Aclarando la suscripción confesional

En mi post anterior hablé acerca de la confesionalidad en el contexto presbiteriano y quedé con la impresión que más de alguien podría haber entendido mal el ámbito dentro del cual me estaba refiriendo a la suscripción confesional. Una declaración dentro de un contexto X, puede tener un significado totalmente distinto dentro de un contexto Y ó Z. En mi post anterior di por hecho que estaba siendo suficientemente claro de que estaba hablando del ámbito de los oficiales, especialmente presbíteros y pastores y no de los miembros. Pero en este asunto, tal vez, no está demás ser doblemente claro. Quiero aclarar, por lo tanto, algunas cosas sobre la suscripción confesional.

1. ¿Qué es? La suscripción confesional es un juramento que hacen los oficiales – diáconos, presbíteros y pastores – de lealtad a los símbolos de fe (Confesión de Fe de Westminster, los Catecismos mayor y menor de Westminster y el Catecismo de Heidelberg, en el caso de la IPCh); implica que el oficial se comprometerá a enseñar, aconsejar, ejercer el gobierno eclesiástico, etc. según los parámetros teológicos que la estructura confesional de su denominación establece. Este compromiso implica una convicción clara de parte de un pastor que todo lo esencial y fundamental que este cree está fielmente expresado en una Confesión de Fe determinada. Esto último implica, a su vez, que tanto los aspectos secundarios de sus convicciones personales como los de la Confesión de Fe de su iglesia son tratados exactamente como eso: aspectos secundarios y, por lo tanto, no se siente compelido – a lo Lutero en la Dieta de Worms – a declarar que no puede enseñar o practicar tal o cual asunto por convicciones irrenunciables de conciencia (en cuyo caso no serían para él aspectos secundarios, sino fundamentales… ¿o es muy tonto lo que estoy diciendo?). Este pastor podrá proponer cambios acerca de estos aspectos secundarios en los estatutos de su iglesia mediante los mecanismos regulares establecidos, pero mientras estos cambios no sean debidamente estudiados y aprobados por los consejos pertinentes, es su deber practicar lo que está establecido en los estatutos eclesiásticos vigentes.

2. ¿Quiénes tienen el deber ineludible de asumirla? Los oficiales: presbíteros, pastores y diáconos; no aquellos que son recibidos como miembros. O sea, deben suscribir la Confesión aquellos que se hacen cargo del gobierno, la enseñanza, la consejería y el liderazgo dentro de una comunidad presbiteriana. La suscripción confesional no es una conditio sine qua non para ser miembro de una iglesia presbiteriana. Al que es recibido como miembro se le exige disposición a acatar a las autoridades de la iglesias (las cuales a su vez están sujetas a los estatutos de gobierno de la iglesia y a su confesionalidad) a someterse a sus estatutos y disciplina y sobre todo la disposición a aprender y a ser instruido en la Escritura según los parámetros confesionales que la iglesia ha establecido. A los oficiales, por lo tanto, no se les da tanta libertad como a los miembros. Fieles a los principios calvinistas, las iglesias presbiterianas hemos entendido que mientras mayor sea la responsabilidad de un miembro dentro de la comunidad (pastor o presbítero, por ejemplo), más cuentas debe rendir y mayor debe ser su transparencia ante la comunidad. El que quiera ser líder en una iglesia presbiteriana, debe estar dispuesto a ser siervo; mientras mayor sea su responsabilidad, mayor debe ser su disposición a renunciar a su “autonomía” a fin de ser siervo de todos.

3. ¿Es una camisa de fuerza para los que desean el oficialato dentro de la iglesia? No. ¡Para nada! El miembro que sea debidamente instruido por sus presbíteros y pastores tendrá siempre la opción de permanecer o no en la iglesia, según su propio estudio de la Escritura le vaya convenciendo y también podrá estar dispuesto a asumir o no posiciones de liderazgo, siempre y cuando lo haga de manera honesta y humilde. Nadie es obligado a permanecer en la Iglesia Presbiteriana como miembro, pero sí todo miembro, especialmente quién anhela el liderazgo, tiene el deber moral de estudiar y reflexionar a fondo acerca de los asuntos que le merecen dudas (la “Elección Incondicional” o “Expiación Limitada”, por ejemplo) y no simplemente mantenerse de manera contumaz en su postura sin dedicarse al estudio serio; debe leer y analizar no sólo a teólogos que le dan la razón a él, por lo tanto, sino a aquellos que puedan ser contrarios a su posición. Muchos miembros, sin embargo, que tienen los dones para ejercer el diaconato, el presbiterato o el ministerio pastoral, a medida que crecen en su instrucción, se van convenciendo por sí solos acerca de la sana doctrina de su iglesia y analizan, estudian y reflexionan sobre la confesionalidad de su iglesia a fondo, convenciéndose de que, sin ser perfecta, dicha Confesión es un fiel reflejo humano de la enseñanza de la Palabra Divina. Estos miembros, una vez que la iglesia confirma sus dones, tienden de manera muy natural y orgánica a estar dispuestos a suscribir la Confesión de Fe de su iglesia para ejercer su ministerio dentro de ella. Tal fue mi caso personal, sin ir más lejos.

4. ¿La suscripción confesional implica una confesionalidad monolítica e inmutable que no se revisa? ¡En absoluto! En el caso de la Iglesia Presbiteriana (y ese era exactamente el punto de mi post anterior), la confesionalidad de la iglesia no entra en competencia con la Escritura – que es la única infalible – porque desde el paradigma reformado las confesiones son “norma normata” (norma que está bajo otra norma) y no “norma normans” (norma sobre todas las otras normas). Esto implica no sólo el reconocimiento explícito (como en el capítulo XXXI, párrafo 3 de la CFW) de que los concilios y asambleas, incluyendo la de Westminster, yerran, sino también implica que existen los mecanismos para realizar reformas, enmiendas (todas establecidas entre los artículos 142 y 144 de la Forma de Gobierno de la Iglesia Presbiteriana) e incluso para establecer nuevas confesiones o declaraciones de fe acerca de asuntos que puedan ser relevantes dentro de un determinado contexto histórico y, lógicamente, a la luz de suficiente evidencia escritural. Esto implica que la lectura que un reformado hace de la Biblia es desde una exégesis histórico-gramatical, pues entendemos que ella ES la Palabra de Dios que fue revelada infaliblemente a santos hombres del pasado. Pero la lectura que hacemos de nuestra Confesión de Fe de Westminster es desde una exégesis histórico-crítica, pues entendemos que la Confesión CONTIENE la Palabra de Dios; teólogos y pastores piadosos del siglo XVII hicieron su mejor esfuerzo para reunir en un sistema ordenado qué es lo que las iglesias reformadas creen.

Más de alguien (especialmente si tiene una formación ética más clásica) pensará que lo que digo en este post es obvio, pero, lamentablemente, la experiencia me ha enseñado que en estos tiempos postmodernos, ya no podemos dar por sentado ninguno de los antiguos principios de lealtad y honestidad que deben caracterizar a un pastor. Bajo la justificación de “libertad”, e incluso “libertad de conciencia”, actos de gran deshonestidad y deslealtad son cometidos por líderes, incluso pastores. Otros extrapolan (sin entender nada) y toman palabras, como las que dije en mi post anterior y las califican de “autoritarismo”, “micro-fascismo reformado” o cuanta cosa que los idólatras adoradores de la autonomía humana suelen decir.

Como dijo alguien por ahí: “O tempora, o mores!”

(c) Palace of Westminster; Supplied by The Public Catalogue Foundation

Asamblea de Westminster

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Filed under Iglesia, Iglesia Presbiteriana de Chile

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