Monthly Archives: June 2014

Algunas palabras sobre el terror y los zombies

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Hace un tiempo atrás publiqué un post donde dije que, en algún momento, enumeraría las razones por qué me gustan las películas de terror y, especialmente, las de zombies. Algunos me han pedido que lo haga y me han insistido en el último tiempo, así que aquí daré algunas razones de por qué me gustan películas de terror en general y las de zombies en particular.

0. La razón 0 [“cero”] es una aclaración previa: el gusto por películas de terror y de zombies es una fascinación personal que, casualmente, comparto con otros, pero no tengo ninguna intención de convencer ni hacer proselitismo sobre esto. Tengo amigos que, a diferencia de mí, les fascina el fútbol y logran ver desde una cosmovisión cristiana el “jogo de bola” hasta el punto de descubrir en él múltiples metáforas útiles para la vida en general, para comprender el Evangelio, para ilustrar sus sermones, etc. Yo los entiendo, respeto y admiro pero no sigo su fascinación. Lo mismo puedo decir al respecto de mi gusto por el rock. Por lo tanto, antes de cualquier conclusión precipitada de parte de los lectores de este blog, quiero decir que no espero convencer a nadie de que comparta mi gusto por la temática zombie. Lo que expongo a continuación no son razones POR LAS CUALES a mí ni a nadie le deban gustar las películas de terror. Honestamente, a mí me gustan porque me gustan y, en un segundo momento, he reflexionado sobre algunos elementos que me llaman la atención desde mi cosmovisión como cristiano. Sólo espero, al menos, que estos cristianos no me condenen y que en esto, como en tantas cosas que son “adiáfora” (o asuntos de importancia secundaria) “vivan y dejen vivir”, ó como diría el gran Paul MacCartney (de una manera tan adecuada al mundo zombie): “vivan y dejen morir”.

1. Las películas de terror EN GENERAL me parecen un recordatorio de la verdadera fragilidad de la condición humana y de la realidad siempre presente de la muerte. Las películas de terror muestran lo fácil que es que alguien te esté esperando atrás de la puerta y te corte por la mitad con una sierra eléctrica, un hacha o te muerda el cuello y tu yugular se desangre hasta el deceso. Desde una perspectiva más [micro] evolucionista, tal vez estas películas nos recuerdan un antiguo tiempo donde la humanidad tenía que esconderse en cuevas, subirse a árboles y convivir con el constante terror de criaturas horribles que acechaban en la noche. La familia turnándose para dormir, colgando cuerdas con cascabeles en un determinado perímetro al rededor para oír si alguna fiera salvaje de horribles dientes se acerca en las densas tinieblas, etc. Desde una perspectiva más teológica (que para mí se complementa con la anterior) del sensus divinitatis de Calvino, las películas de terror tal vez nos recuerdan aquello que habita en el fondo de nuestra conciencia: que sí existe el juicio y que lo merecemos. Que la ira implacable de un Ser desconocido, pero Santo, nos persigue incansablemente. No importa cuán rápido corramos o dónde nos escondamos, la muerte se cierne como una oscura cortina sobre toda la raza humana y nos despedazará en el momento más inesperado. Cuando una película de terror es buena, aparece en pantalla la frase “The End”, suben los créditos y ¿cuál es la sensación que nos queda? Encendemos todas las luces antes de acostarnos, revisamos si hay alguien atrás de la cortina del baño, miramos bajo la cama y adentro del armario. Las películas de terror nos recuerdan que el juicio de un Dios Santo está sobre toda la humanidad, “por cuanto todos pecaron” y “el alma que pecare esa morirá”.

2. Muy asociado a lo anterior, y aún hablando sobre películas de terror EN GENERAL, ¿qué puede ser más terrorífico que “Lo Santo”? Inner Sanctum se llamaba un antiguo programa de radionovelas muy popular en EE.UU., acerca del cual habla R. C. Sproul en su libro “La Santidad de Dios”. Y es que entrar en la presencia de lo santo es entrar en la presencia de lo desconocido, de la otredad, del “Totalmente Otro”, diría Karl Barth. Por lo tanto, las buenas películas o series de terror tienen esa capacidad de no sólo despertar en nosotros el temor a la muerte, siempre presente, que es la consecuencia de ser una raza caída, sino que incluso van más allá: despiertan en nosotros el temor a un ser que apenas se ve, que es poco explícito, pero que está ahí (una luz enceguecedora en el armario, una silueta apenas visible que susurra en sueños, la mirada fría de un niño psicópata, etc.), que no se le puede describir con palabras, que no se mueve ni actúa con las leyes naturales que conocemos y que, ciertamente, no actúa conforme a nuestras expectativas. En muchas escenas vemos la expresión de terror de quienes se encuentran cara a cara con este ser desconocido, pero no vemos al ser en sí. Los personajes descubren cadáveres que tienen el horror impreso en sus rostros. Como si lo más terrorífico que alguien pudiera ver fuera, al mismo tiempo, lo último que a alguien se le permite ver. Nadie ve lo desconocido sin morir como consecuencia. ¿No nos recuerda eso – de forma burda e incompleta – a la Santidad del mismísimo Dios? Nadie le ha visto jamás sin morir. Porque esa es la característica de lo santo: es temible porque es inmensurable, no hay parámetros para compararlo. En varias buenas películas aparece incluso esa persona psicótica que adora a la criatura asesina y la considera hermosa justamente porque no ha conocido nada en este mundo que se le pueda comparar. Si consideramos que la santidad es un atributo comunicable, estos horribles y desconocidos personajes sobrenaturales de ficción, tales como fantasmas vengativos ó seres extraterrestres ó incluso (¡qué paradoja!) la misma fealdad de un zombie que camina con su cráneo abierto y su rostro deformado, nos dan un vislumbre pequeño de cómo sería la sensación de encontrarse frente a lo desconocido, o sea “Lo Santo”.

3. Ahora hablando sobre películas de zombies EN PARTICULAR, en primer lugar me llama la atención lo gráficas que son estas criaturas para mostrar la realidad de la raza humana caída. “Muertos vivientes”, “muertos caminantes”, etc. son descripciones casi perfectas de una humanidad sin Dios. Son seres que se están descomponiendo mientras caminan, sus pieles se pudren, sus heridas van expuestas, sus órganos internos al aire, sin embargo se mueven. ¡Se mueven y nos persiguen! ¿Por qué? Porque sólo hay una cosa que los mueve: el hambre instintiva, animal e insaciable. Ya no sienten, ya no aman, ya no son humanos. Sólo son caminantes que quieren devorar carne fresca y satisfacer de la manera más básica e irracional su hambre. Dudo que exista una manera mejor de graficar no sólo a aquellos que no han nacido de nuevo, sino también al viejo hombre que habita en todos los creyentes. En esta humanidad sin amor no sabemos entregar ni servir, sino sólo usar al otro como se usa un objeto de consumo. ¿Y qué manera más explícita de hacer del otro un objeto de consumo que imaginarlo y verlo como un trozo de carne para ser devorado? “Nos mordemos unos a otros y nos devoramos unos a otros, no vaya a ser que terminemos consumiéndonos unos a otros“, nos advierte el apóstol Pablo (Gálatas 5.15) y esta advertencia no aplica sólo a los no-creyentes, sino especialmente a los creyentes que aún tenemos dentro nuestro la antigua naturaleza carnal del viejo hombre que lucha contra la nueva naturaleza espiritual. Personalmente no me agrada la idea de que los zombies sirvan de metáfora de la nueva vida en Cristo, ya que la gracia de Dios “hace nuevas todas las cosas” y un zombie es la carne vieja y putrefacta que camina. En este sentido, la declaración de “The Walking Dead” es incomparable y muestra cómo esta maravillosa serie ha logrado sacar lo mejor de todos los que antes bosquejaron ideas grandiosas en películas de zombies (como George Romero en los ’70 y ’80): “We are all infected”, o sea: “TODOS ESTAMOS INFECTADOS”.

4. Las películas y series de zombies también logran algo muy especial en el espectador: la sensación de una era apocalíptica que podría estar a la vuelta de la esquina. Generalmente es repentino como empieza un apocalipsis zombie. Todo se pone patas arriba en el mundo. Como una gripe maldita que se extiende en aeropuertos y grandes centros urbanos, de repente la gente comienza a morir, los que no se quedan muertos, se transforman en horribles criaturas devoradoras de carne humana y todo el orden social, económico y político que conocíamos se viene abajo. Hay que volver a vivir huyendo de un lado a otro, haciendo turnos en las noches (como en los antiguos tiempos de las cavernas) y esas maravillosas escenas apocalípticas aparecen frente a nuestros ojos: una Torre Eiffel cortada por la mitad, una Estatua de la Libertad hecha pedazos, Manhattan en llamas, la Casa Blanca bombardeada, etc. ¡Cae Babilonia, cae Roma! Y su humo sube por los siglos. La comodidad y serenidad de los barrios residenciales, con casas de 2 pisos con ante-jardin y despensa siempre llena, se transforma en la crueldad y abyección de campos de batallas, con sillones y mesas de 1000 dólares usados como barricadas, con escasez de alimentos y bebés zombies haciendo ruidos guturales en las cunas. Estas películas también son un llamado profético-escatológico a la conciencia vana de clase media que la cultura norteamericana ha diseminado en el mundo: esa que basa su seguridad en sus bienes, en sus pólizas de seguro, en sus cuentas bancarias, en sus casas lindas en barrios lindos con bebés lindos. ¡Estas películas son un llamado a no aferrarnos a nada de este mundo! ¡Todo termina! Eso es un hecho, pero también es verdad que puede terminar de la peor manera posible. Basta que un arma biológica se escape de un laboratorio y entonces tu esposa linda de portada de revista dejará de ser tu esposa y será un ser maligno al cual debes darle un escopetazo en el cerebro; tu esposo protector y proveedor se tornará en un monstruo perseguidor que quiere devorarte a ti y a tus hijos, así que habrá que buscar corriendo el cuchillo grande de la cocina y metérselo en el ojo, que es la forma más fácil de llegar al cerebro. No hay mucho tiempo para llorar tampoco. Hay que tomar lo que se pueda y salir corriendo. Así es un Apocalipsis. Así lo describe, al menos, el discurso escatológico de Jesús en Mateo 24.

5. Y bien, cuando el Apocalipsis llega y la policía ya no protege y los ejércitos que salieron a la calle fueron superados en número por seres que no temen un disparo ¿qué viene? El intento de los pocos sobrevivientes de formar un nuevo orden social. Aunque sea en pequeñas comunidades nómades. Muchos son los caminos posibles. Están aquellos que intentan vivir vidas vanas de consumo como la retratada por el gurú de los zombies, George Romero, en “Amanecer de los muertos”: escondidos en un Mall entero para ellos solos: un pequeño grupo de sobrevivientes se da la gran vida siguiendo la proclama: “comamos y bebamos que mañana moriremos”. Están, por otro lado, aquellos que logran imponer un orden aparentemente perfecto y armónico, pero mediante la tiranía y el abuso de poder, como el caso del Gobernador de “The Walking Dead”. Muchos otros forman aparentes comunidades – en realidad son grupos de sobrevivientes – donde simplemente vence la más básica ley del más fuerte. Otros intentan formar comunidades acogedoras, protectoras y productivas como en el caso del protagonista de The Walking Dead, el sheriff Rick y su amigo y padre espiritual, el cristiano Hershel, pero esto se muestra casi imposible a causa de la crueldad, egoísmo y falta de amor de los vivos, que, con el tiempo, se tornan en el peor enemigo. Los zombies pasan a ser parte del paisaje, simplemente. El punto más crucial aquí es el que, una vez más, “The Walking Dead” logra sintetizar con su lema “Fight the Dead, Fear the Living”, en otras palabras: “Lucha contra los muertos, pero teme a los vivos”. Al poco andar de las semanas, se torna evidente que el problema de los zombies es el menor de los problemas. La verdad es que la famosa frase de Francis Schaeffer vuelve a hacer eco después de que la plaga zombie logra ser controlada: “Y ahora ¿cómo viviremos?”. El gran problema planteado por las buenas películas donde ocurren apocalipsis zombies es: ¿cómo lo haremos para vivir armónicamente entre los sobrevivientes? Esta también es una temática que me parece en gran manera interesante y que es inevitablemente planteada en las películas y series de zombies.

No quiero terminar estas reflexiones sin decir algo más personal y pastoral sobre las películas de terror: me parece evidente que esto es una temática para adultos (y ni siquiera para todos los adultos), no para niños y, tal vez, tampoco para adolescentes. Obviamente cada padre conoce a sus hijos y sabe hasta dónde este tipo de temáticas puede influenciar negativamente a sus hijos en más de un aspecto. Personalmente empecé a ver películas de terror recién con 23 años (1 año antes casarme), no antes, por motivos que no vienen al caso detallar ahora y que tienen que ver con las sabias prohibiciones de mi madre. Crecí con amigos del colegio, de la iglesia y de la universidad que me comentaban sobre películas acerca de las cuales no tenía idea y eso no me traumó en absoluto. Cuando un día me di cuenta que ya tenía la madurez emocional para ver películas de terror, no sólo empecé a verlas, sino que traté de ponerme al día viendo casi todos los fines de semana 1 ó 2 clásicos de terror con compañeros del Seminario… pero eso ya es harina de otro costal y da para otro post.

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Filed under Cosmovisión, Por puro gusto

Homosexualidad y Cristianismo

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Este texto es una versión – levemente corregida – de una ponencia (intento evitar presentar textos tan largos en mi blog) que compartí en un foro organizado por estudiantes de Letras de la Pontificia Universidad Católica de Santiago el pasado miércoles 4 de junio. Fue presentada en una pequeña sala repleta (calculamos unas 60 personas) en el campus San Joaquín. Por eso, el título de la ponencia es el mismo título del foro. Junto a mí presentaron sus perspectivas un pastor y teólogo luterano, llamado Marcelo Huenulef, y un psicólogo católico-romano que trabaja con grupos de homosexuales que buscan vivir su fe católica, llamado Tomás Ojeda. Espero que el presente texto les sea de edificación:

Introducción:

Hay muchas maneras de hablar sobre la homosexualidad. Desde distintas miradas, perspectivas, sujetos. Es un asunto que se aborda desde distintas hermenéuticas. Así en plural. Y no creo haber sido invitado aquí para dejar en casa mi hermenéutica, sino para traerla y para compartir desde ella cómo veo la realidad de la atracción a personas del mismo sexo.

Así que quiero ser el primero en salir del clóset: soy evangélico conservador. Y quiero hoy, aquí, hablar como evangélico, o sea como alguien centrado en el Evangelio y que ha encontrado en la Buena Noticia de Jesús el sentido, propósito y centro de su existencia y cosmovisión. No oculto mis colores, por un lado, pero por otro también quiero intentar recuperar una palabra, una etiqueta que me pertenece. No quiero que ciertos grupos caracterizados por su ignorancia, su intolerancia y sus manifestaciones homofóbicas en plazas públicas se adueñen de ese título que, con justa razón, también me pertenece. Está de moda entre evangélicos históricos y contemporáneos negar ese título para no ser confundido con ciertos grupos intolerantes. Prefieren llamarse “protestantes”, “reformados” o, simplemente “cristianos”. No quiero seguir esa tendencia hoy, aunque es verdad que soy protestante y que suscribo una confesionalidad reformada. Hoy ante Uds. quiero ser simplemente eso: evangélico. Aunque puede que a alguno de Uds. este nombre le traiga, en un primer momento, asociaciones con manifestaciones homofóbicas o de intolerancia extrema.

Desde esta mirada evangélica que les traigo hoy (que se caracteriza por una hermenéutica más histórico-gramática que crítica, que se acerca a la Escritura desde el paradigma de que ella es un libro único porque ha sido inspirado por el Espíritu Santo como revelación infalible y que es más que un texto para ser interpretado: es el lente desde el cual se interpreta todo texto y toda experiencia) quiero compartir con Uds. sólo 3 puntos:

  1. Nadie se va al infierno por ser homosexual, del mismo modo que nadie se va al cielo por ser heterosexual:

La Biblia nos dice que la razón por la cual hay muerte, destrucción y condenación sobre la humanidad es porque hombres y mujeres quieren vivir vidas independientes de Dios. Lo que la Biblia llama “pecado” es algo mucho más profundo que actos o conductas pecaminosas o “indecentes”, sean de la naturaleza que sea (sociales, sexuales etc.).

El pecado es una condición del corazón que heterosexuales y homosexuales compartimos por igual: queremos vivir independientes de Dios. Queremos ser nuestro propios SEÑORES, embriagándonos de la idea de que libertad es autonomía: siendo rebeldes, alternativos, de mentalidad rompedora que va contra todo status quo establecido. O queremos ser nuestros propios SALVADORES: siendo correctos, buscando superioridad moral y queriendo cumplir al pie de la letra las expectativas de decencia y rectitud moral que otros esperan de nosotros. Esto es el pecado: separación espiritual de Dios como único SEÑOR y SALVADOR, una condición del corazón que nos deja solos, agotados por dentro y sin rumbo en esta vida.

Probablemente una de las mejores definiciones de pecado la dio San Agustín cuando dijo que el pecado es “amor desordenado”. Esta es la raíz de cualquier condenación que se cierne sobre la humanidad: que nos hemos apartado de Dios y que hemos amado más a nosotros mismos que a Dios. Hemos amado más las tinieblas que la luz. Hemos amado más a las cosas que a las personas. De hecho, hemos usado personas, hemos amado cosas y hemos asumido que nuestra relación con Dios se fundamenta en una relación comercial, neo-liberal de mercado, de oferta y demanda.

Lo más curioso es que, hasta donde he podido ver y experimentar, conservadores y progresistas por igual parten desde esta misma premisa: que a Dios hay que comprarlo, con buenas obras, con rectitud moral, con esfuerzo, siendo “buenas personas”. Y la diferencia está en cómo cada lado define “buena persona”. Para unos, una “buena persona” es alguien que no presta su cuerpo y su mente para perversiones, que cumple con los parámetros de decencia que la sociedad, el cristianismo histórico, la Biblia y la naturaleza imponen sobre la humanidad. Para otros, en cambio, una “buena persona” es alguien que no teme ser todo lo queer que puede llegar a ser, alguien que ha salido del clóset y se asume, que ama su libertad y la vive, alguien que tiene conciencia social hacia el oprimido y que no oprime ni reprime al otro sólo porque es distinto.

Como evangélico, leo en la Biblia que ambos están IGUALMENTE equivocados. Porque ambos creen que se puede ser “buena persona” y la Biblia dice claramente que “no hay justo ni siquiera uno”. Se cita mucho en algunos círculos evangélicos homofóbicos la declaración de Pablo en Romanos 1 donde afirma que entre las transgresiones de la humanidad está el hecho de que “hombres con hombres cometen actos vergonzosos, al igual que las mujeres, dejando el uso natural de su cuerpo”, pero ellos mismos olvidan convenientemente que eso está dentro de un contexto muy claro: Pablo en toda esa sección está hablando (desde Romanos 1.18 al 3.23) que toda la humanidad, incluso aquellos que se creen decentes o religiosos, están igualmente bajo condenación, porque todos están igualmente lejos de Dios, no importando cuánto se esfuercen por alcanzarlo.

Resumiendo, en mi primer punto quiero ser, si me permiten, más conservador que los conservadores: los homosexuales no son condenados por su orientación homosexual (como si los heterosexuales fueran salvos por su orientación heterosexual). La condenación es una oscura nube que se cierne sobre todos: no importa cuán queer o cuán “decente” sea. Disculpen los estereotipos, pero es sólo para fines ilustrativos: El padre suburbano de familia, heterosexual, religioso, fiel a su esposa, que trabaja en horario de oficina de lunes a viernes y va la iglesia los domingos, está bajo la misma condenación que su hijo homosexual, que se fue enojado de casa, trabaja free-lance, vive más de noche que de día y comparte departamento con una pareja en el centro. “NO HAY JUSTO NI AÚN UNO”. “PORQUE TODOS PECARON Y ESTÁN DESTITUIDOS DE LA GLORIA DE DIOS”.

  1. Debido a nuestro pecado buscamos vivir estilos de vida que no son conforme al diseño de Dios para la humanidad:

Y esta es la parte que puede ser más controversial hoy en día de una mirada evangélica de la homosexualidad. Porque entre los varios estilos de vida que no serían conforme al diseño de Dios para la humanidad está, efectivamente, la homosexualidad.

Tengo conciencia que esto puede ser considerado una especie de discurso de odio, pero antes que se precipiten quiero decirles que toda vez que la Biblia rechaza la conducta homosexual, tanto del sexualmente activo (arsenokoitai) como del que sólo fantasea en su mente y mantiene voluntariamente actitudes que no corresponden a su sexo (malakoi): (1) lo hace dentro de una lista de otros quiebres del diseño como: un estilo de vida chismoso, la arrogancia de creerse superior moralmente, el codiciar “heterosexualmente” a alguien que es compañero(a) de otro(a), etc. y (2) que estas conductas no son la causa de la condenación, sino la consecuencia de que ya estamos perdidos, lejos de Dios. Observen los siguientes textos bíblicos para corroborar esta idea: Romanos 1.24-32; 1ª Corintios 6.9-11; 1ª Timoteo 1.8-11.

Este es un punto muy importante para mí como evangélico: todos nosotros quebramos el diseño de Dios para la vida humana. De distintas maneras, en distintos contextos y esto es preocupante según la Biblia no porque estos quiebres de diseño sean la causa de nuestra condenación sino porque son resultado palpable de cuán lejos estamos de Dios. Y lo opuesto, por lo tanto, también es verdad: no es cambiando de conducta o de orientación sexual que alguien se salva. No es dejando un estilo de vida homosexual que alguien va a encontrar el cielo o la salvación. Por eso, también, tiendo a ser escéptico de terapias ofrecidas indiscriminadamente para “curar a gays”.

Sólo hay un modo de ser salvo. Como enfatizó Lutero: ¡por la fe sola! ¡Por Cristo solo! ¡Por gracia sola! Es cuando entiendo y creo que Jesús, como perfecto Hijo de Dios, vivió una vida perfecta en mi lugar, me sustituyó porque me amó con amor inmerecido, así que tomó mi culpa y condenación y venció donde yo fracasé y fracaso constantemente. Por lo tanto, sin mediar obras de auto-perfeccionamiento, sin mediar esfuerzos humanos, sin mediar méritos (porque Dios nos invita a una relación de AMOR, no a una relación comercial de “dame-para-que-yo-te-dé-a-cambio”), Él regala la salvación a quienes creen porque Él sabe que no podemos salvarnos a nosotros mismos, pues estamos esclavos de nuestra vida yo-céntrica.

Y en este sentido, como evangélico, permítanme decirles lo siguiente: creo que el Evangelio es radicalmente distinto a cualquier religión. Porque la religión consiste en un conjunto de buenos consejos, de buenas advertencias y de buenas instrucciones para elevarnos y llevarnos a Dios. ¡Pero esto no es posible! Porque no hay justo ni aún uno. Así que es ahí donde el Evangelio rompe con todo: porque el Evangelio es la BUENA NOTICIA de que Dios mismo hizo TODO el esfuerzo y toda la obra y Él bajó para encontrarnos donde estábamos y regalarnos su salvación.

Permítanme aquí, ahora, ser más liberal que los liberales: no es abriendo tu mente y estilo de vida a un modo más “progre” de pensar y de vivir que te salvas. No es redefiniendo el concepto de “buena persona”, ni abandonando los conceptos conservadores de “ser bueno”, ni abrazando conceptos más modernos, alternativos, relevantes a las ideologías de turno de alguien “bueno”. No necesitas redefinir el significado de “buena persona” para salvarte, sino hacer algo más radical: abandonar por completo la ilusión de que alguien puede ser buena persona. Porque ningún tipo de esfuerzo por ser “bueno” te hará merecer el amor de Dios. El amor de Dios es un regalo inmerecido. Dios no te ama porque eres valioso. Dios te da valor al amarte. Y él te ama porque su voluntad es libre y soberana. Él te amó de pura gracia y su amor te da valor.

Esta es la idea de C. S. Lewis cuando afirmó que “los cristianos no creemos que Dios nos ama porque somos buenos. Al contrario: creemos que Dios nos ama a pesar de que no podemos ser buenos y porque nos ama, nos hará buenos.

Así que ¿hay aquí un discurso de odio? No creo. Por siglos el cristianismo ha creído y enseñado que todos por igual tienen derecho a re-hacer su estilo de vida, aunque haya dificultades, tropiezos, reincidencias. Y aunque es verdad que muchas iglesias, en distintos momentos, no han sido consistentes con esta proclamación, la verdad es que en muchos otros momentos sí lo ha sido, acogiendo a traficantes de esclavos, acogiendo a jóvenes desobedientes a los padres, acogiendo a chismosos, acogiendo a maridos heterosexuales que traicionan a sus mujeres con su mente y sus cuerpos, etc. Todos estos son quiebres del diseño y a todas estas personas se les ha dicho que ese no es un estilo de vida que permita el florecimiento de la humanidad, según la Palabra de Dios. Así que se les ha invitado, mediante el amor y la vida en comunidad a encontrar maneras creativas de abandonar un estilo de vida que quiebra el diseño de Dios. Pero esto, desde una perspectiva evangélica, no es entendido como una pre-condición para ser aceptado por Dios, sino un fruto (a veces duro de lograr, pero fruto al fin y al cabo) de que Dios ya nos aceptó y adoptó como hijos a pesar de que ninguno de nosotros vivimos 100% conforme al diseño.

Si esto es verdad para chismosos, para jóvenes desobedientes, para maridos heterosexuales que no aman a sus esposas, entonces también lo es para homosexuales.

Y aquí viene el 3º punto:

  1. La gracia y el amor de Dios son tan poderosos que redefinen nuestra identidad:

El famoso texto de Pablo de 1ª Corintios 6 afirma en el v. 11 que muchos en la comunidad cristiana de Corinto YA HABÍAN SIDO homosexuales (sexualmente activos y otros pasivos: arsenokoitai y malakoi), pero ya habían sido lavados por la gracia de Dios. En otro lugar dice, incluso, que para los que están en Cristo Jesús todas las cosas son hechas nuevas. Esto, si lo pensamos bien, es escandaloso porque relativiza los absolutos humanos desde los cuales forjamos nuestras identidades.

La Buena Noticia del amor y la gracia de Cristo tornan relativo lo que, antes era absoluto, desafiándonos a redefinir por completo nuestra identidad. Porque el amor de Jesús conforme revelado en la Escritura, pasa a ser el único absoluto y esto implica abandonar la idea de que mi identidad se construye primariamente desde otras cosas, incluyendo mi sexualidad.

Desde una mirada evangélica, Jesús me libera de construir mi identidad a partir de las cosas INMANENTES como mi profesión, mi estatus, mi vocación (aunque esta sea religiosa), mi etnia, mi familia, mi clan o mi sexualidad. Desde esta perspectiva, la idea de un movimiento que reivindique un “orgullo gay” resulta tan curiosa como la de un movimiento que reivindique el “orgullo Muñoz”, el “orgullo clase media aspiracional” o el “orgullo abogacil”. Jesús nos hace libres invitándonos a construir nuestra identidad cristiana desde lo TRASCENDENTE, desde el Totalmente Otro: el trascedente amor paternal de Dios y Su gracia inmerecida. Mi identidad ahora se forja a partir de la declaración que Dios hace (por Su gracia mediante la fe en la justicia de Cristo que me es imputada): “Tú eres mi hijo amado. En ti siento gran deleite”. Y de ahora en adelante, esto es lo que me define.

Jesús lo dice así: un hombre encontró una perla de gran precio en un campo de dudosa calidad. Y vendió todo lo que tenía para comprarse ese campo. ¿Por qué? Porque esa perla valía mucho más que todo lo que poseía y que lo que podía llegar a poseer en 2 vidas de duro trabajo. Así que no lo dudó y lo compró, pero a todos les pareció una decisión absurda, sin sentido.

Por eso miles de cristianos que sienten atracción al mismo sexo a lo largo de la historia han encontrado una libertad tan real y una libertad “tan libre” que no está presa ni siquiera a las inclinaciones y pasiones y pueden llegar enamorarse de alguien del sexo opuesto y formar familia, sin ocultar su inclinación ni lo que un día fueron. Tal es el caso, por ejemplo, de la profesora universitaria Rosaria Champagne Butterfield, especialista en estudios de género de la Syracuse University, quien al encontrar a Cristo en el Evangelio, abandonó su estilo de vida lésbico y tiempo después se enamoró de un hombre, se casó y formó familia con él, un pastor presbiteriano. Su testimonio está relatado en su libro “The Secrets Thoughts of an Unlikely Convert”, publicado en 2012.

Otros miles de cristianos que sienten atracción al mismo sexo, han optado por el celibato (no clerical) por amor a Jesús; han constituido novedosas formas de formar familia mediante el amor de una comunidad cristiana que han sido sus padres, compañeros e hijos espirituales. Han renunciado a la posibilidad de una vida erótica, no porque quieren ganar puntos para agradar a Dios con su sacrificio, sino porque ya encontraron un tesoro mayor en el amor inmerecido del Padre. Tal es el caso de uno de mis héroes personales, el profesor de Nuevo Testamento Wesley Hill, quien cuenta su testimonio en el maravilloso libro “Washed and Waiting” publicado por Zondervan. Junto a él muchos creyentes fieles destacan en esta renuncia, como el sacerdote holandés Henri Nouwen o el pastor y teólogo Vaughan Roberts, por nombrar sólo un par.

Esto parece locura. ¿Opresión heterosexual contra los homosexuales? La verdad es que la respuesta es un rotundo ¡NO! Porque todos los cristianos somos llamados a abandonar las cosas que más amamos a medida que amamos a Jesús sobre todas las cosas.

Ninguna enseñanza es más igualitaria que la enseñanza cristiana sobre la renuncia a las cosas que más amamos, aquellas que, cuando estamos lejos de Él, tienden a definir nuestra identidad. Jesús dijo claramente en Lucas 14: “nadie que no renuncia a todo lo que más ama puede ser mi discípulo”.

En estos tiempos de exigir reivindicaciones y derechos, hablar de renuncia puede ser contraproducente, pido disculpas por eso, pero debo hacerlo. ¿Por qué alguien abandonaría la posibilidad de completarse sexualmente, por ejemplo? ¿Por qué alguien renunciaría al único absoluto que parece prevalecer en estos días de relativismo (el gozo sexual en una relación erótica con un compañero o compañera)?

Pero si en algo Jesús y Pablo fueron consistentes y claros fue en que seguir a Jesús era algo radical, no se puede amar nada más de lo que se ama a Cristo, y todo lo que antes uno valoraba más que nada puede llegar a ser considerado basura cuando uno se encuentra con el amor de Dios en el Evangelio. Cristo es el tesoro mayor.

Pablo en Filipenses 3 llega incluso a referirse a su condición como judío – sin duda alguna, una condición genética inalterable – como una de las cosas que él ha considerado como “basura” a fin de ganar más de Cristo en su vida. Así de radical es la redefinición de identidad de quienes han sido alcanzados por la gracia de Dios en Jesús.

Conclusión:

Quisiera terminar leyendo las palabras de un sacerdote católico, creyente fiel en Jesús que sentía atracción por el mismo sexo. Él se llamaba Henri Nouwen y creo que sus palabras reflejan muy bien esta perspectiva evangélica que he querido exponer sucintamente hoy:

“Cuando nos enteramos de que alguien verdaderamente nos acepta por completo, queremos entregar todo lo que podemos y, a menudo, al entregar, descubrimos que tenemos mucho más de lo que creíamos”.

Eso es exactamente lo que el Evangelio hace en nuestra vida: nos anuncia que Dios nos acepta por completo (heterosexuales y homosexuales por igual), tal cual somos. Y cuando el Espíritu de Dios da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios, no dudamos en entregar lo que haya que entregar por amor y gratitud. Y cuando entregamos todo, encontramos un tesoro mayor que todo lo que teníamos o pudiéramos llegar a tener.

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Filed under Cosmovisión, Espiritualidad cristiana

Rumiando una experiencia enriquecedora

Pronto, muy pronto, espero publicar aquí mi ponencia de hoy en el foro “Homosexualidad y Cristianismo” que se llevó a cabo en una sala de la Facultad de Letras de la PUC de Santiago, donde fui invitado a exponer mi perspectiva sobre este tema. También participaron un pastor y teólogo luterano y un psicólogo católico-romano. La verdad es que espero publicarla “melhorada”, o sea en una versión 2.0. Por mientras, mi objetivo sólo es comentar la experiencia en sí en palabras muy breves que expongo a continuación:

Fui invitado a este foro como pastor presbiteriano y director del Seminario Teológico Presbiteriano. En la tradición presbiteriana se suele llamar al pastor – además de “presbítero docente” – de “ministro del Evangelio”. Eso fue exactamente lo que ayer decidí hacer: servir al Evangelio. Pensé por días anteriores qué aporte podía hacer yo en el foro. Y no lo tuve claro hasta después de leer investigaciones históricas, artículos con estadísticas y argumentos médicos, biológicos, psicológicos, etc. Y es que no soy especialista en ninguna de esas áreas y lo máximo que podría haber hecho era dar mi opinión como un ciudadano más. No creo que eso hubiera sido acorde con el propósito de invitarme al foro. Si quisieran opiniones de ciudadanos que no son expertos en estas áreas, entonces habrían elaborado un instrumento y hecho una encuesta. Pero no fue lo que los organizadores hicieron. Así que pensé con cierta rigurosidad y me dije “ellos me invitaron para compartir mi visión como alguien vocacionado y dedicado a un área específica. No como un ciudadano de a pie que da opiniones personales. ¿Y cuál es esa área a la cual estoy dedicado y para la cual estoy vocacionado? ¡Predicar el Evangelio, sin duda!” Y fue así como, con Romanos 1.16 tatuado en la frente, me di cuenta que para eso yo debía estar en este foro: para hablar sobre cristianismo y homosexualidad como un ministro del Evangelio debe hacerlo, sin avergonzarme de ello, estando dispuesto a ser motivo de escándalo. Soy ministro del Evangelio, a eso fui llamado. No tengo méritos, dignidad ni destacadas habilidades para serlo, pero esta es mi vocatio y a esto me dedico, así que ¿qué otra cosa podía hacer? Un poco tarde, pero resoluto tomé esta decisión: que en el foro me enfocaría – contra toda erudición, pulcritud técnica y academicismo, tal vez – en predicar el Evangelio, aunque en el camino causara más de algún escándalo o desconcierto.

Tengo claro que varias cosas no las hice del todo bien. En un momento, por ejemplo, con el sólo propósito de mantener las diferencias con mi colega luterano, tal vez exageré, pues ante una pregunta realizada por alguien del auditorio, él se dedicó con detalles a promoverse a sí mismo y a su ministerio desarrollado dentro de su iglesia local, supuestamente muy progresista e inclusiva. Yo pensaba hablar de mi iglesia hasta ese momento, pero al sentir que la autopromoción iba a ser un tanto contradictoria con el Evangelio que acababa de predicar, simplemente dije ciertas generalidades acerca de la Iglesia Presbiteriana y me negué (casi visceralmente) a promover mi ministerio, mi iglesia local o mi denominación. Lo reconozco: tal vez debí aprovechar esa oportunidad para dar una página web o invitar a los cultos dominicales, dando un par de direcciones. Tal vez. Pero hasta este momento no estoy del todo seguro.

Gracias a Dios, todo, en general, se desarrolló dentro del mejor ambiente. Hubo respeto y disposición a escuchar, al menos externamente. Una vez terminado el foro, hubo intercambio de e-mails y una conversación muy amigable, curiosamente, no con mi colega de la Iglesia Evangélica Luterana, sino con el psicólogo católico-romano, quien además resultó ser gay, trabajando con grupos de homosexuales que buscan formas de compatibilizar su fe con su orientación sexual. Él pareció estar muy interesado en conocer más acerca de lo que, por la gracia de Dios, pude compartir. Así que evidentemente: con la experiencia de hoy, me gozo y aún me gozaré.

 

Foro 2

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