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Hermanos, no somos profesionales… pero sí debemos ser pro.

  
El lenguaje es algo maravilloso. Muta, se adapta, se hace flexible, se ajusta. El lenguaje es el ámbito donde existen nuestras sociedades y culturas. Por más que ciertos antropólogos ideológicamente sesgados se opongan, la verdad es que las culturas van evolucionando y cambian conforme entran en contacto con otras culturas distintas y estos cambios se van reflejando en varios ámbitos, pero es en el lenguaje donde primero se notan.

En el caso del idioma español hablado en mi país, Chile, ya hace un tiempo entró en él, proveniente del inglés, una palabrita, corta, de apenas tres letras, pero que tiene un potente significado en el uso cotidiano, especialmente entre los más jóvenes. Me gusta esa palabra porque, aunque es la abreviación de otra más larga, puede ser usada con un significado muy distinto al de la palabra larga de la cual procede. Me refiero a la palabrita “pro”. 

Esta palabra, de apenas una sílaba, como decía, es la abreviación del vocablo “profesional” – de cuatro sílabas ni más ni menos. Pero ser pro no es exactamente lo mismo que ser profesional, por varias razones.

En primer lugar, profesional se usa para designar a alguien que tiene estudios, generalmente superiores, y es un especialista en algún área X, por lo tanto es alguien que obtuvo una educación formal – reconocida por su gremio y por los mecanismos estatales, como el Ministerio de Educación en Chile – en X. Ya alguien pro, en cambio, puede haber obtenido esos estudios, pero no es pro por eso, sino porque es realmente muy bueno en lo que hace, dedicándose a ello con esfuerzo, determinación y disciplina, llegando a destacarse. No pocas veces, incluso, alguien sin estudios formales en X puede ser considerado “muy pro” justamente porque lo hace mejor que aquellos que sí se especializaron en X en alguna universidad. ¿No les parece interesante?

En segundo lugar, el concepto profesional después de tanto uso a lo largo de tantos años ya ha ido adquiriendo cada vez más un significado un tanto negativo. Muchas veces, profesional se usa para designar a alguien que se dedica a determinado trabajo u oficio motivado solamente por el dinero y el reconocimiento social que esto le trae y no porque realmente esa persona ame lo que hace. Esta persona puede incluso hacerlo razonablemente bien, ser muy metódico y serio en su quehacer profesional, pero no hay pasión por lo que realiza. 

Fue en este segundo sentido de la palabra que, de modo profético, el pastor John Piper publicó su libro dirigido a pastores: “Hermanos, no somos profesionales.” No puedo estar más de acuerdo con el llamado que el pastor de Minneapolis hace a sus colegas, entre los cuales me cuento. No puede ser que terminemos dedicándonos al oficio pastoral meramente para buscar estabilidad económica, reconocimiento social y admiración de círculos que nos interesan. En este sentido, no podemos ser meramente profesionales que predican, enseñan, visitan, aconsejan, en fin, que hacen todo lo que un pastor de verdad también hace, pero que lo terminemos haciendo sin amor a Cristo, sin pasión por Su gloria, sin amor por las almas que somos llamados a apacentar, sin amor por la iglesia que es la esposa de Cristo, que es nuestra madre aunque se prostituya (como tan fuertemente muestra el profeta Oseas) y por la que nuestro corazón ha de latir tan intensamente como el del mismo Señor.

Un pastor pro, en cambio, es alguien que hace lo que hace porque lo mueve un amor profundo, una pasión incontrolable como un fuego que arde dentro de sí. Es amor por su Dios y Salvador, sin duda, pero también es amor por la iglesia y amor por su vocación. En este sentido un pro puede que sea un “amateur” (curiosa evolución del lenguaje) pero que ama tanto lo que hace, que por lo mismo cada día crece, se disciplina un poco más, abandona los obstáculos que le impiden seguir su llamado y termina buscando dedicarse a tiempo completo a su vocación porque de verdad la ama. Esto puede que lo lleve, incluso, a tornarse un “profesional” según la primera acepción (alguien con estudios formales; de hecho conozco y admiro a varios pastores que recién después de ordenados fueron al Seminario), pero cuya motivación no es el salario ni el reconocimiento, sino el amor; el amor a su llamado, el amor a su vocación. Como un agricultor que ama cultivar y cuya felicidad proviene de trabajar la tierra, de sembrar, de podar, de regar y de cosechar. Y cuando la cosecha llega, llama a todos sus amigos y vecinos y comparte con ellos los frutos dulces de lo que cultivó porque no los quiere sólo para sí, ya que como todo corazón que ha aprendido a amar, ama también ver a otros felices con el fruto de su trabajo. ¡Esto es ser pro!

Es interesante, pero externamente un mero profesional puede estar haciendo las mismas cosas que un pro. Su día a día de actividades puede verse muy similar. Pero, una vez más, es en el corazón donde está la diferencia. Y cuando la diferencia está en el corazón, esta se notará externamente, más tarde o temprano. Y no me refiero necesariamente al abandono ministerial, ya que a veces la pasión los lleva a incendiarse y, como decía Neil Young, “es mejor incendiarse que irse apagando lentamente” (“It’s better to burn out than to fade away”). En este sentido, alguien, como Juan el Bautista, puede tener un ministerio de apenas unos meses (entre 6 y 18 meses deducen los eruditos bíblicos), pero aún así, como el profeta del desierto, tener un ministerio de entrega total a Cristo y no a sus propios objetivos de estabilidad económica personal o de reconocimiento social (generalmente para compensar Dios sabe qué traumas infanto-adolescentes). 

Pero, como decíamos, al final de todo, se notará en los frutos. Porque un corazón pro da frutos pro. Sus frutos son resultado del amor, no del resentimiento, no del tener que demostrarle nada a nadie, ni mucho menos el resultado de un trabajo metódicamente impecable, socialmente loable, pero frío, sin corazón. No nos ilusionemos: el amor del pro no es celestial, es terrenal y muy real. Es ese amor humano, muchas veces cargado de contradicciones, que se abre paso en el corazón mediante luchas intensas y terribles a solas en la madrugada, pero es 100% real, es ese amor que el Espíritu de Dios planta en corazones caídos a los que está redimiendo de sí mismos. Y el fruto del pro es producto de ese amor, de amar lo que se hace y, sobre todo, de amar al Dueño del huerto, a Cristo el Señor.

En este sentido, hermanos pastores, hago eco de las palabras de Piper, buscando aplicarlas a mí mismo en primer lugar e invitándolos a caminar conmigo en esta visión: no seamos meros profesionales, pero sí seamos [y busquemos ser cada día más] pro.

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Filed under Espiritualidad cristiana, Iglesia

 Las cruzadas y el terrorismo, ¿son equivalentes? (Igor Miguel)

  

El siguiente texto es de autoría de mi amigo Igor Miguel, uno de los pastores de una iglesia reformada llamada “Igreja Esperança” en Belo Horizonte, Brasil. Además de poseer formación en teología y pedagogía, Igor es Master en Letras por la Universidad de São Paulo (USP) y miembro de la AKET (Asociación Kuyper de Estudios Transdisciplinarios), una asociación de científicos de diversas áreas que colaboran entre sí para desarrollar investigación y reflexión desde una Cosmovisión cristiana consistente. Fue en ese contexto en el cual nos conocimos allá por el año 2007, cuando tuve el privilegio de colaborar en una de sus conferencias. Pueden encontrar otras excelentes reflexiones de Igor en su blog haciendo clic aquí. Sin más preámbulos, aquí les dejo su excelente texto, el cual da mucho para pensar, debatir y dialogar:

Decir que las cruzadas cristianas son el equivalente al actual terrorismo islámico, igualando fuerzas religiosas a partir del criterio “todas las religiones tienen virtudes y vicios” es un argumento precario por algunas razones:

1. Mire hacia los años iniciales del Islam y del cristianismo y vea cómo cada una de esas religiones nació y vea la relación de ambas con la violencia en su nacimiento. Son diametralmente distintas. El yihadismo (no-progresista) del Islam es su rostro más primitivista. Lea sobre el nacimiento del cristianismo ¿qué encontrará? A un judío galileo crucificado. Lea sobre el nacimiento del islamismo ¿y qué encontrará? La Hégira, a Mahoma organizando un ejército en Medina para dominar la península arábica.

2. El cristianismo tiene un concepto de martirio opuesto al concepto islámico (se puede ir incluso a las fuentes progresistas); en aquel el martirio es pasivo, en este el martirio es activo, recordando que para la teología islámica conservadora, shahada (martirio) y yihad andan juntos, o, en las palabras de A. Ezzati de la Universidad de Teherán, “el concepto de martirio (shahada) en el Islam solamente puede ser entendido a la luz del concepto islámico de Guerra Santa (yihad)”. Fuente aquí.

3) Igualar cristianismo e islamismo a partir de posibles crímenes cometidos por cada una de estas tradiciones es caer en un relativismo conveniente, en lugar de tratar las diferencias reales entre los dos fenómenos religiosos y sus respectivas matrices religiosas. El cristianismo tiene su propia complejidad, así como el islamismo, igualarlas es evitar un debate honesto sobre las razones por detrás de las cruzadas y las razones detrás del actual terrorismo yihadista.

4) Si alguna vez alguien en nombre del cristianismo, e incluso de Cristo, cometió algún tipo de violencia, esa persona podría ser disciplinada en base al “Sermón del Monte” (por ejemplo), mientras que en el Corán no hay nada equivalente a la noción de “amar a los enemigos” (¿recuerdan al hijo de Hamás?). En otras palabras, el cristianismo tiene subsidio teológico y moral en su matriz religiosa del Nuevo Pacto para disciplinar cualquier uso violento del mensaje de Cristo. En la matriz islámica, en cambio, esto no es posible (a pesar de los esfuerzos de alegorización del islam progresista). O sea, en caso de abusos, una “reforma” es posible a partir de las fuentes primarias del cristianismo, pero en el caso del islam, una reforma a partir del Corán sólo llevaría a un islamismo yihadista o algo equivalente.

5) Islamofobia, entendida en el sentido de una aversión violenta o despreciativa hacia el musulmán no es una actitud cristiana. Sin embargo, etiquetar de islamofóbico todo y cualquier tratamiento teológico o filosófico que esté en desacuerdo con aspectos de la cosmovisión islámica es deshonestidad intelectual o es colocarse en una posición políticamente cómoda. Esto sería lo mismo que etiquetar al apóstol Pablo de antisemita sólo porque tenía objeciones serias a cómo el judaísmo rabínico funcionaba. Simplemente: ¡no tiene cabida!

6) La yihad es una obligación religiosa para el Islam; temo que el progresismo y el secularismo no tendrán las fuerzas para contener al yihadismo literalista y, lo que es aún peor, temo que la retórica cristiana de no-crítica al Islam, sólo debilitará al cristianismo que ya sucumbe ante el crecimiento islámico y del secularismo en territorios post-cristianos.

7) En fin, comparar cruzadas cristianas con terrorismo islámico es lógicamente falaz y fenomenológicamente inconsistente. Un cristiano puede alegar, a partir de su raíz histórica, que las cruzadas son incompatibles con el cristianismo, sin embargo, infelizmente, el Islam no puede relativizar la yihad a partir del mismo criterio, por las razones citadas arriba.

Nota: sobre la interpretación progresista que afirma que yihad no implica violencia o acción armada cito: “Después del Corán, el hadith (registro sobre dichos y acciones del profeta) es la segunda fuente más importante de la ley islámica (shaaria). En las colecciones del hadith, yihad significa acción armada; por ejemplo, de las 199 referencias a la yihad en la colección más padronizada del hadith, Sahih al-Bukhari, todas asumen que yihad significa guerra. En un sentido más amplio, Bernard Lewis afirma que la aplastante mayoría de los teólogos clásicos, juristas y tradicionalistas [i.e. especialistas en hadith] entendían la obligación de la yihad en un sentido militar.” Fuente aquí.

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