Monthly Archives: April 2014

La trompeta final de Mozart

Desde niño, por la influencia de mi viejo (que, además de hacerme oír sus obras, me llevó a ver la película Amadeus con 5 ó 6 años), sentí una irresistible fascinación por la música de Mozart y, específicamente por su Réquiem.

Esa leyenda (no sé qué tanto tiene de cierta) de que el loquillo Wolfgang se habría compuesto esta maravillosa obra de arte para sí mismo porque sabía que estaba a las puertas de la muerte por tuberculosis me parece sublime.

Hasta el día de hoy lo escucho cuando, en medio de mis recurrentes fases nihilistas, necesito recordarme a mí mismo que aún hay hermosura en el mundo, incluso cuando todo parece apuntar hacia la oscuridad y la muerte.

Desde mi adolescencia “Tuba Mirum” ha sido un favorito entre favoritos por su música. Cuando descubrí qué dice la letra, con mayor razón aún. Aquí se las comparto:

La trompeta, esparciendo un asombroso sonido
por los sepulcros de las regiones
reunirá a todos ante el trono.

La naturaleza y la muerte se asombrarán
cuando resuciten las criaturas
para responder ante el Juez.
Y por aquel profético libro
en que todo está contenido
el mundo será juzgado.

El Juez, pues, cuando se siente
todo lo oculto saldrá a la luz,
nada quedará impune.

¿Qué podré decir yo, desdichado?
¿A qué abogado invocaré,
cuando ni los justos están seguros?

Y aquí pueden apreciar la maravillosa música con su bellísima progresión de voces, de barítono a soprano:

 

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Dios no quiere tu felicidad

Imagen“Dios quiere que seamos felices, ¿no te das cuenta?” me dijo una ilustre desconocida en Facebook. Ya ni recuerdo bien por qué.

Me resulta cada vez más curiosa y abyecta la idea de que Dios quiere que seamos felices. Sí, está claro que la Biblia está llena de todo tipo de bienaventuranzas desde el Antiguo Testamento hasta el mismísimo Apocalipsis, pero si nos fijamos bien, no se trata de la felicidad que nosotros imaginamos.

La mayoría de las personas hoy en día cuando dicen “Dios quiere hacerme feliz” dan por supuesto primero todo aquello que, según ellos mismos, los haría felices: una carrera exitosa, una familia bonita, una casa en la colina, un ministerio reconocido, fama y reconocimiento, una relación duradera con alguien hacia quien se sienten atraídos, etc. Y desde ese presupuesto intocable imaginan que Dios “les concederá las peticiones de su corazón”. Pero Dios afirma claramente que sólo le son concedidas las peticiones del corazón a quienes, primero, se deleitan en Jehová (Salmo 37.4), no en las cosas, circunstancias o relaciones que Jehová da o podría dar. Y deleitarse en Jehová significa valorarlo como el tesoro mayor, el tesoro suficiente, el deleite último, el más sublime de todos, al lado del cual vale la pena dejar atrás cualquier otro placer, pues todos los demás son menores e insuficientes.

La noticia es esta: Dios no quiere darte TU concepto de felicidad. Dios definitivamente no quiere TU felicidad. Él te creó y Él sabe qué es lo mejor para ti, mejor que tú mismo, pues la raza humana hace tiempo que perdimos el rumbo y que vagamos en las granjas de cerdos deseando las algarrobas que les dan, mientras nuestro Padre tiene un banquete en casa. Hace rato que tomamos agua de la letrina y la llamamos deliciosa cuando a sólo un paso está el agua fresca y cristalina de la vertiente que Dios nos ofrece. Hace rato que empezamos a llamar a lo malo bueno y a lo bueno malo.

Dios quiere destruir TU felicidad. Y, si es necesario, para librarte de la triste esclavitud en la que te encuentras, preso de tus propios conceptos mediocres de felicidad, Dios va a romper tu corazón, Dios va a hacer que se venga abajo tu carrera, Dios te va a quitar tu mejor trabajo, Dios va a hacer que te decepciones de tu iglesia y tu iglesia se decepcionará de ti, Dios va a arruinar tu reputación, Dios te va a llevar a la bancarrota financiera, Dios va a deshacer el buen nombre tuyo y de tu familia, Dios te va a quitar tu hijo(a), Dios no te va a prosperar (no importa cuánto lo intentes), Dios va a alejar de ti a la persona que más amas, Dios te dará el desprecio de las personas que quieres agradar, Dios va a destruir la relación de tus sueños. Y todo esto simplemente porque Dios no quiere TU felicidad.

¿Por qué Dios hace eso? ¡Para que seamos verdaderamente libres! Y es que hemos construido muros alrededor de nosotros mismos que nos aíslan de Dios y de la verdadera felicidad. Nos hemos construido burbujas de concreto. Burbujas de sueños vanos. Burbujas donde cada ladrillo es un deseo que nuestro corazón pecaminoso anhela. Sin puertas. Sin ventanas. Nos construimos habitaciones perfectamente aisladas, muy bien higienizadas por dentro como cámaras hiper-báricas, de murallas blancas como nieve y todo iluminado por una pequeña luz tenue, muy tenue, que dan dos ampolletas titilantes. Una ampolleta de superioridad moral y otra de esperanza superficial: “algún día mis sueños se harán realidad”. No importa si tus sueños son sueños ambiciosos de fama, fortuna y grandes logros o si son sueños más “hippies” de vida en familia, casa sencilla y disfrute de la naturaleza. Todos tus sueños son vanos. Y Dios lo sabe… pero tú no. No importa si te sientes moralmente superior porque eres más exitoso o porque, justamente, no has logrado éxito (“es que yo no me vendo a este sistema”), pero la moralina supura por tus poros igual y enrarece el aire en tu habitación aparentemente perfecta, construida de certezas, sueños e ideologías.

Entonces Dios, porque nos ama, comienza a deshacer nuestros sueños, nuestros logros, nuestras expectativas. Pequeñas grietas comienzan a aparecer en las paredes de nuestro cuarto de aire enrarecido. Dios nos muestra Su soberanía quitándonos lo que un día nos dio. Los necios ignorantes culpan al diablo y a las maldiciones hereditarias. Los ilusionados (un poco menos necios que los anteriores), piensan que hicieron algo mal y que Dios los está castigando. La verdad es que ninguna de esas cosas está ocurriendo. ¡Dios nos está libertando por amor! Dios nos está salvando de nuestro peor enemigo: nosotros mismos. Y su misericordia nos está conduciendo para que sintamos desagrado, decepción e insatisfacción con la vida que estamos llevando.

Dios comienza a producir grietas en nuestros sueños y entonces la verdadera luz, la luz del Sol resplandeciente de Justicia, comienza a entrar y se cumple la profecía del gran poeta canadiense Leonard Cohen “hay una trizadura, un quiebre en todas las cosas… y es por ahí que la luz entra”. El aire enrarecido se empieza a ir y comienza a entrar aire fresco. Con ese aire entran partículas de polvo que nos hacen estornudar y descubrimos ese placer infantil que existe en el segundo previo y posterior a los estornudos. Nuestro concepto de higiene moral se viene abajo. Las grietas del suelo permiten que toda clase de insectos y lombrices entren con la tierra, las flores y pastos se abren paso a través de las trizaduras. Las grietas del techo hacen que la lluvia nos moje. Al inicio nos irritamos, pero luego descubrimos el placer de pisar los charcos y de ver cómo los rayos de sol hacen que se vean brillantes y hermosas las telas de arañas cargadas con gotas de rocío.

Así nuestro corazón se empieza a libertar de sus ídolos esclavizantes, llenos de demandas sanguinarias. Así comenzamos el lento reencuentro con nuestro Creador y Redentor: cuando dejamos atrás nuestra felicidad y corremos a abrazar, como niños colgados del cuello de papá, la felicidad que Él tienen para nosotros.

Y esta es la buena noticia: Dios no quiere TU felicidad. Dios quiere hacerte verdaderamente feliz.

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Expectativas maternas y gracia divina

Caín no surgió de la nada. Caín, antes de recibir la marca de Dios, fue marcado – desde su infancia – por las expectativas y la crianza de su madre. No me malinterpreten, Caín fue responsable por sus decisiones, sin duda alguna. Aborrezco, por principios de antropología teológica, la psicología barata fatalista que dice que somos una mera masa de arcilla moldeada por la crianza de nuestros padres. Pero la misma exégesis que me lleva a negar el fatalismo, me lleva a entender que la influencia de nuestros padres sobre la formación de nuestra identidad es crucial. Y Caín (el primer hijo de la historia de la humanidad) no es la excepción.

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“El primer luto” de Bouguereau (1888) – Adán y Eva lloran la muerte de Abel

Eva tiene grandes expectativas sobre su hijo mayor. Celebra el hecho de tener un hijo varón como primogénito, contemplando la promesa que Dios había hecho que un descendiente suyo aplastaría la cabeza de la serpiente. Ella parece estar segura que su primogénito será el cumplimiento de esa promesa.

Pero este primer error involuntario (y bastante comprensible, si tenemos en cuenta que Dios nos les dijo en Gn 3.15 cuánto tardaría en revelar al descendiente que aplastaría la cabeza de la serpiente) no es el más grave. El verdadero problema es tener esta alta expectativa sobre su hijo mayor CON UNA VISIÓN SINÉRGICA del favor de Dios: Eva piensa que a los seres humanos les corresponde hacer su mejor esfuerzo y entonces Dios los ayudará. Eva afirma “YO OBTUVE VARÓN con la ayuda de Jehová” (Gn 4.1). Es la versión primigenia del sinergismo: es el “proto-ayúdate-que-yo-te-ayudaré”. Este segundo error de Eva es el más significativo y serio. Y ambos errores combinados fueron los factores determinantes para que Eva criara a su hijo como quien prepara a alguien que está místicamente destinado a ser un héroe, un líder espiritual, un rey vencedor, un winner.

Eva deposita sus esperanzas en Caín y le inculca que debe dar su mejor, hacer todo con excelencia porque está destinado a la grandeza. Siempre antes de dormir, Eva le dice a su varoncito que es y siempre será merecedor de todas las bendiciones y sonrisas del Altísimo porque él es especial. Dios lo hizo fuerte, inteligente y espiritual. “Haz tu mejor mi angelito y Dios verá tu esfuerzo y te bendecirá”. ¡Qué flaco favor le hacen al carácter de sus hijos las madres que depositan sobre ellos expectativas irreales! Como si ser niño fuera sinónimo de no pertenecer a una raza caída. Estas madres forjan en sus pequeños una gran autoestima, de eso no hay duda. Una autoestima tan enorme que no caben en sí mismos. Esta forma de crianza, tan presente en madres evangélicas “around the world”, basada en el propio esfuerzo y en las propias capacidades, sólo ayuda a forjar pequeños engreídos, fariseitos de 5 años que recitan de memoria “salmosveintreses” en las Escuelas Dominicales para ganarse el favor del pueblo. Pronto, muy pronto, estos pequeños aprenden que la aceptación de los demás lo puede ser todo.

Mientras tanto, Eva tiene otro hijo, pero Caín es sus ojos. Así que a su segundo pequeño le pone simplemente “Abel”, que significa “soplo”, “aliento”, incluso “efímero”. Es como si hubiera dicho: “Di a luz un soplo”. Es de esas cosas que en las respetables familias evangélicas no se habla, pero son realidades siempre presentes. Un hijo favorito, otro despreciado. Un hijo a quien se le dan todas las regalías y privilegios, mientras el otro vive a la sombra del favorito, buscando maneras de ganar el favor de su padre y el amor de su madre. Gracias a Dios Abel no recorrió ese camino. Pronto aprendió que “Jehová es mi porción” y que “sólo en Él halla descanso mi alma”. Así que creyó. Creyó en la paternidad por gracia de un Dios lleno de misericordia y se entregó de corazón a Él. Así Abel encontró reposo para su alma. Pero Caín no. Caín fue un joven atormentado por la idea de que estaba destinado a ser un winner… porque al final del día este tipo de expectativas son más un peso que una alegría.

Y así llegó el día D. Caín y Abel, como habían aprendido de sus padres, fueron a entregar sus ofrendas. La Biblia no da detalles, pero no es descabellado deducir, a la luz del contexto bíblico amplio, que la ofrenda de Caín era más grandiosa y excelente que la de Abel, como si Caín quisiera, a la manera de las religiones paganas, darle a Dios una ofrenda como un ciudadano le entrega a su rey un soborno. Abel, en cambio, con toda sencillez lleva lo mejor que tiene porque su corazón está agradecido. Habiendo sido despreciado por su propia madre, Abel vivió la experiencia de que Jehová lo recogió y lo amó. Así que para él es natural llevar lo mejor de su rebaño. Un acto que él no puede vislumbrar como un sacrificado esfuerzo o un pesado deber sino simplemente como un privilegio. Pero el Señor se agradó, dice claramente la Escritura, DE ABEL (en primer lugar) y de su ofrenda (en segundo lugar, como consecuencia) mientras que no se agradó DE CAÍN y de su ofrenda (Gn 4.4-5). Dios, que ve los corazones, no vio fe ni amor en Caín. Vio un astuto comerciante que quería negociar con él, que le quería dar grandes e importantes canastos de frutos a cambio de su favor y bendición. Pero Dios no fue implacable con Caín: lo invitó a examinar su corazón y a arrepentirse. Le advirtió que no se dejara llevar por el mal ni por las palabras de la serpiente que se arrastraba tras la puerta (Gn 4.7). El Dios soberano le entregó a Caín la responsabilidad que le correspondía como ser humano.

Sabemos la decisión que Caín tomó. El reyezuelo no fue capaz de soportar la idea de que Dios no lo aceptaba ni le sonreía como lo hacía mamá. Y al fin y al cabo ¿quién era Dios para interponerse entre él y sus planes de grandeza? Él había sido destinado para grandes cosas. Estaba en pleno proceso de descubrir el campeón que había en él. Era su deber reclamar, declarar y poseer lo que era suyo. Él era príncipe de la creación: siempre admirado, siempre hermoso, siempre fuerte. ¿Por qué habría de soportar que, ahora, su debilucho hermano se interpusiera? Caín, el proto-darwinista, actúa con la lógica del libre mercado y la tiranía de los estados totalitarios combinadas: decide que hay que deshacerse de la competencia a cualquier costo y que la violencia y el asesinato son el camino más corto al éxito.

Y así, por primera vez en la historia, la tierra se empapó de sangre: la sangre del pequeño Abel, el “efímero”, el despreciado de su madre que creyó en Jehová. Y por primera vez alguien apostató: Caín, la joven promesa de la religiosidad humana, el que estaba destinado a ser predicador de predicadores, sacerdote de sacerdotes, profeta de profetas, plantador de plantadores, líder de líderes. Se apartó de la presencia de Jehová (Gn 4.16) y fue padre de un linaje de hombres fuertes, inteligentes, luchadores y emprendedores, pero todos completamente humanistas. Creyentes incondicionales en las extraordinarias capacidades humanas.

Pero ¿y qué pasó con Eva? ¿Nos limitaremos simplemente a culparla como si fuera una irredimible mujer? No cabe duda: llama la atención la casi nula actuación de Adán en toda esta historia. Yo no veo una simple omisión en el texto bíblico en esto. Creo que el autor nos dice algo con este silencio: Adán, el pasivo, estaba muy ocupado en otros asuntos. Y mientras su familia caminaba al desastre, él se quedó, una vez más, callado. Pero vemos en Eva una reacción. Sin duda ella lloró amargamente todo este desastre. Pero no sólo debe haber llorado. Sus conceptos cambiaron. Su visión del mundo y de la vida cambiaron. Eva se arrepintió y su visión sinérgica del favor de Dios quedó definitivamente atrás.

Es verdad: su primogénito había mostrado su verdadero corazón, perdiéndose en la impiedad y apostasía y el pequeño a quien ella había dado poco valor, pero que estaba lleno de fe y amor a Dios, había muerto. ¿Qué esperanza quedaba para la humanidad ahora? Largas noches de llanto y dolor tal vez pasaron. Adán y Eva, como esos matrimonios que se encuentran cara a cara con el fracaso, se culparon el uno al otro de este desastre, discutieron, durmieron separados… pero un día se volvieron a abrazar. Y este abrazo fue largo, se pidieron perdón, lloraron, Adán le secó las lágrimas a Eva con un beso y volvieron a acariciarse como hacía tiempo no lo hacían. Se entregaron el uno al otro con ternura y la pasión entre ellos renació.

La pregunta permanece: ¿qué pasó con Eva? Eva quedó embarazada nuevamente y agradeció a Jehová como si cargara en su vientre la misma luz de la esperanza. Y entonces esta madre, que un día se equivocó como todas las madres lo hacen, ahora arrepentida da a luz un pequeño varón y expresa con clara SEGURIDAD MONÉRGICA: “Dios ME HA DADO otro hijo”. Y ella ahora – un poco tarde es verdad, pero más vale tarde que nunca – lo entiende con claridad cristalina: “y este varón no viene a ocupar el lugar del orgulloso Caín. ¡Viene a sustituir al humilde Abel! Al pequeño lleno de fe, a quien Caín asesinó” (Gn 4.25). Así que le puso a su tercer hijo (que cumple la función de un nuevo primogénito) “sustitución”, “un regalo que sustituye”: Set.

Y ahora – sólo ahora: después su gran fracaso familiar – Eva, la madre de todos nosotros, entendió la más importante lección de la vida: que todo esto es sólo por gracia. Y que, aún más a este lado del jardín, no depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios, quien tiene misericordia (Rm 9.16).

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El Noé de Aronofsky

darren-aronofskyLas obras de arte tienen esa extraordinaria capacidad de mostrarnos, mediante el impacto estético, la visión de mundo de un artista y, a través de ese artista, de toda una generación, cultura y/o subcultura. Hace un tiempo aprendí con Francis Schaeffer y Hans Rookmaaker que una obra de arte debe ser valorada con criterios distintos [muy distintos] a los de un sermón o una clase de escuela dominical. Aprendí así también a vivir de manera práctica la libertad de apreciar muchas obras de arte que antes, en una visión más dualista, no era capaz de valorar.

Así fui a ver el “Noé de Aronofsky”. Lo llamo así a propósito, pues desde antes de ir a ver la película yo ya sabía que iba a ir a ver el Noé de Aronofsky, no el de la Biblia. Encontré realmente notable, en primer lugar, que el mismo Director de “Pi” y “Requiem por un sueño” se interesara en pintar su propia versión de Noé y eso me llamó la atención poderosamente por sí mismo. Por otro lado, quería ver qué cosas ve Aronofsky de nuestro mundo actual, cómo él lo ve, cómo lo interpreta y cómo usa la historia de Noé para mostrarnos un retrato de nuestra sociedad.

No quiero redundar en lo que otros ya han dicho. Evidentemente, Aronofsky se toma de los relatos bíblicos para construir su propia historia épica post-apocalípitica, donde algunos elementos de la historia bíblica no dejan de estar presentes (tales como la maldad humana o la justicia implacable de un Dios santo), pero otros son claramente invenciones o interpretaciones muy curiosas y personales. A quienes quieran conocer el Noé de la Biblia los desafío a hacer algo más simple: lean la Biblia. A los que quieran tener una fiel representación del Noé bíblico, busquen un artista cristiano que represente a Noé o, en su defecto, vayan a una iglesia que predique fielmente la Escritura y escuchen un sermón o una clase sobre Noé.

Pero a los que quieran ver cómo un artista de mentalidad secular, con influencia del pensamiento y la religiosidad judaicas, toma la historia de Noé para mostrarnos cómo ve el mundo, les digo: vayan a ver el Noé de Aronofsky.

Hay mucho que comentar y destacar. Yo mismo quisiera decir más cosas que las que digo aquí, pero es mi deber no alargarme demasiado en mis posts. Así que, en este post, quisiera destacar sólo 3 cosas que me surgen a partir de la película:

1. El poder de la hermenéutica: Es impresionante cómo alguien puede relatarte los mismos hechos, incluso de manera casi literal a veces, y aún así hacer que una historia X sea otra historia completamente distinta, gracias a un simple, pero determinante, factor: la interpretación. Esa es la gran lección que reafirmo, especialmente como profesor de hermenéutica bíblica, después de ver el Noé de Aronofsky. Cito un ejemplo del final de la película: en el film de Aronofsky la embriaguez de Noé no es vista como resultado de la tendencia pecaminosa a la intemperancia de un Noé feliz que celebra la llegada de una nueva creación post-diluviana (como clásicamente se ha entendido la historia bíblica). Aronofsky, en cambio, hace de la embriaguez de Noé una borrachera triste y amarga, como la de un esposo fracasado después de divorciarse de la mujer que ama o la de un padre que ha decepcionado a sus hijos y lo sabe. Todos los hechos del relato están ahí: Noé planta una vid; Noé hace vino con las uvas; Noé se embriaga mientras está solo; a Noé lo encuentra Cam; Cam va a contarle a sus hermanos; Sem y Jafet, por su parte, cubren a su padre sin mirarlo. Uno por uno los hechos son relatados. Pero la embriaguez del Noé de Aronofsky es otra, no es la embriaguez del Noé de la Biblia. El Cam de Aronofsky, por su parte, es retratado como un hijo justamente decepcionado de un padre que no fue capaz de dar el ancho y Cam se va de casa y se aleja de su familia porque no comparte su visión de Dios (¿estará Aronofsky – hijo de judíos conservadores profesores de hebreo en Brooklyn – retratándose a sí mismo?). El Cam de la Biblia, en cambio, es un escarnecedor que no honra a su padre y se niega a ayudarlo cuando lo ve en su embriaguez no siendo capaz de mostrar el respeto que sus hermanos tuvieron. En fin, volvemos a Schaeffer: ¿cómo esta obra de arte refleja la visión del mundo del artista? Cito este episodio sólo como un ejemplo para enfatizar mi punto. A lo largo de toda la película, sin embargo, Aronofsky hace este tipo de interpretaciones de hechos bíblicos que terminan dándole un carácter tan diferente que terminan siendo otra historia. Muchas veces, también, él agrega cosas casi totalmente extra-bíblicas, como los gigantes de piedra, las conversaciones com Matusalén mientras toman un té alucinógeno, la enemistad contra Tubal-Caín y sus ejércitos, etc.

2. Siempre en el campo hermenéutico, sin embargo, lo segundo que me llamó la atención fueron las interesantes interpretaciones que Aronofsky hace de nuestro mundo actual a partir de la historia de Noé. Él percibe, acertadamente creo yo, que la historia de Noé sirve como advertencia acerca de cómo estamos construyendo la civilización moderna a costa de la destrucción de la naturaleza y a costa del exterminio del hombre por el propio hombre. La idea de que habría existido una civilización muy bien desarrollada industrial y culturalmente antes de Noé, me ha parecido un hecho muy posible desde hace varios años y por varios motivos (bíblicos, antropológicos, arqueológicos e históricos) que no voy a detallar ahora. Sin embargo, la idea de Aronofsky de que esa civilización tan avanzada, que habría vivido en una pangea ante-diluviana, habría consumido los recursos naturales casi por completo me pareció digno de destacar. Él retrata un verdadero desierto post-apocalíptico, sin agua, sin vegetación, sin recursos naturales, con pocos animales sobrevivientes. Aronofsky conoce el potencial profético de la historia de Noé y lo usa para nuestros días. Su retrato de la maldad y codicia humana es muy real y vívido. Aronofsky muestra muy bien la ambición humana y su consecuente desarraigo espiritual cuando muestra a Tubal-Caín que realiza con violencia la extracción de recursos minerales destruyendo el santuario donde Set comenzó “a invocar el nombre de Jehová” (Gn 4.25-26). Muestra también de manera muy clara cómo los hombres robaban mujeres para trocarlas por comida, cómo el asesinato de niños, ancianos y mujeres fue algo común en los tiempos de Noé y cómo no estamos lejos de eso, a medida que la cultura occidental se empecina en una carrera por el enriquecimiento. También la tiranía de reyes, como Tubal-Caín, es mostrada por el artista como un reflejo de la tiranía de los estados totalitarios que desfilaron durante el siglo XX en occidente. En fin, varias de las interpretaciones de Aronofsky no son tan descabelladas e, incluso, también hay interesantes interpretaciones de cosas positivas. Una de estas es el patriarcado protector, valiente y viril de Noé, especialmente al inicio de la historia. Es como si el artista se mostrara igualmente contrario a los totalitarismos de estado y a las ideologías libre-mercadistas, que desarraigan el alma humana por igual, y nos propusiera el camino de una vida más simple: adorar a Dios, vivir en familia, criar a los hijos, amar a la esposa y cultivar nuestro entorno inmediato antes de siquiera pensar en conquistar el mundo. Creo que la propuesta del Noé de Aronofksy no deja de ser interesante.

3. Finalmente, quisiera destacar algo que Aronofsky como artista muestra de manera muy impactante: los conflictos internos de Noé a causa de la Santidad de Dios. ¿Noé se vuelve loco? ¿Noé es el único cuerdo? Realmente se hace difícil definirlo. Como calvinista, criado por calvinistas al alero del Antiguo Testamento (especialmente por mi abuelo) entiendo los conflictos del Noé de Aronofsky. ¡Qué inmensas profundidades adquiere la vida humana cuando sabes que el Dios Santo es fuego consumidor y nosotros, los seres humanos, TODOS POR IGUAL perversos y en un estado caído de depravación total! Cuando comprendes estas profundas verdades entiendes que ante un Dios Justo, cuya justicia es implacable, ningún hombre merece vivir, ni siquiera los bebés. El Noé de Aronofsky es como el papá de Sören Kierkegaard: todo el tiempo tiene delante suyo que Dios es santísimo, justísimo y que nosotros somos miserables, que somos perversos, que no merecemos vivir y todo el tiempo le está recordando eso a sus hijos también, no importa cuán pequeños sean. El Noé de Aronofsky les cuenta historias de Dios a sus hijos, pero no como los papás amorosos que les cuentan lindas historias bíblicas a sus niños antes de dormir, sino como quien cuenta verdaderas historias de horror y desolación al rededor de una fogata. Obviamente, desde una visión bíblica los calvinistas sabemos que esta visión (aunque correcta) de Dios es incompleta sin la gracia y la misericordia mostradas en Cristo, por lo tanto, estas últimas se tornan el mayor tesoro al cual aferrarnos. Pero para Aronofsky, que no tiene una visión cristiana del mundo y de la vida, esto es simplemente imposible de vislumbrar. Así que en su película nos quedamos con este Noé que bordea la locura, que se separa de su familia carcomido por la culpa, que se va a vivir solo y deprimido, que se embriaga e intenta ahogar sus penas en un vaso de vino tras otro, lamentándose por ser un fracaso, llorando el hecho de no haber sido capaz de ser fiel a Dios, cargando cada día el peso de haberle fallado a su esposa y a sus hijos. ¿La verdad? Yo haría lo mismo si no tuviera la esperanza del Evangelio de gracia en Jesucristo.

 

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Palabras previas sobre el “Noé” de Aronofsky

No he ido a ver “Noé” aún. Tengo muchas ganas de verla desde antes que se estrenara, así que espero tener el tiempo uno de estos días. Sólo diré una pequeña cosa con 2 implicaciones, y que ya tengo claras desde este lado de la sala del cine.

Pequeña cosa: No espero una sana exégesis histórico-gramática (ni histórico-crítica) del texto bíblico de parte de Aronofsky como artista.

Implicación 1: Por lo tanto me impresiona la, aún enorme, cantidad de cristianos que evalúa como “mala” o “dudosa” la película Noé porque le da demasiado valor al nivel de acierto de la misma en cuánto a su interpretación bíblica. Y me desagradan profundamente, por lo tanto, todas esas críticas burdas y evangelicoides porque la película “no entiende el pacto”, “no muestra el carácter de Noé como mediador” o cuánta cosa que yo, personalmente, espero de libros de teólogos como Geerhardus Vos, Gerard Van Groningen, Meredith Kline u O. Palmer Robertson, pero no de un film de Aronofsky. La cultura evangélica, por décadas presa del dualismo cuasi maniqueo, aún no ha logrado salir totalmente de ahí ni siquiera en los círculos más reformados, y donde más se le nota es en la falta de elementos para evaluar una obra de arte. Los evangélicos (incluso algunos de los más eruditos teólogos) nos hemos mantenido ignorantes en estética, artes visuales e historia del arte.

Implicación 2: Y me asustan los creyentes que, queriendo reaccionar a la cultura dualista de gueto evangélico descrita aquí arriba, se entusiasman a tal punto con las “re-interpretaciones” de Aronofsky que toman su película casi como una profecía o nueva revelación que nos hace ver con otros ojos la historia bíblica. Ahora quieren invitarnos a reinterpretar a Noé y al Génesis a partir de su entusiasmo con la película. Me asustan estos cristianos porque muestran con eso lo poco que saben acerca de cómo interpretar la Escritura y lo “presa fácil” que son de las novedades teológicas, con tanta liviandad.

Una palabra final: Creo que los cristianos descritos en ambas implicaciones se equivocan en lo mismo. No se dan cuenta que Aronofsky, como los buenos artistas suelen hacer, no nos quiere ofrecer una interpretación de la historia bíblica. Él quiere ofrecernos una interpretación de los tiempos actuales que vivimos y usa la historia bíblica de Noé a su antojo, como acrílico en un lienzo, para mostrarnos cómo él ve la cultura occidental del siglo XXI. Debo reconocer que esto es justamente lo que me despierta las ganas de ir a verla con profundo entusiasmo! Un cristiano jamás habría hecho una obra de arte así: tomando una historia bíblica con tanta libertad iconoclasta. Pero sobre todo quiero saber cómo personas de mentalidad secular como Aronofsky ven el mundo, la sociedad e, incluso, a la iglesia y a los cristianos. Quiero deleitarme en su arte y tratar de ver lo que él ve. A eso voy al cine, al igual que al museo, a la sala de conciertos o a la galería de arte.

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