castillos de naipes son desmoronados. Agradezco mi casa, mi ciudad y mi barrio como son aquí y ahora y busco servirlos con gozo. Agradezco por mi esposa y mis hijos porque ellos me desafían a ser cada día mejor y porque puedo pastorearlos. Agradezco mi ministerio, mi iglesia, mi denominación y me dispongo con gozo a ser parte de las transformaciones que Dios quiera hacer en ellos, comenzando por dejarme transformar yo mismo.

Por eso: sospechemos de invitaciones a ser llenos del Espíritu que lo único que hacen es sacarnos de la realidad y llenarnos de amargura y resentimiento hacia la vida que Dios nos dio, tal cual es, aquí y ahora. No hay plenitud del Espíritu allí donde hay escapismo de la realidad. No hay plenitud del Espíritu allí donde sólo hay resentimiento y murmuración contra el aquí y el ahora. Basta con seguir leyendo lo que viene después de Efesios 5.18: cuando estoy lleno del Espíritu mi sumisión es gozosa, mi servicio es genuino, amo a mi esposa como Cristo amó a la iglesia, no despierto la ira en mis hijos, honro a mis mayores, sirvo con gratitud a mis superiores, trato con justicia a quienes están bajo mi responsabilidad, hago bien mi trabajo, no saco la vuelta en la pega… esto es la plenitud del Espíritu! Esa es la plenitud del Espíritu que transforma realidades! Y las transforma justamente porque no las ve como edificios a ser demolidos, sino como jardines a ser desmalezados, podados y cultivados con la delicadeza y dedicación de un jardinero.

El Espíritu Santo quiere llenarme para que viva mi realidad aquí y ahora con el corazón lleno de gozo y gratitud, como alguna vez lo hicieron mis primeros padres en el Edén.

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La recompensa

Últimamente me ha estado inquietando profundamente la frase con la que Cristo describe a los fariseos: “Les aseguro que ellos ya han recibido toda su recompensa” (Mateo 6.2,5,16).

Piensa bien qué es lo que más deseas en tu vida (“la recompensa”) porque es muy probable que lo obtengas, ¿y qué vendrá después?

¿Deseas reconocimiento como fin principal? ¿Qué pasará cuando los aplausos de las multitudes dejen de sonar? ¿Deseas estatus socio-económico como fin principal? ¿Habrá acaso paz en tu corazón al irte a dormir en tu casa soñada, en el barrio soñado, con la cuenta bancaria soñada? ¿Anhelas libertad? ¿Hacia dónde irás cuando ya nadie te diga qué hacer, ya nadie te pida cuentas y nadie te ponga una señal en el camino?

Es aparentemente más fácil vivir cuando las causas de nuestra miseria están allá afuera e imaginamos que logrando ciertas metas las podremos vencer. Pero una vez que logras esas metas que supuestamente acabarán con tus miserias, viene la decepción: logras la meta deseada, despiertas una mañana con tu sueño hecho realidad… y la miseria en tu vida sigue estando ahí, tu corazón sigue siendo el mismo.

Me pongo a imaginar que eso fue lo que le pasó a Gussy (personaje televisivo farandulístico que acabo de conocer anoche haciendo zapping). Echarle la culpa a la gordura de todos sus males y miseria era un estilo más fácil de vivir. Era más soportable. Y entonces cumplieron su sueño: ¡la gordura se fue!… pero la miseria quedó… ¿a quién echarle la culpa ahora? Aunque parezca absurdo: a Canal 13.

Así que aquí les va una más para pensar: ¿Deseas bajar de peso como fin principal? ¿Qué pasará cuando tengas la figura y el peso soñado

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Aquí es donde pienso en voz alta acerca de la vida, Dios, el Reino y de todo un poco.

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