Monthly Archives: December 2014

Reflexiones de un presbiteriano sobre el caso Mars Hill

No podremos construir
más que sobre las ruinas
del espectáculo

(Escrito con plumón permanente
en un kiosco del centro de Santiago)

El próximo 1º de enero, Mars Hill Church, la iglesia fundada por Mark Driscoll será disuelta legalmente. Escribo esto escuchando los maravillosos sonidos de Kings Kaleidoscope y Dustin Kensrue entre otros excelentes músicos que conocí y aprendí a disfrutar como consecuencia de conservar durante los últimos años una cautelosa, pero sincera admiración por la iglesia Mars Hill de Seattle y su plantador y predicador Mark Driscoll.

Escribo, por lo tanto, como se puede escribir desde literales miles de kilómetros de distancia, sin jamás haber conocido Seattle, menos aún la iglesia Mars Hill, sin jamás haber visto a Driscoll predicando, excepto en vídeos por internet. Escribo con todo el reconocimiento y la admiración que un presbiteriano es capaz de tener por un ministerio carismático e independiente como lo fue Mars Hill, o sea: con grandes reservas. Quienes me conocen saben que estas reservas las tuve por mucho tiempo, antes incluso de que empezaran a circular en internet rumores sobre la posible renuncia de Driscoll a Mars Hill, así que no quiero que piensen, erróneamente, que recién ahora vengo a elaborar estas críticas porque “todos son generales después de la batalla”. Pero, en honor a la verdad también, muchas de estas críticas son realizadas con mayor exactitud y depuración debido a que el desastre ya ocurrió y ciertas cosas que yo antes especulaba finalmente se confirmaron. Hechas estas aclaraciones, aquí van algunos puntos aleatorios de cómo veo yo todo lo ocurrido con Mark Driscoll y la iglesia Mars Hill de Seattle:

1. La crisis que llevó a la disolución de Mars Hill no fue, en última instancia, debido a la personalidad o las imprudencias o faltas de carácter de Driscoll, sino debido a la falta de una correcta estructura conciliar en la iglesia Mars Hill. Todo pastor tiene problemas de carácter y todo problema de carácter, si no es debidamente administrado a tiempo bajo la gracia de Dios, puede terminar afectando y arruinando el ministerio de un pastor. Pero, de ahí a que sea arruinada una iglesia entera, al punto que deba ser disuelta por causa de los problemas de carácter de un pastor, me parece que los problemas entonces son más estructurales de la iglesia que del pastor. Esto es aún más evidente cuando hablamos de la crisis y disolución de una denominación entera, como de hecho lo era Mars Hill (en el punto 2 hablaré sobre esto). Mars Hill se definía a sí misma como una iglesia gobernada por presbíteros (elders) y, efectivamente, cada congregación local contaba con un equipo de presbíteros o pastores que formaban un consejo con uno de ellos destacándose en el liderazgo como un primus inter pares. En esto las iglesias Mars Hill tomaron lo mejor que, a partir de principios bíblicos, la historia de la iglesia nos ofrece como forma de gobierno: un gobierno presbiteriano. Pero las comparaciones acababan por ahí. Arrogantemente, ellos quisieron reinventar la rueda y decidieron improvisar en sus estructuras meta-eclesiales (conjunto de congregaciones), así que formaban consejos donde no sólo los representantes de cada congregación eran parte, sino algunos nombrados externamente. Ni hablar sobre el famoso consejo asesor de Driscoll, el cual estaba compuesto por una mezcla entre pastores de Mars Hill y pastores de otras denominaciones (varios que vivían a miles de kilómetros de distancia!) que eran escogidos sabe Dios con qué criterios. O sea: la idea de formar decentemente y con orden (como nos gusta repetir a los presbis) presbiterios conformados por representantes de las congregaciones locales, los cuales a su vez conformaran un sínodo o asamblea general donde también están debidamente representados los presbiterios, les pareció demasiado anticuado, ¡peor que vintage! Pero ellos no quisieron hacer eso porque querían mantener una estructura que siguiera permitiendo al pastor-celebridad tener su pedestal de destaque no sólo mediático, sino también de autoridad interna en la denominación y ahí estuvo su error. Curiosa forma de trabajar. Curiosa también, pero efectiva, manera de demostrar que mucho (no todo) de la famosa crítica-postmoderna-de-una-cultura-postcristiana-a-las-estructuras-clásicas-de-las-iglesias, no es más que berrinches sin fundamento, pataletas de rebeldes sin causa que, en realidad, no tienen nada mejor que ofrecer. Cuando la crítica viene acompañada de alguna idea de mejoramiento de una estructura interna, debidamente fundamentada en la Biblia, entonces podemos empezar a conversar, pero si no tienes una idea mejor, entonces aprende a callar tus críticas vacías y, simplemente, haz lo que tienes que hacer dejando de inventar excusas: sométete a los consejos eclesiásticos. El caso Mars Hill nos vino a confirmar la importancia de firmes y sanas estructuras eclesiásticas para que los ministerios puedan florecer y desarrollarse. Con una debida estructura, sin duda, Mark Driscoll habría sido sacado antes de Mars Hill, su problema de carácter habría sido tratado debidamente, nuevos liderazgos habrían surgido a tiempo y no habríamos presenciado el hundimiento del buque entero.

2. Mars Hill era una denominación que nunca quiso reconocer que lo era: aquí nuevamente el error fue fruto de la crítica postmo vacía de contenido real. Todos estaban hablando en EEUU sobre el fin de las denominaciones, el fin de las organizaciones meta-eclesiales, el fin de las estructuras y bla bla bla. Pero Mars Hill, que también hacía eco de ese discurso, empezó a crecer y a expandirse y repentinamente ya no era una iglesia, sino varias y todas grandes. Los bautistas gringos (que tienden a creerse más originales de lo que realmente son) le inventaron un nombre a esto: “multi-site” que no es otra cosa que un presbiterio, algo que los presbiterianos conocemos y con lo cual funcionamos desde hace muchos años, el problema es que la burocratizamos mucho (tendencia que, creo, necesita ser corregida), pero en esencia el sistema presbiterial es una iglesia multi-site. Pero ellos insistían que no. Que eran distintos campus de una sola iglesia porque la iglesia sólo es la iglesia local (andáááá!). La cosa se complicó cuando empezaron a plantar iglesias en otras ciudades y en otros estados, incluso: “estamos abriendo un nuevo campus en Albuquerque o en Portland”. Pero esto ya no tenía ni de lejos una estructura de iglesia local. Esto ya era una denominación: con confesión de fe, con consejos, con propiedades, etc. Pero ellos diciéndole al mundo que estaban haciendo algo totalmente nuevo, algo innovador, una iglesia para el mundo postmoderno. Y bueno, sí era verdad que en algo no parecían una denominación y parecían más bien una secta: el único predicador de TODOS LOS CAMPI era Mark Driscoll, quién si no lo hacía en vivo, era vía streaming o video. Todo el mundo evangélico norteamericano, embobado, los miraba y aplaudía con admiración, como una multitud vitoreando al rey desnudo. Pero era cosa de tener un poco más de perspectiva: ellos estaban levantando una denominación, una grande, con mucha plata, y lo estaban haciendo mal. El caso Mars Hill es para mi la demostración que las denominaciones y las estructuras denominacionales aún tienen mucho que ofrecer, mucho que aportar, sin duda mucho que mejorar también, pero están lejos de ser abolidas. Cualquier intento postmo, neoliberal, de intentar saltarse las estructuras denominacionales, fracasará, más tarde o temprano.

3. Mars Hill sí fue un aporte y una tremenda innovación en cuanto a temas de forma: ellos rompieron el paradigma de que para ser una iglesia de doctrina reformada o filo-reformada necesariamente había que tener una forma de culto del siglo XVII o, peor aún: de los años ’50 pensando que es del siglo XVII (como muchas veces ocurre con iglesias presbiterianas). Ellos también mostraron que las nuevas generaciones sí estaban dispuestas, y muy dispuestas, a cantar himnos clásicos de corazón y con alegría. Mostraron que el uso de la tecnología y de una buena producción audiovisual no niega, sino confirma, la veracidad y efectividad del mensaje. Mostraron que las nuevas generaciones ya no quieren sermoncitos light de 15-20 minutos de autoayuda, sino que están dispuestos a oír una exposición bíblica de 1h ó más, con profundidad teológica y doctrinal, citando puritanos, reformadores del siglo XVI y padres de la iglesia. Es cierto que todo esto no fue Mars Hill quién lo introdujo al mundo evangélico, pero sí fueron ellos quienes lo difundieron al menos en los contextos latinoamericanos.

4. Los problemas de carácter de Mark Driscoll marcaron un precedente que nos debe servir de advertencia: no fue adulterio, no fueron escándalos sexuales, no fueron problemas con el dinero. Nada de lo clásico que lleva a que un pastor sea destituido y disciplinado. El problema de Driscoll fue otro y me parece, simplemente, admirable que Dios en su misericordia y amor por su iglesia haya permitido que su famoso ministerio se viniera abajo básicamente por una cosa: el orgullo. Como dije en mi primer punto, todos los pastores tenemos problemas de carácter. Pero muchos tenemos la bendición de tener sobre nosotros presbiterios de los cuales formamos parte y que se harán cargo de disciplinarnos y de cuidar y reorientar nuestras iglesias heridas si llegamos a fallar por el pecado que sea. Driscoll no tenía una buena estructura de iglesia que permitiera la continuidad de ella más allá de su personalidad; esto demostró ser una gran desventaja para todo lo bueno que sí se había construido a lo largo de los años que esa iglesia duró.

5. Los dramas del pastor-celebridad: peligrosa tentación para un pastor es la del espectáculo. ¿Cuándo termina el personaje y comienza la persona? Había sabiduría en Johnny Cash cuando le preguntaron por qué él, como famoso músico de country cristiano, no iba a alguna de las mega iglesias de Nashville donde los grandes cantantes de country dirigían la alabanza con focos y grandes equipos de amplificación. Cash respondió que le gustaba su pequeña iglesia suburbana porque allí él era uno más. El pastor lo iba a visitar y oraba con él igual que como lo hacía con la hermana Juanita que era ama de casa. Era una iglesia donde le pedían que pasara el ofrendero o que recibiera a los visitantes en la puerta o que cantara una canción para los niños en la Escuela Dominical y él lo hacía con gozo, como uno más. Para Cash la iglesia era un refugio donde recordar la gracia de no ser otra cosa que un hijo de Dios y olvidarse de que era famoso y de la mentira de que eso le daba valor. Por lo tanto, ya podemos imaginar lo difícil que debe ser, ser un pastor famoso, un pastor celebridad en todo EEUU y en otros países y aún así depender verdaderamente de la gracia. Mis oraciones están con Driscoll y su familia. Pero también con todos nosotros, los demás pastores jóvenes que podemos fácilmente, en este mundo postmoderno, olvidar la gracia por causa de nuestros 15 mins. de fama: “todo esto te daré si postrado me adorares” dijo alguien por allí…

Cayó Driscoll y cayó Mars Hill. Yo sé una cosa claramente en mi caso (sin jamás compararme con él ni con nadie, sólo como una colocación): aunque yo caiga jamás lo hará la iglesia presbiteriana por esa causa, ella estaba aquí antes que yo y seguirá aquí cuando me haya ido, si el Señor no vuelve antes. Así que descanso en eso y doy gracias a Dios por la estructura que él iluminó a mi querido John Knox y de la cual sólo soy un heredero más. No importa si soy o no una celebridad, no importa si salgo o no en la TV, si he escrito y vendido muchos libros, o si me siguen en internet miles de personas ni si lleno estadios con mi predicación. Aquí en mi amada Iglesia Presbiteriana de Chile, dentro de la estructura de gobierno presbiteriana, soy uno más, mi orgullo es callado, mis ideas no siempre son atendidas, en los presbiterios muchas de mis propuestas no reciben apoyo ni la votación suficiente para ser adoptadas, muchas veces se aprueban acuerdos que yo debo acatar con moño agachado sin buscar subterfugios para saltármelos ni tomar desvíos en los resquicios legales.

La institución es necesaria para que jamás las personas nos adueñemos de lo que no nos pertenece: la iglesia de Jesucristo. Y en esto, nos guste o no, los paradigmas medievales y modernos de iglesia todavía tienen mucho que entregar, no importa cuánto reclamen los postmodernos ni los neoliberales, mientras ellos no tengan una idea verdaderamente mejor, es su deber guardar silencio y aprender a someterse a lo que ya existe. La esencia del gobierno presbiteriano es la maravilla de decirle al que allá afuera es famoso, es importante, es millonario o es el mismísimo presidente de la república: “allá afuera de esta asamblea Ud. se destaca entre los demás, pero aquí ni su fama ni su dinero ni su prestigio ni su poder importan: diga ‘presente’ en la asamblea, llegue a la hora o aguántese el ser amonestado, haga sus propuestas en orden cuando le toque su turno, no interrumpa cuando otro delegado está hablando, si su propuesta no es aprobada sométase a la propuesta más votada con gozo, en la letra y en el espíritu, asumiéndola como propia; hasta que una propuesta mejor no sea levantada y aprobada por la asamblea, su deber es obedecer, como uno más“.

Me encanta eso del sistema presbiteriano. Esa es su genialidad. Me humilla. Me mantiene a raya. Me enseña la cristiana disciplina de la sumisión. ¡Gloria a Dios por eso! Ya que sólo Él sabe cuánto lo necesito.

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Sobre Navidad y el Árbol (maestro Parcival Módolo)

Mi muy estimado y admirado profesor de Música y Liturgia en el Seminario JMC de São Paulo fue el maestro Parcival Módolo*, músico, director de orquesta y presbítero regente de la Iglesia Presbiteriana de Brasil.

Aquí les dejo una muy breve reflexión del presbítero Módolo sobre la celebración de la Navidad y el uso del Árbol de Navidad:

LA NAVIDAD

Todos sabemos que Jesús no nació, de verdad, un 25 de diciembre. Simplemente se decidió una fecha para conmemorar el hecho. Esto parece incomodar en gran manera a algunos líderes religiosos que han resuelto abolir, de la comunidad que lideran, cualquier conmemoración especial a esta fecha. Acerca del mayor símbolo plástico del periodo, el árbol adornado, la antipatía puede ser aún mayor.

Tal vez esto sucede porque se conoce solamente una parte de su historia, la cual no es, además, ni la mejor ni la más importante para nosotros quienes nos preocupamos más con el cumpleañero que con la fiestecita de cumpleaños.

La celebración de la Navidad el 25 de diciembre fue oficializada solamente el año 570 d.C. El día escogido fue el “Solsticio de Invierno” (en el hemisferio norte), día en que el sol pasa por su mayor declinación boreal, o sea, alcanza al mediodía, el punto más bajo en el cielo y deja de apartarse del Ecuador. En lo que respecta a la luz del sol, es el día más corto del año y con la noche más larga. A partir de esa fecha los días comienzan a alargarse nuevamente.

Los pueblos paganos conmemoraban ese día con fiesta y ceremonias de fertilidad, adorando al “Sol Invictus” (sol invencible). El símbolo es obvio: el sol, que parecía derrotado subiendo en el horizonte cada día menos, “se recupera” desde ese día y recomienza su ascensión victoriosa hasta el punto más alto del cielo.

Ya que los paganos conmemoraban esa fecha adorando el sol, los cristianos, como reacción, pasaron, ese mismo día, a conmemorar el nacimiento de Cristo, el verdadero Sol de Justicia.

La Navidad es un periodo de 12 días, luego después de Adviento, que comienza el día 25 de diciembre y se extiende hasta la Epifanía, el 6 de enero. La fiesta de Navidad y los 11 días que le siguen, celebran el nacimiento de Cristo, la venida del Mesías prometido que muestra en forma humana el amor de Dios por toda la humanidad.

EL ÁRBOL DE NAVIDAD

Además de las leyendas más populares sobre el árbol de Navidad, hay orígenes bastante más importantes para nosotros, los cristianos, aunque mucho menos conocidos. Su origen está en las costumbres del “Árbol del Paraíso” usado en hogares y en iglesias en la época de Navidad, en la Europa del siglo XI. Era la representación del Árbol de la Vida que fue plantado al medio del Edén, al comienzo de los tiempos (Génesis 2.9) y que se encuentra en el centro de la Nueva Jerusalén en la consumación de los siglos (Ap. 22).

La idea del Árbol de Navidad como “Árbol de la Vida” se asocia con el “Árbol de la Cruz” (1ª Pedro 2.24). Es la idea del madero (en el griego “tronco”) sobre el cual Cristo llevó nuestros pecados en Su cuerpo. En este aspecto, el árbol que celebra el nacimiento, apunta hacia el Calvario, a la cruz, la razón principal de la venida de aquel niño tan especial.

Otro concepto importante es el del “Árbol Cósmico” de la iglesia de los primeros siglos. Debido a que la muerte en el Calvario tiene una dimensión cósmica, la cruz era considerada un “Árbol Cósmico”, extendiéndose desde las profundidades de la tierra hasta los más altos cielos. Se trataba, pues, de una forma de exprimir el sentido cósmico (universal) de la crucifixión en su efecto de redimir toda la creación del poder del pecado y de la muerte, restaurándola a su relación original con Dios. De este modo, pasa a ser considerado el “Árbol de Salvación”.

El Árbol de Navidad guarda, incluso, cierta semejanza con el “Árbol de la Luz” del judaísmo. En el Antiguo Testamento, el Árbol de la Vida era representado en el almendro que, en la blancura de sus flores en pleno invierno, pre-anuncia la llegada de la primavera. Siguiendo el molde del almendro, Dios instruyó a Moisés cómo debía hacer el candelabro de siete luces para el Tabernáculo, la Menorá (Éxodo 25.31-40). Así, en la Menorá, el símbolo del Árbol de la Luz y el del Árbol de la Vida se corresponden.

No es difícil concluir que podemos recuperar sentidos más profundos para el Árbol de Navidad que los de los símbolos paganos a los cuales acostumbra ser asociado. Hay una riquezas de ideas que nos recuerdan que en el corazón de la Navidad están la cruz y la resurrección.

Si Jesús solamente hubiese nacido y muerto él tendría nacimiento y muerte como todos los otros líderes religiosos. El enorme diferencial es exactamente la resurrección. La Navidad, por lo tanto, apunta hacia la cruz, pre-anuncia la cruz, considera la cruz. El Árbol de Navidad nos revela el tronco, anticipa el madero y, por lo tanto, materializa la cruz.

*El profesor Módolo recibió buena parte de su formación musical en la Westfälische Landeskirchenmusikschule en Herford, Alemania, donde obtuvo su maestría especializándose en música de los siglos XVII y XVIII. Fue discípulo de Nikolaus Harnoncourt, Zubin Mehta, entre otros destacados directores. Fue director titular de la orquesta de Sunden, Westphal. Actualmente es “Gastdirektor” de la Orquesta del Teatro de la Ópera de Bielefeld, Alemania, y Maestro visitante de la Orquesta Sinfónica de San Diego, California, EEUU. Además de su formación en música, el maestro Módolo posee un Bachiller en Teología y una maestría en Ciencias de la Religión por la Universidad Mackenzie.

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Por qué la IPCH tiene un Seminario propio en pocas palabras

Este año 2014 se cumplieron 50 años de la formación del Sínodo de la Iglesia Presbiteriana de Chile (IPCH) en 1964, año en que dejamos de ser una misión norteamericana y pasamos a ser una iglesia nacional. Muchos dirán, con justa razón, que este es el hito que marca de forma concreta el nacimiento de la IPCH, con una identidad autónoma y con la capacidad de autosustento.

Casi 40 años más tarde la IPCH fue capaz de tomar la decisión madura y responsable de formar un Seminario propio, ligado íntimamente a la vida de la iglesia y de sus consejos, un espacio donde formar la vocación de jóvenes y adultos comprometidos con los desafíos de esta denominación, en este contexto chileno, en la presente hora.

Un Seminario denominacional es un órgano interno que fortalece la autonomía y la identidad de una denominación reformada como la IPCH. Tiene la responsabilidad de cumplir con 3 solemnes funciones, igualmente importantes, que no se pueden delegar:

1) Proveer formación teológica-académica a los futuros líderes, especialmente pastores, a fin de formar su mente en los parámetros confesionales propios de nuestra iglesia. Esto se busca entregando clases, módulos, lecturas y otras metodologías de aprendizaje, mediante un cuerpo docente comprometido con la Confesión de Fe de Westminster y en constante capacitación y crecimiento.

2) Proveer entrenamiento ministerial dentro del contexto de los desafíos propios de la IPCH, generando espacios e instancias de práctica, de acompañamiento pastoral y de diálogo con pastores, presbíteros y otros líderes que van entregando una constante retroalimentación (que incluye “tiradas de oreja”, exhortaciones, retos, consejería, palabras de ánimo y acompañamiento en oración) a quienes serán los próximos maestros, presbíteros y pastores de nuestra iglesia. Esto se busca mediante el contacto constante con pastores y presbíteros de la IPCH, tanto dentro como fuera del aula, que conocen los desafíos, cultura e historia propios de sus consejos e iglesias locales y que van transmitiendo su visión y entrega, como quien traspasa el bastón del testimonio.

3) Ser un catalizador interno de la denominación y de sus consejos, abriendo espacio de diálogo, de reflexión, de desafío. Encuentros, conferencias, foros y la misma labor de tesis de alumnos graduandos van trayendo a colación temas que la iglesia necesita reflexionar, dialogar y debatir. Todo esto contribuye al reciclaje interno necesario de la iglesia y de sus líderes para enfrentar los desafíos que se plantean en el Chile del siglo XXI.

En todo esto, el Seminario siempre ha sido y será sólo un colaborador, un brazo, un reflejo de las iglesias presbiterianas de Chile y de sus consejos, quienes nos envían sus candidatos y se preocupan de darles el acompañamiento necesario para su crecimiento. Un Seminario denominacional no es una fábrica de salchichas. No es una máquina donde uno pone en un extremo un joven medio desordenado y al otro lado sale, mágicamente después de 4 ó 5 años, un pastor responsable, maduro y respetado.

Unos dirán que la formación de liderazgo en la iglesia es un trabajo a dos manos, siendo una mano la iglesia y la otra el Seminario, no me parece descabellado pensar así, pero yo iría más allá y diría que la única capaz de producir orgánicamente su propio liderazgo es la iglesia, no las instituciones educacionales teológicas. Por lo tanto, yo sí diría que es un trabajo a dos manos, pero en otro sentido: siendo una mano la iglesia local y la otra mano la iglesia conciliar (presbiterio y sínodo) y estas dos manos usan para ciertas cosas una herramienta, un cincel: el Seminario. Un Seminario ligado a la vida de la iglesia y sus consejos es el único ente, por lo tanto capaz de no ser un mero prestador de servicios educacionales teológicos, sino de ser algo más: una comunidad donde la vocación de un futuro pastor, líder o maestro DE LA iglesia, CONECTADO A la iglesia y sus necesidades, es forjada, desafiada y enriquecida año a año, en conjunto con todas las actividades eclesiales. Esta es una relación institución-organismo benefactora y grandemente necesaria, algo así como un enrejado y una vid (usando la figura de Colin Marshall).

Por lo tanto, una iglesia que delega [“tercerizando”] sus obligaciones orgánicas, pagando cómodamente para que otro haga el trabajo que le corresponde a ella, pierde su alma. Y una de las obligaciones orgánicas esenciales e ineludibles de la iglesia es, justamente, capacitar nuevos liderazgos.

Por eso la IPCH tiene un Seminario propio: porque es una federación de comunidades orgánicas que busca, de forma orgánica, producir sus propios líderes. Para los que venimos estudiando, hace algunos años ya, los principios misiológicos y eclesiológicos neotestamentarios no nos causa ni un temor decir que esta es la forma más bíblica de formar nuevos cuadros pastorales, docentes, regentes y/o diaconales.

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El poder de UNA palabra

Una vez más hay quienes necesitan simplificar al opositor para crear un enemigo. La oposición leal, madura, ética es demasiado compleja para muchos. Esto de entender que alguien o que un grupo de personas están en desacuerdo con nosotros aunque estemos buscando los mismos objetivos finales y tengamos las mismas motivaciones es algo que, culturalmente, se nos hace bastante difícil de asimilar. Así que muchos demonizan al opositor, tornándolo un enemigo ante los ojos de todos, simplificándolo, haciendo un esfuerzo por pulir las complejidades del pensamiento del adversario e intentando resumir todas sus propuestas a una palabra, una única palabra que sea capaz de despertar las más atávicas virulencias. Así es como muchos ganan seguidores, conquistan apoyo y engruesan sus filas contra las de su adversario. Una de las palabras más utilizadas con estos propósitos en los medios eclesiásticos evangélicos ha sido justamente la palabra “liberal”.

“Liberal” es una de las palabras más usadas y menos entendidas en la historia. Esto la hace muy útil para los inescrupulosos de siempre. Es una especie de palabra mágica que tiene el poder de trasformar al simple opositor en un ser maligno, demoníaco, que quiere destruir el futuro de la familia tradicional, de la iglesia fiel, del matrimonio bíblico, de la sana doctrina, de las buenas costumbres. Es interesante que esta es una palabra que resulta altamente conveniente no definir para aquellos que quieren mantener el poder mediante la distorsión de la realidad. La agenda de estos manipuladores de conciencia – entre los cuales se encuentran no pocos pastores y obispos evangélicos – es justamente dejar que cada persona se imagine lo que quiera con la palabra “liberal”, mientras la gente común se siga imaginando algo malo (muy malo: como el fin de la civilización), entonces está todo ok. Así se puede seguir usando para atacar, desprestigiar y dar falso testimonio a diestra y siniestra.

Nadie quiere saber acerca de las complejidades de lo que significa ser tildado de liberal. Liberalismo político, económico y teológico son cosas tan distintas que todo tipo de combinaciones entre ellas es posible y ninguno de ellos está necesariamente ligado al liberalismo moral. Pero, tristemente, el común de los feligreses nunca ha querido leer más de 100 páginas corridas y muchos de ellos menos aún quieren darse cuenta que, aún teniendo las ideas más conservadoras política y teológicamente, son por otro lado verdaderos defensores y promotores de pensamientos liberales económicos. Así que esto también los clasificaría, con justa razón, entre los “liberales”.

En la iglesia evangélica teológicamente conservadora, con la cual tiendo a identificarme, pocos quieren saber que, por ejemplo, el liberalismo teológico murió a inicios del siglo XX, aunque también es verdad que, desde esos años, han surgido otras corrientes tanto o más opuestas a la ortodoxia. Pero al liberalismo teológico en sí muchos eruditos le dan incluso fecha de deceso: la publicación del “Römerbrief” de Karl Barth en 1919 habría sido la “bomba puesta en el parque de juegos de los teólogos liberales”. Ni hablar sobre el, nada casual, apoyo de teólogos y pastores liberales de Alemania al Tercer Reich que terminó de desprestigiar por completo lo que quedaba del movimiento ya herido de muerte. Nadie quiere darse la lata de entender la epistemología de Immanuel Kant o la dialéctica idealista de G. W. F. Hegel a fin de comprender el por qué de los cuestionamientos liberales. Menos aún hay gente dispuesta a reconocer aquello que muchos eruditos reformados ortodoxos como G. Vos, G. K. Beale, Walter C. Kaiser y D. A. Carson ya reconocieron hace tiempo: que la contribución del liberalismo teológico a las ciencias bíblicas ha sido no menor, aunque no concordemos con sus presupuestos. Herramientas críticas como el “Sitz im leben”, la “Formgeschichte” y tantas otras siguen siendo usadas por muchos exegetas conservadores y es, simplemente, inconcebible hacer exégesis sin ellas. Y ni hablar sobre la tremendamente ignorante asociación automática e instantánea que muchos hacen en América Latina entre “teología de la liberación” y “teología liberal” ¡sólo porque suenan parecidas! Por más que ambas escuelas cuestionen la autoridad de la Escritura y relativicen la doctrina de la inspiración (negándola, incluso) por someterla a ideologías humanistas, ciertamente los posibles puntos de comparación paran por ahí. Adolf von Harnack y Albrecht Ritschl se deben dar unas notables vueltas de carnero en su tumba sólo de enterarse que se les pone en el mismo saco que Gustavo Gutiérrez, Leonardo Boff y otros teólogos de inspiración marxista o revolucionaria de izquierda.

Pero ¿quién se va a dar la lata de leer los volúmenes imprescindibles para entender todo esto? Es mejor mantener al pueblo en la ignorancia y hacerles creer que los liberales, como muertos vivientes altamente infecciosos, todavía andan dando vueltas por los seminarios y, mejor aún, cuando se logra hacer que la galucha identifique ciertas prácticas (que nada tienen que ver con ser o no liberal) con liberalismo. Por ejemplo: que un pastor use jeans, zapatillas y camiseta: ¡típico liberal! Que un seminarista lea un libro de Bonhoeffer: ¡vade retro liberal! Que un presbítero disfrute un tabaco en su pipa: ¡se pudrió todo! ¡El liberalismo invadió nuestras iglesias! Que cristianos quieran reformas sociales profundas en busca de una mayor equidad y justicia social: ¡puaj! ¡ya llegó el liberalismo izquierdoso a nuestros santos concilios! Y así, las simplificaciones siguen y siguen. Nadie quiere saber acerca de la oposición que Abraham Kuyper lideró en contra de los trajes demasiado formales de los pastores reformados holandeses. Nadie quiere enterarse que Bonhoeffer no sólo no puede ser clasificado como liberal, sino que incluso fue un dolor de cabeza para no pocos teólogos liberales. Menos aún queremos reconocer que héroes de los evangélicos como Charles Spurgeon (que combatió con todas sus fuerzas a las escuelas liberales de teología en Inglaterra) y C. S. Lewis (que combatió el evolucionismo, la alta crítica y las filosofías humanistas con pasión y erudición) eran aficionados a fumar un buen tabaco. Muchos evitan reconocer, o nombrar siquiera, que John Knox lideró la revolución parlamentaria de 1559 en Escocia o que no pocos de los líderes de la revolución norteamericana de la década de 1770 eran de inspiración calvinista en su doctrina y miembros de iglesias reformadas (incluyendo al único clérigo firmante de la declaración de independencia de EEUU: el pastor presbiteriano John Witherspoon).

Pero, una vez más, mi convicción es que la culpa principal no es de la gente común, que siempre va a tender a seguir lo que le digan con buena retórica desde el púlpito. La responsabilidad principal es de esos líderes y pastores que, por no saber hacer una oposición honesta y leal, con todas sus complejidades, prefieren la trasnochada estrategia – usada en el pasado por estalinistas y fascistas por igual – de simplificar al opositor para crear un demonio al cual atacar con todo. Aquella estrategia que aplicó magistralmente Goebbels, brazo derecho de Hitler y líder de la propaganda nazi: simplifiquen al enemigo, si es posible hacerlo con una sola palabra, mejor aún. Hubo un tiempo que fue la palabra “comunista”, o la palabra “momio”, hoy en ciertos contextos es la palabra “homofóbico” o la palabra “fundamentalista”. En contextos evangélicos actuales, sin embargo, es la palabra “liberal”.

Desde el infierno Goebbels mira con envidia a estos líderes evangélicos, pensando “¿cómo no se me ocurrió a mí usar la palabra ‘liberal’ de manera tan laxa e irresponsable para así lograr mis objetivos?”… y mordiéndose la rabia, pero reconociendo su astucia, los aplaude.

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¿Por qué los cristianos cortamos nuestras barbas? (Levítico 19.27)

Los cristianos cortamos nuestras barbas porque nuestra relación con la ley no es una relación de transacción donde nosotros, por un lado, leemos las instrucciones y las obedecemos y, por otro lado, Dios nos considera, ama y bendice como reacción a nuestra obediencia. Nosotros no entendemos la ley así. La ley es entendida por los cristianos como la auto-revelación de Dios, por medio de ella podemos conocerle y lo que Él ama y así aprendemos, también, a amarle conforme a su carácter y a amar lo que Él ama.

La ley no es vista por nosotros como una lista de “haz esto” y “no hagas esto otro”, sino como una ventana a través de la cual conocemos quién es Dios, lo contemplamos y nos deleitamos en Su amor, en Su sabiduría y en la hermosura de Su carácter Santo y perfecto. Por eso podemos decir como el salmista “¡Oh cuánto amo yo tu ley!” y expresar nosotros también todo el deleite que David expresa en el Salmo 119.

Esta comprensión bíblica esencial ha llevado a cristianos de otras épocas a intentar formular y ordenar de manera comprensible las verdades bíblicas acerca de nuestra relación con la ley a fin de dar testimonio ante el mundo y enseñar a las nuevas generaciones (esta intención de formular y ordenar es lo que llamamos “Teología”). Agustín de Hipona ya en el siglo IV resumía esto en su frase “ama a Dios y haz lo que quieras”. Pero, probablemente uno de los esfuerzos teológicos más completos de la historia de la iglesia reunida en concilio fue la Confesión de Fe de Westminster (CFW), publicada en 1649 en Inglaterra. Al respecto de la ley, la CFW afirma en su capítulo 19 que podemos encontrar en el Pentateuco tres tipos de leyes: la ley moral, las leyes civiles (ó judiciales) y las leyes ceremoniales. Estos tres tipos de leyes se relacionan armónicamente y todos nos enseñan a amar a Dios y al prójimo, pero son distintos en sus propósitos y, por lo tanto, en la manera cómo nos enseñan a amar más a nuestro Señor.

La ley moral, expresada de manera clara y perpetua en las tablas de piedra, los 10 mandamientos, tiene el propósito de revelarnos de manera directa y abierta el carácter de Dios. Esta ley nos llama más explícitamente a ser santos como Él es Santo, por eso estas leyes nos enseñan que hay un sólo Dios que es el único digno de confianza plena y adoración (1º mandamiento), que Dios es Trascendente y no se le puede representar por imaginación humana ni adorar conforme a la imaginación de los hombres (2º mandamiento), que Dios es Santo y debe ser honrado de corazón y no livianamente ni hipócritamente (3º mandamiento) y así por delante. Por lo tanto, el conjunto de estas leyes, de estos 10 principios para la vida, son la expresión de un corazón que ama a Dios sobre todas las cosas, que es el resumen de la primera tabla de la ley: los primeros 4 mandamientos. Y asimismo, son la expresión de un corazón que ama al prójimo como a sí mismo, que es el resumen de la segunda tabla de la ley: los siguientes 6 mandamientos. Esta ley moral, que tiene el propósito de revelar el carácter inmutable de Dios, es, por lo tanto, inmutable e inabrogable, pues refleja el mismo carácter divino.

Las leyes civiles o judiciales tienen el propósito de ordenar la vida en comunidad, de tal modo que vivamos según el principio de amar al prójimo como a nosotros mismos. Desde esta base, las leyes civiles buscan que haya indemnizaciones u otros tipos de recompensas y sanciones cuando alguien comete algún acto o descuido que dañe al prójimo. Estas leyes son mutables, cambian, se adaptan, se renuevan porque la sociedades son así: cambian, se adaptan y se renuevan. Este tipo de leyes nos muestra cómo se ve el amar al prójimo en la práctica, invitándonos a ser responsable por la vida y el bienestar de aquellos que son parte de mi comunidad, mi barrio, mi ciudad, etc. En este sentido, este tipo de leyes nos enseña a amar como Dios ama.

Finalmente, están las leyes ceremoniales las cuales tenían el propósito de anunciar, mediante símbolos, ceremonias y señales, el Evangelio de Cristo a los hombres y mujeres de la antigüedad pre-cristiana. Estas leyes eran una verdadera predicación del Evangelio pues invitaban a los hombres a confiar en la provisión soberana de la gracia de Dios para el perdón de pecados y para una relación viva, mediante la fe, con Él. El Tabernáculo, el sistema de sacrificios y holocaustos, la manutención de una casta sacerdotal, el altar, el arca del pacto, etc. eran todas leyes ceremoniales que pre-anunciaban a Cristo, Su venida, Su sacrificio y el nuevo pueblo, de todas las naciones y tribus, que Él conformaría mediante Su sangre. Entre las leyes ceremoniales se encontraban mandatos que le daban un carácter peculiar a Israel como nación distinta entre las demás naciones, invitándolos incluso a no adoptar ciertas costumbres que, sin ser pecaminosas en sí mismas, sin embargo eran practicadas por los demás pueblos como actos de idolatría y de falsa adoración a sus dioses. Eran maneras de mostrar que los hebreos debían ser un pueblo distinto y, además, de invitar a las gentes de otras naciones a conformar parte de este pueblo, adoptando sus costumbres peculiares como nación (Rut 1.16). Todas estas leyes quedaron obsoletas y caducaron con la venida de Cristo. Ellas eran sombras de los acontecimientos históricos del Evangelio, así que ahora ya no tienen más utilidad, a no ser como sabiduría o prudencia humana, pero Dios no nos exige a la iglesia del Nuevo Testamento que guardemos este tipo ceremonial de leyes (Colosenses 2.16-23). Las leyes ceremoniales nos enseñan a amar el Evangelio y la gracia que Dios reveló en Cristo, mostrándonos que Dios es fiel a sus promesas y a Su pacto y que gran parte de aquello que era esperanza en el Antiguo Testamento, hoy ya es realidad histórica que anunciamos mediante la predicación de la Buena Noticia.

Por lo tanto, reglas como no tatuarse, no mezclar fibras en la ropa, no comer sangre y no cortarse la barba, perdieron su fuerza de ley. Son costumbres que cada creyente, según su conciencia, hábitos y cultura, adoptará o no, según le parezca mejor. Esto es así gracias a la libertad del Evangelio que nos enseña a amar a Dios mediante el amar la ley.

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