Las palabras y las cosas eclesiásticas

Hay palabras interesantes. En realidad, mientras más conozco las palabras más tiendo a encontrarlas todas interesantes.

Jesús enseña que “de la abundancia del corazón habla la boca” (Lucas 6.45). Parece que Jesús, al contrario de la visión moderna iluminista y positivista, pensaba que las palabras más que referir a las cosas como objeto, refería y revelaba a quienes las emiten como sujetos, o sea a sus visiones de mundo, su sentir acerca de la vida, sus temores y amores, su corazón.

Sin más divagaciones les comparto una palabra que me llama la atención últimamente: “institucionalizar”. ¡Tremenda palabra! Un sustantivo transformado en verbo. Parece referir a un proceso o al resultado de un proceso. Las relaciones humanas para lograr determinados objetivos pasan por un proceso mediante el cual se institucionalizan, o sea: se tornan instituciones. Las instituciones serían como organismos que tienen vida propia más allá de las personas que los componen.

Hay muchísima tela aquí para cortar. Pero, últimamente me ha llamado la atención el cómo se ha transformado el uso de esta palabra con los cambios culturales.

Hace 20, 30, quizás 40 años atrás, “institucionalizar” era una palabra positiva. Algo bueno ocurría cuando las cosas se institucionalizaban. Se hacían más confiables, estables y adquirían un estatus que les aseguraba su continuidad más allá de los liderazgos carismáticos y de personalidades. Max Weber a la vena. Si yo le decía a mi abuelo que una buena iniciativa social de caridad llevada a cabo por un grupo de jóvenes, por ejemplo, se estaba institucionalizando, él arqueaba las cejas y movía la cabeza en señal de aprobación, alegrándose.

Pero en los últimos años y en las generaciones recientes, institucionalizar es una palabra principalmente negativa. Algo malo ocurre cuando las cosas se institucionalizan. Se vuelven distantes, frías, poco “relacionales” (neologismo que generalmente es puesto, de forma un tanto arbitraria, como antónimo a “institucional”). Las cosas se tornan rígidas, deshumanas, poco interesadas en corazones y en sensibilidades propias del ser humano, como en una especie de régimen micro-fascista. Posmodernismo a la vena. Si le digo a mis alumnos que una buena iniciativa social de caridad que ellos admiran (siguiendo con el ejemplo) se está institucionalizando, ellos se van a quejar y a profetizar la muerte de la iniciativa. “Se está pasando a caca”, dirían en buen chileno.

Como podemos ver, más que describir realidades objetivas, más que referir a las cosas allá afuera, la palabra “institucionalizar” parece referir a visiones del mundo, amores y temores del corazón humano.

Y ahí yo pienso: ¿Qué tal si ambos usos de la palabra (positivo y negativo) tienen algo de razón? ¿Qué tal si necesitamos complementar ambas visiones?

Aplicando esta reflexión a la realidad eclesial (como no podía dejar de hacerlo) y recordando a Calvino y a los reformadores: se hace necesario mantener la distancia tanto del catolicismo-romano, fuertemente institucionalista, como del anabaptismo, contrario a y suspicaz hacia cualquier tipo de institución.

Aplicando esto específicamente a la realidad de la plantación y la revitalización de iglesias, hay que ver la institucionalización como un proceso positivo y negativo al mismo tiempo; debemos evitar sus vicios (descritos arriba en la visión más posmodernista ) y hacer uso sabio de sus ventajas (descritos arriba en la visión más weberiana).

En primer lugar, a los anabaptistas debemos recordarles en su ingenuidad que la iglesia es y siempre será una institución, al igual que el matrimonio y la familia. Y nada de malo hay en ello. Así es como las cosas son. Sin embargo, todas estas instituciones se fundamentan, alimentan y tienen sentido sólo desde las relaciones humanas guiadas por el sincero amor mutuo y por relaciones orgánicas comunitarias, algo que el institucionalismo romanista no valora e incluso llega a ahogar. Por lo tanto, el asunto no es ser o no una institución, sino estar conscientes acerca de qué tipo de institución queremos y debemos ser.

Una iglesia institucionalizada mediante estatutos claros, una confesión de fe (aunque sea simple), un reconocimiento explícito de su conexión con la historia del cristianismo, reglamentos internos que aseguren principios y bosquejen una metodología para la renovación del liderazgo y el ejercicio de la disciplina entre otras cosas, tiene muchas más posibilidades de perpetuarse y permanecer como un canal de bendición y un agente del Reino de Dios en su comunidad circundante, en su ciudad y más allá.

Una iglesia con estas características no depende de liderazgos carismáticos y aunque pueda haber este tipo de liderazgo (que no creo que sean malos en sí, ya que tienen su lugar en la historia de los movimientos del Espíritu) ellos no se tornan la base, el sustento y la amalgama de una iglesia, sino simplemente en instigadores, animadores, pero no fuhrer’s. ¡Esto, en el Cuerpo de Cristo, es siempre bueno! La Cabeza de cualquier comunidad cristiana es Cristo y no un pastor, obispo o líder que se levanta y aglomera gente a su al rededor. Se evitan los cultos a la personalidad de individuos y así hacemos un esfuerzo por seguir siendo una iglesia y no una secta. Una iglesia asegura su continuidad en la historia del Reino mediante una sana institucionalización. La institucionalización tiene todo que ver con mayordomía sabia y diligente de lo que Dios nos ha encargado como presbíteros en la iglesia. Es una forma de continuar el llamado de Dios a cuidar el jardín, el huerto que plantó para Su gloria.

Sin embargo, las estructuras deben mantenerse en nuestra mente como el enrejado y jamás ser más importantes que la vid (Colin Marshall a la vena). Y es ahí donde “institucionalización” no debe ser confundida con “institucionalismo”. La institución no evangeliza, somos nosotros, los creyentes, quienes debemos asumir nuestro papel único de ser testigos al mundo de la muerte y resurrección de Jesús. No esperemos que ciertos eventos llevados a cabo por unos pocos hagan lo que nosotros debemos hacer día a día donde vivimos, trabajamos o estudiamos. La institución tampoco hace discípulos; los discípulos se reproducen unos a otros mediante el hacernos cargo unos de otros en amor; esto vale tanto al discipular nuevos creyentes jóvenes y adultos como en la tarea de discipular a hijos. No es labor de la Escuela Dominical hacer lo que sólo yo como padre puedo hacer por y con mis hijos. Y así podemos reproducir un ejemplo tras otro para mostrar que las estructuras que se van desarrollando en un proceso de institucionalización son sólo un medio para que podamos cumplir mejor nuestras funciones como Cuerpo de Cristo. Son el esqueleto que afirma los músculos, nervios, órganos, venas y arterias para que podamos seguir creciendo en todo conforme a los propósitos que Cristo tiene para la extensión de Su Reino.

Que Dios nos ayude a ser humildes para entender que hay mucho que aprender e imitar de los procesos de institucionalización de la iglesia en el pasado. Que nos dé también de su creatividad para saber qué adaptar, qué adoptar y cómo hacerlo para Su mayor gloria, la extensión de Su Reino y la edificación de Su iglesia.

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