Bosquejo para un salmo

“Júntate con gente decente” me decían. “Aprenderás mejores costumbres” decían. “Evita las malas juntas” repetían.

Y la gente decente sólo me hizo sentir cada vez más culpable y miserable. Todo era un asunto moral para ellos: lavarse bien las manos, cepillarse bien los dientes, estudiar para la prueba, usar tratamientos contra el acné, no comer demasiado, no comer tan poco, no atrasarse para la Escuela Dominical, no conversar en el culto, no enamorarse a tan corta edad.

Siempre tenían recetas, consejos y advertencias y lo intenté! Juro que lo intenté. Leí sus libros. Fui a sus conferencias. Pedí consejo a sus pastores. Pero sólo encontré fracaso, vez tras vez. Y cada vez que fracasé se fueron y me dejaron solo; escuché tras las puerta cómo hablaban de mí con desdén y lástima.

Ahora díganme: ¿cómo no voy a amar a Jesús de todo corazón, si cuando todos me daban la espalda avergonzados de mí y de mis errores, Él corrió a abrazarme? Y allí aferrado a mí, su rostro apegado al mío, mi alma apegada a la suya, sentí que sus lágrimas, mezcladas con la sangre tibia derramada en el madero, rozaban mi rostro mientras me decía: “te amo hijo, eres mi hijo amado que me llena de alegría el corazón”.

En medio de mis errores y rebeldías, lo miré a los ojos y percibí en ellos la misma ternura, la misma profunda admiración paternal, el mismo cariño que cuando hacía las cosas bien y correctas. ¡Amor invariable! ¡Amor que de verdad no pone condiciones!

¿Cómo no abrazar con desesperación, con lágrimas de alegría y con uñas sangrantes el Evangelio de la Gracia?

Tú que no conoces esta gracia violenta: ¡No malinterpretes lo que ves! No me sacrifico para obtener Su favor. No derramo sudor y lágrimas para ganarme su aceptación. De mi corazón brotan las canciones de amor y alegría, las lágrimas de felicidad, el esfuerzo por obedecer y el deseo de sacrificar mi vida entera ¡todo eso en un mismo movimiento! ¡En un mismo flujo! Es como si adentro corriera un río inevitable y caudaloso de amor y gratitud porque Él ya me salvó, me recogió cuando estaba lanzado, abortado en el basural, bañado en mi propia sangre.

No me mueve la conciencia pesada de una deuda por saldar. ¡Ya no le debo nada! Lo que me mueve es la admiración, la gratitud y el amor que Él despertó en mí cuando me amó primero.

Tú que aún no te has encontrado con Jesús: Sé que me has visto sufrir, cansarme, llorar, luchar con mis contradicciones y amargarme, pero no te engañes: no sufro por hacer Su voluntad. No es el obedecerle lo que me hace sufrir. Al contrario, ¡es el hecho de no obedecer siempre lo que me entristece! Porque mi alma quisiera ser uno con Él: sentir como Él siente y vivir como Él vive cada segundo de mi existencia.

Me asombra su carácter ¡mis ojos duelen y sienten punzadas como agujas profundas, pero ni aún así quiero dejar de mirar Su santidad, Su justicia, Su amor, Su belleza! No me canso de admirarlo y adonde Él vaya, yo quiero ir con Él. Porque mi alma lo busca con la misma desesperación y atracción irresistibles de un bebé hambriento que olfatea, buscando los pechos de su madre.

Aunque estuviera en el centro del infierno, mi alma se sentiría perfectamente segura y a salvo con el sólo hecho de estar bajo Su sombra, sintiendo su olor abrazado a su pecho.

¡Gracias por amarme Jesús! Cantaré tu gloria en las ciudades, en los bandejones centrales de las avenidas de las metrópolis, en los parques llenos de niños y gente en bicicleta. Entre todas las tribus de mi barrio, te exaltaré.

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