Petición de oración

Somos débiles. Nuestra fragilidad es evidente. No sólo somos débiles porque nuestros cuerpos y mentes se cansan después de largas noches en los terminales esperando el próximo bus o porque terminamos exhaustos después de predicar tres sermones distintos en distintos lugares un mismo domingo, sólo por la torpeza con la que manejamos nuestra agenda. Además, con facilidad olvidamos y confundimos todo aquello que es importante para otros, como sus nombres, pero recordamos fechas, autores, palabras en griego y citas abstractas de autores crípticos que a casi nadie le interesan.

Somos débiles también porque nuestro carácter es frágil y adolece de estabilidad. Tenemos dentro nuestro los mismos monstruos que condenamos en nuestros sermones… de hecho nuestros sermones son siempre para nosotros mismos primero.

Sin embargo soñamos. Soñamos sueños que nuestro carácter no puede soportar. Sueños de los que no somos dignos: Vemos iglesias desanimadas y sin rumbo y las imaginamos alcanzando sus barrios y ciudades, cambiando la realidad de quienes viven al rededor, llenas de visión. Muchos vemos fábricas abandonadas, con paredes rayadas y vidrios quebrados e imaginamos que allí crecen iglesias, comunidades de fe en la obra redentora del Hijo de Dios, que allí se desarrollan industrias donde el producto es la transformación de nuestras ciudades, jardines donde florecen talleres artísticos, escuelas para niños postergados, casas de refugio para inmigrantes, en fin, espacios urbanos que dejan de ser ociosos porque los llena la nueva vida del Reino de Dios.

Pero, como decía, no somos dignos ni de nuestros propios sueños.

Y así vamos caminando: tratando de abrirnos paso ante los obstáculos de nuestra propia indisciplina, luchando contras la fieras que son los pecados que brotan de nuestro corazón, atravesando los ríos de nuestro prejuicio pecaminoso, saltando las murallas que en nuestro rencor y arrogancia nosotros mismos hemos levantado contra colegas y compañeros de batalla. Caminamos así porque luchamos contra nuestro peor enemigo: nosotros mismos.

Porque la verdad es que lo que más nos consume no es la adversidad que viene de fuera, no es la falta de apoyo de la iglesia ni tampoco la incomprensión del mundo.

¡Son nuestros propios temores los que hacen que las personas se vean grandes y Dios tan pequeño! ¡Son nuestras inseguridades las que nos hacen caer! Porque olvidamos con facilidad que Aquel que es el único con la autoridad y poder para apuntarnos con el dedo y lanzarnos fuera al mismo infierno, nos llama de hijos, nos dice “mi corazón siente deleite en ti” y nos recibe en casa con el banquete dispuesto cada vez que volvemos con el rostro lleno de vergüenza, con la ropa sucia de pecado y autojusticia y con el estómago vacío.

No somos mejores ni más dignos de lástima que ninguno de Uds. Somos así como todos… como tú. Como tu hijo que perdió la fe después de toda una vida en la Escuela Dominical, como tu padre que te decepcionó.

Y si puedes esta noche, por favor, antes de dormir, ora por nosotros: los pastores y todos los que hemos sido llamados al ministerio. Por quienes usamos la primera persona en plural porque somos demasiado débiles de carácter como para pedir “¡ora por mí!”

Desde ya: ¡Muchas gracias!

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Filed under Espiritualidad cristiana, Iglesia

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