Monthly Archives: March 2014

Bosquejo para una trilogía (parte 3).

regla quebrada3. Pero hay un pero y por la sola gracia de Dios, que no dejó a los hombres hundidos en las justas consecuencias de sus actos. Esta historia comenzó a ser revertida hace unos dos mil años atrás. Un problema humano necesitaba ser resuelto por un hombre, pero un problema de ese tamaño sólo Dios podía solucionarlo. Así que Dios se hizo hombre.

Siendo Dios-hombre, también conocido como el Cristo, caminó entre las multitudes y las miró con amor. Con los ojos llenos de lágrimas observó que la gente cargaba pesas en las mochilas, reglas en una mano y cronómetros en la otra y se medían unas a otras. Unos les decían a los otros: “ustedes no son rígidos como nosotros, ¡no han respetado la moral y las buenas costumbres!”. Los otros les respondían “el problema son ustedes que no tienen una ética alternativa como nosotros, ¡no han respetado la libertad y la espontaneidad!”. Pero todos por igual habían adaptado las reglas, las pesas y los cronómetros para medir milimétricamente a los demás según lo que para sí mismos era importante. Dios-hombre los miró, caminó entre la multitud, en medio de sus furiosos alegatos y lloró porque estaban solos. No podemos afirmar que su visión era de rayos-x, pero sabemos que vio los corazones y se fijó que se habían convertido en desiertos porque ya nadie sabía amar.

¡Sin embargo no se confundan! El Cristo no acostumbraba medir. No usaba pesas, reglas ni cronómetros. Como máximo cerraba un ojo para mirar a alguien a la distancia y hacía una medición rústica con su pulgar y su meñique y aún así se reía porque sus mediciones nunca eran del todo exactas, pero, por alguna extraña razón, a Él le servían.

Les acarició el cabello a las mujeres, les dio golpecitos de cariño en la espalda a los hombres, besó la frente de los niños, le tomó la mano a los ancianos, pero nadie parecía notar su presencia porque a estas alturas ya eran todos muertos vivientes que sólo sabían contar, medir y calcular. Se gruñían y mordían unos a otros y no faltaban relatos acerca de que, “por ahí”, alguien se había devorado a otro.

Y fue entonces cuando algo abyecto ocurrió en la creación y el mayor acto de obscenidad e inmoralidad se desató (y espero que se preparen para lo que les voy a contar, pues es realmente repulsivo): todos los muertos vivientes, dejando a un lado sus pesas, reglas y cronómetros atentaron contra todo lo que es recto, justo y bueno y se lanzaron, como la horda de zombies que eran, contra El Cristo. Él soportó todo sin abrir su boca. Le rompieron su ropa, lo golpearon con bates de béisbol, se burlaron de Él, bailaron sobre su vientre con tacones-aguja, le arrancaron un brazo y se lo comieron, con la boca chorreando sangre blasfemaron y maldijeron Su nombre, le quitaron la piel de las piernas a arañazos, le lanzaron todo lo que encontraron a mano (especialmente sus cronómetros, reglas y pesas), trataron de abrirle el cráneo con una piedra afilada para devorar su cerebro. En todo este tiempo Él no dijo nada, no pronunció ni una palabra, excepto gemidos y gritos de dolor.

En el preciso momento cuando estaban a punto de abrirle el cráneo, Él abrió su boca para decir algo. Fue curioso, pero todos enmudecieron y se echaron hacia atrás y yo diría que hasta sintieron miedo, como si supieran que con una palabra Él podía consumirlos. Se hizo un círculo a su al rededor para escuchar qué iba a decir y el silencio más absoluto se escuchó en la tierra y en el cielo. Hasta Belcebú, que miraba toda la escena desde cierta distancia, dejó de bailar y celebrar y prestó atención para saber qué iba a decir el Cristo a los hombres. Tirado en el suelo, sacó del bolsillo de su pantalón, con la única mano que le quedaba, la regla más exacta y perfecta jamás vista, la cual podía medir micras, nanometros y hasta unidades armstrong. ¡Ahora sí todos temblaron de miedo! Y con la boca sin dientes y la lengua lacerada habló con la poca voz que le quedaba: “¡No tengan miedo! No me deben nada. Yo los perdono. Porque los amo… te amo a ti… a ti también… y a ti que estás con la boca manchada de sangre porque te comiste mi antebrazo… y a ti que aún estás con esa roca afilada entre tus manos.” Y, entonces, lanzando la regla muy lejos, les dijo: “¡ya no van a necesitar esto nunca más!”. La regla se hizo añicos contra una piedra…

Jamás en la vida. Nunca. Ni antes ni después en la historia de todo lo creado, se vio tal rostro de desconcierto en Satán. Él, que era el más astuto de todos los seres creados, quedó perplejo, sin respuesta, sin teorías explicativas, sin posibilidad de formular hipótesis. Se sintió un verdadero imbécil, se sentó, con el rostro duro de amargura y no supo nunca más cómo responder a esto. Toda la lógica, toda la ética, toda la historia de la medición universal se vino abajo por causa del acto más escandaloso realizado por Dios-hombre: el perdón.

Todo su conglomerado de empresas e instituciones se incendió. Los ejecutivos de Wall Street se abrazaron con los dictadores de izquierda y lloraron amargamente porque la multinacional del Mefistófeles se vino abajo en un solo día y su humo subió por siglos y siglos y se podía ver desde cualquier parte de la tierra. La astucia y la fría lógica de la retribución de Satán no pudo contra el amor y la gracia del Cristo. El Belcebú se quedó sin estrategia por siempre, pues nunca más lo pudo superar.

Los hombres que entendieron lo que el Cristo hizo, volvieron a vivir, sus corazones volvieron a amar y sus cuerpos abandonaron el estado de descomposición. Se empezaron a dar abrazos tibios, y a olvidar poco a poco para qué servían las reglas, las pesas y los cronómetros. Los que antes se decían libres, ¡ahora sí podían serlo de verdad! Y los que antes se decían rectos, ¡ahora sí podían serlo de verdad! Porque empezaron a vivir la verdadera rectitud: la que brota desde el amor y el perdón.

Se dice por ahí que la serpiente antigua aún anda merodeando, como esos esquizofrénicos de terno, corbata y buena familia que se han ido de casa y mendigan un cigarrito en las esquinas y las puertas de las iglesias. A cada transeúnte que se detiene a oírle y le paga un café, le susurra algo acerca de las obligaciones morales y la necesidad de rectitud en el mundo. A muchos les hace sentido y muchos son los que le prestan oídos y parten corriendo a la tienda de antigüedades más cercana para comprar un cronómetro o una pesa ¿Y cómo no? Si el tipo habla bien, como un Undurraga o un Perez-Cotapos, y no como los flaites de la periferia.

Pero dicen también, que cada vez que alguien, imitando al Cristo, ofrece perdón inmerecido y deja de usar su pesa, su regla y su cronómetro y toma la decisión de ya no medir, ya no cobrar, ya no calcular las acciones y conductas de los otros, el Satán vuelve a quedar desconcertado, se pierde por un par de días y cuando vuelve, vuelve con aún menos poder que antes.

 

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Bosquejo para una trilogía (partes 1 & 2).

regla-de-madera_21747381. Dios creó el universo bueno. Con acciones y reacciones. Con causas y consecuencias. Lo recto, lo justo, lo hermoso y lo verdadero fueron creados en perfecta y compleja armonía, manifestando la raíz y la esencia del bien supremo: el amor.

Dios es amor y en Su amor diseñó un hermoso sistema de actos y consecuencias, que llamamos “lo justo”, lo “correcto”, y que reflejan Su gloria llena de bondad y compasión. Satanás – que es sólo odio y rencor, por lo tanto queja y reclamo – reaccionó pateando la perra con celos, amargura y cinismo cuando vio que Dios puso este orden en el mundo al crear al hombre y a la mujer y al colocar en sus corazones el mismo amor que lo caracteriza a Él.

Al inicio, no robar, no mentir, no fallar a sus compromisos y promesas eran sólo formas de expresarse amor entre Adán y Eva. Satán odió este orden de acciones, conductas y actitudes de rectitud movidas por el amor, pero, como era la más astuta de las criaturas de Dios, pronto se dio cuenta que había una posible estrategia para subvertir este orden creacional…

2. Al poco tiempo el hombre cayó y, aunque engañado por la serpiente, lo hizo tomando una decisión libre de la cual fue plenamente responsable y culpable. Satanás tenía ahora el escenario perfecto para aplicar la estrategia que había diseñado: exaltar las conductas rectas, resaltar el deber moral de mantener externamente el orden de lo recto y lo bueno, pero cometiendo un acto de profundo desarraigo: divorciando la rectitud del amor.

Así, Satanás reemplazó las hermosas flores de justicia y rectitud que brotaban desde el fértil suelo del amor a Dios y al prójimo por flores secas (que secaba entre páginas de libros gruesos) y luego por flores plásticas.

Pero además de incursionar en la industria de los derivados del petróleo, el diablo se hizo hábil abogado y, con la astucia que le caracteriza, comenzó a susurrar a los hombres en su oído palabras encolerizadas sobre la necesidad de justicia, de rectitud, de integridad. “Haz siempre lo correcto”, les dijo, “pero hazlo sólo con la secreta esperanza de que los demás sean correctos contigo a cambio”. También les susurró a los hombres la necesidad de vindicación, de quejarse constantemente y de retribución cuando les hacían algún mal o no les correspondían sus actos de generosidad y bondad. Nadie en la historia del desarrollo humano supo ser tan hábil estudioso de la moral y maestro de ética como la misma serpiente. Y mientras la humanidad caminaba su largo camino, ella le iba mordiendo el talón, susurrándoles a las esposas que ya no soportaran más las negligencias de maridos distraídos; diciéndoles a los esposos que ya no toleraran la falta de respeto de esposas ingratas; enseñó a los hijos a murmurar contra las equivocaciones de sus padres y a quejarse de todas sus promesas sin cumplir; les habló a los padres que no toleraran más la insolencia de sus hijos y que de ahora en adelante les pusieran condiciones claras para hacerse merecedores de su amor y atención parental.

Pero el diablo no sólo emprendió su carrera como hábil jurista y maestro de moral, sino especialmente como experto en cálculos infinitesimales. Fue así cómo enseñó a los hombres, de una manera fatal y oscura, a medir para cobrar. Les enseñó que existen medidas muy pequeñas, como los gramos, los miligramos, los centímetros y los milímetros. Y les dijo a los clanes familiares que no toleraran que sus vecinos corrieran sus cercas “ni siquiera un milímetro”. Les enseñó a los feligreses dominicales que, bajo ninguna circunstancia, debían tolerar “ni un miligramo” más de desprecio o falta de atención de parte de sus hermanos que se sentaban en la banca de adelante. Los hombres, alejados del amor, aprendieron rápido a calcular y se tornaron expertos medidores, con reglas en sus bolsillos, pesas en las mochilas y tablas de medidas en sus Biblias. Así, la humanidad, a partir de su propia falta de amor, llegó a superar a su instructor y desarrolló hábilmente la ciencia de la medición, la clasificación y las tipologías, especialmente en las corporaciones religiosas: medían miradas, tonos de voz, el ángulo de inclinación en las comisuras de los labios y los segundos y milisegundos que alguien se demoraba en darles el saludo. Así les iban poniendo etiquetas a las acciones de los demás, realizando categóricas afirmaciones con tono científico, tales como: “hoy fulano no me saludó con los mismos decibeles de efusividad que la semana pasada” ó “ya han pasado exactamente 259.247 segundos que fulano no me llama por teléfono para saber cómo estoy” ó, simplemente: “fulano me miró feo”.

¡Satán era rey en este orden de cosas! Estableció un conglomerado de empresas e instituciones que se tornó la más poderosa multinacional y que incluía desde institutos de educación para enseñar moral, ética y cálculo hasta fábricas de plástico que producían reglas y flores para adornar antejardines en los condominios, pasando por fábricas de cronómetros, pesas digitales, laboratorios para medir miradas y sonrisas, etc. El rubro de la construcción tampoco le fue ajeno: imponentes condominios eran levantados por su constructora y se caracterizaban por tener una perfecta (“milimétrica”) delimitación de los espacios, además de murallas altas para siempre mantener al otro como un ajeno, un extraño, “un ser de inferior calidad moral respecto a mí y a mi familia”.

El diablo llegó entonces a hacer poderosas alianzas con grandes organizaciones religiosas y así pudo vender, a módicos precios, pesas, reglas y cronómetros a la entrada de los templos. Estos instrumentos eran usados especialmente por los feligreses a la hora del café posterior para medir cosas como “rectitud”, “generosidad”, “consecuencia”, “integridad” y “consagración” en otros.

La influencia del Belcebú era tanta que nunca fue portada de la Forbes, porque tenía influencia más que suficiente para impedir que publicaran su foto en la revista. Aunque, con su característico bajo perfil de falsa modestia, llegó a controlar el gran mercado de las relaciones humanas, constituyéndose en poderosísimo legislador y juez privado, entregando siempre boleta por sus servicios eso sí.

Pero seamos honestos: el Mefistófeles jamás habría logrado tamaño poder e influencia sobre el cosmos si no fuera porque los hombres, creados para gobernar la creación, se lo permitieron. Un simple acto del corazón humano fue la puerta abierta de par en par que dejó que el diablo se instaurara como amo y señor: hombres y mujeres, ancianos y niños, todos por igual, olvidaron amar.

(Continuará…)

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Ministerio pastoral y pseudo-libertad

presbyterian pastorAlgo ha captado poderosamente mi atención desde hace un tiempo, especialmente trabajando en un Seminario Teológico donde vienen a capacitarse los futuros ministros del Evangelio y después de yo mismo recibir mi formación teológica en un Seminario de más de 120 alumnos y habiendo conocido muy bien, y de cerca, una denominación donde son ordenados más de 300 ministros al año en Brasil.

Algunos anhelan el pastorado como una especie de “tierra prometida” donde ya no tendrán que rendirle cuentas a nadie, donde serán “Ungidos del Señor” contra los cuales es pecado levantar críticas o cuestionar sus decisiones. Eso puede ser verdad en otras tradiciones cristianas, pero no en las de inspiración calvinista. Una de las cosas que más impresionó al ateo Voltaire cuando conoció los efectos de la gloriosa revolución inglesa (de clara inspiración calvinista) fue que en Inglaterra se había logrado “aquel sistema donde el Rey es libre para promover el bien del pueblo, pero lleno de frenos y cadenas para hacer lo malo o volverse un tirano” (paráfrasis mía a partir de una cita de Francis Schaeffer).

En las iglesias de inspiración calvinista se sabe (al menos en sus estatutos) muy claramente qué implica la Depravación Total, tanto en la vida de los creyentes no-ordenados, como en la de los presbíteros y pastores.  Por eso, en el sistema presbiteriano un pastor no puede ser pastor sin estar sujeto a un Presbiterio (los hay, lamentablemente, pero son irregulares), el pastor debe rendir cuentas regularmente al Presbiterio del cual es miembro y (aunque en ciertos círculos presbiterianos se haya perdido esa costumbre) un pastor debe incluso pedir permiso para participar, ejercer docencia o promover organizaciones o actividades paralelas a su denominación tales como organizaciones para-eclesiásticas, iniciativas interdenominacionales, etc.

Los episcopales saben que deben pedirle permiso a su obispo, ¿o no? Pues bien, los presbiterianos que entienden y abrazan la teología de su sistema de gobierno, saben que el hecho de no tener 1 obispo a quien rendirle cuentas o pedirle permiso no significa que no exista alguien a quien rendirle cuentas; significa, de hecho, todo lo contrario: los pastores presbiterianos le rinden cuentas a 10, 15 ó 20 obispos de una vez ¿Quiénes son estos obispos? ¡Sus colegas de presbiterio reunidos en asamblea!

Incluso en el gobierno de la iglesia local, en su Consistorio, el pastor es un primus inter pares y no un superior que manda sobre los presbíteros.

En fin, habiendo mencionado los principios generales, quisiera volver al asunto del inicio de mi post: me ha parecido sumamente curioso cómo, en la vida cotidiana de estos tiempos posmodernos, se da una paradoja en este asunto del deseo de ser pastor. Justamente aquellos que más se quejan, cuando son miembros no-ordenados, del autoritarismo pastoral y del clericalismo, una vez que son ordenados, hacen y deshacen en sus ministerios, negándose a rendir cuentas regularmente por sus decisiones. Tal parece que lo que los anima a criticar la autoridad pastoral (porque muchas veces sus críticas son tan ácidas y hechas con tanta amargura que no se están simplemente quejando del “autoritarismo”, lo que sería válido, sino de la “autoridad” de frentón, lo que ya es pecado), no es son convicciones teológicas-ministeriales profundas, sino pasiones que batallan dentro sus corazones tales como envidia o deseo de poder. Pareciera ser que lo que los mueve a este tipo de críticas es el anhelo por validarse ante los demás, a fin de compensar antiguas heridas en su autoestima, mediante el acceso al poder y al reconocimiento que el ministerio pastoral parece prometerles.

Muchos posmodernos desean el ministerio pastoral porque parecen anhelar “libertad” como sinónimo de “hago lo quiero y no le rindo cuentas a nadie”. Pues bien, eso es todo lo contrario a lo que el Nuevo Testamento enseña acerca del ministerio pastoral: el ministerio es “doulía”, esto es, “esclavitud”. Somos esclavos de Cristo, esclavos de la iglesia por la que Cristo derramó Su sangre, esclavos gozosos y agradecidos, esclavos por amor.

Un llamado a quienes anhelan obispado (que desde una visión reformada es lo mismo que anhelar presbiterato o pastorado): ¡Es un buen deseo! Pero hay que tener cuidado de uno mismo primero y después de la doctrina. Es imprescindible ejercitar el corazón en el consuelo del Evangelio, que nos recuerda que no somos nada especial, somos polvo y barro de este mundo, que Dios escogió y separó por gracia para sus propósitos. Debemos incansablemente ejercitarnos en la verdad de que la adopción como hijos de Dios en Cristo es motivo más que suficiente para afirmar el corazón y que no necesitamos reconocimientos ministeriales públicos, importantes títulos ni grandes logros o emprendimientos de fe para demostrar nuestro valor. Esas cosas podrán venir, si Dios en Su soberanía así lo ha determinado, pero no deben ser el sustento de nuestro corazón. Un ministerio anónimo, humilde, fiel a la Palabra, entregado por el cuidado de las ovejas en una pequeña parroquia, es más deseable que tener el rostro en la portada de un libro, si es que de esa forma estamos cumpliendo el llamado de Dios para nuestra vida.

Estas son tentaciones siempre presentes. Están presentes en mi ministerio y sólo hay 1 cosa que me puede salvar de mí mismo en estas luchas: gracia. Una gracia sobreabundante y poderosa que irrumpa en las inclinaciones pecaminosas de mi corazón como la luz en las tinieblas. ¡Gracias sean dadas a Dios porque ya nos dio esa gracia en Cristo!

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Aclarando la suscripción confesional

En mi post anterior hablé acerca de la confesionalidad en el contexto presbiteriano y quedé con la impresión que más de alguien podría haber entendido mal el ámbito dentro del cual me estaba refiriendo a la suscripción confesional. Una declaración dentro de un contexto X, puede tener un significado totalmente distinto dentro de un contexto Y ó Z. En mi post anterior di por hecho que estaba siendo suficientemente claro de que estaba hablando del ámbito de los oficiales, especialmente presbíteros y pastores y no de los miembros. Pero en este asunto, tal vez, no está demás ser doblemente claro. Quiero aclarar, por lo tanto, algunas cosas sobre la suscripción confesional.

1. ¿Qué es? La suscripción confesional es un juramento que hacen los oficiales – diáconos, presbíteros y pastores – de lealtad a los símbolos de fe (Confesión de Fe de Westminster, los Catecismos mayor y menor de Westminster y el Catecismo de Heidelberg, en el caso de la IPCh); implica que el oficial se comprometerá a enseñar, aconsejar, ejercer el gobierno eclesiástico, etc. según los parámetros teológicos que la estructura confesional de su denominación establece. Este compromiso implica una convicción clara de parte de un pastor que todo lo esencial y fundamental que este cree está fielmente expresado en una Confesión de Fe determinada. Esto último implica, a su vez, que tanto los aspectos secundarios de sus convicciones personales como los de la Confesión de Fe de su iglesia son tratados exactamente como eso: aspectos secundarios y, por lo tanto, no se siente compelido – a lo Lutero en la Dieta de Worms – a declarar que no puede enseñar o practicar tal o cual asunto por convicciones irrenunciables de conciencia (en cuyo caso no serían para él aspectos secundarios, sino fundamentales… ¿o es muy tonto lo que estoy diciendo?). Este pastor podrá proponer cambios acerca de estos aspectos secundarios en los estatutos de su iglesia mediante los mecanismos regulares establecidos, pero mientras estos cambios no sean debidamente estudiados y aprobados por los consejos pertinentes, es su deber practicar lo que está establecido en los estatutos eclesiásticos vigentes.

2. ¿Quiénes tienen el deber ineludible de asumirla? Los oficiales: presbíteros, pastores y diáconos; no aquellos que son recibidos como miembros. O sea, deben suscribir la Confesión aquellos que se hacen cargo del gobierno, la enseñanza, la consejería y el liderazgo dentro de una comunidad presbiteriana. La suscripción confesional no es una conditio sine qua non para ser miembro de una iglesia presbiteriana. Al que es recibido como miembro se le exige disposición a acatar a las autoridades de la iglesias (las cuales a su vez están sujetas a los estatutos de gobierno de la iglesia y a su confesionalidad) a someterse a sus estatutos y disciplina y sobre todo la disposición a aprender y a ser instruido en la Escritura según los parámetros confesionales que la iglesia ha establecido. A los oficiales, por lo tanto, no se les da tanta libertad como a los miembros. Fieles a los principios calvinistas, las iglesias presbiterianas hemos entendido que mientras mayor sea la responsabilidad de un miembro dentro de la comunidad (pastor o presbítero, por ejemplo), más cuentas debe rendir y mayor debe ser su transparencia ante la comunidad. El que quiera ser líder en una iglesia presbiteriana, debe estar dispuesto a ser siervo; mientras mayor sea su responsabilidad, mayor debe ser su disposición a renunciar a su “autonomía” a fin de ser siervo de todos.

3. ¿Es una camisa de fuerza para los que desean el oficialato dentro de la iglesia? No. ¡Para nada! El miembro que sea debidamente instruido por sus presbíteros y pastores tendrá siempre la opción de permanecer o no en la iglesia, según su propio estudio de la Escritura le vaya convenciendo y también podrá estar dispuesto a asumir o no posiciones de liderazgo, siempre y cuando lo haga de manera honesta y humilde. Nadie es obligado a permanecer en la Iglesia Presbiteriana como miembro, pero sí todo miembro, especialmente quién anhela el liderazgo, tiene el deber moral de estudiar y reflexionar a fondo acerca de los asuntos que le merecen dudas (la “Elección Incondicional” o “Expiación Limitada”, por ejemplo) y no simplemente mantenerse de manera contumaz en su postura sin dedicarse al estudio serio; debe leer y analizar no sólo a teólogos que le dan la razón a él, por lo tanto, sino a aquellos que puedan ser contrarios a su posición. Muchos miembros, sin embargo, que tienen los dones para ejercer el diaconato, el presbiterato o el ministerio pastoral, a medida que crecen en su instrucción, se van convenciendo por sí solos acerca de la sana doctrina de su iglesia y analizan, estudian y reflexionan sobre la confesionalidad de su iglesia a fondo, convenciéndose de que, sin ser perfecta, dicha Confesión es un fiel reflejo humano de la enseñanza de la Palabra Divina. Estos miembros, una vez que la iglesia confirma sus dones, tienden de manera muy natural y orgánica a estar dispuestos a suscribir la Confesión de Fe de su iglesia para ejercer su ministerio dentro de ella. Tal fue mi caso personal, sin ir más lejos.

4. ¿La suscripción confesional implica una confesionalidad monolítica e inmutable que no se revisa? ¡En absoluto! En el caso de la Iglesia Presbiteriana (y ese era exactamente el punto de mi post anterior), la confesionalidad de la iglesia no entra en competencia con la Escritura – que es la única infalible – porque desde el paradigma reformado las confesiones son “norma normata” (norma que está bajo otra norma) y no “norma normans” (norma sobre todas las otras normas). Esto implica no sólo el reconocimiento explícito (como en el capítulo XXXI, párrafo 3 de la CFW) de que los concilios y asambleas, incluyendo la de Westminster, yerran, sino también implica que existen los mecanismos para realizar reformas, enmiendas (todas establecidas entre los artículos 142 y 144 de la Forma de Gobierno de la Iglesia Presbiteriana) e incluso para establecer nuevas confesiones o declaraciones de fe acerca de asuntos que puedan ser relevantes dentro de un determinado contexto histórico y, lógicamente, a la luz de suficiente evidencia escritural. Esto implica que la lectura que un reformado hace de la Biblia es desde una exégesis histórico-gramatical, pues entendemos que ella ES la Palabra de Dios que fue revelada infaliblemente a santos hombres del pasado. Pero la lectura que hacemos de nuestra Confesión de Fe de Westminster es desde una exégesis histórico-crítica, pues entendemos que la Confesión CONTIENE la Palabra de Dios; teólogos y pastores piadosos del siglo XVII hicieron su mejor esfuerzo para reunir en un sistema ordenado qué es lo que las iglesias reformadas creen.

Más de alguien (especialmente si tiene una formación ética más clásica) pensará que lo que digo en este post es obvio, pero, lamentablemente, la experiencia me ha enseñado que en estos tiempos postmodernos, ya no podemos dar por sentado ninguno de los antiguos principios de lealtad y honestidad que deben caracterizar a un pastor. Bajo la justificación de “libertad”, e incluso “libertad de conciencia”, actos de gran deshonestidad y deslealtad son cometidos por líderes, incluso pastores. Otros extrapolan (sin entender nada) y toman palabras, como las que dije en mi post anterior y las califican de “autoritarismo”, “micro-fascismo reformado” o cuanta cosa que los idólatras adoradores de la autonomía humana suelen decir.

Como dijo alguien por ahí: “O tempora, o mores!”

(c) Palace of Westminster; Supplied by The Public Catalogue Foundation

Asamblea de Westminster

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Una palabrita sobre suscripción confesional

Cito la Confesión de Fe de Westminster, capítulo XXI, párrafo 3:

Todos los sínodos y concilios desde los tiempos de los apóstoles, sean generales o particulares, pueden cometer errores y muchos los han cometido; ellos por lo tanto no deben constituirse en regla de fe y práctica, pero pueden ser usados como auxilio tanto en una como en la otra“.

Al respecto comenta el maestro en Dogmática por el CPAJ, Ulisses Horta Simões (profesor del Seminario Presbiteriano de Belo Horizonte) en un libro que es fruto de su investigación en terreno tanto en las iglesias reformadas brasileñas como en Escocia y Holanda: “Por lo tanto, nadie puede lanzar contra la asamblea de Westminster, o los símbolos que ella produjo, la acusación de querer substituir o competir con la Palabra de Dios; este es un punto de diferencia fundamental entre los símbolos y concilios del romanismo y los de los reformados.” (“A subscrição confessional”, pp. 62-63).

Y yo – que tiendo a ser un poco más idiota para mis cosas – añado: el pastor o presbítero de una Iglesia Presbiteriana que anda por ahí enfatizando públicamente, toda vez que enseña o predica, que existe una supuesta tensión o “competencia de lealtades” entre la CFW y la Biblia y que esta tensión va hasta el punto de ser la causa de conflictos y luchas profundas de conciencia y de enseñanza al interior de la iglesia, lo hace por 1 de 2 razones:

(1) Lo hace honestamente, en cuyo caso ignora los propios estatutos de su iglesia (y habría sido ordenado irresponsablemente, por lo tanto) y necesitaría suspender su cargo para dedicarse al estudio serio de la Escritura, la teología reformada y la relación entre ambas.

(2) O lo hace deshonestamente, en cuyo caso, lisa y llanamente, es un líder carnal y mal intencionado, adepto a causar disensiones en la iglesia (Pablo afirma en Gálatas 5.20 que causar disensiones es una obra de la carne). En este último caso, sería más coherente que se fuera de la iglesia y nos dejara a todos tranquilos… y de paso él también estaría más tranquilo… a menos que tenga alguna necesidad patológica de llamar la atención de otros mediante el conflicto; si así fuera, lo que necesita es atención psiquiátrica.

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C. S. Lewis y el perdón

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Admirablemente claro, humilde y didáctico. Así es C. S. Lewis. Sus escritos han sido una compañía para mí en momentos de gran pena, angustia y/o culpa, así como en momentos de profunda alegría y gratitud a Dios. El gran profesor del Magdalen College de Oxford es percibido por mí como un guía, un mentor, un hombre a quién admirar.

Aquí les dejo unas palabras del viejo Jack extraídas de su ensayo sobre el perdón. Lo pueden encontrar en el libro “El perdón y otros ensayos cristianos” publicado por Editorial Andrés Bello (se encuentra muy barato en Santiago las librerías de calle San Diego o en la librería de la Ed. Universitaria que está en la casa central de la U. de Chile en la Alameda Bernardo O’Higgins). Disfruten y déjense humillar por palabras tan simples y, al mismo tiempo, potentes:

En la iglesia (y en otras partes), afirmamos muchas cosas sin pensar lo que estamos diciendo. Por ejemplo, al rezar el Credo, decimos “Creo en el perdón de los pecados”. Durante muchos años, repetía esas palabras sin preguntarme por qué motivo se encuentran en esa oración. A primera vista, no es necesario incluirlas. “Es evidente que un cristiano cree en el perdón de los pecados -pensaba yo-; se sobreentiende.” Sin embargo, al parecer los autores del Credo consideraron importante recordar este aspecto de nuestra fe cada vez que asistimos a la iglesia, y, por mi parte, he comenzado a reconocer que tenían razón. Creer en el perdón de los pecados no es tan fácil como yo pensaba. Esta creencia se debilitará con facilidad si no la reforzamos de manera permanente. 

Creemos que Dios perdona nuestros pecados, pero también que no lo hará si nosotros no perdonamos a los demás cuando nos ofenden. La segunda parte de esta afirmación es indudable, porque se menciona en la Oración de Nuestro Señor. Él lo afirmó enfáticamente: si no perdonáis, no seréis perdonados. Nada es más claro en su enseñanza, y esta regla no tiene excepciones. Dios no nos pide perdonar los pecados del prójimo sólo si no son en extremo graves o cuando existen circunstancias atenuantes; debemos perdonar todas las faltas, aunque sean muy mal intencionadas, ruines y frecuentes. De lo contrario, ninguno de nuestros pecados será perdonado. 

En mi opinión, con frecuencia interpretamos equivocadamente el perdón de Dios y de los hombres. En cuanto a Dios, cuando creemos pedirle perdón, a menudo deseamos otra cosa (a menos que nos hayamos observado con cuidado): en realidad, no queremos ser perdonados, sino disculpados; pero son dos cosas muy distintas. Perdonar es decir “Sí, has cometido un pecado, pero acepto tu arrepentimiento, en ningún momento utilizaré la falta en contra tuya y entre los dos todo volverá a ser como antes”. En cambio, disculpar es decir “Me doy cuenta de que no podías evitarlo o no era tu intención y en realidad no eras culpable”. Si uno no ha sido verdaderamente culpable, no hay nada que perdonar, y en este sentido disculpar es en cierto modo lo contrario. Sin duda, entre Dios y el hombre o entre dos personas, en muchos casos existe una combinación de ambas cosas. En realidad, lo que en un principio parecía un pecado, en parte no era culpa de nadie y se disculpa, y el resto es perdonado. Con una excusa perfecta, no necesitamos perdón; pero si una acción requiere ser perdonada, es imposible una excusa. La dificultad reside en el hecho de que al “pedir perdón a Dios” muchas veces en realidad estamos pidiéndole aceptar nuestras excusas. Este error es producto de la existencia de ciertas “circunstancias atenuantes” en la generalidad de los casos. Estamos tan deseosos de recalcar estas circunstancias ante Dios (y ante nosotros mismos) que tendemos a olvidar lo esencial, es decir, esa pequeña parte inexcusable, pero no imperdonable, gracias a Dios. En estas condiciones creemos arrepentirnos y ser perdonados, pero en realidad simplemente hemos quedado satisfechos con nuestras excusas, que en gran medida pueden ser insuficientes: todas las personas se satisfacen muy fácilmente consigo mismas. 

Existen dos maneras de evitar este peligro. Por una parte, recordemos que Dios tiene presente toda excusa verdadera de mucho mejor manera que nosotros. Si en realidad existen “circunstancias atenuantes”, en ningún caso las pasará por alto. Con frecuencia, Él conoce gran cantidad de excusas en las cuales nosotros jamás hemos pensado, y al morir las almas humildes tendrán la encantadora sorpresa de descubrir que en algunas ocasiones sus pecados no habían sido tan graves como creían. Él se hará cargo de todo lo excusable. Nuestro deber consiste en darle cuenta de la parte inexcusable, del pecado. Perdemos el tiempo hablando de todo lo disculpable (según nosotros). Cuando consultamos un médico, le damos a conocer nuestras afecciones. Si tenemos un brazo quebrado, es inútil explicarle que las piernas, los ojos y la garganta están en perfecto estado. Tal vez nos equivocamos, pero si esos órganos están en buenas condiciones, el doctor se dará cuenta. 

Este peligro también desaparece si de verdad creemos en el perdón de los pecados. En gran medida, el afán de presentar excusas es producto de nuestra incredulidad: pensamos que Dios no nos acogerá sin un argumento en favor nuestro; pero en esas condiciones no existe perdón. El perdón verdadero implica mirar sin rodeos el pecado, la parte inexcusable, cuando se han descartado todas las circunstancias atenuantes, verlo en todo su horror, bajeza y maldad y reconciliarse a pesar de todo con el hombre que lo ha cometido.

Eso -y nada más que eso- es el perdón, y siempre podremos recibirlo de Dios, si lo pedimos.

El perdón entre los seres humanos es en parte similar y en parte diferente. Es semejante porque tampoco consiste en disculpar, como creen muchas personas. Cuando les pedimos perdonar un engaño o un abuso, piensan que estamos sugiriendo el hecho de que en realidad no se ha cometido una falta; pero en ese caso no habría nada que perdonar. Los afectados nos dirán: “Este hombre no ha cumplido un compromiso de gran importancia”. Eso es lo que deben perdonar (no significa que vayan a creer en él cuando se comprometa nuevamente; significa que deben hacer todo lo posible por eliminar su resentimiento por completo y cualquier deseo de humillar, herir o castigar al ofensor). Existe una diferencia entre esta situación y el hecho de pedir perdón a Dios: admitimos con gran facilidad nuestras propias excusas, pero no juzgamos a los demás con el mismo criterio. Cuando hemos pecado, nos parece que las excusas podrían ser mejores (aun cuando no tenemos certeza); cuando los demás nos ofenden, consideramos excesivas las excusas (aun cuando tampoco tenemos certeza). Por consiguiente, en primer lugar debemos observar con detención si existen circunstancias atenuantes en virtud de las cuales una persona no sea tan culpable como creíamos; pero la perdonaremos aun cuando sea absolutamente culpable, y si el noventa y nueve por ciento de esa culpa aparente puede justificarse en buena forma con excusas, el problema del perdón reside en el uno por ciento restante. No hay caridad cristiana, sino mera justicia, al disculpar lo excusable. Para ser cristianos, debemos perdonar lo inexcusable, porque así procede Dios con nosotros. 

Es difícil. Tal vez no es tan difícil perdonar una gran ofensa. ¿Pero cómo olvidar las provocaciones incesantes de la vida cotidiana?, ¿cómo perdonar de manera permanente a una suegra dominante, a un marido fastidioso, a una esposa regañona, a una hija egoísta o a un hijo mentiroso? A mi modo de ver, sólo es posible conseguirlo recordando nuestra situación, comprendiendo el sentido de estas palabras en nuestras oraciones de cada noche: “Perdónanos nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Sólo en estas condiciones podemos ser perdonados. Si no las aceptamos, estamos rechazando la misericordia divina. La regla no tiene excepciones y en las palabras de Dios no existe ambigüedad.

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