¿Eres de izquierda o de derecha?

Me preguntaron el otro día si soy de izquierda o de derecha. De frente, abiertamente y sin más opciones que esta clásica – y ya rancia a estas alturas – dicotomía nacida anteayer en el mundo occidental. Primeramente agradecí la pregunta porque es mejor preguntar a cara descubierta que asumir desde el prejuicio. Pero, al mismo tiempo, no pude evitar poner la cara del famoso meme de Robert Downey Jr. Al final, sin embargo, no supe qué responder…

El apóstol Pablo no dijo “El que roba no tiene culpa. Lo hace porque el medio lo obliga y el Estado no suple sus necesidades. Por tanto paguemos nuestros impuestos para que las políticas públicas generen la justicia social que nuestras comunidades necesitan.” (Nueva Versión de la Izquierda del s. XXI)

Pablo tampoco dijo: “El que robaba no robe más, sino trabaje honradamente para enriquecerse legítimamente y que así pueda comprarse lo que quiera y gastar su dinero como le parezca mejor. Ya que si todos los individuos trabajan responsablemente en vez de depender de ayuda social cada uno supliría su propia necesidad y no habría necesitados.” (Nueva Versión de la Derecha del s. XXI)

Lo que Pablo sí dijo fue: “El que robaba, que no robe más, sino que trabaje honradamente con las manos para tener qué compartir con quién padece necesidad.” (Efesios 4.28) Porque desde el Antiguo Testamento la visión bíblica es que la responsabilidad individual y la responsabilidad social jamás han estado en contradicción la una contra la otra*.

¿Se fijan, por lo tanto, que mi falta de definición no es una excusa barata para que no “descubran” mi “verdadera” posición política? Como creyente que busca ser bíblico, soy honesto cuando digo que no logro identificarme con los actuales proyectos de la derecha ni de la izquierda… ni menos del centro (que sólo logra juntar en una amalgama deforme lo peor de ambos espectros).

A pesar de que sí tengo una visión política bien definida basada en principios y valores que existen de mucho antes que en Francia en el siglo XVIII (o sea: anteayer) inventaran esa dicotomía izquierda-derecha que algunos parecen vislumbrar extasiados como si fuese una verdad eterna e inalterable. A pesar de que en momentos mi discurso pareciera (al menos en su forma) inclinarse a uno u otro lado de ese espectro. A pesar de que las mismas características de qué es de izquierda y qué es de derecha han cambiado (y no poco) en los últimos 2 siglos y tanto. Yo soy, sin embargo, ante todo, un cristiano y me esmero en definir mis valores sociales, políticos y económicos a partir de la revelación del Evangelio y de los principios bíblicos. Soy adorador del Cordero, no de la Bestia totalitaria (Ap 13.1-10) ni de la Gran Ramera mercantilista (Ap 18.9-19).

Jamás sería marxista porque es una Cosmovisión cuya estructura fundamental está en enemistad contra la Escritura. Jamás me identificaría como un liberal porque es una Cosmovisión que tiene no pocos supuestos básicos que se oponen a los principios bíblicos. Jamás sería muchas otras cosas cuya estructura fundamental de su Cosmovisión está en antítesis a la revelación escritural.

Sin embargo, aunque sea algo imposible de concebir para los idólatras de las actuales ideologías, para mí como cristiano que sabe que “toda verdad es verdad de Dios”** no es tan difícil reconocer que, por la gracia común (o la providencia divina, si lo prefiere), dichas cosmovisiones, aunque falaces, tienen momentos de verdad que son como encontrar un ladrillo de oro en medio de un edificio hecho de pura hojarasca, paja y estiércol. Porque por muy apartado que un ideólogo (de la izquierda o de la derecha) esté de la verdad y por muy blasfemo que sea, él no puede evitar seguir siendo, como acostumbraba decir Francis Schaeffer, “imagen de Dios habitando el mundo de Dios”.

Así que “here I stand”. Termino este extraño 2017 sin llenarme de asco ni repulsión total ante los proyectos políticos presentes en mi país, pero también sin ser capaz de identificarme con las opciones ideológicas que me ponen delante y la causa de esta incapacidad es justamente mi formación bíblica y reformada. No porque esta última sea limitada, ¡en absoluto! Sino porque las opciones políticas que se presentan hoy en día no dan cuenta de la realidad en su justa simplicidad y, al mismo tiempo, complejidad. Ya que, por un lado, la dicotomía izquierda-derecha complejiza y enmaraña lo que Dios hizo simple en la Creación del hombre y del mundo y, por otro lado, tienden a simplificar en extremo lo que por causa de la Caída se hizo complejo. Siendo así, por lo tanto, ninguna de las versiones (ni extrema, ni moderada, ni centrada) del espectro izquierda-derecha me parece capaz de proponer un plan que acompañe de forma consistente (o, por lo menos, refleje en algo más que pequeños destellos aislados) el plan de Redención de Dios para las naciones.

En mi sincera búsqueda por un sistema de pensamiento político-económico que me represente, además, me he percatado que dichas ideologías políticas, todas ellas, dependen en mayor o menor medida de la idolatría, esto es de considerar absolutos aquellos aspectos de la realidad que Dios hizo relativos (como la libertad individual o el estado) y, por lo tanto de “adorar y servir a las criaturas antes que al Creador” (Romanos 1.25). Esto, a su vez, trae como consecuencia directa la elaboración de verdaderos “relatos de redención” cuyo redentor de la humanidad es siempre el propio hombre, sea como individuo libre y autodeterminado, sea como clase oprimida organizada, sea como Estado-Leviatán, sea como voluntad popular que cumple las veces de legislador universal, etc. Y así tales ideologías viven de adorar imágenes corruptibles de bestias y de hombres (Romanos 1.23).

Así que, por un lado, me pregunto ¿Qué tienen que ver esas falsas esperanzas con la Esperanza Verdadera, que es Cristo? Ya que busco, en medio de mis muchas debilidades y pecados, amarle no sólo con todas mis fuerzas y mi alma, sino también con mi corazón y mi mente. ¿Por qué traicionar a mi Señor poniendo mi esperanza en lo que perece?

Y por otro lado también me pregunto: ¿de dónde podría proceder en un cristiano tanta desesperación y temor irracional – al punto de justificar en sí mismo actos tan poco cristianos como la difamación, el chisme, el desprestigio mediante la desinformación y el prejuicio esparcido incluso contra hermanos de la misma iglesia – sólo porque el otro no comparte mi posición política? ¿No procede esto también de idolatrías ocultas del corazón de creyentes que, como Raquel, profesan su fe de labios, pero se sientan sobre sus ídolos? Si mi fe ha de seguir puesta en el Único Soberano, Señor y Rey de la historia y de las naciones, entonces mi corazón también estará quieto y reposado en Él. Fueron los sacerdotes de Baal los que, desesperados, se cortaban los brazos, se desangraban en plazas públicas, gritaban a voz en cuello, repitiendo ritos, eslóganes y consignas. Elías, en cambio, simplemente oró. Con todo en su contra: 450 profetas de Baal que lo querían ver muerto, un holocausto inundado en agua, un rey de Israel cobarde e idólatra casado con una mujer cruel y pagana que también quería matarle. En medio de todo eso, Elías simplemente dobló sus rodillas y rogó un ruego humilde. Y cayó fuego. Y las nubes se volvieron a juntar. Y la lluvia volvió a caer.

Que en este año de elecciones, independiente de por quién tenemos pensado votar, demos abierto testimonio que Cristo, no un candidato ni una coalición política, es nuestra esperanza y seamos imitadores de Elías no de los profetas de Baal. Aunque cuelguen los cadáveres de la iglesia en medio de la ciudad de los hombres (Ap 11.4-12). Sabemos en Quién hemos creído y sabemos que Él es poderoso para levantarnos de los muertos. Y sabemos también que aquella otra ciudad, la celestial, construida no por manos humanas, hecha por Dios, ya viene. Muy pronto: ¡ya viene!

NOTAS:

*Comparar las exhortaciones paulinas de Efesios 4.25-28 con la sabiduría de Proverbios 30.7-9, incluso en el orden.

**Ver Martín Lutero y Juan Calvino comentando Tito 1.12

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