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Reflexiones en torno a Israel

Nunca ha sido la intención en mis posts escribir artículos teológicos, menos aún artículos teológicos de peso académico. Para quienes quieran conocer más, tanto los sobre pilares fundamentales como sobre las implicaciones de mi postura al respecto de Israel como nación y su papel en la historia de la redención, les recomiendo que lean libros, no posts de blogs. “Israel en el plan de Dios” de David Holwerda (ed. Desafío) es un buen comienzo. También recomendaría, por causa de sus implicaciones, “Más que vencedores” y “La Biblia, el más allá y el fin del mundo” de William Hendriksen, así como su comentario a Romanos (especialmente a Romanos 9). Siempre es bueno, además, volver a consultar el Comentario al Apocalipsis de Simon Kistemaker. Estos autores y otros reformados amilenistas me representan bastante en mi postura respecto a este tema. Dicho esto, aquí va:

La nación (etnia) de Israel es hoy en día, después de la venida de Cristo, una nación más como los zulúes, los konkombas, los mapuche o los árabes. Su estatus como “pueblo de Dios escogido” ya no es tal, pues cumplieron su función y esta ya caducó con la venida del Mesías, al igual que las ceremonias y rituales del antiguo tabernáculo.

La declaración de Jesús “yo soy la vid verdadera” (Juan 15) expresa el quiebre definitivo entre el AT y el NT a este respecto. Todos los judíos que le escucharon decir eso, especialmente sus discípulos, entendieron las implicaciones de esta palabra. Basta con compararla con otro capítulo nº 15: el de Ezequiel. Tanto Ezequiel 15 como otros textos del AT muestran claramente que “la vid” era una de las formas favoritas que usaba Jehová para referirse a la nación de Israel. Pero el Israel del AT era en realidad la sombra de la vid verdadera. Esto lo deja claro Jesús al decir: “la vid verdadera SOY YO”. Para Juan “lo verdadero” no es lo opuesto a “lo falso” (como en las categorías metafísicas abstractas de los griegos), sino lo opuesto a “lo incompleto”, o sea a aquello que aún estaba en forma de señal o símbolo de una realidad histórica que aún no se revelaba en su plenitud. Cristo, es por lo tanto, la vid “plena”, la realización histórica de aquella vid veterotestamentaria que era sólo una señal de lo que había de venir.

Por si fuera poco, “verdadero israelita es el que lo es en el corazón, no en la carne” remata el apóstol Pablo (Romanos 2.28-29). Por lo tanto, el Israel del AT era una sombra, una señal, un paréntesis cuya función era prefigurar a Cristo. El que quería acercarse a Dios y relacionarse con Él debía unirse a Israel. Ahora quién quiera acercarse a Dios y relacionarse con Él debe unirse a Cristo mediante la fe, de otra manera “será cortado y echado fuera y quemado en el fuego” (Juan 15.6).

Esta visión teológica me permite vislumbrar varias cosas con relativa claridad. Aquí les comparto 3:

1. Muchos conocemos la famosa y muy útil división de tres leyes del AT que históricamente el cristianismo reformado ha hecho: ley moral (revelación del carácter santo de Dios, por lo tanto inmutable e inabrogable; se presenta explícitamente en los 10 mandamientos y se resumen en amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a mí mismo; es LA LEY por excelencia, base y sustento de todas las demás buenas leyes que existen), leyes civiles (buscan regular la vida comunitaria, expresando formas concretas de amar al prójimo; es mutable, cambia porque las sociedades también cambian) y leyes ceremoniales (buscaban anunciar el Evangelio antes de que sus hechos históricos sucediesen; son un preanuncio de la venida de Cristo y Su obra redentora, por lo tanto caducaron y ya no deben ser más observadas, es más: observarlas hoy sería despreciar a Cristo; los sacrificios de animales, el establecimiento de una casta sacerdotal, son ejemplos de este tipo de leyes).

La verdad es que una de las problemáticas que surgen a veces entre los entusiastas neófitos de la fe reformada es que sobre-enfatizan esta división, cuando en realidad la distinción de 3 leyes – que sin duda es muy útil y bien fundamentada bíblicamente – es un constructo teológico que debe servirnos para entender sobre todo el cómo estos tipos de leyes se entrelazan entre sí y se relacionan mutuamente. Si más que enfatizar la distinción, enfatizamos su interrelación, vamos a descubrir que la ley moral es el ADN de todas las demás (ya que las leyes civiles buscan aplicar el amor al prójimo en maneras comunitarias concretas y las leyes ceremoniales, por su parte, buscan ponernos a cuentas con Dios justamente por nuestra incapacidad de cumplir la ley moral). Y no solo eso, también vamos a descubrir que muchas leyes civiles, tal vez todas, tenían un cierto carácter ceremonial también. ¿Qué quiero decir con esto último? Por ejemplo: Israel no debía comer sangre o ciertos animales. Era una ley donde se entrelaza lo civil con lo ceremonial porque al mismo tiempo que le da un ordenamiento social al Israel del AT, es una orden que busca hacerlos distintos de otros pueblos para que puedan cumplir su función como vid. Al ser distintos de otros pueblos, ellos se tornarían “atractivos” (Deuteronomio 28) y así podrían cumplir su función de anunciar, como primogénito, a los demás pueblos la gloria de Jehová al obedecer Su ley. Lo mismo podemos decir sobre las prohibiciones a marcarse en la piel, a perforarse, a mezclar tejidos, etc.

Otro buen ejemplo de ley civil-ceremonial es el año del jubileo: tiene su fundamento en la ley moral del shabat y del amor al prójimo; a su vez es una ley civil que permite que los pobres no se endeuden eternamente y que les da nuevas oportunidades de empezar de nuevo a todas las familias de Israel; además, servía de señal para los demás pueblos y para la historia, al fin y al cabo ¿como es eso de una nación antigua que prospera protegiendo a los más necesitados y que, más encima, lo hace sin trabajar todos los años? ¡Ese era el plan de Dios! Que las naciones al ver esta curiosa joya entre medio de ellas, se acercaran a ver qué pasaba y descubrieran al Señor y se re-encontraran con su Creador mediante Su ley y Su auto-revelación en Israel. Antes de la venida de Cristo, aquellos que quedaban asombrados con esta revelación eran invitados a su vez a adoptar las leyes civiles y ceremoniales de Israel, como lo hicieron Rut, Rahab, Tamar, etc.

Hoy, después de la encarnación, muerte y resurrección de Cristo ya no se necesita más una etnia específica que cumpla esta función. Hoy es Cristo, de quién el antiguo Israel era sólo una sombra, quién se ha dado a conocer directamente en el Evangelio. El Evangelio, proclamado y enseñado en distintos contextos étnicos, elimina lo pecaminoso de una cultura, potencia lo bueno y hermoso de ella y redime todo para la gloria de Dios. Esa vid antigua ya cumplió su función, ahora la vid verdadera ha llegado. Así que podemos comer prietas, cangrejos y perniles para la gloria de Dios. Podemos perforar las orejitas de nuestras hijas al segundo día de nacidas para la gloria de Dios, podemos hasta tatuarnos el nombre de nuestros hijos en los brazos para la gloria de Dios. Importa que lo hagamos siguiendo las reglas generales de la prudencia, el amor cristiano (especialmente el cuidado por la conciencia del prójimo), la higiene, etc. Pero Dios ya le dio un uso a estas leyes en el antiguo Israel, hoy han caducado y sólo los principios generales que están por detrás son los que importa cuidar y observar.

2. Otra implicación de esta visión teológica de Israel es que, ya que ellos dejaron de ser el pueblo especial de Dios, está bien que mantengamos un sano equilibro en nuestra actitud ante los judíos en general. El antisemitismo es un pecado gravísimo como cualquier tipo de racismo o discriminación étnica. Ellos son un grupo cultural que necesita del Evangelio y necesita ser alcanzado por la predicación del verdadero Mesías. No serán salvos, a menos que crean que Jesús de Nazaret es el Mesías que murió por sus pecados. Así que está bien que la iglesia se preocupe de su evangelización TANTO COMO nos preocupamos de evangelizar a maoríes, hupda o escoceses. Pero no más. Ellos no son necesariamente una cultura superior o más cercana a Dios y están lejos de tener una religiosidad “más pura”. Los judíos necesitan del Evangelio para abandonar sus prácticas moralistas y supersticiosas, como la kabala, sus oraciones y rituales que deben ser cumplidos al pie de la letra, su angelología idólatra y otras visiones erróneas del mundo y de la vida. Los evangélicos que usan menorás (candelabro judaico) en sus templos, kipás en sus cabezas, shofar, estrellas de David, etc. son un engendro aborrecible a mí modo de ver. Desprecian a Cristo, desvalorizan el Evangelio y se dejan llevar por modas teológicas que ni siquiera han llegado a comprender.

3. Finalmente, creo que debemos también cuidarnos de no mostrar ningún tipo de favoritismo arbitrario hacia Israel en los actuales conflictos en la Franja de Gaza. Están habiendo crímenes de toda índole y de todos lados. El terrorismo palestino es injustificable tanto como lo es el abuso de poderío militar de los israelíes, también de carácter terrorista. El ejército israelí debe ser denunciado por matar civiles tanto como los palestinos. Mi punto es: el favoritismo arbitrario y a priori de parte de muchos evangélicos hacia Israel me parece francamente inmoral e ignorante. Yo me niego a eso. Sólo exhorto a que busquemos información fidedigna sobre qué está pasando en Palestina para hacernos una opinión bien informada al respecto. No nos dejemos llevar por un par de fotos con consignas baratas en internet. Busquemos información de distintos medios de comunicación y fuentes. Y, especialmente, roguemos al Señor que proteja a niños, mujeres y civiles que se ven obligados a vivir con temor en la Franja de Gaza. Mi anhelo es que más y más palestinos puedan conocer el Evangelio de Jesús al igual que más y más israelíes. Mi convicción es que sólo el Evangelio podrá traer paz a esa región tan afectada por los odios y la violencia. Sólo el Evangelio de Cristo podrá liberar a las conciencias esclavas de la idea de que un pedazo de tierra es más santo que otro. En estos tiempos neotestamentarios, Cristo es nuestra tierra prometida, Él es nuestro reposo. Que judíos y palestinos puedan encontrarse con esta verdad y que sean transformados por ella. Pero ¿considerar a priori que en este conflicto Dios está de parte de Israel más que de los palestinos? ¡Lejos de mí tan mala interpretación de la Biblia y de la historia actual!

Resumiendo: Israel YA FUE un pueblo especial escogido por Dios en el cual Él se revelaba. Ellos ya cumplieron su propósito como señal de la venida de Cristo, el consumador de la historia. El Israel del Antiguo Testamento fue un verdadero paréntesis en la historia de la redención. La revelación de Dios ahora es Cristo, Hijo de Dios (Hebreos 1.1-2). Esto significa que Israel hoy es un pueblo no más especial que otros pueblos, pero tampoco menos. Un pueblo que necesita ser alcanzado con el Evangelio a fin de que conozcan la verdad y sean salvos.

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Los filtros que todos tenemos

cura

Porque vino Juan, que ni comía ni bebía, y dicen: Demonio tiene. Y vino el Hijo del Hombre que come y bebe, y dicen: He aquí un hombre comilón y bebedor de vino, amigo de publicanos y pecadores.
Mateo 11.18-19

Uno de mis [incondicionalmente] queridos “masters” que tuve en mi época de estudios en el Seminario en Sao Paulo fue el Dr. Davi Charles Gomes, Ph.D. por el Westminster Theological Seminary, donde también sirvió como profesor asistente de apologética en los años ’80. Él solía citar en clases la historia de Charles Darwin (si es apócrifa o no, no lo sé, sólo he leído pequeñas secciones de su diario) en la cual relata que en cierto lugar, él y los demás tripulantes del Beagle desembarcaron e hicieron el clásico intercambio de regalos con algunos nativos. A Darwin le habría llamado la atención que estos nativos, acostumbrados a navegar por generaciones solamente en pequeñas canoas para 1 ó, máximo, 2 personas, quedaron extremadamente asombrados con los botes en los cuales llegaron a la playa los ingleses, donde cabían 15 a 20 personas sin hundirse. Tanta fue su impresión que despreciaron los espejos, vestidos, armas de fuego y otros objetos que los ingleses les habrían mostrado a fin de ir a mirar cómo funcionaban estos “increíblemente grandes botes”. Pero lo que más llamó la atención de Darwin es que estos nativos ni se habrían percatado de la presencia del VERDADERO gran barco (el Beagle) que estaba anclado a unos cientos de metros de la orilla. Ellos simplemente habrían confundido la enorme embarcación con el paisaje sin siquiera percatarse de su presencia. Mi profesor Charles Gomes entonces remataba con una reflexión, al más puro estilo Maturana y Varela, acerca de cómo nuestras infraestructuras de pensamiento, los presupuestos que conforman nuestras cosmovisiones, funcionan como un filtro, donde ciertos datos pueden ser procesados y otros simplemente se tornan invisibles.

Pues bien, no pude evitar acordarme de mis lecturas de “El árbol del conocimiento” (justamente de Humberto Maturana y Francisco Varela) y de mis clases con el Dr. Charles Gomes cuando el otro día, en un artículo del sitio web “El quinto poder”, fui descrito como un pastor y teólogo pro-gay y pro-diversidad sexual. ¡Interesantísimo! ¿No? Primero lo tomé con humor, mucho humor, pues me reía a carcajadas con la descripción no porque me sintiera ofendido por ella; no me siento ofendido en absoluto, de hecho. Después lo reflexioné un poco, revisé mentalmente mi ponencia (publicada en Youtube y en este mismo blog en una versión escrita) y me di cuenta que las ideologías de género, tristemente, han causado entre quienes las abrazan un apego tal a ciertos filtros mentales, que, aunque su símbolo preferido sea el arco-iris, sólo ven en blanco y negro. Y es que parecen no ser capaces de reconocer a cristianos que leemos la Biblia desde una hermenéutica histórico-gramática – esto es, desde el presupuesto de que ella ES (no “contiene” ni es “testimonio humano de”) la Palabra de Dios inspirada sobrenaturalmente por el Espíritu Santo – y que, simultáneamente, mostramos genuino amor y acogida al homosexual.

En otras palabras, en sus binomios simplistas, no cabemos los creyentes evangélicos que, al mismo tiempo que creemos efectivamente que el comportamiento homosexual es consecuencia de la caída y, por lo tanto, pecaminoso, les invitamos amorosamente a acudir al Evangelio, a formar comunidad con nosotros en nuestras iglesias y a perseverar juntos, en compañerismo cristiano, en la lucha contra nuestras inclinaciones y pasiones que no son conforme al diseño de Dios para la humanidad. Todos en condición de igualdad, pues fuimos hechos a imagen y semejanza del mismo Creador, estamos condenados por la misma raíz del pecado: nuestra vida auto-centrada en el yo y hemos nacido de nuevo por la misma gracia sobrenatural del Evangelio de Jesús (1ª Corintios 6.11).

Desde estas ideologías de género “trasnochadas” (que surgen desde el odio, el rencor, la ira y el deseo de reivindicación tan característicos de ideologías sesenteras y setenteras) que inundan nuestro Chile del siglo XXI sólo existen dos posibles posturas: la aceptación incondicional de la orientación homosexual como algo perfectamente aceptable a los ojos de Dios… ó la homofobia.

Así, terminamos siendo invisibles los que decimos: “la orientación homosexual (antes de siquiera entrar a conversar sobre sus posibles causas) no es conforme al diseño de Dios para el florecimiento y la dignificación de la raza humana, creada a imagen y semejanza de Dios, pero TODOS NOSOTROS hemos quebrado y violado el diseño de Dios en más de algún aspecto de nuestra vida y TODOS NOSOTROS somos invitados por igual a acudir a la maravillosa gracia revelada en Jesucristo, quien como sustituto perfecto, pagó el precio mediante su muerte expiatoria en la cruz del Calvario. Por lo tanto, aborrecemos las manifestaciones de “odio” ó “terror hacia” (descripción técnica de la palabra “fobia”) el homosexual e invitamos a todos a acudir a Cristo, nuestro Redentor y a aferrarnos juntos a Su gracia que nos transforma y hace nuevos.”

La verdad es que las ideologías de género que circulan hoy en nuestro país no nos ven. Somos confundidos con el triste paisaje ideológico y sólo les llaman la atención nuestras pequeñas embarcaciones – frases sueltas y sacadas de contexto – y no el enorme buque de nuestra cosmovisión, que no es otra sino el Evangelio. No importa cuán clara y explícita se la presentemos.

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