Bosquejo para una trilogía (parte 3).

regla quebrada3. Pero hay un pero y por la sola gracia de Dios, que no dejó a los hombres hundidos en las justas consecuencias de sus actos. Esta historia comenzó a ser revertida hace unos dos mil años atrás. Un problema humano necesitaba ser resuelto por un hombre, pero un problema de ese tamaño sólo Dios podía solucionarlo. Así que Dios se hizo hombre.

Siendo Dios-hombre, también conocido como el Cristo, caminó entre las multitudes y las miró con amor. Con los ojos llenos de lágrimas observó que la gente cargaba pesas en las mochilas, reglas en una mano y cronómetros en la otra y se medían unas a otras. Unos les decían a los otros: “ustedes no son rígidos como nosotros, ¡no han respetado la moral y las buenas costumbres!”. Los otros les respondían “el problema son ustedes que no tienen una ética alternativa como nosotros, ¡no han respetado la libertad y la espontaneidad!”. Pero todos por igual habían adaptado las reglas, las pesas y los cronómetros para medir milimétricamente a los demás según lo que para sí mismos era importante. Dios-hombre los miró, caminó entre la multitud, en medio de sus furiosos alegatos y lloró porque estaban solos. No podemos afirmar que su visión era de rayos-x, pero sabemos que vio los corazones y se fijó que se habían convertido en desiertos porque ya nadie sabía amar.

¡Sin embargo no se confundan! El Cristo no acostumbraba medir. No usaba pesas, reglas ni cronómetros. Como máximo cerraba un ojo para mirar a alguien a la distancia y hacía una medición rústica con su pulgar y su meñique y aún así se reía porque sus mediciones nunca eran del todo exactas, pero, por alguna extraña razón, a Él le servían.

Les acarició el cabello a las mujeres, les dio golpecitos de cariño en la espalda a los hombres, besó la frente de los niños, le tomó la mano a los ancianos, pero nadie parecía notar su presencia porque a estas alturas ya eran todos muertos vivientes que sólo sabían contar, medir y calcular. Se gruñían y mordían unos a otros y no faltaban relatos acerca de que, “por ahí”, alguien se había devorado a otro.

Y fue entonces cuando algo abyecto ocurrió en la creación y el mayor acto de obscenidad e inmoralidad se desató (y espero que se preparen para lo que les voy a contar, pues es realmente repulsivo): todos los muertos vivientes, dejando a un lado sus pesas, reglas y cronómetros atentaron contra todo lo que es recto, justo y bueno y se lanzaron, como la horda de zombies que eran, contra El Cristo. Él soportó todo sin abrir su boca. Le rompieron su ropa, lo golpearon con bates de béisbol, se burlaron de Él, bailaron sobre su vientre con tacones-aguja, le arrancaron un brazo y se lo comieron, con la boca chorreando sangre blasfemaron y maldijeron Su nombre, le quitaron la piel de las piernas a arañazos, le lanzaron todo lo que encontraron a mano (especialmente sus cronómetros, reglas y pesas), trataron de abrirle el cráneo con una piedra afilada para devorar su cerebro. En todo este tiempo Él no dijo nada, no pronunció ni una palabra, excepto gemidos y gritos de dolor.

En el preciso momento cuando estaban a punto de abrirle el cráneo, Él abrió su boca para decir algo. Fue curioso, pero todos enmudecieron y se echaron hacia atrás y yo diría que hasta sintieron miedo, como si supieran que con una palabra Él podía consumirlos. Se hizo un círculo a su al rededor para escuchar qué iba a decir y el silencio más absoluto se escuchó en la tierra y en el cielo. Hasta Belcebú, que miraba toda la escena desde cierta distancia, dejó de bailar y celebrar y prestó atención para saber qué iba a decir el Cristo a los hombres. Tirado en el suelo, sacó del bolsillo de su pantalón, con la única mano que le quedaba, la regla más exacta y perfecta jamás vista, la cual podía medir micras, nanometros y hasta unidades armstrong. ¡Ahora sí todos temblaron de miedo! Y con la boca sin dientes y la lengua lacerada habló con la poca voz que le quedaba: “¡No tengan miedo! No me deben nada. Yo los perdono. Porque los amo… te amo a ti… a ti también… y a ti que estás con la boca manchada de sangre porque te comiste mi antebrazo… y a ti que aún estás con esa roca afilada entre tus manos.” Y, entonces, lanzando la regla muy lejos, les dijo: “¡ya no van a necesitar esto nunca más!”. La regla se hizo añicos contra una piedra…

Jamás en la vida. Nunca. Ni antes ni después en la historia de todo lo creado, se vio tal rostro de desconcierto en Satán. Él, que era el más astuto de todos los seres creados, quedó perplejo, sin respuesta, sin teorías explicativas, sin posibilidad de formular hipótesis. Se sintió un verdadero imbécil, se sentó, con el rostro duro de amargura y no supo nunca más cómo responder a esto. Toda la lógica, toda la ética, toda la historia de la medición universal se vino abajo por causa del acto más escandaloso realizado por Dios-hombre: el perdón.

Todo su conglomerado de empresas e instituciones se incendió. Los ejecutivos de Wall Street se abrazaron con los dictadores de izquierda y lloraron amargamente porque la multinacional del Mefistófeles se vino abajo en un solo día y su humo subió por siglos y siglos y se podía ver desde cualquier parte de la tierra. La astucia y la fría lógica de la retribución de Satán no pudo contra el amor y la gracia del Cristo. El Belcebú se quedó sin estrategia por siempre, pues nunca más lo pudo superar.

Los hombres que entendieron lo que el Cristo hizo, volvieron a vivir, sus corazones volvieron a amar y sus cuerpos abandonaron el estado de descomposición. Se empezaron a dar abrazos tibios, y a olvidar poco a poco para qué servían las reglas, las pesas y los cronómetros. Los que antes se decían libres, ¡ahora sí podían serlo de verdad! Y los que antes se decían rectos, ¡ahora sí podían serlo de verdad! Porque empezaron a vivir la verdadera rectitud: la que brota desde el amor y el perdón.

Se dice por ahí que la serpiente antigua aún anda merodeando, como esos esquizofrénicos de terno, corbata y buena familia que se han ido de casa y mendigan un cigarrito en las esquinas y las puertas de las iglesias. A cada transeúnte que se detiene a oírle y le paga un café, le susurra algo acerca de las obligaciones morales y la necesidad de rectitud en el mundo. A muchos les hace sentido y muchos son los que le prestan oídos y parten corriendo a la tienda de antigüedades más cercana para comprar un cronómetro o una pesa ¿Y cómo no? Si el tipo habla bien, como un Undurraga o un Perez-Cotapos, y no como los flaites de la periferia.

Pero dicen también, que cada vez que alguien, imitando al Cristo, ofrece perdón inmerecido y deja de usar su pesa, su regla y su cronómetro y toma la decisión de ya no medir, ya no cobrar, ya no calcular las acciones y conductas de los otros, el Satán vuelve a quedar desconcertado, se pierde por un par de días y cuando vuelve, vuelve con aún menos poder que antes.

 

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Filed under Cosmovisión, Espiritualidad cristiana, Por puro gusto

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