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¿Y eso edifica, hermano? (otra vez algo sobre cristianismo y cultura).

  
Es clara la Biblia acerca de que los creyentes en Cristo debemos dedicarnos a aquello que nos edifica. No cuestiono ni jamás podría cuestionar una enseñanza tan clara y un mandato tan explícito de mi Señor. ¡Busquemos aquello que edifica y evitemos todo lo que no nos edifica! 

El punto, sin embargo es: ¿qué significa “edificar”? “Edificante” no significa simplemente algo que es útil de un modo pragmático y utilitarista. No sólo edifican aquellas cosas o actividades que pueden ser identificadas racionalmente como cumpliendo una función para satisfacer necesidades de supervivencia o prosperidad material humanas. He visto a muchos pseudo- [o neo-] reformados que rechazan cualquier actividad u objeto que sea mera fuente de placer y deleite. Si no logran verle la utilidad pragmática a algo, dentro de un concepto mecánico y ascético del universo, entonces de inmediato su voz grave se hace sentir como el eco de un trueno del Sinaí: “Eso no edifica, hermano” o, peor aún, como una pregunta, que es en realidad un reproche que no espera respuesta: “¿Y eso edifica, hermano?

A no pocos cristianos que se consideran reformados – aunque están fuertemente influenciados por esa curiosa mezcla de pragmatismo y moralismo ascético que caracterizó buena parte del pensamiento moderno de los siglos XVIII y XIX y no por una visión genuinamente cristiana reformada – les haría muy bien leer las palabras de aquel a quién consideran su referente en cuanto a teología y cosmovisión: Juan Calvino.

En su obra magna, el brillante reformador de Ginebra, con la impronta propia de un mentor y padre espiritual, escribe lo siguiente:

Ahora bien, si consideramos el fin para el cual Dios creó los alimentos, veremos que no solamente quiso proveer para nuestras necesidades, sino que también tuvo en cuenta nuestro placer y satisfacción. Así, en los vestidos, además de la necesidad, pensó en el decoro y en la autenticidad. En los vegetales, los árboles y las frutas, además de la utilidad que nos proporcionan, quiso alegrar nuestros ojos con su hermosura, añadiendo también la suavidad de su fragancia. De no ser esto así, el salmista no cantaría entre los beneficios de Dios, acerca de “el vino que alegra el corazón del hombre”, y de “el aceite que hace brillar el rostro” (Sal. 104, 14). Ni la Escritura, para engrandecer su benignidad, mencionaría a cada paso que Él dio todas estas cosas a los hombres. Las cualidades naturales de cada cosa muestran claramente cómo debemos disfrutar de ellas, con qué fin y en qué medida. 

¿Pensamos que el Señor ha dado tal hermosura a las flores, que espontáneamente se ofrecen a la vista, y un olor tan suave que penetra los sentidos y que, sin embargo, no nos es lícito experimentar el placer de su belleza y perfume? ¿No ha diferenciado los colores de modo que unos nos parezcan más atractivos que otros? ¿No ha dado él una gracia particular al oro, la plata, el marfil y el mármol, con la que los ha hecho más preciosos y de mayor estima que el resto de los metales y las piedras? En definitiva, ¿no nos ha dado Dios innumerables cosas que podemos apreciar sin tener verdadera necesidad de ellas?

(Juan Calvino, Institución de la Religión Cristiana, libro III, capítulo X, título 2)

Los invito a reflexionar sobre estas cosas, mientras continúo siendo enormemente edificado mediante el disfrute de una copa de Petit Verdot, escuchando algo de John Coltrane y Thelonius Monk y asomándome cada cierto tiempo a la ventana sólo para sentir el suave aroma que dejan en el aire los árboles del Parque después de 2 días de lluvia en Santiago. 

Buenas noches.

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Algo más sobre cristianismo y cultura

  
Tú, oh Dios y Salvador nuestro, nos respondes con imponentes obras de justicia; tú eres la esperanza de los confines de la tierra y de los más lejanos mares. Tú, con tu poder, formaste las montañas, desplegando tu potencia. Tú calmaste el rugido de los mares, el estruendo de sus olas, y el tumulto de los pueblos. Los que viven en remotos lugares se asombran ante tus prodigios; del oriente al occidente tú inspiras canciones de alegría. Con tus cuidados fecundas la tierra, y la colmas de abundancia. Los arroyos de Dios se llenan de agua, para asegurarle trigo al pueblo. ¡Así preparas el campo! Empapas los surcos, nivelas sus terrones, reblandeces la tierra con las lluvias y bendices sus renuevos. Tú coronas el año con tus bondades, y tus carretas se desbordan de abundancia. Rebosan los prados del desierto; las colinas se visten de alegría. Pobladas de rebaños las praderas, y cubiertos los valles de trigales, cantan y lanzan voces de alegría.” (‭Salmos‬ ‭65‬:‭5-13‬ NVI)

Al enterarse de esto los apóstoles Bernabé y Pablo, se rasgaron las vestiduras y se lanzaron por entre la multitud, gritando: —Señores, ¿por qué hacen esto? Nosotros también somos hombres mortales como ustedes. Las buenas nuevas que les anunciamos es que dejen estas cosas sin valor y se vuelvan al Dios viviente, que hizo el cielo, la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos. En épocas pasadas él permitió que todas las naciones siguieran su propio camino. Sin embargo, no ha dejado de dar testimonio de sí mismo haciendo el bien, dándoles lluvias del cielo y estaciones fructíferas, proporcionándoles comida y alegría de corazón.” (‭Hechos‬ ‭14‬:‭14-17‬ NVI)

Me asombra seguir encontrando en la Escritura evidencias de una visión claramente no-dualista de la cultura producida por hombres y mujeres que no temen a Dios o que se niegan a adorarle. La cultura producida por paganos es, en la visión bíblica una manifestación no sólo de la bondad y providencia de Dios generales sobre la creación como un todo (como lo muestra el Salmo 104.23), sino también la expresión de corazones que se alegran por el sustento y la bondad que Dios muestra a todos los pueblos.

El salmista, en el Salmo 65, afirma de forma muy clara (y muy poco nacionalista, al contrario de como solían ser las religiones antiguas) que el Dios adorado en Sión es la esperanza de los confines de la tierra y afirma que las bellas músicas y expresiones artísticas de los pueblos paganos son inspiradas – no en el sentido de la doctrina de la “inspiración de la Escritura”, sino en el sentido más genérico de la palabra – por Dios mismo. Del mismo modo, y casi como un eco del Salmo 65, Pablo predica a un grupo de paganos algo confundidos de Listra diciéndoles que, aunque Dios realizó un milagro por medio de ellos, ellos son simples hombres mortales y se rasgan las vestiduras para mostrarles que son de carne y hueso. En ese contexto un tanto tumultuoso, la teología de Pablo, bastante más consistente y compleja que los simplismos evangélicos y liberales (por igual) del siglo XX, no le impide en absoluto el hacerles, por un lado, un llamado al arrepentimiento para que se vuelvan de sus falsos dioses al Único Dios verdadero y, por otro lado, reconocer también que la alegría que han tenido en sus corazones (expresada, sin duda, en tantas canciones y otras manifestaciones artístico-culturales) les ha sido dada por Dios mismo, aún sin haberse sometido a adorar al Creador. De la exhortación podría deducirse, a la luz de toda la teología paulina, que Pablo les está diciendo que si se arrepienten de sus idolatrías y se vuelven al Dios verdadero, su alegría será aún mayor y más duradera, pues se habrán reconciliado con la fuente misma de todo gozo y de todo bien.

¿De qué maneras hoy los cristianos, especialmente en contextos pluralistas y “neo-paganos” como los de las grandes ciudades, podemos y debemos aprender a tener esta mirada de la cultura que nos rodea? Ir al cine, ir a una exposición o museo, ir al teatro, ir a la ópera, leer los clásicos de la literatura universal, escuchar los clásicos del rock, del jazz, del blues o del folk y leer en esas expresiones culturales no sólo la desolación y miseria de vidas alejadas de su Creador, sino también la alegría y la esperanza providencial que Dios les ha concedido a sus corazones, cuando les ha dado amistad, familia, romanticismo, erotismo, hijos, tradición, atardeceres y amaneceres, sustento, anhelos de justicia y de una nueva realidad, etc. es una manera muy concreta de reconocer el señorío de Dios, nuestro Único Creador, Sustentador y Redentor.

Una mirada dualista que separa radicalmente lo sagrado de lo secular y luego desprecia por completo lo secular, no sólo nos torna poco efectivos para comunicar las Malas y Buenas Noticias del Evangelio, sino también nos distancia de una visión bíblica de la cultura – como la que tenían el autor del Salmo 65 y el apóstol Pablo – y levanta en nuestras conciencias un montón de escombros que nos hacen ciegos, sordos e insensibles a aquellos regalos que Dios concedió a todos los que son su imagen y semejanza. 

Como decía Juan Calvino, hablando sobre la cultura producida por paganos:

¿Diremos que los filósofos estaban ciegos también cuando observaban con tanto celo los secretos de la naturaleza y los describían con tanto arte? ¿Diremos que los que enseñaron el arte de la retórica, la buena manera de hablar con elocuencia, no tenían ninguna inteligencia? ¿Diremos que los que inventaron la medicina eran necios? ¿Pensamos que las otras disciplinas son irracionales? Todo lo contrario, no podremos leer los libros escritos sobre estos temas sin maravillarnos. Nos maravillaremos porque no tendremos más remedio que percibir la sabiduría que contienen. ¿Consideraremos que algo puede ser excelente o elogiable y no ver que viene de Dios? Si es ese el caso, demostraríamos una gran ingratitud que no se encuentra ni en los poetas paganos, quienes reconocieron que la filosofía, las leyes, la medicina y las otras formas de conocimiento eran dones de Dios.” (Juan Calvino, Institución de la Religión Cristiana, Grand Rapids, Desafío, 2012: Libro II, capítulo II, p. 200).

Y mientras re-leo secciones de la Institución de Calvino, suena aquí en casa (a buen volumen, como debe ser) el disco “Blonde on Blonde” de Bob Dylan del año 1966 y mi corazón se llena de gratitud al Creador y Dador de todo don y talento…

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La trompeta final de Mozart

Desde niño, por la influencia de mi viejo (que, además de hacerme oír sus obras, me llevó a ver la película Amadeus con 5 ó 6 años), sentí una irresistible fascinación por la música de Mozart y, específicamente por su Réquiem.

Esa leyenda (no sé qué tanto tiene de cierta) de que el loquillo Wolfgang se habría compuesto esta maravillosa obra de arte para sí mismo porque sabía que estaba a las puertas de la muerte por tuberculosis me parece sublime.

Hasta el día de hoy lo escucho cuando, en medio de mis recurrentes fases nihilistas, necesito recordarme a mí mismo que aún hay hermosura en el mundo, incluso cuando todo parece apuntar hacia la oscuridad y la muerte.

Desde mi adolescencia “Tuba Mirum” ha sido un favorito entre favoritos por su música. Cuando descubrí qué dice la letra, con mayor razón aún. Aquí se las comparto:

La trompeta, esparciendo un asombroso sonido
por los sepulcros de las regiones
reunirá a todos ante el trono.

La naturaleza y la muerte se asombrarán
cuando resuciten las criaturas
para responder ante el Juez.
Y por aquel profético libro
en que todo está contenido
el mundo será juzgado.

El Juez, pues, cuando se siente
todo lo oculto saldrá a la luz,
nada quedará impune.

¿Qué podré decir yo, desdichado?
¿A qué abogado invocaré,
cuando ni los justos están seguros?

Y aquí pueden apreciar la maravillosa música con su bellísima progresión de voces, de barítono a soprano:

 

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El Noé de Aronofsky

darren-aronofskyLas obras de arte tienen esa extraordinaria capacidad de mostrarnos, mediante el impacto estético, la visión de mundo de un artista y, a través de ese artista, de toda una generación, cultura y/o subcultura. Hace un tiempo aprendí con Francis Schaeffer y Hans Rookmaaker que una obra de arte debe ser valorada con criterios distintos [muy distintos] a los de un sermón o una clase de escuela dominical. Aprendí así también a vivir de manera práctica la libertad de apreciar muchas obras de arte que antes, en una visión más dualista, no era capaz de valorar.

Así fui a ver el “Noé de Aronofsky”. Lo llamo así a propósito, pues desde antes de ir a ver la película yo ya sabía que iba a ir a ver el Noé de Aronofsky, no el de la Biblia. Encontré realmente notable, en primer lugar, que el mismo Director de “Pi” y “Requiem por un sueño” se interesara en pintar su propia versión de Noé y eso me llamó la atención poderosamente por sí mismo. Por otro lado, quería ver qué cosas ve Aronofsky de nuestro mundo actual, cómo él lo ve, cómo lo interpreta y cómo usa la historia de Noé para mostrarnos un retrato de nuestra sociedad.

No quiero redundar en lo que otros ya han dicho. Evidentemente, Aronofsky se toma de los relatos bíblicos para construir su propia historia épica post-apocalípitica, donde algunos elementos de la historia bíblica no dejan de estar presentes (tales como la maldad humana o la justicia implacable de un Dios santo), pero otros son claramente invenciones o interpretaciones muy curiosas y personales. A quienes quieran conocer el Noé de la Biblia los desafío a hacer algo más simple: lean la Biblia. A los que quieran tener una fiel representación del Noé bíblico, busquen un artista cristiano que represente a Noé o, en su defecto, vayan a una iglesia que predique fielmente la Escritura y escuchen un sermón o una clase sobre Noé.

Pero a los que quieran ver cómo un artista de mentalidad secular, con influencia del pensamiento y la religiosidad judaicas, toma la historia de Noé para mostrarnos cómo ve el mundo, les digo: vayan a ver el Noé de Aronofsky.

Hay mucho que comentar y destacar. Yo mismo quisiera decir más cosas que las que digo aquí, pero es mi deber no alargarme demasiado en mis posts. Así que, en este post, quisiera destacar sólo 3 cosas que me surgen a partir de la película:

1. El poder de la hermenéutica: Es impresionante cómo alguien puede relatarte los mismos hechos, incluso de manera casi literal a veces, y aún así hacer que una historia X sea otra historia completamente distinta, gracias a un simple, pero determinante, factor: la interpretación. Esa es la gran lección que reafirmo, especialmente como profesor de hermenéutica bíblica, después de ver el Noé de Aronofsky. Cito un ejemplo del final de la película: en el film de Aronofsky la embriaguez de Noé no es vista como resultado de la tendencia pecaminosa a la intemperancia de un Noé feliz que celebra la llegada de una nueva creación post-diluviana (como clásicamente se ha entendido la historia bíblica). Aronofsky, en cambio, hace de la embriaguez de Noé una borrachera triste y amarga, como la de un esposo fracasado después de divorciarse de la mujer que ama o la de un padre que ha decepcionado a sus hijos y lo sabe. Todos los hechos del relato están ahí: Noé planta una vid; Noé hace vino con las uvas; Noé se embriaga mientras está solo; a Noé lo encuentra Cam; Cam va a contarle a sus hermanos; Sem y Jafet, por su parte, cubren a su padre sin mirarlo. Uno por uno los hechos son relatados. Pero la embriaguez del Noé de Aronofsky es otra, no es la embriaguez del Noé de la Biblia. El Cam de Aronofsky, por su parte, es retratado como un hijo justamente decepcionado de un padre que no fue capaz de dar el ancho y Cam se va de casa y se aleja de su familia porque no comparte su visión de Dios (¿estará Aronofsky – hijo de judíos conservadores profesores de hebreo en Brooklyn – retratándose a sí mismo?). El Cam de la Biblia, en cambio, es un escarnecedor que no honra a su padre y se niega a ayudarlo cuando lo ve en su embriaguez no siendo capaz de mostrar el respeto que sus hermanos tuvieron. En fin, volvemos a Schaeffer: ¿cómo esta obra de arte refleja la visión del mundo del artista? Cito este episodio sólo como un ejemplo para enfatizar mi punto. A lo largo de toda la película, sin embargo, Aronofsky hace este tipo de interpretaciones de hechos bíblicos que terminan dándole un carácter tan diferente que terminan siendo otra historia. Muchas veces, también, él agrega cosas casi totalmente extra-bíblicas, como los gigantes de piedra, las conversaciones com Matusalén mientras toman un té alucinógeno, la enemistad contra Tubal-Caín y sus ejércitos, etc.

2. Siempre en el campo hermenéutico, sin embargo, lo segundo que me llamó la atención fueron las interesantes interpretaciones que Aronofsky hace de nuestro mundo actual a partir de la historia de Noé. Él percibe, acertadamente creo yo, que la historia de Noé sirve como advertencia acerca de cómo estamos construyendo la civilización moderna a costa de la destrucción de la naturaleza y a costa del exterminio del hombre por el propio hombre. La idea de que habría existido una civilización muy bien desarrollada industrial y culturalmente antes de Noé, me ha parecido un hecho muy posible desde hace varios años y por varios motivos (bíblicos, antropológicos, arqueológicos e históricos) que no voy a detallar ahora. Sin embargo, la idea de Aronofsky de que esa civilización tan avanzada, que habría vivido en una pangea ante-diluviana, habría consumido los recursos naturales casi por completo me pareció digno de destacar. Él retrata un verdadero desierto post-apocalíptico, sin agua, sin vegetación, sin recursos naturales, con pocos animales sobrevivientes. Aronofsky conoce el potencial profético de la historia de Noé y lo usa para nuestros días. Su retrato de la maldad y codicia humana es muy real y vívido. Aronofsky muestra muy bien la ambición humana y su consecuente desarraigo espiritual cuando muestra a Tubal-Caín que realiza con violencia la extracción de recursos minerales destruyendo el santuario donde Set comenzó “a invocar el nombre de Jehová” (Gn 4.25-26). Muestra también de manera muy clara cómo los hombres robaban mujeres para trocarlas por comida, cómo el asesinato de niños, ancianos y mujeres fue algo común en los tiempos de Noé y cómo no estamos lejos de eso, a medida que la cultura occidental se empecina en una carrera por el enriquecimiento. También la tiranía de reyes, como Tubal-Caín, es mostrada por el artista como un reflejo de la tiranía de los estados totalitarios que desfilaron durante el siglo XX en occidente. En fin, varias de las interpretaciones de Aronofsky no son tan descabelladas e, incluso, también hay interesantes interpretaciones de cosas positivas. Una de estas es el patriarcado protector, valiente y viril de Noé, especialmente al inicio de la historia. Es como si el artista se mostrara igualmente contrario a los totalitarismos de estado y a las ideologías libre-mercadistas, que desarraigan el alma humana por igual, y nos propusiera el camino de una vida más simple: adorar a Dios, vivir en familia, criar a los hijos, amar a la esposa y cultivar nuestro entorno inmediato antes de siquiera pensar en conquistar el mundo. Creo que la propuesta del Noé de Aronofksy no deja de ser interesante.

3. Finalmente, quisiera destacar algo que Aronofsky como artista muestra de manera muy impactante: los conflictos internos de Noé a causa de la Santidad de Dios. ¿Noé se vuelve loco? ¿Noé es el único cuerdo? Realmente se hace difícil definirlo. Como calvinista, criado por calvinistas al alero del Antiguo Testamento (especialmente por mi abuelo) entiendo los conflictos del Noé de Aronofsky. ¡Qué inmensas profundidades adquiere la vida humana cuando sabes que el Dios Santo es fuego consumidor y nosotros, los seres humanos, TODOS POR IGUAL perversos y en un estado caído de depravación total! Cuando comprendes estas profundas verdades entiendes que ante un Dios Justo, cuya justicia es implacable, ningún hombre merece vivir, ni siquiera los bebés. El Noé de Aronofsky es como el papá de Sören Kierkegaard: todo el tiempo tiene delante suyo que Dios es santísimo, justísimo y que nosotros somos miserables, que somos perversos, que no merecemos vivir y todo el tiempo le está recordando eso a sus hijos también, no importa cuán pequeños sean. El Noé de Aronofsky les cuenta historias de Dios a sus hijos, pero no como los papás amorosos que les cuentan lindas historias bíblicas a sus niños antes de dormir, sino como quien cuenta verdaderas historias de horror y desolación al rededor de una fogata. Obviamente, desde una visión bíblica los calvinistas sabemos que esta visión (aunque correcta) de Dios es incompleta sin la gracia y la misericordia mostradas en Cristo, por lo tanto, estas últimas se tornan el mayor tesoro al cual aferrarnos. Pero para Aronofsky, que no tiene una visión cristiana del mundo y de la vida, esto es simplemente imposible de vislumbrar. Así que en su película nos quedamos con este Noé que bordea la locura, que se separa de su familia carcomido por la culpa, que se va a vivir solo y deprimido, que se embriaga e intenta ahogar sus penas en un vaso de vino tras otro, lamentándose por ser un fracaso, llorando el hecho de no haber sido capaz de ser fiel a Dios, cargando cada día el peso de haberle fallado a su esposa y a sus hijos. ¿La verdad? Yo haría lo mismo si no tuviera la esperanza del Evangelio de gracia en Jesucristo.

 

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Palabras previas sobre el “Noé” de Aronofsky

No he ido a ver “Noé” aún. Tengo muchas ganas de verla desde antes que se estrenara, así que espero tener el tiempo uno de estos días. Sólo diré una pequeña cosa con 2 implicaciones, y que ya tengo claras desde este lado de la sala del cine.

Pequeña cosa: No espero una sana exégesis histórico-gramática (ni histórico-crítica) del texto bíblico de parte de Aronofsky como artista.

Implicación 1: Por lo tanto me impresiona la, aún enorme, cantidad de cristianos que evalúa como “mala” o “dudosa” la película Noé porque le da demasiado valor al nivel de acierto de la misma en cuánto a su interpretación bíblica. Y me desagradan profundamente, por lo tanto, todas esas críticas burdas y evangelicoides porque la película “no entiende el pacto”, “no muestra el carácter de Noé como mediador” o cuánta cosa que yo, personalmente, espero de libros de teólogos como Geerhardus Vos, Gerard Van Groningen, Meredith Kline u O. Palmer Robertson, pero no de un film de Aronofsky. La cultura evangélica, por décadas presa del dualismo cuasi maniqueo, aún no ha logrado salir totalmente de ahí ni siquiera en los círculos más reformados, y donde más se le nota es en la falta de elementos para evaluar una obra de arte. Los evangélicos (incluso algunos de los más eruditos teólogos) nos hemos mantenido ignorantes en estética, artes visuales e historia del arte.

Implicación 2: Y me asustan los creyentes que, queriendo reaccionar a la cultura dualista de gueto evangélico descrita aquí arriba, se entusiasman a tal punto con las “re-interpretaciones” de Aronofsky que toman su película casi como una profecía o nueva revelación que nos hace ver con otros ojos la historia bíblica. Ahora quieren invitarnos a reinterpretar a Noé y al Génesis a partir de su entusiasmo con la película. Me asustan estos cristianos porque muestran con eso lo poco que saben acerca de cómo interpretar la Escritura y lo “presa fácil” que son de las novedades teológicas, con tanta liviandad.

Una palabra final: Creo que los cristianos descritos en ambas implicaciones se equivocan en lo mismo. No se dan cuenta que Aronofsky, como los buenos artistas suelen hacer, no nos quiere ofrecer una interpretación de la historia bíblica. Él quiere ofrecernos una interpretación de los tiempos actuales que vivimos y usa la historia bíblica de Noé a su antojo, como acrílico en un lienzo, para mostrarnos cómo él ve la cultura occidental del siglo XXI. Debo reconocer que esto es justamente lo que me despierta las ganas de ir a verla con profundo entusiasmo! Un cristiano jamás habría hecho una obra de arte así: tomando una historia bíblica con tanta libertad iconoclasta. Pero sobre todo quiero saber cómo personas de mentalidad secular como Aronofsky ven el mundo, la sociedad e, incluso, a la iglesia y a los cristianos. Quiero deleitarme en su arte y tratar de ver lo que él ve. A eso voy al cine, al igual que al museo, a la sala de conciertos o a la galería de arte.

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