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Pescadores de hombres (Søren Kierkegaard)

Estas son las palabras de Cristo: “Venid en pos de mí y yo os haré pescadores de hombres” (Mateo 4.19)

Y allá fueron los apóstoles.

Pero, ¿qué podía significar este gesto, con aquellos pocos hombres, que además interpretaron las palabras de Jesús como diciendo que iban a ser ellos quienes tendrían que sacrificarse para pescar hombres? Resulta fácil entender que, si las cosas hubieran seguido ese curso, el resultado final habría sido nulo. Esa era la idea de Dios, quizá una idea hermosa, pero (como todo hombre práctico debe sin duda admitir) Dios no es muy práctico. ¿O acaso podemos pensar en algo más estrambótico que ese tipo de pesca, donde pescar significa sacrificarse, al punto en que podrían no ser los hombres quienes se coman a los peces, sino al revés? ¡Y a eso le llaman pescar!

Así que el hombre decidió ayudarle a Dios.

“¡Pescadores de hombres! Lo que Cristo quería decir es algo bastante distinto a lo que consiguieron aquellos honrados apóstoles, aun desafiando todo uso y analogía lingüísticos, porque en ningún idioma se entiende que pescar sea eso. Lo que Jesús quería decir, lo que Él pretendía, era dar pie a toda una nueva rama de negocios, a saber, la pesca del hombre; predicar el cristianismo de tal modo que implique que esa empresa de pesca tenga algo que pescar”.

¡Presten atención ahora y verán cómo todo esto produjo resultados!
Y sí ¡caray! ¡Vaya si los produjo! Y estos no fueron otros que una “cristiandad establecida e influyente”, a la que pertenecen millones y millones de cristianos.

El proceso fue muy sencillo. Del mismo modo que se forma una empresa para especular sobre la pesca del arenque, otra sobre el bacalao, otra sobre las ballenas, etc. la pesca de hombres la llevó a cabo una sociedad de accionistas que garantizaba a sus socios un interés de este y de aquel tanto por ciento.

¿Y en qué fue a dar todo aquello? Si todavía no lo has hecho, ¡no te pierdas esta oportunidad para admirar las capacidades humanas! El resultado fue que atraparon un prodigioso número de arenques, o sea, quiero decir, hombres, cristianos; y, claro está, la empresa gozó de una boyante condición financiera. Ciertamente, demostró que ni siquiera la más exitosa industria pesquera del arenque era capaz de obtener unos beneficios comparables a los de la pesca del hombre. Y otra cosa más, un beneficio extra, o al menos un sabroso agregado para rematar los beneficios, a saber: que ninguna empresa pesquera, cuando envía sus barcos a pescar el arenque, puede citar las palabras de las Escrituras.

Pero la pesca de hombres es una pesca piadosa, los socios del negocio pueden apelar a las palabras de las Escrituras, porque Cristo dice: “y yo os haré pescadores de hombres”. Pueden ir con toda tranquilidad a enfrentarse al Juicio y justificar sus ganancias diciendo: “Lo que hicimos fue cumplir tu palabra, hemos pescado hombres”.

(Søren Kierkegaard, citado en el potente libro “Dining with the Devil” de Os Guinness de 1993, cuyo título fue malamente traducido como “El fenómeno de las megaiglesias” por las editoriales Andamio y CLIE el año 2003).

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