Reflexiones de un presbiteriano sobre el caso Mars Hill

No podremos construir
más que sobre las ruinas
del espectáculo

(Escrito con plumón permanente
en un kiosco del centro de Santiago)

El próximo 1º de enero, Mars Hill Church, la iglesia fundada por Mark Driscoll será disuelta legalmente. Escribo esto escuchando los maravillosos sonidos de Kings Kaleidoscope y Dustin Kensrue entre otros excelentes músicos que conocí y aprendí a disfrutar como consecuencia de conservar durante los últimos años una cautelosa, pero sincera admiración por la iglesia Mars Hill de Seattle y su plantador y predicador Mark Driscoll.

Escribo, por lo tanto, como se puede escribir desde literales miles de kilómetros de distancia, sin jamás haber conocido Seattle, menos aún la iglesia Mars Hill, sin jamás haber visto a Driscoll predicando, excepto en vídeos por internet. Escribo con todo el reconocimiento y la admiración que un presbiteriano es capaz de tener por un ministerio carismático e independiente como lo fue Mars Hill, o sea: con grandes reservas. Quienes me conocen saben que estas reservas las tuve por mucho tiempo, antes incluso de que empezaran a circular en internet rumores sobre la posible renuncia de Driscoll a Mars Hill, así que no quiero que piensen, erróneamente, que recién ahora vengo a elaborar estas críticas porque “todos son generales después de la batalla”. Pero, en honor a la verdad también, muchas de estas críticas son realizadas con mayor exactitud y depuración debido a que el desastre ya ocurrió y ciertas cosas que yo antes especulaba finalmente se confirmaron. Hechas estas aclaraciones, aquí van algunos puntos aleatorios de cómo veo yo todo lo ocurrido con Mark Driscoll y la iglesia Mars Hill de Seattle:

1. La crisis que llevó a la disolución de Mars Hill no fue, en última instancia, debido a la personalidad o las imprudencias o faltas de carácter de Driscoll, sino debido a la falta de una correcta estructura conciliar en la iglesia Mars Hill. Todo pastor tiene problemas de carácter y todo problema de carácter, si no es debidamente administrado a tiempo bajo la gracia de Dios, puede terminar afectando y arruinando el ministerio de un pastor. Pero, de ahí a que sea arruinada una iglesia entera, al punto que deba ser disuelta por causa de los problemas de carácter de un pastor, me parece que los problemas entonces son más estructurales de la iglesia que del pastor. Esto es aún más evidente cuando hablamos de la crisis y disolución de una denominación entera, como de hecho lo era Mars Hill (en el punto 2 hablaré sobre esto). Mars Hill se definía a sí misma como una iglesia gobernada por presbíteros (elders) y, efectivamente, cada congregación local contaba con un equipo de presbíteros o pastores que formaban un consejo con uno de ellos destacándose en el liderazgo como un primus inter pares. En esto las iglesias Mars Hill tomaron lo mejor que, a partir de principios bíblicos, la historia de la iglesia nos ofrece como forma de gobierno: un gobierno presbiteriano. Pero las comparaciones acababan por ahí. Arrogantemente, ellos quisieron reinventar la rueda y decidieron improvisar en sus estructuras meta-eclesiales (conjunto de congregaciones), así que formaban consejos donde no sólo los representantes de cada congregación eran parte, sino algunos nombrados externamente. Ni hablar sobre el famoso consejo asesor de Driscoll, el cual estaba compuesto por una mezcla entre pastores de Mars Hill y pastores de otras denominaciones (varios que vivían a miles de kilómetros de distancia!) que eran escogidos sabe Dios con qué criterios. O sea: la idea de formar decentemente y con orden (como nos gusta repetir a los presbis) presbiterios conformados por representantes de las congregaciones locales, los cuales a su vez conformaran un sínodo o asamblea general donde también están debidamente representados los presbiterios, les pareció demasiado anticuado, ¡peor que vintage! Pero ellos no quisieron hacer eso porque querían mantener una estructura que siguiera permitiendo al pastor-celebridad tener su pedestal de destaque no sólo mediático, sino también de autoridad interna en la denominación y ahí estuvo su error. Curiosa forma de trabajar. Curiosa también, pero efectiva, manera de demostrar que mucho (no todo) de la famosa crítica-postmoderna-de-una-cultura-postcristiana-a-las-estructuras-clásicas-de-las-iglesias, no es más que berrinches sin fundamento, pataletas de rebeldes sin causa que, en realidad, no tienen nada mejor que ofrecer. Cuando la crítica viene acompañada de alguna idea de mejoramiento de una estructura interna, debidamente fundamentada en la Biblia, entonces podemos empezar a conversar, pero si no tienes una idea mejor, entonces aprende a callar tus críticas vacías y, simplemente, haz lo que tienes que hacer dejando de inventar excusas: sométete a los consejos eclesiásticos. El caso Mars Hill nos vino a confirmar la importancia de firmes y sanas estructuras eclesiásticas para que los ministerios puedan florecer y desarrollarse. Con una debida estructura, sin duda, Mark Driscoll habría sido sacado antes de Mars Hill, su problema de carácter habría sido tratado debidamente, nuevos liderazgos habrían surgido a tiempo y no habríamos presenciado el hundimiento del buque entero.

2. Mars Hill era una denominación que nunca quiso reconocer que lo era: aquí nuevamente el error fue fruto de la crítica postmo vacía de contenido real. Todos estaban hablando en EEUU sobre el fin de las denominaciones, el fin de las organizaciones meta-eclesiales, el fin de las estructuras y bla bla bla. Pero Mars Hill, que también hacía eco de ese discurso, empezó a crecer y a expandirse y repentinamente ya no era una iglesia, sino varias y todas grandes. Los bautistas gringos (que tienden a creerse más originales de lo que realmente son) le inventaron un nombre a esto: “multi-site” que no es otra cosa que un presbiterio, algo que los presbiterianos conocemos y con lo cual funcionamos desde hace muchos años, el problema es que la burocratizamos mucho (tendencia que, creo, necesita ser corregida), pero en esencia el sistema presbiterial es una iglesia multi-site. Pero ellos insistían que no. Que eran distintos campus de una sola iglesia porque la iglesia sólo es la iglesia local (andáááá!). La cosa se complicó cuando empezaron a plantar iglesias en otras ciudades y en otros estados, incluso: “estamos abriendo un nuevo campus en Albuquerque o en Portland”. Pero esto ya no tenía ni de lejos una estructura de iglesia local. Esto ya era una denominación: con confesión de fe, con consejos, con propiedades, etc. Pero ellos diciéndole al mundo que estaban haciendo algo totalmente nuevo, algo innovador, una iglesia para el mundo postmoderno. Y bueno, sí era verdad que en algo no parecían una denominación y parecían más bien una secta: el único predicador de TODOS LOS CAMPI era Mark Driscoll, quién si no lo hacía en vivo, era vía streaming o video. Todo el mundo evangélico norteamericano, embobado, los miraba y aplaudía con admiración, como una multitud vitoreando al rey desnudo. Pero era cosa de tener un poco más de perspectiva: ellos estaban levantando una denominación, una grande, con mucha plata, y lo estaban haciendo mal. El caso Mars Hill es para mi la demostración que las denominaciones y las estructuras denominacionales aún tienen mucho que ofrecer, mucho que aportar, sin duda mucho que mejorar también, pero están lejos de ser abolidas. Cualquier intento postmo, neoliberal, de intentar saltarse las estructuras denominacionales, fracasará, más tarde o temprano.

3. Mars Hill sí fue un aporte y una tremenda innovación en cuanto a temas de forma: ellos rompieron el paradigma de que para ser una iglesia de doctrina reformada o filo-reformada necesariamente había que tener una forma de culto del siglo XVII o, peor aún: de los años ’50 pensando que es del siglo XVII (como muchas veces ocurre con iglesias presbiterianas). Ellos también mostraron que las nuevas generaciones sí estaban dispuestas, y muy dispuestas, a cantar himnos clásicos de corazón y con alegría. Mostraron que el uso de la tecnología y de una buena producción audiovisual no niega, sino confirma, la veracidad y efectividad del mensaje. Mostraron que las nuevas generaciones ya no quieren sermoncitos light de 15-20 minutos de autoayuda, sino que están dispuestos a oír una exposición bíblica de 1h ó más, con profundidad teológica y doctrinal, citando puritanos, reformadores del siglo XVI y padres de la iglesia. Es cierto que todo esto no fue Mars Hill quién lo introdujo al mundo evangélico, pero sí fueron ellos quienes lo difundieron al menos en los contextos latinoamericanos.

4. Los problemas de carácter de Mark Driscoll marcaron un precedente que nos debe servir de advertencia: no fue adulterio, no fueron escándalos sexuales, no fueron problemas con el dinero. Nada de lo clásico que lleva a que un pastor sea destituido y disciplinado. El problema de Driscoll fue otro y me parece, simplemente, admirable que Dios en su misericordia y amor por su iglesia haya permitido que su famoso ministerio se viniera abajo básicamente por una cosa: el orgullo. Como dije en mi primer punto, todos los pastores tenemos problemas de carácter. Pero muchos tenemos la bendición de tener sobre nosotros presbiterios de los cuales formamos parte y que se harán cargo de disciplinarnos y de cuidar y reorientar nuestras iglesias heridas si llegamos a fallar por el pecado que sea. Driscoll no tenía una buena estructura de iglesia que permitiera la continuidad de ella más allá de su personalidad; esto demostró ser una gran desventaja para todo lo bueno que sí se había construido a lo largo de los años que esa iglesia duró.

5. Los dramas del pastor-celebridad: peligrosa tentación para un pastor es la del espectáculo. ¿Cuándo termina el personaje y comienza la persona? Había sabiduría en Johnny Cash cuando le preguntaron por qué él, como famoso músico de country cristiano, no iba a alguna de las mega iglesias de Nashville donde los grandes cantantes de country dirigían la alabanza con focos y grandes equipos de amplificación. Cash respondió que le gustaba su pequeña iglesia suburbana porque allí él era uno más. El pastor lo iba a visitar y oraba con él igual que como lo hacía con la hermana Juanita que era ama de casa. Era una iglesia donde le pedían que pasara el ofrendero o que recibiera a los visitantes en la puerta o que cantara una canción para los niños en la Escuela Dominical y él lo hacía con gozo, como uno más. Para Cash la iglesia era un refugio donde recordar la gracia de no ser otra cosa que un hijo de Dios y olvidarse de que era famoso y de la mentira de que eso le daba valor. Por lo tanto, ya podemos imaginar lo difícil que debe ser, ser un pastor famoso, un pastor celebridad en todo EEUU y en otros países y aún así depender verdaderamente de la gracia. Mis oraciones están con Driscoll y su familia. Pero también con todos nosotros, los demás pastores jóvenes que podemos fácilmente, en este mundo postmoderno, olvidar la gracia por causa de nuestros 15 mins. de fama: “todo esto te daré si postrado me adorares” dijo alguien por allí…

Cayó Driscoll y cayó Mars Hill. Yo sé una cosa claramente en mi caso (sin jamás compararme con él ni con nadie, sólo como una colocación): aunque yo caiga jamás lo hará la iglesia presbiteriana por esa causa, ella estaba aquí antes que yo y seguirá aquí cuando me haya ido, si el Señor no vuelve antes. Así que descanso en eso y doy gracias a Dios por la estructura que él iluminó a mi querido John Knox y de la cual sólo soy un heredero más. No importa si soy o no una celebridad, no importa si salgo o no en la TV, si he escrito y vendido muchos libros, o si me siguen en internet miles de personas ni si lleno estadios con mi predicación. Aquí en mi amada Iglesia Presbiteriana de Chile, dentro de la estructura de gobierno presbiteriana, soy uno más, mi orgullo es callado, mis ideas no siempre son atendidas, en los presbiterios muchas de mis propuestas no reciben apoyo ni la votación suficiente para ser adoptadas, muchas veces se aprueban acuerdos que yo debo acatar con moño agachado sin buscar subterfugios para saltármelos ni tomar desvíos en los resquicios legales.

La institución es necesaria para que jamás las personas nos adueñemos de lo que no nos pertenece: la iglesia de Jesucristo. Y en esto, nos guste o no, los paradigmas medievales y modernos de iglesia todavía tienen mucho que entregar, no importa cuánto reclamen los postmodernos ni los neoliberales, mientras ellos no tengan una idea verdaderamente mejor, es su deber guardar silencio y aprender a someterse a lo que ya existe. La esencia del gobierno presbiteriano es la maravilla de decirle al que allá afuera es famoso, es importante, es millonario o es el mismísimo presidente de la república: “allá afuera de esta asamblea Ud. se destaca entre los demás, pero aquí ni su fama ni su dinero ni su prestigio ni su poder importan: diga ‘presente’ en la asamblea, llegue a la hora o aguántese el ser amonestado, haga sus propuestas en orden cuando le toque su turno, no interrumpa cuando otro delegado está hablando, si su propuesta no es aprobada sométase a la propuesta más votada con gozo, en la letra y en el espíritu, asumiéndola como propia; hasta que una propuesta mejor no sea levantada y aprobada por la asamblea, su deber es obedecer, como uno más“.

Me encanta eso del sistema presbiteriano. Esa es su genialidad. Me humilla. Me mantiene a raya. Me enseña la cristiana disciplina de la sumisión. ¡Gloria a Dios por eso! Ya que sólo Él sabe cuánto lo necesito.

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1 Comment

Filed under Iglesia, Teología Reformada

One response to “Reflexiones de un presbiteriano sobre el caso Mars Hill

  1. luispinomoyano

    Gracias por explicar en castellano el problema de Driscoll-Mars Hill, un poco lejano para quienes el inglés es más una dificultad. Y gracias por recordarnos la genialidad del sistema presbiteriano.

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