Bosquejo para una trilogía (partes 1 & 2).

regla-de-madera_21747381. Dios creó el universo bueno. Con acciones y reacciones. Con causas y consecuencias. Lo recto, lo justo, lo hermoso y lo verdadero fueron creados en perfecta y compleja armonía, manifestando la raíz y la esencia del bien supremo: el amor.

Dios es amor y en Su amor diseñó un hermoso sistema de actos y consecuencias, que llamamos “lo justo”, lo “correcto”, y que reflejan Su gloria llena de bondad y compasión. Satanás – que es sólo odio y rencor, por lo tanto queja y reclamo – reaccionó pateando la perra con celos, amargura y cinismo cuando vio que Dios puso este orden en el mundo al crear al hombre y a la mujer y al colocar en sus corazones el mismo amor que lo caracteriza a Él.

Al inicio, no robar, no mentir, no fallar a sus compromisos y promesas eran sólo formas de expresarse amor entre Adán y Eva. Satán odió este orden de acciones, conductas y actitudes de rectitud movidas por el amor, pero, como era la más astuta de las criaturas de Dios, pronto se dio cuenta que había una posible estrategia para subvertir este orden creacional…

2. Al poco tiempo el hombre cayó y, aunque engañado por la serpiente, lo hizo tomando una decisión libre de la cual fue plenamente responsable y culpable. Satanás tenía ahora el escenario perfecto para aplicar la estrategia que había diseñado: exaltar las conductas rectas, resaltar el deber moral de mantener externamente el orden de lo recto y lo bueno, pero cometiendo un acto de profundo desarraigo: divorciando la rectitud del amor.

Así, Satanás reemplazó las hermosas flores de justicia y rectitud que brotaban desde el fértil suelo del amor a Dios y al prójimo por flores secas (que secaba entre páginas de libros gruesos) y luego por flores plásticas.

Pero además de incursionar en la industria de los derivados del petróleo, el diablo se hizo hábil abogado y, con la astucia que le caracteriza, comenzó a susurrar a los hombres en su oído palabras encolerizadas sobre la necesidad de justicia, de rectitud, de integridad. “Haz siempre lo correcto”, les dijo, “pero hazlo sólo con la secreta esperanza de que los demás sean correctos contigo a cambio”. También les susurró a los hombres la necesidad de vindicación, de quejarse constantemente y de retribución cuando les hacían algún mal o no les correspondían sus actos de generosidad y bondad. Nadie en la historia del desarrollo humano supo ser tan hábil estudioso de la moral y maestro de ética como la misma serpiente. Y mientras la humanidad caminaba su largo camino, ella le iba mordiendo el talón, susurrándoles a las esposas que ya no soportaran más las negligencias de maridos distraídos; diciéndoles a los esposos que ya no toleraran la falta de respeto de esposas ingratas; enseñó a los hijos a murmurar contra las equivocaciones de sus padres y a quejarse de todas sus promesas sin cumplir; les habló a los padres que no toleraran más la insolencia de sus hijos y que de ahora en adelante les pusieran condiciones claras para hacerse merecedores de su amor y atención parental.

Pero el diablo no sólo emprendió su carrera como hábil jurista y maestro de moral, sino especialmente como experto en cálculos infinitesimales. Fue así cómo enseñó a los hombres, de una manera fatal y oscura, a medir para cobrar. Les enseñó que existen medidas muy pequeñas, como los gramos, los miligramos, los centímetros y los milímetros. Y les dijo a los clanes familiares que no toleraran que sus vecinos corrieran sus cercas “ni siquiera un milímetro”. Les enseñó a los feligreses dominicales que, bajo ninguna circunstancia, debían tolerar “ni un miligramo” más de desprecio o falta de atención de parte de sus hermanos que se sentaban en la banca de adelante. Los hombres, alejados del amor, aprendieron rápido a calcular y se tornaron expertos medidores, con reglas en sus bolsillos, pesas en las mochilas y tablas de medidas en sus Biblias. Así, la humanidad, a partir de su propia falta de amor, llegó a superar a su instructor y desarrolló hábilmente la ciencia de la medición, la clasificación y las tipologías, especialmente en las corporaciones religiosas: medían miradas, tonos de voz, el ángulo de inclinación en las comisuras de los labios y los segundos y milisegundos que alguien se demoraba en darles el saludo. Así les iban poniendo etiquetas a las acciones de los demás, realizando categóricas afirmaciones con tono científico, tales como: “hoy fulano no me saludó con los mismos decibeles de efusividad que la semana pasada” ó “ya han pasado exactamente 259.247 segundos que fulano no me llama por teléfono para saber cómo estoy” ó, simplemente: “fulano me miró feo”.

¡Satán era rey en este orden de cosas! Estableció un conglomerado de empresas e instituciones que se tornó la más poderosa multinacional y que incluía desde institutos de educación para enseñar moral, ética y cálculo hasta fábricas de plástico que producían reglas y flores para adornar antejardines en los condominios, pasando por fábricas de cronómetros, pesas digitales, laboratorios para medir miradas y sonrisas, etc. El rubro de la construcción tampoco le fue ajeno: imponentes condominios eran levantados por su constructora y se caracterizaban por tener una perfecta (“milimétrica”) delimitación de los espacios, además de murallas altas para siempre mantener al otro como un ajeno, un extraño, “un ser de inferior calidad moral respecto a mí y a mi familia”.

El diablo llegó entonces a hacer poderosas alianzas con grandes organizaciones religiosas y así pudo vender, a módicos precios, pesas, reglas y cronómetros a la entrada de los templos. Estos instrumentos eran usados especialmente por los feligreses a la hora del café posterior para medir cosas como “rectitud”, “generosidad”, “consecuencia”, “integridad” y “consagración” en otros.

La influencia del Belcebú era tanta que nunca fue portada de la Forbes, porque tenía influencia más que suficiente para impedir que publicaran su foto en la revista. Aunque, con su característico bajo perfil de falsa modestia, llegó a controlar el gran mercado de las relaciones humanas, constituyéndose en poderosísimo legislador y juez privado, entregando siempre boleta por sus servicios eso sí.

Pero seamos honestos: el Mefistófeles jamás habría logrado tamaño poder e influencia sobre el cosmos si no fuera porque los hombres, creados para gobernar la creación, se lo permitieron. Un simple acto del corazón humano fue la puerta abierta de par en par que dejó que el diablo se instaurara como amo y señor: hombres y mujeres, ancianos y niños, todos por igual, olvidaron amar.

(Continuará…)

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Filed under Cosmovisión, Espiritualidad cristiana, Por puro gusto

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