Eliminando el deismo de nuestras iglesias

  
Aún no tengo el privilegio de leerlo, pero he oído bastante acerca de un libro llamado “Soul Searching: The Religious and Spiritual Lives of American Teenagers” de Christian Smith y Melinda Lundquist Denton (Oxford University Press, 2005). Allí ellos, como sociólogos estudiosos del fenómeno religioso, definen, después de entrevistar a muchos adolescentes de iglesias y de analizar los datos, la religión de los jóvenes evangélicos norteamericanos como un “Deismo Moralista Terapéutico Cristiano“. Impactante.

Me resulta impactante porque aprendí desde hace años, leyendo libros sobre herejías y sectas y, más tarde, textos de prolegómenos en Teología, que el Deismo y el Cristianismo son incompatibles, ya que el Cristianismo es Teista, esto es: cree en un Dios personal, que no sólo creó todas las cosas, sino que las sostiene y que interviene en su creación, prescindiendo de las leyes que Él mismo estableció en ella, cuando Él así lo determina. Ya el Deismo, en cambio, nos propone un dios que no es mucho más que la causa-no-causada de Aristóteles: el famoso relojero que creó el mundo, le dio cuerda y lo dejó andando como un sistema cerrado de causas y efectos; como máximo un juez cósmico que va a volver al final de todo esto a juzgar a cada uno según sus acciones. Insisto: esto me impacta porque estoy casi seguro que en sus iglesias evangélicas no les enseñan ni predican Deismo a estos jóvenes y esto me deja profundamente inquieto. Obviamente, mi primera reacción, fruto de mi arrogancia, es pensar que los autores se equivocan, pero luego de darle una segunda vuelta, por la gracia de Dios, prevalece la cordura y deduzco que no necesitamos enseñarle Deismo a las personas para que ellas se vuelvan deistas.

Tengo la impresión que el Deismo de estos jóvenes sólo es la consecuencia final de su Moralismo Terapéutico Cristiano. Y entonces todo calza porque eso sí que se enseña en nuestras iglesias evangélicas (históricas, contemporáneas y pentecostales, por igual), sobre todo a los niños y a los adolescentes. Me explico: cuando ser cristiano consiste básica y esencialmente en una decisión tomada en un punto X de tu pubertad o niñez (“recibir a Cristo”) y, después de eso, en un constante esfuerzo por ser cada día mejor para agradar a Dios, entonces eres básicamente un cristiano moralista terapéutico. “Cristiano” porque tu dios se llama Cristo y porque tu sistema de doctrina proviene de sus enseñanzas. “Moralista” porque asumes que la gran meta de la vida es el auto-perfeccionamiento moral; obviamente para no parecer un mero humanista y mantener la identidad “cristiana” de tus creencias, afirmas que no lo puedes hacer solo y reconoces que necesitas la ayuda de Dios y de la comunidad de fe para lograr esa gran meta de la vida: ser bueno. Y, precisamente, el papel que juega la comunidad de fe le añade el elemento “terapéutico”, ya que ellos te van supervisando, acompañando, diciéndote [pelagianamente] que con un poco más de esfuerzo sí puedes obedecer los preceptos divinos, pero sobre todo: desafiándote a ser mejor, vigilando y castigando, exhortándote cuando fallas, apuntándote tus errores para que la próxima vez no vuelvas a fallar en eso mismo.

No me da el espacio aquí para mostrar el gran daño que este falso evangelio del cristianismo moralista terapéutico hace a nuestras iglesias y comunidades. Pero uno de los peores daños que causa es lo que me llamaba la atención más arriba: nos torna deistas. Dios se hace lejano, una figura sombría y exigente, a quien sólo los más disciplinados y espirituales podrán agradar. Un juez que mira con ceño fruncido desde las alturas nuestro esfuerzo, que de vez en cuando nos regala una gracia o un favor, pero que tiende a estar constantemente decepcionado de sus hijos. Un dios al que hay que sacarle una sonrisita con buenas obras, compromiso, diezmos, asistencia dominical, etc. Esto me parece profundamente inquietante porque lo que ocurre en Norteamérica, sabemos bien que ocurre aquí también, incluso porque sus teologías y prácticas eclesiales son las que nos moldean como iglesia evangélica latinoamericana hasta hoy.

Es en medio de esta situación que quiero invitarnos (sí, invitarme a mí mismo inclusive) a abandonar la obsesión evangélica con el progreso moral. Nuestro afán con ser cada día mejores personas nos está distanciando del Padre, está creando falsas ilusiones a nuestros niños y está apartando a nuestros jóvenes de la fe: agotados, confundidos (especialmente con ese mito de que “a la gente buena le ocurren cosas buenas“), decepcionados y, sobre todo, cansados de tratar de agradar a un dios que, como sus padres, jamás siente placer en ellos a no ser que conquisten algún logro moral. En nuestras comunidades se están mordiendo unos a otros por culpa de esta enseñanza que ha salido de nuestros púlpitos y de nuestras clases de escuela dominical: que la santificación consiste en ser cada día mejores. Existen entre uno y mil argumentos teológicos de peso en los puritanos y en los reformados de los siglos XVI y XVII para mostrar que esa no es la esencia de la santificación. La santificación no consiste en auto-perfeccionamiento moral. La santificación consiste en amar cada día más a Dios y esto implica, a su vez, 2 cosas: (1) cada día estar más consciente de la profundidad de mi miseria y absoluta incapacidad para hacer la voluntad de Dios, sin importar cuánto me esfuerce y (2) cada día asombrarme más con el hecho de que Dios me amó y me ama, que Él siente placer en mí cuando hago el bien y cuando hago el mal porque soy Su hijo, que no hay castigo, juicio ni condenación contra mí, que su ceño ya no está ni nunca estará fruncido y que sus brazos siempre están abiertos para mí, todo esto gracias a la obra de Cristo en la cruz.

¿Queremos limpiar nuestras iglesias del Deismo Moralista Terapéutico Cristiano? Entonces más que una serie de clases y mensajes sobre herejías, falsas doctrinas y sectas, lo que necesitamos es predicar el Evangelio Cristocéntrico, el amor de Dios revelado en Cristo. Necesitamos invitarnos unos a otros no a ser mejores personas sino a asombrarnos más con el amor escandaloso, persistente, obstinado, incondicional del Dios a quien llamamos Padre, siempre cercano, siempre con sus brazos extendidos a nuestro al rededor, como un papá con su bebé que está aprendiendo a andar, siempre mirándonos sonrientes mientras vamos caminando, nunca frunciendo el ceño porque tropezamos y caemos, pero siempre levantándonos mientras se ríe, transmitiéndonos su paz y diciéndonos que no pasó nada, que está todo bien, que Él está a nuestro lado por siempre y que Él tiene el control de todo.

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1 Comment

Filed under Espiritualidad cristiana

One response to “Eliminando el deismo de nuestras iglesias

  1. ana

    Mis padres me educaron en el temor de Dios y mis profesores me enseñaron a los ilustrados. Por supuesto, intelectualmente Dios siempre ha sido mi marco de referencia, sin embargo a nivel emocional yo no era más que una gran pesimista porque no percibía la acción benéfica de Dios en el mundo y a la vez era una gran idealista porque confiaba en el poder del hombre bien canalizado. Era deísta sin premeditación de nadie.

    Han pasado 20 años, y he comprobado que lo gratificante pasa, lo decepcionante también, y en sí mismos no son nada; al final solo queda la obra de Dios en mi, lo que él purificó a través de esas experiencias. Puedo decir que he sentido su acción ¡dentro de mi misma alma! Sin embargo, el mundo no me ofreció nada perdurable.

    Ahora sé, no solo con la mente, que Dios “está pendiente” (me ama), que es soberano (tiene poder), que es tierno (todo tiene un buen propósito), que nunca es débil (nada puede entorpecer lo que Él se ha propuesto), pero sobre todo que es activo y está al cargo de la Historia humana y de mi vida.

    ¡Cuan grande es Él que se revela personalmente a los corazones, haciendo rectos los pensamientos torcidos!

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