Crisis de confianza y necesidad de control

  
Fue en septiembre de 2013, en el antiguo edificio de una iglesia luterana en Chelsea, Nueva York. Era un encuentro de profesionales cristianos y uno de los expositores, presbítero regente de la iglesia presbiteriana Redeemer, trabajando desde hace muchos años en el sector financiero de Wall Street dijo la sencilla y obvia idea que me dejó pensando hasta hoy: “La crisis financiera de 2008 fue una crisis de confianza. Personas dentro del sistema se aprovecharon de la confianza de todos los demás y arriesgaron lo que no debían. Necesitamos recuperar la confianza. Todo el sistema económico de EE.UU. se basa en la confianza. Sin confianza perderemos nuestro sistema.

Por supuesto. Cuando la confianza es traicionada los controles aumentan. Es así en todo orden de cosas. No quiero hablar en este post sobre política ni economía, sino, una vez más y muy brevemente, sobre principios de gobierno eclesiástico. Los sistemas basados en la confianza tornan imperiosa la necesidad de ser éticos, de mostrar y demostrar que somos coherentes, que hay honestidad en nuestras palabras y disposición sincera a corregir excesos y errores; incluso que nos arrepentimos cuando necesario y pedimos ayuda para enmendar nuestros caminos. Esto es cierto en un montón de orden de cosas, pero especialmente en las iglesias y sobre todo en el sistema presbiteriano de gobierno.

El sistema presbiteriano de gobierno está diseñado como un conjunto de principios generales que tiende a marginar o dar poca importancia a las reglas y reglamentos demasiado detallistas, ya que los estatutos presbiterianos son diseñados para que iglesias locales, consistorios, presbíteros regentes y pastores desarrollen sus ministerios con libertad. Un buen presbiteriano, por esto mismo, prefiere los principios generales a los reglamentos casuísticos. Es importante destacar que estos últimos son más propios del catolicismo-romano medieval y tridentino que forjó el carácter español y, por eso, tienden a ser culturalmente más anhelados por los hispanoamericanos, incluso los de teología reformada. En este aspecto se puede tornar especialmente difícil ser un presbiteriano consistente cuando se es latino (en otros aspectos, sin embargo, creo que puede dar ventaja).

Pero aquí es donde lo que escuché aquella noche de 2013 también se aplica a la política eclesial: cuando una iglesia local, consistorio, pastor o presbítero regente, rompe la confianza, yendo contra el espíritu del sistema y de los estatutos, buscando subterfugios, vacíos legales e incluso artículos pobremente interpretados para levantar proyectos personalistas, enseñar doctrinas o adoptar prácticas que contradicen nuestra confesionalidad, autopromoverse, enriquecerse o, simplemente, negarse a actuar como cuerpo en sumisión voluntaria a los consejos superiores, entonces es cuando la crisis de confianza se instala. En este caso la reacción natural va a ser buscar más mecanismos de control de los presbiterios y sínodos a las iniciativas de iglesias locales. Es natural. Es una ley de la vida que podrá gustarme o no, pero así es en casi toda esfera. 

Por lo tanto, sólo  existe un camino para que iglesias locales y pastores actúen con libertad y sus iniciativas no sean frustradas por un excesivo control de los consejos superiores: actuar siempre con transparencia, de buena fe, en genuino espíritu de colaboración con las demás iglesias y los consejos superiores y sin dejar de dar soporte irrestricto a los proyectos que los mismos presbiterios y sínodos han trazado en conjunto con las iglesias locales en ellos representadas. 

He oído quejas de consistorios y pastores del tipo “es que nos controlan demasiado, no debiera ser así” y concuerdo con ellas, pero cuando vienen de parte de quienes han traicionado confianzas de forma reciente, me parecen una falta de criterio y, en buen chileno, un cierto nivel de “patudez”. Primero se deben recuperar las confianzas, después los consejos superiores podrán ir soltando el control. Pero aquí también hay otro lado de la moneda: no podemos vivir en desconfianza constante y perpetua; sin genuino arrepentimiento por un lado y otorgamiento del perdón por el otro, toda demostración de confianza parecerá insuficiente. 

¿Dónde está el equilibro? Sinceramente: no lo tengo tan claro. Pero una cosa es segura: mientras más confianza, menos control y viceversa. Es una ley universal… en Wall Street y en la “quebrá del ají”.

P. D. Tal vez la sabiduría que proviene de la gracia común nos ayude a dilucidar los caminos: Confiá – Fito Páez

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Filed under Iglesia, Iglesia Presbiteriana de Chile

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