Algunas palabras sobre el terror y los zombies

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Hace un tiempo atrás publiqué un post donde dije que, en algún momento, enumeraría las razones por qué me gustan las películas de terror y, especialmente, las de zombies. Algunos me han pedido que lo haga y me han insistido en el último tiempo, así que aquí daré algunas razones de por qué me gustan películas de terror en general y las de zombies en particular.

0. La razón 0 [“cero”] es una aclaración previa: el gusto por películas de terror y de zombies es una fascinación personal que, casualmente, comparto con otros, pero no tengo ninguna intención de convencer ni hacer proselitismo sobre esto. Tengo amigos que, a diferencia de mí, les fascina el fútbol y logran ver desde una cosmovisión cristiana el “jogo de bola” hasta el punto de descubrir en él múltiples metáforas útiles para la vida en general, para comprender el Evangelio, para ilustrar sus sermones, etc. Yo los entiendo, respeto y admiro pero no sigo su fascinación. Lo mismo puedo decir al respecto de mi gusto por el rock. Por lo tanto, antes de cualquier conclusión precipitada de parte de los lectores de este blog, quiero decir que no espero convencer a nadie de que comparta mi gusto por la temática zombie. Lo que expongo a continuación no son razones POR LAS CUALES a mí ni a nadie le deban gustar las películas de terror. Honestamente, a mí me gustan porque me gustan y, en un segundo momento, he reflexionado sobre algunos elementos que me llaman la atención desde mi cosmovisión como cristiano. Sólo espero, al menos, que estos cristianos no me condenen y que en esto, como en tantas cosas que son “adiáfora” (o asuntos de importancia secundaria) “vivan y dejen vivir”, ó como diría el gran Paul MacCartney (de una manera tan adecuada al mundo zombie): “vivan y dejen morir”.

1. Las películas de terror EN GENERAL me parecen un recordatorio de la verdadera fragilidad de la condición humana y de la realidad siempre presente de la muerte. Las películas de terror muestran lo fácil que es que alguien te esté esperando atrás de la puerta y te corte por la mitad con una sierra eléctrica, un hacha o te muerda el cuello y tu yugular se desangre hasta el deceso. Desde una perspectiva más [micro] evolucionista, tal vez estas películas nos recuerdan un antiguo tiempo donde la humanidad tenía que esconderse en cuevas, subirse a árboles y convivir con el constante terror de criaturas horribles que acechaban en la noche. La familia turnándose para dormir, colgando cuerdas con cascabeles en un determinado perímetro al rededor para oír si alguna fiera salvaje de horribles dientes se acerca en las densas tinieblas, etc. Desde una perspectiva más teológica (que para mí se complementa con la anterior) del sensus divinitatis de Calvino, las películas de terror tal vez nos recuerdan aquello que habita en el fondo de nuestra conciencia: que sí existe el juicio y que lo merecemos. Que la ira implacable de un Ser desconocido, pero Santo, nos persigue incansablemente. No importa cuán rápido corramos o dónde nos escondamos, la muerte se cierne como una oscura cortina sobre toda la raza humana y nos despedazará en el momento más inesperado. Cuando una película de terror es buena, aparece en pantalla la frase “The End”, suben los créditos y ¿cuál es la sensación que nos queda? Encendemos todas las luces antes de acostarnos, revisamos si hay alguien atrás de la cortina del baño, miramos bajo la cama y adentro del armario. Las películas de terror nos recuerdan que el juicio de un Dios Santo está sobre toda la humanidad, “por cuanto todos pecaron” y “el alma que pecare esa morirá”.

2. Muy asociado a lo anterior, y aún hablando sobre películas de terror EN GENERAL, ¿qué puede ser más terrorífico que “Lo Santo”? Inner Sanctum se llamaba un antiguo programa de radionovelas muy popular en EE.UU., acerca del cual habla R. C. Sproul en su libro “La Santidad de Dios”. Y es que entrar en la presencia de lo santo es entrar en la presencia de lo desconocido, de la otredad, del “Totalmente Otro”, diría Karl Barth. Por lo tanto, las buenas películas o series de terror tienen esa capacidad de no sólo despertar en nosotros el temor a la muerte, siempre presente, que es la consecuencia de ser una raza caída, sino que incluso van más allá: despiertan en nosotros el temor a un ser que apenas se ve, que es poco explícito, pero que está ahí (una luz enceguecedora en el armario, una silueta apenas visible que susurra en sueños, la mirada fría de un niño psicópata, etc.), que no se le puede describir con palabras, que no se mueve ni actúa con las leyes naturales que conocemos y que, ciertamente, no actúa conforme a nuestras expectativas. En muchas escenas vemos la expresión de terror de quienes se encuentran cara a cara con este ser desconocido, pero no vemos al ser en sí. Los personajes descubren cadáveres que tienen el horror impreso en sus rostros. Como si lo más terrorífico que alguien pudiera ver fuera, al mismo tiempo, lo último que a alguien se le permite ver. Nadie ve lo desconocido sin morir como consecuencia. ¿No nos recuerda eso – de forma burda e incompleta – a la Santidad del mismísimo Dios? Nadie le ha visto jamás sin morir. Porque esa es la característica de lo santo: es temible porque es inmensurable, no hay parámetros para compararlo. En varias buenas películas aparece incluso esa persona psicótica que adora a la criatura asesina y la considera hermosa justamente porque no ha conocido nada en este mundo que se le pueda comparar. Si consideramos que la santidad es un atributo comunicable, estos horribles y desconocidos personajes sobrenaturales de ficción, tales como fantasmas vengativos ó seres extraterrestres ó incluso (¡qué paradoja!) la misma fealdad de un zombie que camina con su cráneo abierto y su rostro deformado, nos dan un vislumbre pequeño de cómo sería la sensación de encontrarse frente a lo desconocido, o sea “Lo Santo”.

3. Ahora hablando sobre películas de zombies EN PARTICULAR, en primer lugar me llama la atención lo gráficas que son estas criaturas para mostrar la realidad de la raza humana caída. “Muertos vivientes”, “muertos caminantes”, etc. son descripciones casi perfectas de una humanidad sin Dios. Son seres que se están descomponiendo mientras caminan, sus pieles se pudren, sus heridas van expuestas, sus órganos internos al aire, sin embargo se mueven. ¡Se mueven y nos persiguen! ¿Por qué? Porque sólo hay una cosa que los mueve: el hambre instintiva, animal e insaciable. Ya no sienten, ya no aman, ya no son humanos. Sólo son caminantes que quieren devorar carne fresca y satisfacer de la manera más básica e irracional su hambre. Dudo que exista una manera mejor de graficar no sólo a aquellos que no han nacido de nuevo, sino también al viejo hombre que habita en todos los creyentes. En esta humanidad sin amor no sabemos entregar ni servir, sino sólo usar al otro como se usa un objeto de consumo. ¿Y qué manera más explícita de hacer del otro un objeto de consumo que imaginarlo y verlo como un trozo de carne para ser devorado? “Nos mordemos unos a otros y nos devoramos unos a otros, no vaya a ser que terminemos consumiéndonos unos a otros“, nos advierte el apóstol Pablo (Gálatas 5.15) y esta advertencia no aplica sólo a los no-creyentes, sino especialmente a los creyentes que aún tenemos dentro nuestro la antigua naturaleza carnal del viejo hombre que lucha contra la nueva naturaleza espiritual. Personalmente no me agrada la idea de que los zombies sirvan de metáfora de la nueva vida en Cristo, ya que la gracia de Dios “hace nuevas todas las cosas” y un zombie es la carne vieja y putrefacta que camina. En este sentido, la declaración de “The Walking Dead” es incomparable y muestra cómo esta maravillosa serie ha logrado sacar lo mejor de todos los que antes bosquejaron ideas grandiosas en películas de zombies (como George Romero en los ’70 y ’80): “We are all infected”, o sea: “TODOS ESTAMOS INFECTADOS”.

4. Las películas y series de zombies también logran algo muy especial en el espectador: la sensación de una era apocalíptica que podría estar a la vuelta de la esquina. Generalmente es repentino como empieza un apocalipsis zombie. Todo se pone patas arriba en el mundo. Como una gripe maldita que se extiende en aeropuertos y grandes centros urbanos, de repente la gente comienza a morir, los que no se quedan muertos, se transforman en horribles criaturas devoradoras de carne humana y todo el orden social, económico y político que conocíamos se viene abajo. Hay que volver a vivir huyendo de un lado a otro, haciendo turnos en las noches (como en los antiguos tiempos de las cavernas) y esas maravillosas escenas apocalípticas aparecen frente a nuestros ojos: una Torre Eiffel cortada por la mitad, una Estatua de la Libertad hecha pedazos, Manhattan en llamas, la Casa Blanca bombardeada, etc. ¡Cae Babilonia, cae Roma! Y su humo sube por los siglos. La comodidad y serenidad de los barrios residenciales, con casas de 2 pisos con ante-jardin y despensa siempre llena, se transforma en la crueldad y abyección de campos de batallas, con sillones y mesas de 1000 dólares usados como barricadas, con escasez de alimentos y bebés zombies haciendo ruidos guturales en las cunas. Estas películas también son un llamado profético-escatológico a la conciencia vana de clase media que la cultura norteamericana ha diseminado en el mundo: esa que basa su seguridad en sus bienes, en sus pólizas de seguro, en sus cuentas bancarias, en sus casas lindas en barrios lindos con bebés lindos. ¡Estas películas son un llamado a no aferrarnos a nada de este mundo! ¡Todo termina! Eso es un hecho, pero también es verdad que puede terminar de la peor manera posible. Basta que un arma biológica se escape de un laboratorio y entonces tu esposa linda de portada de revista dejará de ser tu esposa y será un ser maligno al cual debes darle un escopetazo en el cerebro; tu esposo protector y proveedor se tornará en un monstruo perseguidor que quiere devorarte a ti y a tus hijos, así que habrá que buscar corriendo el cuchillo grande de la cocina y metérselo en el ojo, que es la forma más fácil de llegar al cerebro. No hay mucho tiempo para llorar tampoco. Hay que tomar lo que se pueda y salir corriendo. Así es un Apocalipsis. Así lo describe, al menos, el discurso escatológico de Jesús en Mateo 24.

5. Y bien, cuando el Apocalipsis llega y la policía ya no protege y los ejércitos que salieron a la calle fueron superados en número por seres que no temen un disparo ¿qué viene? El intento de los pocos sobrevivientes de formar un nuevo orden social. Aunque sea en pequeñas comunidades nómades. Muchos son los caminos posibles. Están aquellos que intentan vivir vidas vanas de consumo como la retratada por el gurú de los zombies, George Romero, en “Amanecer de los muertos”: escondidos en un Mall entero para ellos solos: un pequeño grupo de sobrevivientes se da la gran vida siguiendo la proclama: “comamos y bebamos que mañana moriremos”. Están, por otro lado, aquellos que logran imponer un orden aparentemente perfecto y armónico, pero mediante la tiranía y el abuso de poder, como el caso del Gobernador de “The Walking Dead”. Muchos otros forman aparentes comunidades – en realidad son grupos de sobrevivientes – donde simplemente vence la más básica ley del más fuerte. Otros intentan formar comunidades acogedoras, protectoras y productivas como en el caso del protagonista de The Walking Dead, el sheriff Rick y su amigo y padre espiritual, el cristiano Hershel, pero esto se muestra casi imposible a causa de la crueldad, egoísmo y falta de amor de los vivos, que, con el tiempo, se tornan en el peor enemigo. Los zombies pasan a ser parte del paisaje, simplemente. El punto más crucial aquí es el que, una vez más, “The Walking Dead” logra sintetizar con su lema “Fight the Dead, Fear the Living”, en otras palabras: “Lucha contra los muertos, pero teme a los vivos”. Al poco andar de las semanas, se torna evidente que el problema de los zombies es el menor de los problemas. La verdad es que la famosa frase de Francis Schaeffer vuelve a hacer eco después de que la plaga zombie logra ser controlada: “Y ahora ¿cómo viviremos?”. El gran problema planteado por las buenas películas donde ocurren apocalipsis zombies es: ¿cómo lo haremos para vivir armónicamente entre los sobrevivientes? Esta también es una temática que me parece en gran manera interesante y que es inevitablemente planteada en las películas y series de zombies.

No quiero terminar estas reflexiones sin decir algo más personal y pastoral sobre las películas de terror: me parece evidente que esto es una temática para adultos (y ni siquiera para todos los adultos), no para niños y, tal vez, tampoco para adolescentes. Obviamente cada padre conoce a sus hijos y sabe hasta dónde este tipo de temáticas puede influenciar negativamente a sus hijos en más de un aspecto. Personalmente empecé a ver películas de terror recién con 23 años (1 año antes casarme), no antes, por motivos que no vienen al caso detallar ahora y que tienen que ver con las sabias prohibiciones de mi madre. Crecí con amigos del colegio, de la iglesia y de la universidad que me comentaban sobre películas acerca de las cuales no tenía idea y eso no me traumó en absoluto. Cuando un día me di cuenta que ya tenía la madurez emocional para ver películas de terror, no sólo empecé a verlas, sino que traté de ponerme al día viendo casi todos los fines de semana 1 ó 2 clásicos de terror con compañeros del Seminario… pero eso ya es harina de otro costal y da para otro post.

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3 Comments

Filed under Cosmovisión, Por puro gusto

3 responses to “Algunas palabras sobre el terror y los zombies

  1. zombiiiigirl

    i love zombies movies! ❤ vi juan de los muertos! jaja es buenisisisisiisma buscala!

  2. Jorge

    No puedo dejar de sumar esto que leí en la contratapa de uno de los cómics aludidos:
    “¿Cuántas horas tiene el día cuando no pasamos la mitad de ellas viendo televisión?
    ¿Cuándo fue la última vez que cualquiera de nosotros REALMENTE trabajó para conseguir lo que quería?
    ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que alguno de nosotros realmente NECESITÓ algo que QUERÍA?
    El mundo que conocíamos se ha ido.
    El mundo del comercio y la necesidad frívola ha sido reemplazado por un mundo de sobrevivencia y responsabilidad.
    Una epidemia de proporciones apocalípticas ha arrasado el mundo y causado que los muertos se levanten y alimenten de los vivos.
    En cuestión de meses la sociedad se ha derrumbado.
    No hay gobierno,
    no hay almacenes,
    no hay correo,
    no hay televisión por cable.
    En un mundo gobernado por los muertos, estamos forzados finalmente a empezar a vivir”.

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