Monthly Archives: May 2014

El ministerio puede ser dañino para tu salud espiritual

La siguiente reflexión no es de mi autoría, sino del pastor Timothy Keller. Hace un par de años la encontré por ahí y se la compartí a algunos colegas de ministerio en un encuentro de pastores que tenemos regularmente en el presbiterio del cual formo parte. Espero que sirva de llamado de atención para cada uno de ustedes como lo ha sido para mí. Aquí va:

Queremos que los cristianos sean activos en el ministerio y no sólo “consumidores de servicios espirituales”. Queremos que los cristianos se tornen voluntarios, líderes laicos, oficiales de iglesia y parte del equipo de iglesias y organizaciones ministeriales. No hay nada tan llenador que ver vidas tocadas y cambiadas a través de nuestro servicio.

Pero la Biblia nos da una advertencia. Ya que el liderazgo cristiano implica decirle a la gente todos los días “Dios es tan maravilloso”, constantemente apuntarás a las personas hacia la dignidad y belleza de Dios, a pesar del hecho de que a menudo tu propio corazón pueda estar insensible o muerto hacia cualquier sentir por el amor y la gloria de Dios. ¿Cómo actuarás frente a esto? Hay dos cosas que puedes hacer. La primera (y la correcta) es estar atento a tu corazón más de lo normal, siendo muy disciplinado en observar momentos regulares de oración diaria. En esos tiempos verás que tu corazón se entibia ante la realidad de la presencia de Dios. Orar, entonces inflama la llama de esa realidad constantemente, de tal manera que puedas hablar a otros a partir de lo que Dios te está dando en tu caminar con Él.

Es posible, también, que tu corazón se siga sintiendo espiritualmente seco o incluso muerto. En este caso tú mantienes tus momentos de oración de manera aún más diligente. Y tú, humildemente, muestras ante Dios tu sequedad y dispones tu corazón para buscarle a pesar de dicha sequedad y durante el tiempo que esta dure. Cuando hablas al mismo Dios acerca de tu sequedad (en vez de simplemente evitar los momentos de oración), esto te recuerda tu debilidad y tu dependencia de Su gracia para absolutamente todo. De esa manera vuelve a tomar su lugar de importancia la preciosidad de tu posición legal en Cristo (justificado por la fe).

La segunda (y equivocada) forma de enfrentar esto, sin embargo, es descansar no en la oración ni en tu caminar diario con Dios, sino en el entusiasmo de tu actividad y efectividad ministerial. En otras palabras, puedes terminar apoyándote más en tus dones espirituales (o ministerio) que en la gracia espiritual. De hecho, muy probablemente confundirás la operación de tus dones espirituales con la operación de la gracia espiritual en tu vida. “Dones” son habilidades que Dios nos da para suplir las necesidades de otros en el nombre de Cristo – hablando, animando, sirviendo, evangelizando, enseñando, liderando, administrando, aconsejando, discipulando, organizando. “Gracia espiritual” (también llamada de fruto del Espíritu) es la hermosura de carácter – amor, humildad, amabilidad, auto-control. Dones espirituales son lo que hacemos, fruto espiritual de gracia es lo que somos. A menos que entendamos la importancia superior de la gracia y del carácter moldeado por el evangelio sobre la efectividad ministerial, el discernimiento y uso de tus dones espirituales puede ser muy peligroso.

El gran peligro es que podemos ver nuestra actividad ministerial como evidencia de que Dios está con nosotros o como una manera de ganar el favor de Dios y de validarnos a nosotros mismos. Si nuestro corazón recuerda el evangelio y se regocija en nuestra justificación y adopción, entonces nuestro ministerio será realizado como ofrenda de gratitud – y el resultado será que nuestro ministerio sea realizado con amor, humildad, paciencia y ternura. Pero puede ser que nuestro corazón continúe haciendo la misma auto-justificación pecaminosa que siempre ha tendido a hacer – buscando controlar a Dios y a los demás al ganar y probar nuestra dignidad – a través de nuestro desempeño ministerial. Cuando este es el caso, habrá las típicas señales de impaciencia, irritabilidad, orgullo, hiper-sensibilidad, celos, jactancia. Nos identificaremos con nuestro ministerio y lo tornaremos una extensión de nosotros mismos. Seremos impulsivos, asustadizos y tenderemos a ser muy timoratos o muy insolentes – hasta que veamos qué estamos haciendo. Y quizás, lejos del ojo público, habrá pecados secretos. Todo esto sólo hará que el desempeño ministerial sea cansador y un velo para cubrir dos formas de orgullo: el auto-engrandecimiento o el auto-desprecio.

Así es como este peligro puede comenzar: tu vida de oración puede ser inexistente; puedes tener un espíritu rencoroso hacia alguien; los deseos sexuales pueden estar fuera de control. Pero te involucras en alguna actividad ministerial y la situación hace aflorar tus dones espirituales. Sirves y ayudas a personas que te dicen lo bien que lo haces. Te ves a ti mismo tocando vidas.

Y entonces concluyes: “Dios está conmigo”. Pero en realidad, Dios sólo estaba ayudando a alguien a través de tus dones, a pesar de que tu corazón está lejos de Él. En algún momento, si no haces algo acerca de tu falta de fruto y gracia espiritual, y sigues construyendo tu identidad como cristiano en tu actividad ministerial, habrá algún tipo de colapso. Explotarás con alguien o resbalarás en algo que destruye tu credibilidad. Y todos (incluyéndote a ti mismo) se sorprenderán, aunque no deberían. Dones espirituales sin frutos espirituales es como un neumático perdiendo aire.

Así que examínate a ti mismo. Más allá de la efectividad de nuestro ministerio: ¿nuestra vida de oración está muerta? ¿Luchamos con el hecho de sentirnos constantemente despreciados? ¿Hay mucha ansiedad y falta de gozo en nuestro trabajo? ¿Nos encontramos siendo demasiado críticos de otros ministerios, iglesias y colegas? ¿Hay mucha auto-compasión? Si algo de esto es verdad, entonces nuestro ministerio puede ser muy capaz y exitoso, pero es vacío y probablemente a) nos estamos dirigiendo hacia una crisis o b) estamos condenados a producir multitudes y recursos, pero con efectos muy superficiales a largo plazo.

Abraham Kuyper en algún momento dijo que el fariseísmo es como una sombra – que se hace más marcada y nítida mientras más cerca está de la luz. El ministerio polariza a las personas: Las hace mucho mejores o mucho peores cristianos de lo que habrían sido de otra manera, pero ¡ciertamente no te dejará en el mismo lugar donde estabas! Hay enormes presiones en el ministerio sobre tu integridad y carácter.

 

Conversando al final de nuestra última clase con Tim Keller en NY, octubre 2013.

Conversando al final de nuestra última clase con Tim Keller en NY, octubre 2013.

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Ingredientes para fabricar un villano.

Los cómics parecen historias que nos alienan de la realidad, pero, como suele ocurrir con las buenas historias de fantasía, muchas veces son justamente lo opuesto: las historietas nos reconectan con verdades, valores y procesos esenciales para entender la realidad que vivimos y la misma naturaleza humana.

Las historietas nos enseñan muchas verdades que nos hacen reflexionar y una de ellas es que un villano no se hace de un día para otro. Gran parte de los villanos son locos, es verdad. Pero la locura que los caracteriza es sólo el resultado final de un proceso que comienza mucho antes.

Un villano comienza a recorrer el camino hacia la insanidad y el mal cuando es herido y deja que el rencor poco a poco se apodere de su corazón: alguien lo decepciona. La vida le quita un ser querido. El mismo héroe, tal vez (que al fin y al cabo también comete errores humanos), lo trata con desdén o descuido. Es víctima de bullying. No se le reconocen sus logros, su trabajo o su esfuerzo. Etc.

Los ingredientes esenciales de un villano incluyen el resentimiento, que es esa amargura que comienza como un sutil sentimiento de haber sido víctima de una injusticia, pero que poco a poco se va tornando un torbellino dentro del corazón. El villano potencial come, camina, se viste, se ducha, pensando en la injusticia que han cometido contra él y esto se va tornando una obsesión.

Otro ingrediente – casi inseparable del anterior ya que es como la otra cara inevitable de la moneda – es el profundo sentido de autojusticia. El villano en potencia se siente y se cree alguien bueno que ha sido tratado por la vida (o por el héroe) de una manera que no corresponde a la altura de sus buenas intenciones. Él también quiere hacer el bien. Él también tiene altos valores y propósitos en la vida, pero siente que ha sido dejado atrás, desvalorizado, no apreciado.

El rencor, la falta de perdón, la autojusticia (que es la raíz indiscutible de la falta de perdón) y la amargura. Pero hay más: el villano se va fortaleciendo en el mal cuando, una vez convencido de que ha sido una pobre víctima de una gran injusticia, comienza a pensar que sus causas propias son más importantes, incluso que las cosas más obvias como el bienestar de la humanidad o la vida de personas. El villano se cree alguien especial, un escogido del destino, un ubermensch justo en su causa (cualquiera que esta sea). Y piensa que, en nombre de eso tan especial que él es o tiene, debe llevar adelante a cualquier costo su “causa justa”. Mentir, robar, matar, etc. dejan de ser considerados actos malvados y comienzan a ser vistos como actos necesarios que el villano realiza para lograr sus fines y cumplir su destino especial y único. Él está convencido, por lo tanto, que sus actos pecaminosos están justificados por sí mismo y son realizados sin ni un arrepentimiento ni pena. Este punto ya es la puerta de entrada a la locura.

Si observamos bien, los cómics nos amenazan con esta gran verdad: que todos los seres humanos somos villanos en potencia. Basta con negarnos a perdonar y dejar que el rencor se expanda en el corazón. Basta con creernos y sentirnos más justos que los demás y dejar que ese sentido de autojusticia crezca en nosotros. Porque cuando se trata de la maldad, es como la levadura: siempre crece, no se queda detenida en un punto como una mera mancha inerte. Así que ó son arrancados de raíz los malos sentimientos de nuestro corazón o estos inevitablemente crecerán y crecerán hasta leudar todo lo que somos y hacemos.

¿Cómo saber que el mal está leudando en mí? Hay un indicador claro: comienzo a adquirir el hábito de cometer actos abiertamente malos sin pudor, sin dolor, sin señal de arrepentimiento, justificándolos en mi mente con el argumento de una “causa mayor” que sólo yo entiendo. Así comienzo a hablar contra mi vecino, a mentirle a mi familia, a murmurar contra mi iglesia y sus líderes, a asesinar la reputación de mis colegas de trabajo sin remordimiento, a robar tiempo, energía y la alegría de los demás con mi arrogancia. Al fin y al cabo soy alguien especial, distinto, marcado por el destino para ser grande e importante y estas nimiedades como cuidar al prójimo no son relevantes para mi causa especial y superior. El límite entre lo malo y lo bueno se me hace cada vez más difuso.

Y lo peor de todo esto: que todos los que vemos la película y los que leemos la historieta nos damos cuenta de que el personaje se está tornando un villano muy concreto, muy real. Y ahí es donde los cómics nos golpean con la realidad: ¡qué fácil es tornarse un villano sin darse cuenta! Qué fácil es creer que uno es el héroe, siendo en realidad el malo de la película.20140523-093103-34263798.jpg

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