Monthly Archives: June 2015

Crisis de confianza y necesidad de control

  
Fue en septiembre de 2013, en el antiguo edificio de una iglesia luterana en Chelsea, Nueva York. Era un encuentro de profesionales cristianos y uno de los expositores, presbítero regente de la iglesia presbiteriana Redeemer, trabajando desde hace muchos años en el sector financiero de Wall Street dijo la sencilla y obvia idea que me dejó pensando hasta hoy: “La crisis financiera de 2008 fue una crisis de confianza. Personas dentro del sistema se aprovecharon de la confianza de todos los demás y arriesgaron lo que no debían. Necesitamos recuperar la confianza. Todo el sistema económico de EE.UU. se basa en la confianza. Sin confianza perderemos nuestro sistema.

Por supuesto. Cuando la confianza es traicionada los controles aumentan. Es así en todo orden de cosas. No quiero hablar en este post sobre política ni economía, sino, una vez más y muy brevemente, sobre principios de gobierno eclesiástico. Los sistemas basados en la confianza tornan imperiosa la necesidad de ser éticos, de mostrar y demostrar que somos coherentes, que hay honestidad en nuestras palabras y disposición sincera a corregir excesos y errores; incluso que nos arrepentimos cuando necesario y pedimos ayuda para enmendar nuestros caminos. Esto es cierto en un montón de orden de cosas, pero especialmente en las iglesias y sobre todo en el sistema presbiteriano de gobierno.

El sistema presbiteriano de gobierno está diseñado como un conjunto de principios generales que tiende a marginar o dar poca importancia a las reglas y reglamentos demasiado detallistas, ya que los estatutos presbiterianos son diseñados para que iglesias locales, consistorios, presbíteros regentes y pastores desarrollen sus ministerios con libertad. Un buen presbiteriano, por esto mismo, prefiere los principios generales a los reglamentos casuísticos. Es importante destacar que estos últimos son más propios del catolicismo-romano medieval y tridentino que forjó el carácter español y, por eso, tienden a ser culturalmente más anhelados por los hispanoamericanos, incluso los de teología reformada. En este aspecto se puede tornar especialmente difícil ser un presbiteriano consistente cuando se es latino (en otros aspectos, sin embargo, creo que puede dar ventaja).

Pero aquí es donde lo que escuché aquella noche de 2013 también se aplica a la política eclesial: cuando una iglesia local, consistorio, pastor o presbítero regente, rompe la confianza, yendo contra el espíritu del sistema y de los estatutos, buscando subterfugios, vacíos legales e incluso artículos pobremente interpretados para levantar proyectos personalistas, enseñar doctrinas o adoptar prácticas que contradicen nuestra confesionalidad, autopromoverse, enriquecerse o, simplemente, negarse a actuar como cuerpo en sumisión voluntaria a los consejos superiores, entonces es cuando la crisis de confianza se instala. En este caso la reacción natural va a ser buscar más mecanismos de control de los presbiterios y sínodos a las iniciativas de iglesias locales. Es natural. Es una ley de la vida que podrá gustarme o no, pero así es en casi toda esfera. 

Por lo tanto, sólo  existe un camino para que iglesias locales y pastores actúen con libertad y sus iniciativas no sean frustradas por un excesivo control de los consejos superiores: actuar siempre con transparencia, de buena fe, en genuino espíritu de colaboración con las demás iglesias y los consejos superiores y sin dejar de dar soporte irrestricto a los proyectos que los mismos presbiterios y sínodos han trazado en conjunto con las iglesias locales en ellos representadas. 

He oído quejas de consistorios y pastores del tipo “es que nos controlan demasiado, no debiera ser así” y concuerdo con ellas, pero cuando vienen de parte de quienes han traicionado confianzas de forma reciente, me parecen una falta de criterio y, en buen chileno, un cierto nivel de “patudez”. Primero se deben recuperar las confianzas, después los consejos superiores podrán ir soltando el control. Pero aquí también hay otro lado de la moneda: no podemos vivir en desconfianza constante y perpetua; sin genuino arrepentimiento por un lado y otorgamiento del perdón por el otro, toda demostración de confianza parecerá insuficiente. 

¿Dónde está el equilibro? Sinceramente: no lo tengo tan claro. Pero una cosa es segura: mientras más confianza, menos control y viceversa. Es una ley universal… en Wall Street y en la “quebrá del ají”.

P. D. Tal vez la sabiduría que proviene de la gracia común nos ayude a dilucidar los caminos: Confiá – Fito Páez

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Por qué no creo en LA Iglesia Evangélica

  
Pensar fuera de la caja tiene sus costos. Cuesta, primero, porque es desafiador intelectualmente, uno debe escapar de los estereotipos dentro de los cuales estuvo acostumbrado a pensar por largo tiempo y no saco nada con engañarme a mí mismo: no soy alguien intelectualmente aventajado y este tipo de ejercicios son difíciles para gente como yo. En segundo lugar, cuesta también porque para muchos se constituye en una traición personal que dejes de pensar como ellos, así que pierdes amigos o personas que pensabas que eran tus amigos. Pero uno no debe, por esa causa, entregarse a la deshonestidad intelectual. Y aquí, como hombre de fe y como ministro ordenado debo reconocer que hay cosas en las cuales, lisa y llanamente, no creo. Una de ellas es la famosa “Iglesia Evangélica” o “Iglesia Evangélica en Chile”. Me opongo tenazmente a creer en una entidad que, como el chupacabras o el viejito pascuero, sólo existe en la imaginación de unos pocos. Aquí mis razones:

1. Es un hecho innegable que las iglesias evangélicas chilenas no están unidas, y esto me parece que es una experiencia que se repite en casi todos los países. Es deshonesto intentar agrupar bajo un nombre propio (con la primera letra mayúscula y en singular: “Iglesia”) a un montón de denominaciones, corporaciones, sínodos, diócesis, convenciones, iglesias, concilios, etc. que son, además de diversos, claramente autónomos en su relación unos con otros. Simplemente no corresponde porque es deshonesto con la realidad. No existe tal cosa como “LA Iglesia Evangélica”, ni en Chile ni en Marte. No hay acuerdo sobre un montón de materias teológicas que no son menores, menos aún lo habrá, por lo tanto, sobre materias valóricas, políticas, sociales, etc.
Que un grupo de pastores y obispos, por muy grandes que sean sus iglesias, se junten a tomar desayuno y orar no los hace merecedores de un título tan irrealista. Está bien que se junten. Está bien que oren. Está bien que trabajen juntos en ciertas iniciativas que le hacen bien al país. Lo que no está bien es que se pongan a firmar declaraciones a nombre de una supuesta entidad que no existe más allá de sus imaginaciones y (por qué no decirlo) ansias de poder.

2. No es deseable que siquiera llegue a existir algo como una “Iglesia Evangélica en Chile”. Y esto es porque sería una simple y brutal violación a los principios fundacionales de los mismos evangélicos allá en la reforma protestante del siglo XVI. No lo tomo a la ligera: la grandísima mayoría de las iglesias evangélicas (más del 90%) se pusieron a celebrar felices cuando en Chile se decretó el feriado del 31 de octubre como el día nacional de las iglesias evangélicas y protestantes, justamente por su relación con la reforma. Pues bien, asumamos algo básico que compartimos las iglesias herederas (directas e indirectas) de la reforma protestante: nos oponemos a levantar sistemas eclesiásticos de poder jerárquico y terrenal al modo del catolicismo-romano. Soy evangélico, protestante y reformado y, como tal, pocas cosas me generan más anticuerpos que ver a evangélicos lamentando que, como institución visible, no seamos UNA sola “Iglesia” al modo de los papistas. Mi visión es clara y categórica: NO. No quiero que exista una sola, grande, poderosa y uniformizada “Iglesia Evangélica en Chile”. No sueño con eso, ni oro por eso. Me repugna imaginar un aparato institucional que, usando el mismo nombre del Evangelio, detente un poder tan grande, que políticos y empresarios por igual tengan que rendirle pleitesía y pedirle permiso para llevar adelante sus iniciativas. Leo el Apocalipsis y una institución como esa no me recuerda a los mártires que derraman su sangre y alaban al Cordero, sino a la Gran Ramera y, en esto al menos, tengo al mismísimo Martín Lutero de mi lado.

3. Finalmente, permítanme aclarar algo: anhelo de todo corazón ver mayor unidad entre las iglesias evangélicas; es más, he orado y trabajado por eso. Me siento identificado con Juan Calvino cuando le escribió al obispo de Canterbury, Thomas Cranmer, diciéndole que cruzaría diez mares en pro de la unidad de la iglesia. Pero creo que el mayor asesino de esa unidad sería justamente su mala copia, su “evil twin”: una grande y poderosa entidad llamada “Iglesia Evangélica”. Ese no es el camino a la unidad, sino a la tiranía de unos pocos y al totalitarismo religioso. Parafraseando a John Piper, la verdadera unidad se dará teniendo bien claras y definidas las diferencias denominacionales, y no “quitando las cercas” teológicas, confesionales y político-eclesiásticas, sino todo lo contrario: manteniéndolas, reforzándolas y estableciendo puertas claras que nos permitan amarnos y trabajar juntos a través de esas cercas. Eso significa reafirmar, delimitar, someterse y apoyar la autoridad del Obispo y de su consejo asesor,  en el caso de las iglesias con sistemas de gobierno episcopales; reforzar los sistemas de comunicación intereclesial y reunir más seguido a las convenciones, en el caso de quienes pertenecen a sistemas de gobierno más congregacionalistas; del mismo modo, en el caso de los presbiterianos, significará reforzar nuestra identidad y confesionalidad y fortalecer, con una participación activa y comprometida, a nuestros presbiterios y sínodos a fin de que, como representantes debidamente designados para ello, los pastores podamos participar, motivar a los miembros a participar y hacer crecer iniciativas interdenominacionales de evangelización, formación de profesionales, educación, acción social, causas políticas que nos parezcan justas (como la lucha contra el aborto o la corrupción política), etc. En este sentido serían bienvenidas iniciativas tales como una Asociación de iglesias evangélicas o un Consejo nacional de iglesias evangélicas (así: con la palabra “iglesias” en minúscula y en plural), pero los celos y la sed de poder nos impiden que nos pongamos de acuerdo… aunque esto último, ustedes se dan cuenta, ya es materia para otro post.

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Palabras a favor de una iglesia, al mismo tiempo, orgánica e institucional.

  
No. No veo la contradicción. Ni tampoco me parece nada nuevo. Creo que la iglesia debe ser una comunidad orgánica y creo que debe ser, al mismo tiempo, una institución corporativa. Creo que ambas dimensiones se complementan y se necesitan la una a la otra. Básicamente, por eso soy presbiteriano.

Primero, porque esta es la naturaleza de la iglesia desde una perspectiva bíblica: la iglesia es descrita en el Nuevo Testamento como planta y como edificio al mismo tiempo. La iglesia también es descrita como cuerpo y el cuerpo tiene músculos, arterias y órganos, pero también tiene un esqueleto rígido que sustenta todo esto, que soporta y permite el crecimiento de sus músculos y órganos. No es un exoesqueleto como muchos insectos o como los extraterrestres de las falsas películas del Área 51, o sea: no es un esqueleto externo que limita el crecimiento, sino todo lo contrario: es un esqueleto interno que crece junto con lo demás y permite que lo demás vaya desarrollándose.

En segundo lugar porque es acorde con la visión histórica de los reformadores: Lutero y Calvino fueron unánimes en rechazar tanto la cautividad babilónica del catolicismo-romano (que usaba una fuerte estructura institucional con el fin de mantener, promover y aumentar su poder terrenal) como el romanticismo iluso de los anabaptistas que proponían una iglesia sin estructuras porque, supuestamente, era “movida libremente por el Espíritu”. Como bien dijo alguien por ahí: generalmente las nuevas formas de cristianismo no son más que viejas herejías. Y eso es lo que identifico en muchos de esos movimientos que hacen un llamado a la iglesia sin estructura, sin jerarquías, sin pastores, sin estatutos: un retorno a las viejas herejías anabaptistas. En otras palabras, un caldo de cultivo para liderazgos mesiánicos unipersonales y carismáticos.

Muy relacionado a lo anterior, la visión clásica reformada, como lo expresa el capítulo I, párrafo VI, de la Confesión de Fe de Westminster, por ejemplo, entiende claramente que las estructuras de la iglesia se definen a la luz de lo dicho en las Escrituras EN CONJUNTO CON la luz de la naturaleza y la prudencia cristianas. Oponerse a una práctica eclesial utilizando solamente el argumento simplista: “¿Y dónde la Biblia dice que esto debe hacerse así?” es un tanto tramposo, ingenuo en el mejor de los casos, y, ciertamente, algo muy poco reformado cuando se trata de la forma de gobierno. Y la razón para esto es simple: la misma Escritura no nos deja demasiados detalles sobre cómo ordenar y organizar la vida práctica de la iglesia, así que es genuinamente reformado apelar a una sana simbiosis entre los argumentos bíblicos (que son la piedra de tope: no se debe adoptar nada que los contradiga y ellos proveen el marco dentro del cual se estructura lo demás) y argumentos y prácticas propios de la tradición e historia cristianas.

En cuarto (o tercer) lugar, una buena estructura institucional es justamente la que permite que la iglesia se desarrolle como comunidad orgánica sana y una sana comunidad orgánica es, a su vez, la base para una buena estructura institucional. Me explico con algunos ejemplos: cuando las estructuras institucionales obligan a las comunidades locales, y especialmente a los pastores, a rendir cuentas de sus decisiones, uso de los dineros, etc. esto se torna un freno natural para los abusos de poder, impide el surgimiento de liderazgos mesiánicos, permite resolver a tiempo las malversaciones de fondos, etc. Si una comunidad local está, a su vez, llevando adelante una sana vida orgánica como iglesia, esto facilitará a los concilios su labor, permitiéndoles no tener que inmiscuirse más allá ni burocratizar demasiado los procesos. La extrema burocratización de ciertos procesos son el resultado inevitable de pérdidas de confianza, si las confianzas se restauran de manera sana, la burocratización, supervisión y control de procesos (especialmente de parte de presbiterios y sínodos) se van haciendo cada vez más prescindibles. 

Por lo tanto, esta es básicamente mi visión eclesiológica: la iglesia es siempre organismo e institución y es bueno y sano que sea ambas cosas al mismo tiempo. Sin embargo, me parece que a nivel de comunidad LOCAL, la iglesia debe ser en un mayor porcentaje organismo y en un menor porcentaje (en áreas como tesorería o elección de pastores y oficiales, por ejemplo) institución. Pero a nivel más “METAECLESIAL” (corporaciones que congregan varias o muchas iglesias, como en el caso de presbiterios, sínodos y sínodos generales), la iglesia debe comportarse más como institución – con procesos racionales, más impersonales y burocráticos, establecidos en un estatuto – que como organismo, ya que se manejan cuotas mayores de poder, influencia y dinero y en estos contextos no es sano ni prudente dejar la puerta abierta a liderazgos carismáticos personalistas, que podrían llegar, incluso, a ser plenipotenciarios.

Concluyendo, una iglesia 100% institucionalizada es un aparato de poder terrenal, lento y difícil de mover, lleno de política pecaminosa humana y esto es totalmente contrario a la voluntad de Cristo para su esposa. Pero, por otro lado, una iglesia 100% orgánica (libre de estatutos y procesos institucionales de rendición de cuentas) es el caldo de cultivo ideal para liderazgos mesiánicos, personalismos, abusos de poder de parte de pastores y desvíos de dinero. Ambos extremos son rechazados por mí. Por eso soy presbiteriano por convicción. El sistema presbiteriano de gobierno – más fácil de ser leído en el papel que aplicado en la práctica y, sin duda, perfectible en muchos aspectos – me parece el que mejor encarna estos principios que acabo de exponer, así que hoy, 7 de junio de 2015, no quiero dejar de agradecer al Señor el ser parte de este organismo-institución: ¡Felices 147 años Iglesia Presbiteriana de Chile!

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