Expectativas maternas y gracia divina

Caín no surgió de la nada. Caín, antes de recibir la marca de Dios, fue marcado – desde su infancia – por las expectativas y la crianza de su madre. No me malinterpreten, Caín fue responsable por sus decisiones, sin duda alguna. Aborrezco, por principios de antropología teológica, la psicología barata fatalista que dice que somos una mera masa de arcilla moldeada por la crianza de nuestros padres. Pero la misma exégesis que me lleva a negar el fatalismo, me lleva a entender que la influencia de nuestros padres sobre la formación de nuestra identidad es crucial. Y Caín (el primer hijo de la historia de la humanidad) no es la excepción.

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“El primer luto” de Bouguereau (1888) – Adán y Eva lloran la muerte de Abel

Eva tiene grandes expectativas sobre su hijo mayor. Celebra el hecho de tener un hijo varón como primogénito, contemplando la promesa que Dios había hecho que un descendiente suyo aplastaría la cabeza de la serpiente. Ella parece estar segura que su primogénito será el cumplimiento de esa promesa.

Pero este primer error involuntario (y bastante comprensible, si tenemos en cuenta que Dios nos les dijo en Gn 3.15 cuánto tardaría en revelar al descendiente que aplastaría la cabeza de la serpiente) no es el más grave. El verdadero problema es tener esta alta expectativa sobre su hijo mayor CON UNA VISIÓN SINÉRGICA del favor de Dios: Eva piensa que a los seres humanos les corresponde hacer su mejor esfuerzo y entonces Dios los ayudará. Eva afirma “YO OBTUVE VARÓN con la ayuda de Jehová” (Gn 4.1). Es la versión primigenia del sinergismo: es el “proto-ayúdate-que-yo-te-ayudaré”. Este segundo error de Eva es el más significativo y serio. Y ambos errores combinados fueron los factores determinantes para que Eva criara a su hijo como quien prepara a alguien que está místicamente destinado a ser un héroe, un líder espiritual, un rey vencedor, un winner.

Eva deposita sus esperanzas en Caín y le inculca que debe dar su mejor, hacer todo con excelencia porque está destinado a la grandeza. Siempre antes de dormir, Eva le dice a su varoncito que es y siempre será merecedor de todas las bendiciones y sonrisas del Altísimo porque él es especial. Dios lo hizo fuerte, inteligente y espiritual. “Haz tu mejor mi angelito y Dios verá tu esfuerzo y te bendecirá”. ¡Qué flaco favor le hacen al carácter de sus hijos las madres que depositan sobre ellos expectativas irreales! Como si ser niño fuera sinónimo de no pertenecer a una raza caída. Estas madres forjan en sus pequeños una gran autoestima, de eso no hay duda. Una autoestima tan enorme que no caben en sí mismos. Esta forma de crianza, tan presente en madres evangélicas “around the world”, basada en el propio esfuerzo y en las propias capacidades, sólo ayuda a forjar pequeños engreídos, fariseitos de 5 años que recitan de memoria “salmosveintreses” en las Escuelas Dominicales para ganarse el favor del pueblo. Pronto, muy pronto, estos pequeños aprenden que la aceptación de los demás lo puede ser todo.

Mientras tanto, Eva tiene otro hijo, pero Caín es sus ojos. Así que a su segundo pequeño le pone simplemente “Abel”, que significa “soplo”, “aliento”, incluso “efímero”. Es como si hubiera dicho: “Di a luz un soplo”. Es de esas cosas que en las respetables familias evangélicas no se habla, pero son realidades siempre presentes. Un hijo favorito, otro despreciado. Un hijo a quien se le dan todas las regalías y privilegios, mientras el otro vive a la sombra del favorito, buscando maneras de ganar el favor de su padre y el amor de su madre. Gracias a Dios Abel no recorrió ese camino. Pronto aprendió que “Jehová es mi porción” y que “sólo en Él halla descanso mi alma”. Así que creyó. Creyó en la paternidad por gracia de un Dios lleno de misericordia y se entregó de corazón a Él. Así Abel encontró reposo para su alma. Pero Caín no. Caín fue un joven atormentado por la idea de que estaba destinado a ser un winner… porque al final del día este tipo de expectativas son más un peso que una alegría.

Y así llegó el día D. Caín y Abel, como habían aprendido de sus padres, fueron a entregar sus ofrendas. La Biblia no da detalles, pero no es descabellado deducir, a la luz del contexto bíblico amplio, que la ofrenda de Caín era más grandiosa y excelente que la de Abel, como si Caín quisiera, a la manera de las religiones paganas, darle a Dios una ofrenda como un ciudadano le entrega a su rey un soborno. Abel, en cambio, con toda sencillez lleva lo mejor que tiene porque su corazón está agradecido. Habiendo sido despreciado por su propia madre, Abel vivió la experiencia de que Jehová lo recogió y lo amó. Así que para él es natural llevar lo mejor de su rebaño. Un acto que él no puede vislumbrar como un sacrificado esfuerzo o un pesado deber sino simplemente como un privilegio. Pero el Señor se agradó, dice claramente la Escritura, DE ABEL (en primer lugar) y de su ofrenda (en segundo lugar, como consecuencia) mientras que no se agradó DE CAÍN y de su ofrenda (Gn 4.4-5). Dios, que ve los corazones, no vio fe ni amor en Caín. Vio un astuto comerciante que quería negociar con él, que le quería dar grandes e importantes canastos de frutos a cambio de su favor y bendición. Pero Dios no fue implacable con Caín: lo invitó a examinar su corazón y a arrepentirse. Le advirtió que no se dejara llevar por el mal ni por las palabras de la serpiente que se arrastraba tras la puerta (Gn 4.7). El Dios soberano le entregó a Caín la responsabilidad que le correspondía como ser humano.

Sabemos la decisión que Caín tomó. El reyezuelo no fue capaz de soportar la idea de que Dios no lo aceptaba ni le sonreía como lo hacía mamá. Y al fin y al cabo ¿quién era Dios para interponerse entre él y sus planes de grandeza? Él había sido destinado para grandes cosas. Estaba en pleno proceso de descubrir el campeón que había en él. Era su deber reclamar, declarar y poseer lo que era suyo. Él era príncipe de la creación: siempre admirado, siempre hermoso, siempre fuerte. ¿Por qué habría de soportar que, ahora, su debilucho hermano se interpusiera? Caín, el proto-darwinista, actúa con la lógica del libre mercado y la tiranía de los estados totalitarios combinadas: decide que hay que deshacerse de la competencia a cualquier costo y que la violencia y el asesinato son el camino más corto al éxito.

Y así, por primera vez en la historia, la tierra se empapó de sangre: la sangre del pequeño Abel, el “efímero”, el despreciado de su madre que creyó en Jehová. Y por primera vez alguien apostató: Caín, la joven promesa de la religiosidad humana, el que estaba destinado a ser predicador de predicadores, sacerdote de sacerdotes, profeta de profetas, plantador de plantadores, líder de líderes. Se apartó de la presencia de Jehová (Gn 4.16) y fue padre de un linaje de hombres fuertes, inteligentes, luchadores y emprendedores, pero todos completamente humanistas. Creyentes incondicionales en las extraordinarias capacidades humanas.

Pero ¿y qué pasó con Eva? ¿Nos limitaremos simplemente a culparla como si fuera una irredimible mujer? No cabe duda: llama la atención la casi nula actuación de Adán en toda esta historia. Yo no veo una simple omisión en el texto bíblico en esto. Creo que el autor nos dice algo con este silencio: Adán, el pasivo, estaba muy ocupado en otros asuntos. Y mientras su familia caminaba al desastre, él se quedó, una vez más, callado. Pero vemos en Eva una reacción. Sin duda ella lloró amargamente todo este desastre. Pero no sólo debe haber llorado. Sus conceptos cambiaron. Su visión del mundo y de la vida cambiaron. Eva se arrepintió y su visión sinérgica del favor de Dios quedó definitivamente atrás.

Es verdad: su primogénito había mostrado su verdadero corazón, perdiéndose en la impiedad y apostasía y el pequeño a quien ella había dado poco valor, pero que estaba lleno de fe y amor a Dios, había muerto. ¿Qué esperanza quedaba para la humanidad ahora? Largas noches de llanto y dolor tal vez pasaron. Adán y Eva, como esos matrimonios que se encuentran cara a cara con el fracaso, se culparon el uno al otro de este desastre, discutieron, durmieron separados… pero un día se volvieron a abrazar. Y este abrazo fue largo, se pidieron perdón, lloraron, Adán le secó las lágrimas a Eva con un beso y volvieron a acariciarse como hacía tiempo no lo hacían. Se entregaron el uno al otro con ternura y la pasión entre ellos renació.

La pregunta permanece: ¿qué pasó con Eva? Eva quedó embarazada nuevamente y agradeció a Jehová como si cargara en su vientre la misma luz de la esperanza. Y entonces esta madre, que un día se equivocó como todas las madres lo hacen, ahora arrepentida da a luz un pequeño varón y expresa con clara SEGURIDAD MONÉRGICA: “Dios ME HA DADO otro hijo”. Y ella ahora – un poco tarde es verdad, pero más vale tarde que nunca – lo entiende con claridad cristalina: “y este varón no viene a ocupar el lugar del orgulloso Caín. ¡Viene a sustituir al humilde Abel! Al pequeño lleno de fe, a quien Caín asesinó” (Gn 4.25). Así que le puso a su tercer hijo (que cumple la función de un nuevo primogénito) “sustitución”, “un regalo que sustituye”: Set.

Y ahora – sólo ahora: después su gran fracaso familiar – Eva, la madre de todos nosotros, entendió la más importante lección de la vida: que todo esto es sólo por gracia. Y que, aún más a este lado del jardín, no depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios, quien tiene misericordia (Rm 9.16).

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