Timothy Keller sobre la idolatría política

La palabra “ideología” puede ser usada para referirse a cualquier conjunto coherente de ideas sobre un asunto, pero también puede tener una connotación negativa, cercana a su palabra hermana: idolatría. Una ideología, como un ídolo, es un relato limitado y parcial de la realidad que termina siendo elevado a la palabra final acerca de las cosas. Los ideólogos creen que su escuela de pensamiento o partido tiene la respuesta real y completa a los problemas de la sociedad. Sobre todo, las ideologías ocultan a sus adherentes la realidad de que dependemos de Dios.

El más reciente ejemplo de una gran ideología que fracasó es el comunismo. Por casi 100 años grandes cantidades de pensadores occidentales tuvieron altas esperanzas en aquello que ellos llamaron de “socialismo científico”. Pero, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hasta la caída del muro de Berlín en 1989, estas creencias comenzaron a venirse abajo.

(…)
Uno de los textos clave que fueron publicados durante ese periodo fue un libro escrito por varios comunistas y socialistas desilusionados, incluyendo a Arthur Koestler y André Gide, cuyo título era “The God that Failed” (“El dios que fracasó”). El título lo dice todo, describiendo cómo una ideología política puede hacer promesas absolutas y demandar un compromiso de vida total.
Con el despertar del colapso del socialismo, el péndulo se inclinó hacia abrazar el capitalismo de libre mercado como la mejor solución para lidiar con los problemas presentes de pobreza e injusticia. Muchos dirían hoy que esta es la ideología reinante. De hecho, uno de los documentos fundamentales del capitalismo moderno, “La riqueza de las naciones” de Adam Smith, parecía deificar al libre mercado cuando argumentaba que el mercado es una “mano invisible” que, cuando se le permite actuar libremente, automáticamente guía el comportamiento humano hacia aquello que es más beneficioso para la sociedad, sin necesidad de contar con cualquier tipo de dependencia de Dios o de un código moral.

Es muy pronto para estar seguros, pero puede ser que, a la luz de la tremenda crisis financiera de 2008-2009, esté ocurriendo el mismo rechazo hacia el capitalismo que ocurrió hacia el socialismo en la generación anterior. Está levantándose una ola de libros revelando la naturaleza altamente ideológica del capitalismo de mercado reciente, tanto populares como académicos, tanto secularizados como religiosos. Algunos de estos textos incluso tienen ciertas variaciones del título “el dios que fracasó”, considerando que a los mercados libres se les ha adjudicado un poder divino de hacer a las personas felices y libres.

Reinhold Niebuhr argumentó que el pensamiento humano siempre eleva algún o algunos valores u objetos finitos para que se tornen La Respuesta [eterna e infinita]. De esta manera, sentimos que nosotros somos quiénes podremos arreglar las cosas y que quienes se nos oponen son idiotas o malvados. Pero, como con todas las idolatrías, esto también nos puede tornar ciegos. En el marxismo el estado poderoso acaba siendo el salvador y los capitalistas son demonizados. En el pensamiento económico conservador, el libre mercado y la competitividad resolverá nuestros problemas y, por lo tanto, los izquierdistas y el gobierno son obstáculo para una sociedad feliz.

La realidad es bastante menos simplista. Estructuras tributarias excesivamente fuertes pueden producir un tipo de injusticia donde las personas que han trabajado duro no son recompensadas y son penalizadas mediante altos impuestos. Una sociedad de bajos impuestos y pocos beneficios, sin embargo, produce un tipo diferente de injusticia donde los niños de familias que pueden costear una buena atención en salud y una educación de elite, tienen oportunidades muchísimo mejores que quienes no pueden. Resumiendo, ideólogos no logran admitir que siempre hay significativos efectos colaterales negativos en cualquier programa político. Y tampoco logran conceder que sus oponentes también tienen buenas ideas.

En cualquier cultura donde Dios está ampliamente ausente, el sexo, el dinero o la política llenarán el vacío de distintas personas. Esta es la razón por la cual nuestros discursos políticos se hacen cada día más ideológicos y polarizados. Muchos describen el presente discurso público tóxico como consecuencia de la falta de bipartidismo, pero las raíces son mucho más profundas. Como Niebuhr enseñó, estas raíces van hasta el comienzo del mundo, a nuestra alienación de Dios y a nuestros abiertos esfuerzos por compensar nuestros sentimientos de desnudez e impotencia cósmicas. La única manera de tratar estas cosas es sanando nuestra relación con Dios.

KELLER, Timothy, Counterfeit Gods, New York, Dutton, 2009, pp. 104-107. (traducción propia)

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Filed under Citaciones, Cosmovisión, Sociedad y Política

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