Monthly Archives: July 2015

El mito de lo no-mitológico

  
Hoy comienzo un nuevo ciclo de mis clases de historia de la filosofía en el Seminario Teológico Presbiteriano y esto me inspiró a escribir esta muy pequeña reflexión sobre los orígenes de la filosofía occidental.

Se dice en los manuales, especialmente desde el Iluminismo del siglo XVIII, que la filosofía surge en el mundo occidental con las primeras explicaciones “no-mitológicas” al origen del mundo. ¿Qué quieren decir con eso de “no-mitológicas”? Simple: sin depender de relatos religiosos que hagan referencia a una o varias divinidades que crearon el mundo como hoy lo conocemos. Por ejemplo: la tentativa de Tales de Mileto de explicar que todo procede del agua.

Pobre e ilusa forma de definir los orígenes de la filosofía.

Pobre, en primer lugar, porque el pretender que una explicación es mitológica sólo por el hecho que hace referencia a un creador trascendente es sumamente parcial y tendencioso, especialmente a la luz de la historia de las ideas y la ciencia. No son pocos los grandes pensadores y científicos e incluso las principales escuelas de pensamiento filosófico que han contribuido al avance y progreso de sus áreas justamente por causa de su fe en un Creador (Johannes Kepler y las órbitas elípticas es un ejemplo). Es más, como muestra el epistemólogo holandés Roy Hooykas – y hace eco Nancy Pearcey en “The Soul of Science” – la ciencia moderna occidental sólo pudo existir porque los presupuestos fundamentales de la fe cristiana le proveyeron el marco y el suelo fértil para florecer. Es pobre porque sólo un ciego que no quiere ver sería capaz de hacer la inmediata y dogmática asociación entre el creer en un Creador Personal, Trascendente, Omnipotente, Sabio y Soberano (cosa perfectamente racional y compatible con los hechos del mundo y la naturaleza) y la mitología de los grandes relatos ficticios humanos (que no son otra cosa sino leyendas inventadas que desafían abiertamente toda racionalidad y el mismo funcionamiento del mundo).

En segundo lugar es iluso, dije. Y es iluso porque hay que ser en verdad muy ingenuo para creer que las primeras explicaciones que no apelaban a lo trascendente eran menos religiosas que las que sí lo hacían. El agua de Tales de Mileto, el fuego de Heráclito de Éfeso podrán ser elementos inmanentes para explicar el origen del mundo, pero no por eso son menos religiosos. Se les adjudica omnipotencia, eternidad y, a veces, incluso, casi una personalidad, con voluntad e inteligencia propias. No son sólo elementos, son dioses. Podemos sumar a esto el hecho tan correctamente observado por Friedrich Nietzsche y Herman Dooyeweerd (¡irónica coincidencia!) que las religiones dionisíacas (de la naturaleza) y apolíneas (de la cultura y la forma), en una constante tensión una contra la otra, fueron la base formativa de la cultura griega, al punto que la famosa tensión entre Parménides y Heráclito no era otra cosa sino el dios Apolos luchando contra el dios Dionisos. En otras palabras, fueron dos cosmovisiones esencialmente religiosas en tensión las que cumplieron el rol de fundamento de todo el edificio que hoy llamamos cultura y filosofía greco-romana. Es iluso, claramente, no querer ver la evidente raíz religiosa de la filosofía griega. Podremos, tal vez, concederle a los manuales que es cierto que las explicaciones trascendentes fueron abandonadas por explicaciones más inmanentes, pero esa inmanencia no es menos religiosa ni menos mitológica que los antiguos relatos de dioses en conflicto que, luchando y compitiendo entre sí, crearon los cielos y la tierra.

En todo esto que buscan enseñar gran parte de los manuales de filosofía modernos, fuertemente atados aún a una visión iluminista del origen de la filosofía, podemos identificar con claridad el mayor mito de todos: seguir insistiendo en la no-religiosidad del pensamiento. Y hasta el día de hoy, incluso, muchos de los discursos supuestamente POST-modernos, siguen porfiando “modernamente” que existe neutralidad en el pensamiento humano y que existe razonamiento totalmente autónomo y libre de toda influencia religiosa. Mientras este mito – fantasioso, arbitrario e iluso como la mayoría de los mitos – insista en ser elevado dogmáticamente a la categoría de explicación del mundo, las tinieblas de la superstición laicista seguirán avanzando y prevaleciendo en nuestra cultura.

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El guerrero es un niño

Este post no es mío. Es una de la reflexiones semanales de Steve Brown en el blog de su ministerio KeyLife. La traducción tampoco es mía, es de mi amigo Danilo Járlaz, quien la ha dispuesto como un regalo para todos los que quieran leerla. Una vez más: ¡gracias Danilo! Por tu excelente trabajo y generosidad.


Estas últimas semanas han sido particularmente difíciles y muy dolorosas para mí. Probablemente han escuchado acerca de la renuncia del pastor Tullian Tchividjian como pastor de la Iglesia Presbiteriana Coral Ridge en Fort Lauderdale. No voy a profundizar en detalles porque los medios de comunicación ya nos han dicho todo lo que se puede contar al respecto, incluyendo con esto, por supuesto, el regocijo de personas no creyentes acerca de la “hipocresía” de los Cristianos que “se creen mejor que todo el resto” y los fariseos que gustosamente señalan a lo que lleva “el enfatizar tanto la gracia”.

Francamente me he hastiado de todo esto.

Mi dolor es mucho más profundo y personal que esto. Veran, yo amo a Tullian… le amo muchísimo. Lo conozco desde que tenía seis años de edad y he orado por él diariamente la mayor parte de su vida. Fui su profesor de seminario hasta que culminó sus estudios y he conocido y amado a su familia (tanto a los Tchividjian como a los Graham) la mayor parte de mi vida adulta. El difunto padre de Tullian, a quien extraño mucho, fue un amigo muy cercano.

Francamente, no planeé decir ni escribir nada respecto a lo ocurrido. Ya se ha dicho demasiado y a veces, cuando uno no sabe qué decir, es mejor guardar silencio. Sin embargo, formo parte del equipo pastoral (como pastor docente) de la iglesia presbiteriana de Coral Ridge, Key Life se ha asociado con Coral Ridge y Tullian en el Movimiento “Liberate” casi desde los inicios de “Liberate”. Muchos de ustedes me han llamado por teléfono, mandado e-mails, o escrito cartas para expresar su preocupación por mí y por todos aquellos que estamos involucrados en esto. Supongo que alguien que ama y conoce a Tullian y ha compartido el potente mensaje que ha predicado y enseñado no puede mantenerse en silencio. Por esto voy a escribir algo aquí… un pecador que ama a Jesús escribirá, para a otros pecadores que aman a Jesús acerca de pecadores que aman a Jesús. Estoy haciendo esto por ustedes, por mí y por todos aquellos que han sido heridos o están enojados o confundidos por lo ocurrido. Me he sentido igual que ustedes las últimas semanas.

Como pueden imaginar, es peligroso decir cualquier cosa acerca de una tragedia como esta. No daré excusas para el pecado, ni para el mío, ni para el de ustedes o el para el de Tullian. La santidad de Dios no es algo menor. No hay excusas para el pecado. El pecado es pecado porque es oscuro, destructivo y hace agonizar al pecador, tanto a los que luchan contra el pecado como aquellos que aman pecar. Nunca he insinuado que la gracia signifique no estar dolido por el pecado o que el arrepentimiento sea innecesario. Los cristianos están llamados a vivir una vida de arrepentimiento. Es la fuente de nuestro poder. Y por esto, a menudo he sido acusado de animar a la gente a pecar deliberadamente (una acusación, que de paso sea dicho, es falsa) No quiero darles más auge a los acusadores. Ya tienen suficiente. 

Déjenme compartiles algunas preguntas que he recibido últimamente:

Steve, ¿acaso el pecado de Tullian no demuestra que hablar un mensaje de gracia tan radical es muy peligroso y finalmente provoca lo que ocurrió?

La verdad es que no. De hecho, es precisamente lo opuesto. A pesar de que odio totalmente lo que ocurrió, Tullian ha demostrado que Cristo no murió por pecados pequeños o “respetables”. Jesús no murió porque no nos cepillamos los dientes el mes pasado, o dijimos alguna mentirita blanca a nuestro profesor de escuela dominical, o porque le robamos un poco de comida a nuestra madre cuando éramos niños. Cristo murió por pecados y pecadores REALES. Si la gracia que Tullian predicó y enseñó no estuviera disponible para él, tampoco estaría disponible para ti, ni para mí.

Una de las verdades elementales del cristianismo, el corazón de nuestra fe, es que Dios reveló su gracia y misericordia. Satanás odia este mensaje y sabe que si logra que los cristianos rechazen o duden acerca de esta verdad incondicional de Dios, de su amor y su perdón para los pecadores, ganará una gran batalla. No dejemos que nos engañe. Escuchen los sermones de Tullian y lean sus libros. Si Dios hablara su verdad sólo a través de predicadores “puros”, nadie podría hablar de su mensaje. No es acerca de Tullian, o de mí ni de nadie más. Es acerca de Jesús. Somos inmensamente pecadores y necesitamos un inmenso Salvador.

Si Tullian ha predicado o enseñado acerca de su propia obediencia o los ha llamado a contemplar su propia obediencia, quemen sus libros y borren sus sermones. Pero Tullian hizo esto. Él predicó la obediencia, la fidelidad y la santificación, pero él siempre apuntó hacia Jesús y confesó repetidamente que estaba luchando contra sus pecados al igual que nosotros.

Una vez más, esto no es una “excusa”, pero es algo importante de recordar. 

Pero muchos han sido heridos y están confundidos.

Por supuesto que lo están. Yo también lo estoy. Nos recuerda a todos nosotros que es peligroso adorar cualquier altar que no sea el de Dios. Porque muchas veces los maravillosos dones de Tullian, su predicación y escritura tan poderosa, su tan atractiva y encantadora personalidad, nos hacían olvidar fácilmente que él tambien es un pecador como cualquier de nosotros, que tenemos nuestros “demonios” internos, los cuáles muchas veces son aterradores.

Algunos años atrás Twila Paris escribió y cantó una canción que me ha estado rondando estos días.

Últimamente he estado ganando batallas a diestra y a siniestra.

Pero incluso los ganadores son heridos en batalla.

La gente dice que soy asombroso.

Que me he vuelto fuerte con el pasar de los años.

Pero ellos no pueden ver dentro de mí.

 

Que escondo las lágrimas.

No saben que corro a casa cuando caigo.

No saben quién me levanta cuando nadie me ve.

Dejo caer mi espada y lloro un momento.

Porque dentro de esta armadura

El Guerrero es sólo un niño. 

¿El pecado no importa? 

Por supuesto que el pecado importa. Cualquier cosa que haya costado la sangre del Hijo de Dios importa profundamente. Dios está haciéndonos como Jesús y es un proceso doloroso y lento que incluye los errores y el pecado. Se llama santificación y ocurre a medida que amamos más a Cristo. Él crece y nosotros menguamos. Pablo dijo que estamos crucificados con Cristo y que incluso Cristo vive en nosotros. Ambas cosas son un hecho un proceso. Durante este proceso nunca somos rechazados, nunca dejamos de ser amados y nunca dejamos de ser vestidos con la justicia de Cristo. Pero sin embargo, el proceso continúa.

¿Qué ocurrió con el “proceso” de Tullian?

Nunca sabremos la historia completa de nadie más que la nuestra, y no lo sé. Alguien ha dicho que cuando los cristianos pecan hay tres cosas que no sabemos acerca de como ellos enfrentan este hecho. Primero, no sabemos qué poderes están acechándolos. Segundo, no sabemos cuán difícil o por cuánto tiempo la persona ha peleado contra estos poderes. Y tercero, no sabemos el horror y la vergüenza que ellos sienten cuando han perdido la batalla.

Yo sí se que la reacción más apropiada para el pecado de un hermano o hermana cristiana debería ser la tristeza y las lágrimas. Muchos de ustedes han reaccionado en una forma en que ha sido una bendición para mí. Ni se lo imaginan. Como muchos de ustedes saben, este último tiempo he llorado más de lo que no había llorado en mucho tiempo. Sus palabras de comprensión, oración y sensibilidad me han sonreído como lo haría Jesús. Ric Cannada, mi mentor principal en el Reformed Seminary, apuntó a que hiciéramos una pausa en Key Life, y oró conmigo y otras personas de nuestro equipo. Muchos de ustedesn han escrito y llamado, como muchos otros amigos diciendo “déjame orar por ti” y oramos juntos por teléfono.

Pero Steve, tú no fuiste el que pecó esta vez.

¿No se dan cuenta? ¡Ése es mi punto! EL cuerpo de Cristo está tan conectado que deberíamos saborear la sal de las lágrimas los unos de los otros. Cuando los errores marcan a un hermano o hermana, ése es nuestro error también. Cuando nuestros amigos cristianos triunfan sobre el pecado o se mantienen firmes ante, todos deberíamos corear juntos el “ALELUYA”. Tus pecados son mis pecados, y tu fidelidad es mi fidelidad. Estamos todos juntos en esto, todos. Y todos nosotros pecamos y tenemos nuestros pequeños éxitos contra el pecado en ocasiones. Esto hace que nuestro vínculo sea mucho más fuerte.

Desafortunadamente no todos comprenden esto. He escuchado “¿¡Él?! ¡Pero cómo es posible!” y “Quizá ni siquiera sea salvo”, “Un Cristiano Real nunca haría algo como esto” y muchas cosas similares. Un pastor que evidentemente estaba muy contento con lo ocurrido, me escribió diciéndome: “Finalmente vemos los resultados de tus enseñanzas.” Él me dijo que era tiempo de arrepentirme de mi propia enseñanza y de mi narcisismo. Incluso me ofreció ayuda para arrepentirme y cambiar. (De paso le respondí que él sólo había visto la mitad de mi narcisísmo y que si supiera la verdad, quedaría horrorizado.)

Recibí un e-mail de un amigo que recientemente había expuesto su más horrendo pecado a la iglesia públicamente. Su vergüenza y horror me llevaron a sentir compasión por él, al igual que Tullian. Mi amigo me escribió: 

“¿Sientes la misma frustración que yo? Que la iglesia se siente como un lugar donde debemos mantener lo que se ve de afuera limpio y alejar todos los pecados socialmente inaceptables? Donde los pecados más grandes cometidos por cristianos necesitan ser quitados de la atención publica lo más rápido posible. Odio el mensaje que estas cosas comunican a nuestro mundo y a otros cristianos que quieren arrepentirse. 

Sólo mantiene el sentimiento de cómo la iglesia no es un lugar seguro para arrepentirse. ¿Cuándo estas personas dejarán de ver la paja en el ojo ajeno y dejarán de juzgarnos? Si mis líderes hubieran hecho esto cuando lidiaron con mi confesión, habrían manejado mi situación de manera distinta. Al que mucho se le perdona, mucho ama y ellos no me amaron a mí…

Me encanta que tu blog muestre a la iglesia como un lugar seguro para arrepentirse. ¿Pero por qué no es así? De eso se trata la iglesia. Gracias, Steve, por compartir este mensaje. Lo necesitamos mucho. Oro a Dios de que podamos aprender a manejar el pecado de manera diferente…

Si ves a Tullian dile que lo siento mucho. Y que lo perdono y lo sigo amando totalmente. Voy a extrañar sus sermones también. Estoy muy angustiado por todo esto y necesitaba decírtelo. 

Gracias por escucharme. Sólo seguiré confiando que Dios es Soberano aún en medio de este desastre y se que puedo confiar en que Dios puede sacar cosas buenas aún de las cosas malas. Y seguiré perdonando. No voy a juzgar ni tampoco condenar a otros pecadores…” 

Y ¿ahora qué?

No tengo idea, pero sí estoy de acuerdo con mi amigo de que Dios es soberano aún en medio de este desastre y se que puedo confiar en que Dios puede sacar cosas buenas aún de las cosas malas. Sigo amando a Tullian y él sigue siendo mi amigo. Nada ha cambiado eso. Su mensaje sigue siendo poderoso porque es verdadero. No es menos verdadero ahora ,ni lo será con el pasar de los años… y quizás sea más necesario ahora que nunca.

En Lucas 22, recordarán que Jesús le dice a Pedro que Pedro le negará y Satanás intentará destruirle. Entonces Jesús le dice a Pedro “Pero yo he orado por ti para que tu fe no falle. Y tú, cuando te hayas vuelto a mí, fortalece a tus hermanos.” (v. 32). 

Esto es lo que Jesús le dice a Tullian, a ti y a mí. El poder de los cristianos no está en su fortaleza, sino en sus debilidades, en su quebrantamiento y en su pecado. Este es el mensaje con el que “fortalecemos a nuestros hermanos y hermanas.” Es un mensaje acerca de redención, perdón e increible Gracia de Dios, de misericordia y amar a las personas que no lo merecen. Sólo los pecadores pueden proclamar este mensaje porque somos los únicos suficientemente descalificados para hacerlo. 

Steve Brown.

  

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Eliminando el deismo de nuestras iglesias

  
Aún no tengo el privilegio de leerlo, pero he oído bastante acerca de un libro llamado “Soul Searching: The Religious and Spiritual Lives of American Teenagers” de Christian Smith y Melinda Lundquist Denton (Oxford University Press, 2005). Allí ellos, como sociólogos estudiosos del fenómeno religioso, definen, después de entrevistar a muchos adolescentes de iglesias y de analizar los datos, la religión de los jóvenes evangélicos norteamericanos como un “Deismo Moralista Terapéutico Cristiano“. Impactante.

Me resulta impactante porque aprendí desde hace años, leyendo libros sobre herejías y sectas y, más tarde, textos de prolegómenos en Teología, que el Deismo y el Cristianismo son incompatibles, ya que el Cristianismo es Teista, esto es: cree en un Dios personal, que no sólo creó todas las cosas, sino que las sostiene y que interviene en su creación, prescindiendo de las leyes que Él mismo estableció en ella, cuando Él así lo determina. Ya el Deismo, en cambio, nos propone un dios que no es mucho más que la causa-no-causada de Aristóteles: el famoso relojero que creó el mundo, le dio cuerda y lo dejó andando como un sistema cerrado de causas y efectos; como máximo un juez cósmico que va a volver al final de todo esto a juzgar a cada uno según sus acciones. Insisto: esto me impacta porque estoy casi seguro que en sus iglesias evangélicas no les enseñan ni predican Deismo a estos jóvenes y esto me deja profundamente inquieto. Obviamente, mi primera reacción, fruto de mi arrogancia, es pensar que los autores se equivocan, pero luego de darle una segunda vuelta, por la gracia de Dios, prevalece la cordura y deduzco que no necesitamos enseñarle Deismo a las personas para que ellas se vuelvan deistas.

Tengo la impresión que el Deismo de estos jóvenes sólo es la consecuencia final de su Moralismo Terapéutico Cristiano. Y entonces todo calza porque eso sí que se enseña en nuestras iglesias evangélicas (históricas, contemporáneas y pentecostales, por igual), sobre todo a los niños y a los adolescentes. Me explico: cuando ser cristiano consiste básica y esencialmente en una decisión tomada en un punto X de tu pubertad o niñez (“recibir a Cristo”) y, después de eso, en un constante esfuerzo por ser cada día mejor para agradar a Dios, entonces eres básicamente un cristiano moralista terapéutico. “Cristiano” porque tu dios se llama Cristo y porque tu sistema de doctrina proviene de sus enseñanzas. “Moralista” porque asumes que la gran meta de la vida es el auto-perfeccionamiento moral; obviamente para no parecer un mero humanista y mantener la identidad “cristiana” de tus creencias, afirmas que no lo puedes hacer solo y reconoces que necesitas la ayuda de Dios y de la comunidad de fe para lograr esa gran meta de la vida: ser bueno. Y, precisamente, el papel que juega la comunidad de fe le añade el elemento “terapéutico”, ya que ellos te van supervisando, acompañando, diciéndote [pelagianamente] que con un poco más de esfuerzo sí puedes obedecer los preceptos divinos, pero sobre todo: desafiándote a ser mejor, vigilando y castigando, exhortándote cuando fallas, apuntándote tus errores para que la próxima vez no vuelvas a fallar en eso mismo.

No me da el espacio aquí para mostrar el gran daño que este falso evangelio del cristianismo moralista terapéutico hace a nuestras iglesias y comunidades. Pero uno de los peores daños que causa es lo que me llamaba la atención más arriba: nos torna deistas. Dios se hace lejano, una figura sombría y exigente, a quien sólo los más disciplinados y espirituales podrán agradar. Un juez que mira con ceño fruncido desde las alturas nuestro esfuerzo, que de vez en cuando nos regala una gracia o un favor, pero que tiende a estar constantemente decepcionado de sus hijos. Un dios al que hay que sacarle una sonrisita con buenas obras, compromiso, diezmos, asistencia dominical, etc. Esto me parece profundamente inquietante porque lo que ocurre en Norteamérica, sabemos bien que ocurre aquí también, incluso porque sus teologías y prácticas eclesiales son las que nos moldean como iglesia evangélica latinoamericana hasta hoy.

Es en medio de esta situación que quiero invitarnos (sí, invitarme a mí mismo inclusive) a abandonar la obsesión evangélica con el progreso moral. Nuestro afán con ser cada día mejores personas nos está distanciando del Padre, está creando falsas ilusiones a nuestros niños y está apartando a nuestros jóvenes de la fe: agotados, confundidos (especialmente con ese mito de que “a la gente buena le ocurren cosas buenas“), decepcionados y, sobre todo, cansados de tratar de agradar a un dios que, como sus padres, jamás siente placer en ellos a no ser que conquisten algún logro moral. En nuestras comunidades se están mordiendo unos a otros por culpa de esta enseñanza que ha salido de nuestros púlpitos y de nuestras clases de escuela dominical: que la santificación consiste en ser cada día mejores. Existen entre uno y mil argumentos teológicos de peso en los puritanos y en los reformados de los siglos XVI y XVII para mostrar que esa no es la esencia de la santificación. La santificación no consiste en auto-perfeccionamiento moral. La santificación consiste en amar cada día más a Dios y esto implica, a su vez, 2 cosas: (1) cada día estar más consciente de la profundidad de mi miseria y absoluta incapacidad para hacer la voluntad de Dios, sin importar cuánto me esfuerce y (2) cada día asombrarme más con el hecho de que Dios me amó y me ama, que Él siente placer en mí cuando hago el bien y cuando hago el mal porque soy Su hijo, que no hay castigo, juicio ni condenación contra mí, que su ceño ya no está ni nunca estará fruncido y que sus brazos siempre están abiertos para mí, todo esto gracias a la obra de Cristo en la cruz.

¿Queremos limpiar nuestras iglesias del Deismo Moralista Terapéutico Cristiano? Entonces más que una serie de clases y mensajes sobre herejías, falsas doctrinas y sectas, lo que necesitamos es predicar el Evangelio Cristocéntrico, el amor de Dios revelado en Cristo. Necesitamos invitarnos unos a otros no a ser mejores personas sino a asombrarnos más con el amor escandaloso, persistente, obstinado, incondicional del Dios a quien llamamos Padre, siempre cercano, siempre con sus brazos extendidos a nuestro al rededor, como un papá con su bebé que está aprendiendo a andar, siempre mirándonos sonrientes mientras vamos caminando, nunca frunciendo el ceño porque tropezamos y caemos, pero siempre levantándonos mientras se ríe, transmitiéndonos su paz y diciéndonos que no pasó nada, que está todo bien, que Él está a nuestro lado por siempre y que Él tiene el control de todo.

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