Monthly Archives: September 2014

Palabras contra la “Iglesia Anás-y-Caifasariana de los Últimos Días”

Curioso estado de cosas vivimos hoy en la iglesia de Cristo. Sólo a modo de diagnóstico – un tanto grueso tal vez – me llama la atención que nuestros discursos más inflamados y nuestras advertencias más insistentes sean contra la inmoralidad de una sociedad sin Dios o contra los actos negativos y poco correctos. Nos exhortamos unos a otros, con voz solemne y paternalista, a no decir tales palabras, a no hablar de determinada forma, a no tatuarse ahí, a no perforarse acá, a no vestir así, a no comer aquello, a no beber esto, a no ver este programa, a no gustar de tal música, etc.
Curioso digo, porque los discursos más inflamados de nuestro Maestro y sus advertencias más insistentes no fueron contra esas cosas, sino contra la hipocresía, la religiosidad falsa, la ansiedad por las cosas materiales y el amor al dinero. Pecados que saturan nuestras iglesias, incluyendo a pastores y líderes, y contra los cuales pocos se atreven a hablar por miedo a ser criticados o simplemente (peor aún) porque no los ven como pecado.

Estoy aburrido de los que me dicen “no te contamines con esos ateos, con esa gente inmoral que no tiene temor de Dios”. Jesús, en cambio, me dice “no te contamines con la levadura de los fariseos, esos correctitos que les encanta cantar de pie al frente de las iglesias, orar en las plazas y ser reconocidos por su piedad”. Estoy aburrido porque por años me hicieron ver como enemigos a aquellos que tenía que amar y alcanzar. Mientras tanto toda esta sarta de sepulcros blanqueados me hacían doblemente más merecedor del infierno que ellos porque a muchos de estos fariseos modernos yo los tuve en alta estima y los consideraba ejemplo de cristianismo. Ya me cansé y no quiero más eso. Quiero abrazar el Evangelio, quiero aferrarme a la gracia, quiero imitar a Jesús y quiero servir a la iglesia de Cristo, no a la iglesia de Anás y Caifás que veo que, ladrillo a ladrillo, muchos están construyendo.

He hablado demasiado en este post. Mejor que hable Él. El único que tiene palabras de vida eterna:

Cuando Jesús terminó de hablar, un fariseo lo invitó a comer con él; así que entró en la casa y se sentó a la mesa. Pero el fariseo se sorprendió al ver que Jesús no había cumplido con el rito de lavarse antes de comer. —Resulta que ustedes los fariseos —les dijo el Señor—, limpian el vaso y el plato por fuera, pero por dentro están ustedes llenos de codicia y de maldad. ¡Necios! ¿Acaso el que hizo lo de afuera no hizo también lo de adentro? Den más bien a los pobres de lo que está dentro, y así todo quedará limpio para ustedes. »¡Ay de ustedes, fariseos!, que dan la décima parte de la menta, de la ruda y de toda clase de legumbres, pero descuidan la justicia y el amor de Dios. Debían haber practicado esto, sin dejar de hacer aquello. »¡Ay de ustedes, fariseos!, que se mueren por los primeros puestos en las sinagogas y los saludos en las plazas. »¡Ay de ustedes!, que son como tumbas sin lápida, sobre las que anda la gente sin darse cuenta. Uno de los expertos en la ley le respondió: —Maestro, al hablar así nos insultas también a nosotros. Contestó Jesús: —¡Ay de ustedes también, expertos en la ley! Abruman a los demás con cargas que apenas se pueden soportar, pero ustedes mismos no levantan ni un dedo para ayudarlos. »¡Ay de ustedes!, que construyen monumentos para los profetas, a quienes los antepasados de ustedes mataron. En realidad aprueban lo que hicieron sus antepasados; ellos mataron a los profetas, y ustedes les construyen los sepulcros. Por eso dijo Dios en su sabiduría: “Les enviaré profetas y apóstoles, de los cuales matarán a unos y perseguirán a otros.” Por lo tanto, a esta generación se le pedirán cuentas de la sangre de todos los profetas derramada desde el principio del mundo, desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías, el que murió entre el altar y el santuario. Sí, les aseguro que de todo esto se le pedirán cuentas a esta generación. »¡Ay de ustedes, expertos en la ley!, porque se han adueñado de la llave del conocimiento. Ustedes mismos no han entrado, y a los que querían entrar les han cerrado el paso. Cuando Jesús salió de allí, los maestros de la ley y los fariseos, resentidos, se pusieron a acosarlo a preguntas. Estaban tendiéndole trampas para ver si fallaba en algo.” (‭Lucas‬ ‭11‬:‭37-54‬ NVI)

P. D. Sé lo que van a hacer con este post y con otras cosas que digo y hago. Lo mismo que aprendieron de sus antiguos y verdaderos referentes y padres espirituales, los fariseos: van a buscar cada palabrita que dije para usarla contra mí, van a hacer captura de pantalla de cada desliz que cometa para acusarme (Lucas 11.54). No que me esté comparando con el Maestro, ¡lejos de mí tamaña estupidez! Sino, simplemente, ese es el modus operandi de los Anases y Caifases de la vida.

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Una cosa que aprendí con Ananías y Safira

Un hombre llamado Ananías también vendió una propiedad y, en complicidad con su esposa Safira, se quedó con parte del dinero y puso el resto a disposición de los apóstoles.
—Ananías —le reclamó Pedro—, ¿cómo es posible que Satanás haya llenado tu corazón para que le mintieras al Espíritu Santo y te quedaras con parte del dinero que recibiste por el terreno? ¿Acaso no era tuyo antes de venderlo? Y una vez vendido, ¿no estaba el dinero en tu poder? ¿Cómo se te ocurrió hacer esto? ¡No has mentido a los hombres sino a Dios! Al oír estas palabras, Ananías cayó muerto. Y un gran temor se apoderó de todos los que se enteraron de lo sucedido. Entonces se acercaron los más jóvenes, envolvieron el cuerpo, se lo llevaron y le dieron sepultura. Unas tres horas más tarde entró la esposa, sin saber lo que había ocurrido. —Dime —le preguntó Pedro—, ¿vendieron ustedes el terreno por tal precio? —Sí —dijo ella—, por tal precio. —¿Por qué se pusieron de acuerdo para poner a prueba al Espíritu del Señor? —le recriminó Pedro—. ¡Mira! Los que sepultaron a tu esposo acaban de regresar y ahora te llevarán a ti. En ese mismo instante ella cayó muerta a los pies de Pedro. Entonces entraron los jóvenes y, al verla muerta, se la llevaron y le dieron sepultura al lado de su esposo. Y un gran temor se apoderó de toda la iglesia y de todos los que se enteraron de estos sucesos.

(‭Hechos‬ ‭5‬:‭1-11‬ NVI)

No nos engañemos. Leamos observando bien las palabras y el contexto inmediato: el problema central de Ananías y Safira no fue la avaricia. Pedro les dijo que su problema fue mentir (pues querían actuar performáticamente una generosidad similar a la de Bernabé). Su problema de fondo fue el deseo de ser reconocidos como buenos, generosos y santos por la comunidad que los rodeaba, especialmente después que ellos oyeron todas las cosas buenas que la iglesia dijo de Bernabé.

Ananías y Safira hicieron el mal debido a lo tanto que se esmeraron en ser buenos. Olvidaron lo que ya había dicho el Maestro mucho antes: “guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres”.

Si no queremos ser unos Ananías y Safiras más de la vida, empecemos por ahí: no se trata de nuestra justicia, sino de la Suya, la del Cordero perfecto que empapó el astilloso madero con su sangre. Murió nuestra muerte, pagó nuestra deuda, sufrió el castigo de nuestra desobediencia para que podamos hoy ser amados tal cual somos, sin mediar esfuerzos de auto-perfección ni búsquedas personales por la excelencia. Somos justos sólo por la fe en Él. Somos Sus hijos amados por gracia y nada ni nadie nos quitará jamás esa posición.

Cuando entendí esto, fue duro trabajo para mí, pero desde ese día en adelante se ha hecho cada vez menos atractivo publicar mis oraciones, mis devocionales y mis avances espirituales en las redes sociales, por ejemplo. Muchas veces lo hago estúpidamente, especialmente cuando mi fe decae y me cuesta creerle a Dios que me ama tanto como ha dicho que me ama. Entonces me pongo a mendigar reconocimiento y aplausos de los demás y el Facebook es la herramienta más a la mano para mendigar aceptación (hay algo sexy en los “me gusta” de mis falsos amigos virtuales). Otras veces lo hago movido por el genuino deseo de edificar a mis hermanos y amigos. Pero la verdad es que no siempre es fácil identificar la distinción en un corazón tan engañoso como el mío, así que confiar en la gracia – que es tan inmensurable que incluso perdona a los exhibicionistas y orgullosos espirituales como yo – se me hace imprescindible.

También, desde que empecé a entender esto, se han hecho más comunes en mis predicaciones las confesiones. No lo planifiqué así. Me di cuenta hace muy poco, de hecho, repasando en retrospectiva mis últimos sermones. Simplemente me pasa en el momento. Es como si me costara enseñar cualquier cosa espiritual dejando la sensación en mis oyentes de que tengo autoridad moral para enseñárselas. Algo en el fondo de mi conciencia me recuerda que sería una estafador si dejara en los que me escuchan la impresión de ser un gurú espiritual hablando desde un “Sinaí” de autojusticias.

En fin, a Ananías y a Safira les faltó libertad – la libertad que da el sentirse amado – y por eso pecaron. La buena noticia (valga la redundancia) es que el Evangelio tiene libertad más que suficiente para dar gratuitamente a quienes han creído. Hoy mi ruego ha ido cambiando y ya no es tanto que Dios me haga bueno, sino que me aumente cada día más la fe para creer en Su amor. Lo demás será añadido.

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La única iglesia que ilumina…

Hay una antigua historia sobre cuando Francisco de Asís visitó una aldea. Cuando llegó allí descubrió que en la aldea habían levantado una iglesia en su honor y le habían puesto su nombre. Francisco entonces dirigió a sus monjes y echaron abajo la iglesia.

Cuando se iban de la aldea uno de los monjes le dijo: “pensé que habíamos venido para predicar”.
Francisco respondió: “¡eso hicimos!”

Citado por Steve Brown en su maravilloso libro “Three Free Sins”, cap. 10

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Psicoanálisis de un diario

Un día, a causa del estrés, El Mercurio decidió ir al psiquiatra. El doctor, un fiel seguidor de la escuela del psicoanálisis, le hizo terapia de hipnosis para que revelara su inconsciente más profundo, aquellos sueños y pensamientos que buscaba reprimir diariamente. Así nació La Segunda. Lo cual no impide que, perfectamente despierto, al Decano no pocas veces le salgan actos fallidos, especialmente después de un par de copas en las fiestas de la alta sociedad.

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¿Dónde están los hombres sabios?

En esta sociedad del desarraigo se necesitan hombres sabios.

Hay todo tipo de hombres. Hombres llenos de certezas y hombres llenos de espíritu aventurero y emprendedor. Hay hombres ambiciosos y los hay muy inteligentes. Hombres valientes para defender sus propios intereses no son nada difíciles de encontrar. Hombres que callan ante la injusticia cometida contra otros abundan. Miro a mi al rededor y veo hombres estrategas, hombres astutos, hombres apasionados, hombres creativos, hombres abundantes en certezas doctrinales, hombres ideológicamente convencidos, hombres que hacen uso excelente de la retórica y del don de la persuasión, hombres visionarios, hombres con buena teología, hombres moralmente ejemplares, incluso hombres pacientes, dispuestos a oír y tardos para hablar. Estos últimos parecen ser buenos candidatos para ser sabios algún día. Pero no lo son aún. Y desde mi necedad aventuro la idea que necesitamos hombres sabios hoy, ya que mañana sea, tal vez, demasiado tarde.

No quiero ser pesimista. Sé que hay hombres sabios por ahí, pero son escasos. Y los pocos que hay no son oídos a causa de nuestra enfermiza obsesión con la excelencia, la eficiencia, el futuro y el perfeccionismo. No nos damos cuenta que necesitamos hombres sabios, no hombres perfectos. Y no nos damos cuenta que estos hombres sabios deben, precisamente, cuestionar nuestras supuestas osadías y hacernos sentir incomodidad y retrasar nuestros emprendimientos. Para eso Dios los creó. Para obligarnos a reflexionar antes de actuar. Que nos cuenten lo que fue y cómo las cosas ocurrieron para que dejemos de creernos tan originales e infalibles en nuestra arrogancia. Tal vez después de sus cuestionamientos seguiremos con nuestros planes, pero más enriquecidos, seguros y profundos a causa de la cuota de sabiduría que les habrá sido impartida. Pero en estos días de desarraigo nos negamos a ser cuestionados y así nos vamos alejando más y más de la sabiduría.

No se confundan. Hombres con edad no son hombres sabios necesariamente. Muchos hombres tienen canas, arrugas y nietos, pero son controlados por las mismas obsesiones y pasiones juveniles que muchos de nosotros, más jóvenes. Ciegos de ambición y codicia, deseosos de conquistar el mundo, mendigando reconocimiento y poder, su falta de sabiduría y exceso de celos, envidia y megalomanía a veces es asustadoramente peor, ya que se refugian en el hecho de tener más edad para darse más licencias y negarse a rendir cuentas. Ya el libro de Job lo ilustraba, no siempre los más viejos son los más sabios. Pero en estos días de “crisis de mediana edad”, la escasez de hombres sabios se da incluso entre los mayores.

Tampoco cometan otro error común: hombres moralmente correctos no son necesariamente sabios tampoco. La rectitud moral generalmente viene acompañada de la arrogancia y del sentido de superioridad que caracteriza a los más necios de los necios. Un hombre sabio, en cambio, está consciente de su miseria y su inmoralidad intrínseca, sabe desconfiar de sí mismo y por eso se ha tornado sabio.

En un par de ocasiones, en el último tiempo, me pareció vislumbrar hombres sabios. Pero no estaban donde debía encontrarlos. A un par de ellos los encontré en bares perdidos de la capital, de esos donde no van los turistas. Otro, afirmándose los suspensores, atendía en una librería frecuentada por ateos y agnósticos. Otro en su último lecho de cáncer balbuceaba palabras finales. Pero cuando busqué hombres sabios en las direcciones de colegios, en los escritorios de profesores universitarios, en las asambleas de presbiterio, en las directivas de empresas, en los concejos municipales, no los encontré. No estaban. Se habían ido. Tal vez cansados de hablar donde no se les escuchaba, prefirieron irse porque nosotros les hicimos ver que no los necesitábamos. Y como son sabios, pero humanos, prefieren no perder su tiempo y energía donde no son bienvenidos.

Quiera Dios que un día vuelvan. Un día que no sea demasiado tarde. Antes que paguemos un precio demasiado alto. Antes de que empecemos a sacarnos pedazos de carne unos a otros a mordidas.

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