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¿Y eso edifica, hermano? (otra vez algo sobre cristianismo y cultura).

  
Es clara la Biblia acerca de que los creyentes en Cristo debemos dedicarnos a aquello que nos edifica. No cuestiono ni jamás podría cuestionar una enseñanza tan clara y un mandato tan explícito de mi Señor. ¡Busquemos aquello que edifica y evitemos todo lo que no nos edifica! 

El punto, sin embargo es: ¿qué significa “edificar”? “Edificante” no significa simplemente algo que es útil de un modo pragmático y utilitarista. No sólo edifican aquellas cosas o actividades que pueden ser identificadas racionalmente como cumpliendo una función para satisfacer necesidades de supervivencia o prosperidad material humanas. He visto a muchos pseudo- [o neo-] reformados que rechazan cualquier actividad u objeto que sea mera fuente de placer y deleite. Si no logran verle la utilidad pragmática a algo, dentro de un concepto mecánico y ascético del universo, entonces de inmediato su voz grave se hace sentir como el eco de un trueno del Sinaí: “Eso no edifica, hermano” o, peor aún, como una pregunta, que es en realidad un reproche que no espera respuesta: “¿Y eso edifica, hermano?

A no pocos cristianos que se consideran reformados – aunque están fuertemente influenciados por esa curiosa mezcla de pragmatismo y moralismo ascético que caracterizó buena parte del pensamiento moderno de los siglos XVIII y XIX y no por una visión genuinamente cristiana reformada – les haría muy bien leer las palabras de aquel a quién consideran su referente en cuanto a teología y cosmovisión: Juan Calvino.

En su obra magna, el brillante reformador de Ginebra, con la impronta propia de un mentor y padre espiritual, escribe lo siguiente:

Ahora bien, si consideramos el fin para el cual Dios creó los alimentos, veremos que no solamente quiso proveer para nuestras necesidades, sino que también tuvo en cuenta nuestro placer y satisfacción. Así, en los vestidos, además de la necesidad, pensó en el decoro y en la autenticidad. En los vegetales, los árboles y las frutas, además de la utilidad que nos proporcionan, quiso alegrar nuestros ojos con su hermosura, añadiendo también la suavidad de su fragancia. De no ser esto así, el salmista no cantaría entre los beneficios de Dios, acerca de “el vino que alegra el corazón del hombre”, y de “el aceite que hace brillar el rostro” (Sal. 104, 14). Ni la Escritura, para engrandecer su benignidad, mencionaría a cada paso que Él dio todas estas cosas a los hombres. Las cualidades naturales de cada cosa muestran claramente cómo debemos disfrutar de ellas, con qué fin y en qué medida. 

¿Pensamos que el Señor ha dado tal hermosura a las flores, que espontáneamente se ofrecen a la vista, y un olor tan suave que penetra los sentidos y que, sin embargo, no nos es lícito experimentar el placer de su belleza y perfume? ¿No ha diferenciado los colores de modo que unos nos parezcan más atractivos que otros? ¿No ha dado él una gracia particular al oro, la plata, el marfil y el mármol, con la que los ha hecho más preciosos y de mayor estima que el resto de los metales y las piedras? En definitiva, ¿no nos ha dado Dios innumerables cosas que podemos apreciar sin tener verdadera necesidad de ellas?

(Juan Calvino, Institución de la Religión Cristiana, libro III, capítulo X, título 2)

Los invito a reflexionar sobre estas cosas, mientras continúo siendo enormemente edificado mediante el disfrute de una copa de Petit Verdot, escuchando algo de John Coltrane y Thelonius Monk y asomándome cada cierto tiempo a la ventana sólo para sentir el suave aroma que dejan en el aire los árboles del Parque después de 2 días de lluvia en Santiago. 

Buenas noches.

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Algo más sobre cristianismo y cultura

  
Tú, oh Dios y Salvador nuestro, nos respondes con imponentes obras de justicia; tú eres la esperanza de los confines de la tierra y de los más lejanos mares. Tú, con tu poder, formaste las montañas, desplegando tu potencia. Tú calmaste el rugido de los mares, el estruendo de sus olas, y el tumulto de los pueblos. Los que viven en remotos lugares se asombran ante tus prodigios; del oriente al occidente tú inspiras canciones de alegría. Con tus cuidados fecundas la tierra, y la colmas de abundancia. Los arroyos de Dios se llenan de agua, para asegurarle trigo al pueblo. ¡Así preparas el campo! Empapas los surcos, nivelas sus terrones, reblandeces la tierra con las lluvias y bendices sus renuevos. Tú coronas el año con tus bondades, y tus carretas se desbordan de abundancia. Rebosan los prados del desierto; las colinas se visten de alegría. Pobladas de rebaños las praderas, y cubiertos los valles de trigales, cantan y lanzan voces de alegría.” (‭Salmos‬ ‭65‬:‭5-13‬ NVI)

Al enterarse de esto los apóstoles Bernabé y Pablo, se rasgaron las vestiduras y se lanzaron por entre la multitud, gritando: —Señores, ¿por qué hacen esto? Nosotros también somos hombres mortales como ustedes. Las buenas nuevas que les anunciamos es que dejen estas cosas sin valor y se vuelvan al Dios viviente, que hizo el cielo, la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos. En épocas pasadas él permitió que todas las naciones siguieran su propio camino. Sin embargo, no ha dejado de dar testimonio de sí mismo haciendo el bien, dándoles lluvias del cielo y estaciones fructíferas, proporcionándoles comida y alegría de corazón.” (‭Hechos‬ ‭14‬:‭14-17‬ NVI)

Me asombra seguir encontrando en la Escritura evidencias de una visión claramente no-dualista de la cultura producida por hombres y mujeres que no temen a Dios o que se niegan a adorarle. La cultura producida por paganos es, en la visión bíblica una manifestación no sólo de la bondad y providencia de Dios generales sobre la creación como un todo (como lo muestra el Salmo 104.23), sino también la expresión de corazones que se alegran por el sustento y la bondad que Dios muestra a todos los pueblos.

El salmista, en el Salmo 65, afirma de forma muy clara (y muy poco nacionalista, al contrario de como solían ser las religiones antiguas) que el Dios adorado en Sión es la esperanza de los confines de la tierra y afirma que las bellas músicas y expresiones artísticas de los pueblos paganos son inspiradas – no en el sentido de la doctrina de la “inspiración de la Escritura”, sino en el sentido más genérico de la palabra – por Dios mismo. Del mismo modo, y casi como un eco del Salmo 65, Pablo predica a un grupo de paganos algo confundidos de Listra diciéndoles que, aunque Dios realizó un milagro por medio de ellos, ellos son simples hombres mortales y se rasgan las vestiduras para mostrarles que son de carne y hueso. En ese contexto un tanto tumultuoso, la teología de Pablo, bastante más consistente y compleja que los simplismos evangélicos y liberales (por igual) del siglo XX, no le impide en absoluto el hacerles, por un lado, un llamado al arrepentimiento para que se vuelvan de sus falsos dioses al Único Dios verdadero y, por otro lado, reconocer también que la alegría que han tenido en sus corazones (expresada, sin duda, en tantas canciones y otras manifestaciones artístico-culturales) les ha sido dada por Dios mismo, aún sin haberse sometido a adorar al Creador. De la exhortación podría deducirse, a la luz de toda la teología paulina, que Pablo les está diciendo que si se arrepienten de sus idolatrías y se vuelven al Dios verdadero, su alegría será aún mayor y más duradera, pues se habrán reconciliado con la fuente misma de todo gozo y de todo bien.

¿De qué maneras hoy los cristianos, especialmente en contextos pluralistas y “neo-paganos” como los de las grandes ciudades, podemos y debemos aprender a tener esta mirada de la cultura que nos rodea? Ir al cine, ir a una exposición o museo, ir al teatro, ir a la ópera, leer los clásicos de la literatura universal, escuchar los clásicos del rock, del jazz, del blues o del folk y leer en esas expresiones culturales no sólo la desolación y miseria de vidas alejadas de su Creador, sino también la alegría y la esperanza providencial que Dios les ha concedido a sus corazones, cuando les ha dado amistad, familia, romanticismo, erotismo, hijos, tradición, atardeceres y amaneceres, sustento, anhelos de justicia y de una nueva realidad, etc. es una manera muy concreta de reconocer el señorío de Dios, nuestro Único Creador, Sustentador y Redentor.

Una mirada dualista que separa radicalmente lo sagrado de lo secular y luego desprecia por completo lo secular, no sólo nos torna poco efectivos para comunicar las Malas y Buenas Noticias del Evangelio, sino también nos distancia de una visión bíblica de la cultura – como la que tenían el autor del Salmo 65 y el apóstol Pablo – y levanta en nuestras conciencias un montón de escombros que nos hacen ciegos, sordos e insensibles a aquellos regalos que Dios concedió a todos los que son su imagen y semejanza. 

Como decía Juan Calvino, hablando sobre la cultura producida por paganos:

¿Diremos que los filósofos estaban ciegos también cuando observaban con tanto celo los secretos de la naturaleza y los describían con tanto arte? ¿Diremos que los que enseñaron el arte de la retórica, la buena manera de hablar con elocuencia, no tenían ninguna inteligencia? ¿Diremos que los que inventaron la medicina eran necios? ¿Pensamos que las otras disciplinas son irracionales? Todo lo contrario, no podremos leer los libros escritos sobre estos temas sin maravillarnos. Nos maravillaremos porque no tendremos más remedio que percibir la sabiduría que contienen. ¿Consideraremos que algo puede ser excelente o elogiable y no ver que viene de Dios? Si es ese el caso, demostraríamos una gran ingratitud que no se encuentra ni en los poetas paganos, quienes reconocieron que la filosofía, las leyes, la medicina y las otras formas de conocimiento eran dones de Dios.” (Juan Calvino, Institución de la Religión Cristiana, Grand Rapids, Desafío, 2012: Libro II, capítulo II, p. 200).

Y mientras re-leo secciones de la Institución de Calvino, suena aquí en casa (a buen volumen, como debe ser) el disco “Blonde on Blonde” de Bob Dylan del año 1966 y mi corazón se llena de gratitud al Creador y Dador de todo don y talento…

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Una palabra muy vigente de Leonard Ravenhill

 

 “Nuestra necesidad nacional en esta hora no es que el dólar recupere su fuerza, o que salvemos nuestro rostro ante el caso Watergate, o que encontremos la respuesta al problema de la ecología. ¡Lo que necesitamos es un profeta enviado por Dios!

[…]

Millones se han gastado en la evangelización en los últimos veinticinco años. Cientos de mensajes del evangelio avanzan por el aire sobre la nación todos los días. Cruzadas se han celebrado; reuniones de sanidad han hecho una contribución vital.(…)

Organizadores tenemos. Abundan los predicadores expertos y las organizaciones cristianas multimillonarias. Pero, ¿dónde, oh dónde, está el profeta? ¿Dónde están los hombres incandescentes recién salidos del lugar santo? ¿Dónde está el Moisés que clama en ayuno ante la santidad del Señor por nuestra moral mohosa, nuestra pérfida política y nuestra espiritualidad agria y enferma?

Los hombres de Dios permanecen ocultos hasta el día que han de ser mostrados. Ellos vendrán. El profeta es vejado durante su ministerio, pero es vindicado por la historia.

Hay un terrible vacío en el cristianismo evangélico de hoy. La persona desaparecida en nuestras filas es el profeta. El hombre con una terrible seriedad. El hombre totalmente de “otro mundo”. El hombre rechazado por otros hombres, incluso otros hombres buenos, porque lo consideran demasiado austero, demasiado-severamente comprometido, demasiado negativo y poco sociable.

Que sea tan claro como Juan el Bautista.

Que sea por un tiempo una voz que clama en el desierto de la teología moderna y del “iglesismo” estancado

Que se niegue a sí mismo como el apóstol Pablo.

Que diga y viva: “una cosa hago.”

Que rechace los favores eclesiásticos.

Que se humille a sí mismo, no complaciéndose a sí mismo, no auto-proyectándose, no justificándose, no gloriándose, no auto-proclamándose.

Que no diga nada que pueda atraer la atención de los hombres a sí mismo, sino sólo aquello que moverá los hombres hacia Dios.

Que venga a diario del salón del trono de un Dios santo, del lugar donde ha recibido la orden del día.

Que él, bajo Dios, destape los oídos de los millones que están sordos por el estruendo de las monedas ordeñadas en esta era de hipnotismo materialista.

Que llore con una voz que este siglo no ha escuchado porque él ha visto una visión que ningún hombre de esta época ha visto.

Dios envíanos este Moisés que nos llevará desde el desierto del materialismo craso, donde las serpientes de cascabel de la lujuria nos pican y donde los hombres ilustrados, totalmente ciegos espiritualmente, nos llevan a un siempre-cercano Armagedón.

¡Dios ten misericordia! ¡Envíanos PROFETAS!”

(Leonard Ravenhill)

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Libertad que libera, gracia que transforma 

Leyendo a quien considero uno de mis autores favoritos de los que he descubierto en el último par de años, Steve Brown – pastor presbiteriano y un tremendo comunicador – encontré esta historia extraordinaria que quiero compartir por el simple hecho de que muestra la realidad de cómo la gracia nos transforma y nos hace agentes de transformación para bendecir la vida de otros.

<<Un amigo mío me envió una maravillosa historia de su diario local. Contaba acerca de un sacerdote, el Rev. Thomas J. Quinlan, un fumador empedernido de 71 años y con una voz carrasposa que parecía siempre arreglárselas para ofender personas. “Cierta vez entró por el pasillo central de la Basílica de Saint Mary en Norfolk en una motocicleta de la policía durante una procesión de Domingo de Ramos”. En otra ocasión se vistió como Superman en un servicio dominical con el fin de enseñar algo. Siempre tratan de llamar a Quinlan al orden, pero él hace poco caso. A él no le gusta jugar al gallito con las autoridades, y odia las trampas del poder. Lo divertido del Rev. Quinlan es que las iglesias donde él sirve siempre crecen. De hecho, una iglesia triplicó tanto en asistencia como en recaudación. Donde sea que Quinlan sirve, los miembros de la iglesia se involucran en el ministerio eclesial. Así que, a pesar de sus formas raras, Dios está haciendo algo a través de él de una manera maravillosa y fascinante. El año pasado Quinlan, quien venía luchando desde hacía muchos años con el alcoholismo, fue arrestado por manejar bajo los efectos del alcohol. Él se levantó delante de su congregación y confesó su pecado, diciéndoles que se retiraba voluntariamente. Pero durante el tiempo que había estado con ellos, él les había enseñado a ser libres y les había enseñado bien. ¿Sabes qué fue lo que le dijeron ellos a él? “No queremos que te vayas; queremos que cambies”. Estos queridos feligreses, decía el periodista que escribió la nota, “lo amaron hasta llevarlo a la sobriedad.” ¡Eso es! ¡Ellos lo entendieron! Sólo desearía que él hubiese sido presbiteriano.>>

Steve Brown, A Scandalous Freedom, p. 23.

  

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Pescadores de hombres (Søren Kierkegaard)

Estas son las palabras de Cristo: “Venid en pos de mí y yo os haré pescadores de hombres” (Mateo 4.19)

Y allá fueron los apóstoles.

Pero, ¿qué podía significar este gesto, con aquellos pocos hombres, que además interpretaron las palabras de Jesús como diciendo que iban a ser ellos quienes tendrían que sacrificarse para pescar hombres? Resulta fácil entender que, si las cosas hubieran seguido ese curso, el resultado final habría sido nulo. Esa era la idea de Dios, quizá una idea hermosa, pero (como todo hombre práctico debe sin duda admitir) Dios no es muy práctico. ¿O acaso podemos pensar en algo más estrambótico que ese tipo de pesca, donde pescar significa sacrificarse, al punto en que podrían no ser los hombres quienes se coman a los peces, sino al revés? ¡Y a eso le llaman pescar!

Así que el hombre decidió ayudarle a Dios.

“¡Pescadores de hombres! Lo que Cristo quería decir es algo bastante distinto a lo que consiguieron aquellos honrados apóstoles, aun desafiando todo uso y analogía lingüísticos, porque en ningún idioma se entiende que pescar sea eso. Lo que Jesús quería decir, lo que Él pretendía, era dar pie a toda una nueva rama de negocios, a saber, la pesca del hombre; predicar el cristianismo de tal modo que implique que esa empresa de pesca tenga algo que pescar”.

¡Presten atención ahora y verán cómo todo esto produjo resultados!
Y sí ¡caray! ¡Vaya si los produjo! Y estos no fueron otros que una “cristiandad establecida e influyente”, a la que pertenecen millones y millones de cristianos.

El proceso fue muy sencillo. Del mismo modo que se forma una empresa para especular sobre la pesca del arenque, otra sobre el bacalao, otra sobre las ballenas, etc. la pesca de hombres la llevó a cabo una sociedad de accionistas que garantizaba a sus socios un interés de este y de aquel tanto por ciento.

¿Y en qué fue a dar todo aquello? Si todavía no lo has hecho, ¡no te pierdas esta oportunidad para admirar las capacidades humanas! El resultado fue que atraparon un prodigioso número de arenques, o sea, quiero decir, hombres, cristianos; y, claro está, la empresa gozó de una boyante condición financiera. Ciertamente, demostró que ni siquiera la más exitosa industria pesquera del arenque era capaz de obtener unos beneficios comparables a los de la pesca del hombre. Y otra cosa más, un beneficio extra, o al menos un sabroso agregado para rematar los beneficios, a saber: que ninguna empresa pesquera, cuando envía sus barcos a pescar el arenque, puede citar las palabras de las Escrituras.

Pero la pesca de hombres es una pesca piadosa, los socios del negocio pueden apelar a las palabras de las Escrituras, porque Cristo dice: “y yo os haré pescadores de hombres”. Pueden ir con toda tranquilidad a enfrentarse al Juicio y justificar sus ganancias diciendo: “Lo que hicimos fue cumplir tu palabra, hemos pescado hombres”.

(Søren Kierkegaard, citado en el potente libro “Dining with the Devil” de Os Guinness de 1993, cuyo título fue malamente traducido como “El fenómeno de las megaiglesias” por las editoriales Andamio y CLIE el año 2003).

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Sobre Navidad y el Árbol (maestro Parcival Módolo)

Mi muy estimado y admirado profesor de Música y Liturgia en el Seminario JMC de São Paulo fue el maestro Parcival Módolo*, músico, director de orquesta y presbítero regente de la Iglesia Presbiteriana de Brasil.

Aquí les dejo una muy breve reflexión del presbítero Módolo sobre la celebración de la Navidad y el uso del Árbol de Navidad:

LA NAVIDAD

Todos sabemos que Jesús no nació, de verdad, un 25 de diciembre. Simplemente se decidió una fecha para conmemorar el hecho. Esto parece incomodar en gran manera a algunos líderes religiosos que han resuelto abolir, de la comunidad que lideran, cualquier conmemoración especial a esta fecha. Acerca del mayor símbolo plástico del periodo, el árbol adornado, la antipatía puede ser aún mayor.

Tal vez esto sucede porque se conoce solamente una parte de su historia, la cual no es, además, ni la mejor ni la más importante para nosotros quienes nos preocupamos más con el cumpleañero que con la fiestecita de cumpleaños.

La celebración de la Navidad el 25 de diciembre fue oficializada solamente el año 570 d.C. El día escogido fue el “Solsticio de Invierno” (en el hemisferio norte), día en que el sol pasa por su mayor declinación boreal, o sea, alcanza al mediodía, el punto más bajo en el cielo y deja de apartarse del Ecuador. En lo que respecta a la luz del sol, es el día más corto del año y con la noche más larga. A partir de esa fecha los días comienzan a alargarse nuevamente.

Los pueblos paganos conmemoraban ese día con fiesta y ceremonias de fertilidad, adorando al “Sol Invictus” (sol invencible). El símbolo es obvio: el sol, que parecía derrotado subiendo en el horizonte cada día menos, “se recupera” desde ese día y recomienza su ascensión victoriosa hasta el punto más alto del cielo.

Ya que los paganos conmemoraban esa fecha adorando el sol, los cristianos, como reacción, pasaron, ese mismo día, a conmemorar el nacimiento de Cristo, el verdadero Sol de Justicia.

La Navidad es un periodo de 12 días, luego después de Adviento, que comienza el día 25 de diciembre y se extiende hasta la Epifanía, el 6 de enero. La fiesta de Navidad y los 11 días que le siguen, celebran el nacimiento de Cristo, la venida del Mesías prometido que muestra en forma humana el amor de Dios por toda la humanidad.

EL ÁRBOL DE NAVIDAD

Además de las leyendas más populares sobre el árbol de Navidad, hay orígenes bastante más importantes para nosotros, los cristianos, aunque mucho menos conocidos. Su origen está en las costumbres del “Árbol del Paraíso” usado en hogares y en iglesias en la época de Navidad, en la Europa del siglo XI. Era la representación del Árbol de la Vida que fue plantado al medio del Edén, al comienzo de los tiempos (Génesis 2.9) y que se encuentra en el centro de la Nueva Jerusalén en la consumación de los siglos (Ap. 22).

La idea del Árbol de Navidad como “Árbol de la Vida” se asocia con el “Árbol de la Cruz” (1ª Pedro 2.24). Es la idea del madero (en el griego “tronco”) sobre el cual Cristo llevó nuestros pecados en Su cuerpo. En este aspecto, el árbol que celebra el nacimiento, apunta hacia el Calvario, a la cruz, la razón principal de la venida de aquel niño tan especial.

Otro concepto importante es el del “Árbol Cósmico” de la iglesia de los primeros siglos. Debido a que la muerte en el Calvario tiene una dimensión cósmica, la cruz era considerada un “Árbol Cósmico”, extendiéndose desde las profundidades de la tierra hasta los más altos cielos. Se trataba, pues, de una forma de exprimir el sentido cósmico (universal) de la crucifixión en su efecto de redimir toda la creación del poder del pecado y de la muerte, restaurándola a su relación original con Dios. De este modo, pasa a ser considerado el “Árbol de Salvación”.

El Árbol de Navidad guarda, incluso, cierta semejanza con el “Árbol de la Luz” del judaísmo. En el Antiguo Testamento, el Árbol de la Vida era representado en el almendro que, en la blancura de sus flores en pleno invierno, pre-anuncia la llegada de la primavera. Siguiendo el molde del almendro, Dios instruyó a Moisés cómo debía hacer el candelabro de siete luces para el Tabernáculo, la Menorá (Éxodo 25.31-40). Así, en la Menorá, el símbolo del Árbol de la Luz y el del Árbol de la Vida se corresponden.

No es difícil concluir que podemos recuperar sentidos más profundos para el Árbol de Navidad que los de los símbolos paganos a los cuales acostumbra ser asociado. Hay una riquezas de ideas que nos recuerdan que en el corazón de la Navidad están la cruz y la resurrección.

Si Jesús solamente hubiese nacido y muerto él tendría nacimiento y muerte como todos los otros líderes religiosos. El enorme diferencial es exactamente la resurrección. La Navidad, por lo tanto, apunta hacia la cruz, pre-anuncia la cruz, considera la cruz. El Árbol de Navidad nos revela el tronco, anticipa el madero y, por lo tanto, materializa la cruz.

*El profesor Módolo recibió buena parte de su formación musical en la Westfälische Landeskirchenmusikschule en Herford, Alemania, donde obtuvo su maestría especializándose en música de los siglos XVII y XVIII. Fue discípulo de Nikolaus Harnoncourt, Zubin Mehta, entre otros destacados directores. Fue director titular de la orquesta de Sunden, Westphal. Actualmente es “Gastdirektor” de la Orquesta del Teatro de la Ópera de Bielefeld, Alemania, y Maestro visitante de la Orquesta Sinfónica de San Diego, California, EEUU. Además de su formación en música, el maestro Módolo posee un Bachiller en Teología y una maestría en Ciencias de la Religión por la Universidad Mackenzie.

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Timothy Keller sobre la idolatría política

La palabra “ideología” puede ser usada para referirse a cualquier conjunto coherente de ideas sobre un asunto, pero también puede tener una connotación negativa, cercana a su palabra hermana: idolatría. Una ideología, como un ídolo, es un relato limitado y parcial de la realidad que termina siendo elevado a la palabra final acerca de las cosas. Los ideólogos creen que su escuela de pensamiento o partido tiene la respuesta real y completa a los problemas de la sociedad. Sobre todo, las ideologías ocultan a sus adherentes la realidad de que dependemos de Dios.

El más reciente ejemplo de una gran ideología que fracasó es el comunismo. Por casi 100 años grandes cantidades de pensadores occidentales tuvieron altas esperanzas en aquello que ellos llamaron de “socialismo científico”. Pero, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hasta la caída del muro de Berlín en 1989, estas creencias comenzaron a venirse abajo.

(…)
Uno de los textos clave que fueron publicados durante ese periodo fue un libro escrito por varios comunistas y socialistas desilusionados, incluyendo a Arthur Koestler y André Gide, cuyo título era “The God that Failed” (“El dios que fracasó”). El título lo dice todo, describiendo cómo una ideología política puede hacer promesas absolutas y demandar un compromiso de vida total.
Con el despertar del colapso del socialismo, el péndulo se inclinó hacia abrazar el capitalismo de libre mercado como la mejor solución para lidiar con los problemas presentes de pobreza e injusticia. Muchos dirían hoy que esta es la ideología reinante. De hecho, uno de los documentos fundamentales del capitalismo moderno, “La riqueza de las naciones” de Adam Smith, parecía deificar al libre mercado cuando argumentaba que el mercado es una “mano invisible” que, cuando se le permite actuar libremente, automáticamente guía el comportamiento humano hacia aquello que es más beneficioso para la sociedad, sin necesidad de contar con cualquier tipo de dependencia de Dios o de un código moral.

Es muy pronto para estar seguros, pero puede ser que, a la luz de la tremenda crisis financiera de 2008-2009, esté ocurriendo el mismo rechazo hacia el capitalismo que ocurrió hacia el socialismo en la generación anterior. Está levantándose una ola de libros revelando la naturaleza altamente ideológica del capitalismo de mercado reciente, tanto populares como académicos, tanto secularizados como religiosos. Algunos de estos textos incluso tienen ciertas variaciones del título “el dios que fracasó”, considerando que a los mercados libres se les ha adjudicado un poder divino de hacer a las personas felices y libres.

Reinhold Niebuhr argumentó que el pensamiento humano siempre eleva algún o algunos valores u objetos finitos para que se tornen La Respuesta [eterna e infinita]. De esta manera, sentimos que nosotros somos quiénes podremos arreglar las cosas y que quienes se nos oponen son idiotas o malvados. Pero, como con todas las idolatrías, esto también nos puede tornar ciegos. En el marxismo el estado poderoso acaba siendo el salvador y los capitalistas son demonizados. En el pensamiento económico conservador, el libre mercado y la competitividad resolverá nuestros problemas y, por lo tanto, los izquierdistas y el gobierno son obstáculo para una sociedad feliz.

La realidad es bastante menos simplista. Estructuras tributarias excesivamente fuertes pueden producir un tipo de injusticia donde las personas que han trabajado duro no son recompensadas y son penalizadas mediante altos impuestos. Una sociedad de bajos impuestos y pocos beneficios, sin embargo, produce un tipo diferente de injusticia donde los niños de familias que pueden costear una buena atención en salud y una educación de elite, tienen oportunidades muchísimo mejores que quienes no pueden. Resumiendo, ideólogos no logran admitir que siempre hay significativos efectos colaterales negativos en cualquier programa político. Y tampoco logran conceder que sus oponentes también tienen buenas ideas.

En cualquier cultura donde Dios está ampliamente ausente, el sexo, el dinero o la política llenarán el vacío de distintas personas. Esta es la razón por la cual nuestros discursos políticos se hacen cada día más ideológicos y polarizados. Muchos describen el presente discurso público tóxico como consecuencia de la falta de bipartidismo, pero las raíces son mucho más profundas. Como Niebuhr enseñó, estas raíces van hasta el comienzo del mundo, a nuestra alienación de Dios y a nuestros abiertos esfuerzos por compensar nuestros sentimientos de desnudez e impotencia cósmicas. La única manera de tratar estas cosas es sanando nuestra relación con Dios.

KELLER, Timothy, Counterfeit Gods, New York, Dutton, 2009, pp. 104-107. (traducción propia)

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