Monthly Archives: October 2013

Evangélicos no-alcanzados

“Estoy pagando, estoy pagando.
El precio para vivir en el cielo estoy pagando.
Voy luchando y voy llorando.
Cada detalle el Señor lo va sumando.
Estoy pagando, estoy pagando.
El precio para vivir en el cielo estoy pagando.
Voy luchando y voy llorando.
La santidad tiene un precio y yo lo estoy pagando”.

Me puse a pensar…

Oigo esta canción. Considero que este es el “tono” de gran parte de la música evangélica contemporánea. Recuerdo que el pueblo canta aquello que cree, de acuerdo a lo que se les enseña. Y dejo de pensar que solamente evangelizan aquellas iglesias que predican el Evangelio fielmente a personas de trasfondo no-evangélico.

Hoy ya no es más como antes. Hay muchísimos (cada vez más) perdidos en el medio evangélico. Tal vez estemos ante un desafío misiológico de grandes proporciones en América Latina: un nuevo grupo no-alcanzado que proviene de trasfondo evangélico.

Tal vez haya que cambiar el switch y entender que muchas iglesias que están alcanzando con el Evangelio de gracia a los ex-neopentecostales están haciendo la obra de Dios y siendo tan misionales como aquellas iglesias que alcanzan a otros grupos no alcanzados.

Tal vez sea tiempo de analizar la cosmovisión de este grupo cultural con corazón misionero, tratando de entender cómo quienes vienen de estos contextos necesitan no sólo ser evangelizados, sino también discipulados de una manera relevante y contextualizada a su forma de ver y sentir el mundo, desafiando sus ídolos culturales, entendiendo sus temores, llevándolos a la verdadera paz en Cristo.

Me pongo a pensar que la estrategia misionera de Pablo en las ciudades era ir primero a las sinagogas (donde había un conocimiento de las promesas del Señor, aunque bajo escombros de legalismo, antropocentrismo y religiosidad hipócrita) y después (casi paralelamente a veces) iba al ágora y hablaba a los gentiles, conformando después iglesias que reunían en un mismo cuerpo a personas y familias de diversos trasfondos en el Evangelio.

En fin. Sólo lo estaba pensando…

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Thomas Chalmers y los afectos (un extracto).

Thomas Chalmers fue un importante pastor, filósofo y teólogo escocés, que vivió entre los siglos XVIII y XIX. Entre sus obras más destacadas se encuentra un importante tratado llamado “El poder expulsivo de un nuevo afecto” (1830). Aquí les dejo un breve y potente extracto que ha impactado mi corazón y puede impactar el suyo también:

“Un niño deja de ser esclavo de su apetito ¿cómo? Porque un otro gusto lo ha subordinado. El joven deja de idolatrar el placer sensual ¿Por qué? Porque el ídolo de la prosperidad ha tomado ascendencia. Incluso el amor por el dinero puede dejar de tener señorío sobre el corazón porque es atraído por la excitación de la ideología y la política y ahora el corazón es dominado por un amor al poder y a la superioridad moral. Pero en ninguno de estos cambios el corazón queda sin un objeto de adoración. Su deseo por un objeto particular puede ser conquistado, pero su deseo por tener un objeto al cual amar es inconquistable.

La única manera de despojar a un corazón de un antiguo afecto es por el poder expulsivo de un nuevo afecto. Es sólo por la fe en Jesucristo, cuando somos recibidos como hijos de Dios, que el espíritu de adopción es derramado sobre nosotros y el corazón, dominado bajo el señorío de un grandioso y predominante afecto, es liberado de la tiranía de los deseos anteriores. Está es la única forma posible de liberación.

Así que, para que pueda ocurrir verdadero cambio, no es suficiente con que se te muestre un espejo de tus imperfecciones. No es suficiente con demostrar que tienes una vida cristiana efímera, ni con hablarle a tu conciencia acerca de su necedad. En cambio, busquemos todo medio legítimo que le permita al corazón tener acceso al amor de Aquel que es mayor que el mundo.”

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De: “The Expulsive Power of a New Affection” en: The Works of Thomas Chalmers (New York: Robert Carter, 1830) vol. II

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Petición de oración

Somos débiles. Nuestra fragilidad es evidente. No sólo somos débiles porque nuestros cuerpos y mentes se cansan después de largas noches en los terminales esperando el próximo bus o porque terminamos exhaustos después de predicar tres sermones distintos en distintos lugares un mismo domingo, sólo por la torpeza con la que manejamos nuestra agenda. Además, con facilidad olvidamos y confundimos todo aquello que es importante para otros, como sus nombres, pero recordamos fechas, autores, palabras en griego y citas abstractas de autores crípticos que a casi nadie le interesan.

Somos débiles también porque nuestro carácter es frágil y adolece de estabilidad. Tenemos dentro nuestro los mismos monstruos que condenamos en nuestros sermones… de hecho nuestros sermones son siempre para nosotros mismos primero.

Sin embargo soñamos. Soñamos sueños que nuestro carácter no puede soportar. Sueños de los que no somos dignos: Vemos iglesias desanimadas y sin rumbo y las imaginamos alcanzando sus barrios y ciudades, cambiando la realidad de quienes viven al rededor, llenas de visión. Muchos vemos fábricas abandonadas, con paredes rayadas y vidrios quebrados e imaginamos que allí crecen iglesias, comunidades de fe en la obra redentora del Hijo de Dios, que allí se desarrollan industrias donde el producto es la transformación de nuestras ciudades, jardines donde florecen talleres artísticos, escuelas para niños postergados, casas de refugio para inmigrantes, en fin, espacios urbanos que dejan de ser ociosos porque los llena la nueva vida del Reino de Dios.

Pero, como decía, no somos dignos ni de nuestros propios sueños.

Y así vamos caminando: tratando de abrirnos paso ante los obstáculos de nuestra propia indisciplina, luchando contras la fieras que son los pecados que brotan de nuestro corazón, atravesando los ríos de nuestro prejuicio pecaminoso, saltando las murallas que en nuestro rencor y arrogancia nosotros mismos hemos levantado contra colegas y compañeros de batalla. Caminamos así porque luchamos contra nuestro peor enemigo: nosotros mismos.

Porque la verdad es que lo que más nos consume no es la adversidad que viene de fuera, no es la falta de apoyo de la iglesia ni tampoco la incomprensión del mundo.

¡Son nuestros propios temores los que hacen que las personas se vean grandes y Dios tan pequeño! ¡Son nuestras inseguridades las que nos hacen caer! Porque olvidamos con facilidad que Aquel que es el único con la autoridad y poder para apuntarnos con el dedo y lanzarnos fuera al mismo infierno, nos llama de hijos, nos dice “mi corazón siente deleite en ti” y nos recibe en casa con el banquete dispuesto cada vez que volvemos con el rostro lleno de vergüenza, con la ropa sucia de pecado y autojusticia y con el estómago vacío.

No somos mejores ni más dignos de lástima que ninguno de Uds. Somos así como todos… como tú. Como tu hijo que perdió la fe después de toda una vida en la Escuela Dominical, como tu padre que te decepcionó.

Y si puedes esta noche, por favor, antes de dormir, ora por nosotros: los pastores y todos los que hemos sido llamados al ministerio. Por quienes usamos la primera persona en plural porque somos demasiado débiles de carácter como para pedir “¡ora por mí!”

Desde ya: ¡Muchas gracias!

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