Monthly Archives: October 2014

Recordando a un gran “visionario” del siglo XVI

En este mes de la Reforma, quiero recordar aquí a un destacado predicador, a un visionario, un hombre que trabajó incansablemente por recuperar la decadencia en la cual la iglesia se encontraba en el siglo XVI. Varios hombres, antes de Lutero, se dieron cuenta de la decadencia de la iglesia católica y buscaron hacer algo para levantarla, uno de los más destacados entre ellos, sin duda, es a quién quiero recordar en esta ocasión.

En medio de la crisis moral y económica de la iglesia romana, este hombre, antes que a Lutero se le hubiera ocurrido clavar sus tesis, presentó un tremendo plan, un proyecto osado e innovador al mismísimo Papa de la iglesia de Roma. Este plan consistía en una mezcla de predicaciones itinerantes inflamadas por una retórica potente con el objetivo de despertar el celo y el entusiasmo del pueblo de Dios, el fin de todo esto era que en todas las ciudades alemanas y en Europa en general hubiera un despertar del compromiso con la iglesia y que todos se sintieran compelidos a meterse la mano al bolsillo para donar más ofrendas a la causa de la cristiandad y a que su amor por las doctrinas de la iglesia se volviera a encender.

El plan era una especie de ciclo virtuoso: la idea era motivar a que las personas volvieran a inflamarse de ardor y celo por la iglesia, esto, a su vez, despertaría su generosidad y esta generosidad haría que la iglesia pudiera llevar a cabo su expansión, restaurando templos a mal traer y construyendo nuevos locales de predicación donde esta misma gente, a su vez, pudiera acudir con renovado celo y ardor para celebrar la misa y seguir escuchando predicaciones cuya retórica conmoviera los corazones.

El celo, el entusiasmo, la visión osada, las estrategias prácticas, la retórica envidiable de este hombre, su carácter fuerte y su extraordinaria capacidad de reunir discípulos y formarlos, lo hace uno de los héroes y mentores menos reconocidos conscientemente – pero, sin duda, uno de los más influyentes – sobre muchos de los actuales pastores, predicadores y evangelistas evangélicos. Tanto en iglesias protestantes históricas como en otros movimientos más contemporáneos, este gran predicador itinerante que recorrió buena parte de Europa, tiene discípulos que siguen sus pasos, sus métodos y su filosofía, aunque el contenido de su predicación pueda ser distinto.

Si nos libramos de los prejuicios y miramos, de manera directa, a este hombre y sus métodos, veremos que mucho de lo que él planteó aún hasta el día de hoy nos hace sentido. ¡Así de vigente es él! Cuando analizamos las causas de los problemas de la iglesia actual ¿no reconocemos acaso nosotros mismos, justamente, que mucho del actual estado decadente de la iglesia se debe a la falta de compromiso y de ardor de los creyentes que no están contribuyendo como debieran? ¿No concordamos, también, nosotros que si la iglesia tuviera más recursos podríamos, entonces, extender su influencia abriendo nuevos locales de predicación, plantando iglesias en comunas donde no hemos llegado aún e invertir en la revitalización de iglesias? ¿Quién de los actuales pastores y líderes no concordaría con el hecho de que lo que realmente necesitamos es líderes mejor preparados, con formación, acción, actitud y prioridad de profesionales a quienes, bajo el incentivo de un buen salario, podamos encargar las labores eclesiales? ¿Quién de nosotros hoy, en nuestras asambleas, directorios y presbiterios, se opondría a la idea que una retórica potente, un habla osada, un discurso que nos impulse a perseguir nuevos sueños de una iglesia grande, poderosa, prestigiosa e influyente es la más grande necesidad de la hora presente?

Pastores que nos invitan a soñar en grande, predicadores que mueven a la gente a dar lo que poseen, líderes que nos despiertan a un renovado ardor, discursos inflamados que nos sacan del conformismo mediocre de predicar el mismo viejo mensaje, presbíteros visionarios que se atreven a cuestionar las mismas poco frecuentadas reuniones de oración de siempre. Muchos entre ellos tienen en este gran líder, predicador y ejecutor de proyectos del siglo XVI su más grande ejemplo.

No sólo esto. Debemos decir, y con justa razón, que si no hubiera sido por el arduo trabajo y la poderosa retórica de este hombre, el mismo Martín Lutero no se habría sentido impulsado a clavar sus 95 tesis, dando así el paso inicial al proceso reformista.

¿De quién hablo? Este hombre se llamó Johan Tetzel, considerado por el mismo Papa, en su época, como el futuro de la iglesia. Él diseñó y ejecutó el grandioso y visionario plan de vender indulgencias a fin de que las personas pudieran, a través de renovado y sentido celo y pasión (tanto por ellos mismos como por sus seres queridos ya muertos) donar generosamente a la causa de la iglesia. De esta manera, pensaba Tetzel, la iglesia sería renovada y sacada de su decadencia porque habrían más recursos económicos.

Hoy, en conferencias, seminarios, directorios, convenciones, corporaciones y asambleas de todo tipo aún se levantan los Johan Tetzel del siglo XXI, engatusando a las multitudes con su retórica y sus planes para que la iglesia consiga dineros, obtenga prestigios mundanos y conquiste respetabilidad y poder en medio de una sociedad corrupta. Al fin y al cabo nada más lógico y aterrizado que reconocer que se necesitan recursos para llevar adelante la obra. Y yo no dudo de ese argumento. Pero bien dijo mi querido Steve Brown: “Satanás levantará 99 verdades si con ellas logra que creas 1 sola mentira”. Al fin y al cabo, “una media verdad es una mentira completa”, decía un querido tío.

La verdad completa, justamente, es que la iglesia nunca dependió del dinero para comenzar a hacer su obra, los recursos necesarios siempre llegaron oportunamente cuando la iglesia estaba ocupada haciendo la voluntad de Dios, así de simple. Los líderes, misioneros, predicadores, y pastores que fueron instrumentos del Espíritu se caracterizaron por estar dispuestos a pasar hambre, frío y soledad con tal de cumplir su misión y aprendieron a estar contentos en la escasez y en la abundancia por igual, no imponiendo pre-condiciones económicas para decidir si iban a aceptar un campo ministerial o no, pues al fin y al cabo sabían que era su solemne deber y gozoso destino cumplir su llamado.

La verdadera iglesia de Cristo nunca mendigó favores ni a los poderes económicos ni a los poderes políticos. Cuando estos le abrieron las puertas a la iglesia fue simplemente porque “las puertas del Hades no prevalecen contra su avance”. Miremos la historia: ¿Cuándo la iglesia de Cristo necesitó depender de Mamón para llevar a cabo su misión? ¿No es esta una lógica más “tetzeliana” que reformada? Por supuesto que el obrero es digno de su salario, por supuesto que la obra se lleva adelante mediante recursos materiales también, pero, como bien dijo en cierta ocasión un querido amigo anglicano a quien admiro por su conocimiento de historia de las misiones: “el dinero debe seguir a los movimientos misioneros y espirituales de la iglesia y jamás ha ocurrido en la historia de la iglesia que los movimientos misionales de despertar espiritual sigan al dinero”. ¡Y claro que estoy de acuerdo con él! ¿Cómo no estarlo si tiene a las evidencias y a la historia de su lado? Conocemos el linaje de estos seguidores postmodernos de Tetzel y podemos trazar su genealogía espiritual: es la misma de los papas, la de Constantino, la de Diótrefes (3ª Juan 9-10), la de Alejandro el Calderero (2ª Timoteo 4.14-15), la de Simón el Mago (Hechos 8.18-23), la de Jezabel y el ambicioso Acab (1ª Reyes 21)… la de Lamec y Caín (Génesis 4.17-24).

Hoy, en plena semana que recordamos la Reforma Protestante, quiero invitar a la honestidad: que los pastores y líderes seguidores de Johan Tetzel, que tienen el corazón dividido entre Cristo y Mamón, se pongan de pie y rindan homenaje a su verdadero mentor e inspiración. Que dejen de vender pomadas como Tetzel vendió indulgencias y que muestren sus verdaderos colores: ellos también quieren, al igual que su antiguo mentor del siglo XVI, levantar una iglesia grande, poderosa, rica e influyente con el fin solamente de tener su parcela de poder en ella. Han olvidado que hasta que nuestro Señor vuelva sólo somos y, siempre seremos, “la iglesia en el desierto”, lo demás es venderse a la Bestia y prostituirse como la Gran Ramera.

Los que queremos, en cambio, seguir a los reformadores en su sencillez y en su ardor implacable y políticamente incorrecto, seguiremos hoy intentando dar continuidad al trabajo inacabado de Lutero, de Calvino y de Knox: “ecclesia reformata semper reformanda”. Bajo la convicción de que a la iglesia la mueve el Espíritu de Dios y la predicación fiel de Jesucristo y no la pleitesía al poder, ni la búsqueda de prestigio, ni la dependencia del dinero ni la búsqueda de la propia comodidad y estatus socioeconómico de parte de pastores y seudo-misioneros.

Nosotros queremos marcar distancia de los Tetzel modernos y, como nuestro verdadero héroe, Martín Lutero, cargamos contradicciones horrendas, propias de una naturaleza caída, y somos débiles en muchos momentos, pero como él también nos levantamos y decimos: “mi conciencia está cautiva de la Palabra de Dios. No puedo retractarme y no me retractaré, pues ir contra la conciencia no es correcto ni seguro. Aquí me mantengo de pie, no puedo hacer otra cosa. Que Dios me ayude.”

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Timothy Keller sobre la idolatría política

La palabra “ideología” puede ser usada para referirse a cualquier conjunto coherente de ideas sobre un asunto, pero también puede tener una connotación negativa, cercana a su palabra hermana: idolatría. Una ideología, como un ídolo, es un relato limitado y parcial de la realidad que termina siendo elevado a la palabra final acerca de las cosas. Los ideólogos creen que su escuela de pensamiento o partido tiene la respuesta real y completa a los problemas de la sociedad. Sobre todo, las ideologías ocultan a sus adherentes la realidad de que dependemos de Dios.

El más reciente ejemplo de una gran ideología que fracasó es el comunismo. Por casi 100 años grandes cantidades de pensadores occidentales tuvieron altas esperanzas en aquello que ellos llamaron de “socialismo científico”. Pero, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hasta la caída del muro de Berlín en 1989, estas creencias comenzaron a venirse abajo.

(…)
Uno de los textos clave que fueron publicados durante ese periodo fue un libro escrito por varios comunistas y socialistas desilusionados, incluyendo a Arthur Koestler y André Gide, cuyo título era “The God that Failed” (“El dios que fracasó”). El título lo dice todo, describiendo cómo una ideología política puede hacer promesas absolutas y demandar un compromiso de vida total.
Con el despertar del colapso del socialismo, el péndulo se inclinó hacia abrazar el capitalismo de libre mercado como la mejor solución para lidiar con los problemas presentes de pobreza e injusticia. Muchos dirían hoy que esta es la ideología reinante. De hecho, uno de los documentos fundamentales del capitalismo moderno, “La riqueza de las naciones” de Adam Smith, parecía deificar al libre mercado cuando argumentaba que el mercado es una “mano invisible” que, cuando se le permite actuar libremente, automáticamente guía el comportamiento humano hacia aquello que es más beneficioso para la sociedad, sin necesidad de contar con cualquier tipo de dependencia de Dios o de un código moral.

Es muy pronto para estar seguros, pero puede ser que, a la luz de la tremenda crisis financiera de 2008-2009, esté ocurriendo el mismo rechazo hacia el capitalismo que ocurrió hacia el socialismo en la generación anterior. Está levantándose una ola de libros revelando la naturaleza altamente ideológica del capitalismo de mercado reciente, tanto populares como académicos, tanto secularizados como religiosos. Algunos de estos textos incluso tienen ciertas variaciones del título “el dios que fracasó”, considerando que a los mercados libres se les ha adjudicado un poder divino de hacer a las personas felices y libres.

Reinhold Niebuhr argumentó que el pensamiento humano siempre eleva algún o algunos valores u objetos finitos para que se tornen La Respuesta [eterna e infinita]. De esta manera, sentimos que nosotros somos quiénes podremos arreglar las cosas y que quienes se nos oponen son idiotas o malvados. Pero, como con todas las idolatrías, esto también nos puede tornar ciegos. En el marxismo el estado poderoso acaba siendo el salvador y los capitalistas son demonizados. En el pensamiento económico conservador, el libre mercado y la competitividad resolverá nuestros problemas y, por lo tanto, los izquierdistas y el gobierno son obstáculo para una sociedad feliz.

La realidad es bastante menos simplista. Estructuras tributarias excesivamente fuertes pueden producir un tipo de injusticia donde las personas que han trabajado duro no son recompensadas y son penalizadas mediante altos impuestos. Una sociedad de bajos impuestos y pocos beneficios, sin embargo, produce un tipo diferente de injusticia donde los niños de familias que pueden costear una buena atención en salud y una educación de elite, tienen oportunidades muchísimo mejores que quienes no pueden. Resumiendo, ideólogos no logran admitir que siempre hay significativos efectos colaterales negativos en cualquier programa político. Y tampoco logran conceder que sus oponentes también tienen buenas ideas.

En cualquier cultura donde Dios está ampliamente ausente, el sexo, el dinero o la política llenarán el vacío de distintas personas. Esta es la razón por la cual nuestros discursos políticos se hacen cada día más ideológicos y polarizados. Muchos describen el presente discurso público tóxico como consecuencia de la falta de bipartidismo, pero las raíces son mucho más profundas. Como Niebuhr enseñó, estas raíces van hasta el comienzo del mundo, a nuestra alienación de Dios y a nuestros abiertos esfuerzos por compensar nuestros sentimientos de desnudez e impotencia cósmicas. La única manera de tratar estas cosas es sanando nuestra relación con Dios.

KELLER, Timothy, Counterfeit Gods, New York, Dutton, 2009, pp. 104-107. (traducción propia)

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Algo más sobre la apologética de “Dios no está muerto”

Más bien, honren en su corazón a Cristo como Señor. Estén siempre preparados para responder a todo el que les pida razón de la esperanza que hay en ustedes. Pero háganlo con gentileza y respeto, manteniendo la conciencia limpia, para que los que hablan mal de la buena conducta de ustedes en Cristo, se avergüencen de sus calumnias”. (‭1 Pedro‬ ‭3‬:‭15-16‬ NVI)

Obviamente vi la película “Dios no está muerto”. Enseño apologética en el Seminario. Estoy plantando una iglesia en un contexto secularizado donde la apologética es clave. Me gusta mucho el trabajo con universitarios. En fin, tenía mis motivos. Cuando me di cuenta que estaba en Netflix, no lo dudé y me di el tiempo de verla.

No haré una crítica a la película como un todo. Otros han hecho críticas y han mostrado cosas interesantes. Estoy de acuerdo con los que dicen que los argumentos de apología de la fe fueron incompletos, porque de hecho lo fueron, especialmente cuando el joven usa el argumento del libe albedrío para justificar el mal en el mundo. Estoy de acuerdo con los que dijeron que el film era muy ingenuo, porque de hecho lo era. La caricaturización que hicieron de varios personajes, especialmente del profesor ateo de filosofía, la encontré básica, ofensiva para los ateos y hasta algo manipuladora. Además, me cayó pésimo el marketing evidente para la industria del pop cristiano; también manipulador. En fin, una película que deja mucho que desear en varios sentidos. Sin embargo, tiene un punto a favor: tiene algunos argumentos interesantes a favor del cristianismo y de la fe en Dios que pueden servir para una discusión con no-creyentes. Pero paradojalmente, aunque tenga algunos buenos argumentos de apología de la fe, la verdad es que esta película tiene una apologética deficiente.

Me explico: la apologética es la visión general que se tiene sobre cómo defender la fe. La apología de la fe, en cambio, es el ejercicio en sí, práctico, de defender la fe. En otras palabras, en la apologética conocemos, estudiamos y definimos los principios, pero en la apología de la fe están los argumentos, razones y evidencias en sí.

Pues bien, lo que me llamó la atención de “Dios no está muerto” fueron algunas escenas donde muestra lo inadecuada que era su apologética, a pesar de que su apología de la fe sí fuera acertada en uno u otro punto. De muestra un botón: alguien me contó que a la salida de un cine, después de ver esta película, escuchó a unos evangélicos comentando: “Qué bien que murió ese profesor ateo. ¡Era lo que se merecía por haber desafiado a Dios!”.

Yendo más allá de lo anecdótico, sin embargo, lo que me dejó una impresión especialmente negativa de la película fue una de las escenas finales cuando el joven alumno está dando su última “clase” ante el profesor ateo y sus compañeros y comienza no sólo a levantarle la voz al profesor en sala de clases, sino incluso a interrumpirlo. No entendí muy bien la idea de los directores. Tal vez querían mostrar “autoridad espiritual” o algo similar. Pero lo que yo vi fue mera falta de respeto. Como soy ingenuo, yo pensé que más adelante la película iba a mostrar al alumno disculpándose o, por último, doliéndose por haber tratado de manera indebida al profesor en sala de clases. Pero no. La película simplemente avala la actitud desafiante e irrespetuosa del chico.

Yo no sé Uds. pero yo me crié en un contexto donde el profesor siempre era tratado con respeto, incluso cuando uno debía presentar alguna queja o denunciar alguna injusticia de parte de él. Este era un respeto que nacía del reconocimiento hacia su posición, no del miedo. Al menos para mí fue así y siempre que le falté el respeto a mis profesores entendí que esto era una falta grave y busqué pedir perdón y enmendar mi actitud. Y claro que tuve y conocí a compañeros que eran por costumbre insolentes e irrespetuosos con los profesores, pero en general tenían esta característica en común: no eran creyentes. Así que me sentí especialmente impactado con esta escena de la película.

Pensando en esto me di cuenta que ahí está uno de los problemas de la manera cómo los evangélicos estamos haciendo apología de la fe en estos días. Y este tal vez, a la luz de 1ª de Pedro 3.15-16, sea un problema más central y crucial de lo que creemos: no guardamos las reglas básicas de la gentileza y el respeto. Primeramente parto por esto, que ya lo enseñaba Francis Schaeffer hace décadas: TODO NO-CREYENTE merece ser tratado con respeto y dignidad en la conversación evangelística porque es imagen y semejanza de Dios. Punto. No importa cuán desafiante o blasfemo nos pueda parecer. En segundo lugar, pienso: aunque el no-creyente me trate mal y me falte el respeto, mi deber es siempre pagar el mal con el bien. Es lo que enseñó el Señor Jesús. Y en tercer lugar, algo crucial que aprendí también con Schaeffer, con la filosofía de L’Abri y con William Edgar: el amor, el servicio, el respeto, el trato digno hacia el no-creyente es la mejor apología de la fe que podemos hacer. “Hay razones del corazón que la razón no entiende” decía Pascal y nosotros somos llamados a llegar a esas razones del corazón más que a las razones de la razón.

“Dios no está muerto”, a mi entender, falló miserablemente en lo mismo que se propuso. Según sus promotores, esta película pretendía, por un lado, hacer apología de la fe y, por otro, desafiar a los jóvenes cristianos a hacer apología de la fe en sus universidades. Pero lo que este largometraje terminó enseñando fue el perpetuamiento del ciclo en el cual nos hemos encontrado como evangélicos: seguir respondiendo con agresión a los cuestionamientos de los ateos y no-cristianos en general. Insultar y faltar a las reglas más básicas del respeto a la autoridad (un profesor en sala de clases es una autoridad). Golpear la mesa y hablar fuerte para que nos escuchen.

Tal vez sin quererlo, los productores terminaron transmitiendo un mensaje que más se parece al nietzschismo (que el que tiene la verdad es aquel que muestra poder) y al budismo (que a la gente mala le ocurren cosas malas y a la gente “buena” le ocurren cosas buenas). A mi entender les faltó más Evangelio. Me imagino: ¿qué habría pasado si el joven hubiera gritado y faltado el respeto al profesor de igual modo, pero después se le hubiera acercado para pedirle perdón, reconociendo su pecado y error? ¡Bum! ¡Esa sí habría sido una bomba del Evangelio! O ¿qué hubiera pasado si al que atropellan y muere al final hubiera sido al joven cristiano y en la calle, tirado, hubiera sido atendido por el profesor ateo, cual samaritano, y allí, mientras el joven agoniza en el asfalto siendo atendido por su profesor, le hubiera dado testimonio, balbuceando, que su fe y su gozo no se ven en nada afectados con este atropello porque para él el vivir es Cristo y el morir es ganancia y su mayor tesoro es Cristo, no la vida, ni la salud ni el reconocimiento de sus compañeros? ¡Bum! ¡Bum! ¡Doble bomba de racimo del Evangelio!

Pero no. Tristemente, no terminó así la película. ¿Y saben qué es lo más me inquieta? Comenté con varios amigos y conocidos esto mismo y ninguno se había dado cuenta de que el joven le faltaba el respeto a su profesor. ¡Qué días extraños vivimos, donde la falta de respeto y de gentileza se han normalizado! Y una vez más seguimos reafirmando y confirmando la mediocre apologética en la que nos hemos encontrado como evangélicos: levantar la voz, gritar más fuerte, marchar por la calle, juntar gente en las plazas, juntar firmas, jugar los juegos de poder y anhelar que a todo este montón de ateos, incrédulos, liberales y agnósticos les vaya mal… ¡ojalá pase un camión y los atropelle a todos!. Pero ¿y qué hacemos con el método apologético de Cristo: amar, servir, caminar decididamente hacia el auto sacrificio? No, gracias. Eso es para perdedores y los evangélicos no queremos perder.

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