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¿Y eso edifica, hermano? (otra vez algo sobre cristianismo y cultura).

  
Es clara la Biblia acerca de que los creyentes en Cristo debemos dedicarnos a aquello que nos edifica. No cuestiono ni jamás podría cuestionar una enseñanza tan clara y un mandato tan explícito de mi Señor. ¡Busquemos aquello que edifica y evitemos todo lo que no nos edifica! 

El punto, sin embargo es: ¿qué significa “edificar”? “Edificante” no significa simplemente algo que es útil de un modo pragmático y utilitarista. No sólo edifican aquellas cosas o actividades que pueden ser identificadas racionalmente como cumpliendo una función para satisfacer necesidades de supervivencia o prosperidad material humanas. He visto a muchos pseudo- [o neo-] reformados que rechazan cualquier actividad u objeto que sea mera fuente de placer y deleite. Si no logran verle la utilidad pragmática a algo, dentro de un concepto mecánico y ascético del universo, entonces de inmediato su voz grave se hace sentir como el eco de un trueno del Sinaí: “Eso no edifica, hermano” o, peor aún, como una pregunta, que es en realidad un reproche que no espera respuesta: “¿Y eso edifica, hermano?

A no pocos cristianos que se consideran reformados – aunque están fuertemente influenciados por esa curiosa mezcla de pragmatismo y moralismo ascético que caracterizó buena parte del pensamiento moderno de los siglos XVIII y XIX y no por una visión genuinamente cristiana reformada – les haría muy bien leer las palabras de aquel a quién consideran su referente en cuanto a teología y cosmovisión: Juan Calvino.

En su obra magna, el brillante reformador de Ginebra, con la impronta propia de un mentor y padre espiritual, escribe lo siguiente:

Ahora bien, si consideramos el fin para el cual Dios creó los alimentos, veremos que no solamente quiso proveer para nuestras necesidades, sino que también tuvo en cuenta nuestro placer y satisfacción. Así, en los vestidos, además de la necesidad, pensó en el decoro y en la autenticidad. En los vegetales, los árboles y las frutas, además de la utilidad que nos proporcionan, quiso alegrar nuestros ojos con su hermosura, añadiendo también la suavidad de su fragancia. De no ser esto así, el salmista no cantaría entre los beneficios de Dios, acerca de “el vino que alegra el corazón del hombre”, y de “el aceite que hace brillar el rostro” (Sal. 104, 14). Ni la Escritura, para engrandecer su benignidad, mencionaría a cada paso que Él dio todas estas cosas a los hombres. Las cualidades naturales de cada cosa muestran claramente cómo debemos disfrutar de ellas, con qué fin y en qué medida. 

¿Pensamos que el Señor ha dado tal hermosura a las flores, que espontáneamente se ofrecen a la vista, y un olor tan suave que penetra los sentidos y que, sin embargo, no nos es lícito experimentar el placer de su belleza y perfume? ¿No ha diferenciado los colores de modo que unos nos parezcan más atractivos que otros? ¿No ha dado él una gracia particular al oro, la plata, el marfil y el mármol, con la que los ha hecho más preciosos y de mayor estima que el resto de los metales y las piedras? En definitiva, ¿no nos ha dado Dios innumerables cosas que podemos apreciar sin tener verdadera necesidad de ellas?

(Juan Calvino, Institución de la Religión Cristiana, libro III, capítulo X, título 2)

Los invito a reflexionar sobre estas cosas, mientras continúo siendo enormemente edificado mediante el disfrute de una copa de Petit Verdot, escuchando algo de John Coltrane y Thelonius Monk y asomándome cada cierto tiempo a la ventana sólo para sentir el suave aroma que dejan en el aire los árboles del Parque después de 2 días de lluvia en Santiago. 

Buenas noches.

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El mito de lo no-mitológico

  
Hoy comienzo un nuevo ciclo de mis clases de historia de la filosofía en el Seminario Teológico Presbiteriano y esto me inspiró a escribir esta muy pequeña reflexión sobre los orígenes de la filosofía occidental.

Se dice en los manuales, especialmente desde el Iluminismo del siglo XVIII, que la filosofía surge en el mundo occidental con las primeras explicaciones “no-mitológicas” al origen del mundo. ¿Qué quieren decir con eso de “no-mitológicas”? Simple: sin depender de relatos religiosos que hagan referencia a una o varias divinidades que crearon el mundo como hoy lo conocemos. Por ejemplo: la tentativa de Tales de Mileto de explicar que todo procede del agua.

Pobre e ilusa forma de definir los orígenes de la filosofía.

Pobre, en primer lugar, porque el pretender que una explicación es mitológica sólo por el hecho que hace referencia a un creador trascendente es sumamente parcial y tendencioso, especialmente a la luz de la historia de las ideas y la ciencia. No son pocos los grandes pensadores y científicos e incluso las principales escuelas de pensamiento filosófico que han contribuido al avance y progreso de sus áreas justamente por causa de su fe en un Creador (Johannes Kepler y las órbitas elípticas es un ejemplo). Es más, como muestra el epistemólogo holandés Roy Hooykas – y hace eco Nancy Pearcey en “The Soul of Science” – la ciencia moderna occidental sólo pudo existir porque los presupuestos fundamentales de la fe cristiana le proveyeron el marco y el suelo fértil para florecer. Es pobre porque sólo un ciego que no quiere ver sería capaz de hacer la inmediata y dogmática asociación entre el creer en un Creador Personal, Trascendente, Omnipotente, Sabio y Soberano (cosa perfectamente racional y compatible con los hechos del mundo y la naturaleza) y la mitología de los grandes relatos ficticios humanos (que no son otra cosa sino leyendas inventadas que desafían abiertamente toda racionalidad y el mismo funcionamiento del mundo).

En segundo lugar es iluso, dije. Y es iluso porque hay que ser en verdad muy ingenuo para creer que las primeras explicaciones que no apelaban a lo trascendente eran menos religiosas que las que sí lo hacían. El agua de Tales de Mileto, el fuego de Heráclito de Éfeso podrán ser elementos inmanentes para explicar el origen del mundo, pero no por eso son menos religiosos. Se les adjudica omnipotencia, eternidad y, a veces, incluso, casi una personalidad, con voluntad e inteligencia propias. No son sólo elementos, son dioses. Podemos sumar a esto el hecho tan correctamente observado por Friedrich Nietzsche y Herman Dooyeweerd (¡irónica coincidencia!) que las religiones dionisíacas (de la naturaleza) y apolíneas (de la cultura y la forma), en una constante tensión una contra la otra, fueron la base formativa de la cultura griega, al punto que la famosa tensión entre Parménides y Heráclito no era otra cosa sino el dios Apolos luchando contra el dios Dionisos. En otras palabras, fueron dos cosmovisiones esencialmente religiosas en tensión las que cumplieron el rol de fundamento de todo el edificio que hoy llamamos cultura y filosofía greco-romana. Es iluso, claramente, no querer ver la evidente raíz religiosa de la filosofía griega. Podremos, tal vez, concederle a los manuales que es cierto que las explicaciones trascendentes fueron abandonadas por explicaciones más inmanentes, pero esa inmanencia no es menos religiosa ni menos mitológica que los antiguos relatos de dioses en conflicto que, luchando y compitiendo entre sí, crearon los cielos y la tierra.

En todo esto que buscan enseñar gran parte de los manuales de filosofía modernos, fuertemente atados aún a una visión iluminista del origen de la filosofía, podemos identificar con claridad el mayor mito de todos: seguir insistiendo en la no-religiosidad del pensamiento. Y hasta el día de hoy, incluso, muchos de los discursos supuestamente POST-modernos, siguen porfiando “modernamente” que existe neutralidad en el pensamiento humano y que existe razonamiento totalmente autónomo y libre de toda influencia religiosa. Mientras este mito – fantasioso, arbitrario e iluso como la mayoría de los mitos – insista en ser elevado dogmáticamente a la categoría de explicación del mundo, las tinieblas de la superstición laicista seguirán avanzando y prevaleciendo en nuestra cultura.

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Algo más sobre cristianismo y cultura

  
Tú, oh Dios y Salvador nuestro, nos respondes con imponentes obras de justicia; tú eres la esperanza de los confines de la tierra y de los más lejanos mares. Tú, con tu poder, formaste las montañas, desplegando tu potencia. Tú calmaste el rugido de los mares, el estruendo de sus olas, y el tumulto de los pueblos. Los que viven en remotos lugares se asombran ante tus prodigios; del oriente al occidente tú inspiras canciones de alegría. Con tus cuidados fecundas la tierra, y la colmas de abundancia. Los arroyos de Dios se llenan de agua, para asegurarle trigo al pueblo. ¡Así preparas el campo! Empapas los surcos, nivelas sus terrones, reblandeces la tierra con las lluvias y bendices sus renuevos. Tú coronas el año con tus bondades, y tus carretas se desbordan de abundancia. Rebosan los prados del desierto; las colinas se visten de alegría. Pobladas de rebaños las praderas, y cubiertos los valles de trigales, cantan y lanzan voces de alegría.” (‭Salmos‬ ‭65‬:‭5-13‬ NVI)

Al enterarse de esto los apóstoles Bernabé y Pablo, se rasgaron las vestiduras y se lanzaron por entre la multitud, gritando: —Señores, ¿por qué hacen esto? Nosotros también somos hombres mortales como ustedes. Las buenas nuevas que les anunciamos es que dejen estas cosas sin valor y se vuelvan al Dios viviente, que hizo el cielo, la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos. En épocas pasadas él permitió que todas las naciones siguieran su propio camino. Sin embargo, no ha dejado de dar testimonio de sí mismo haciendo el bien, dándoles lluvias del cielo y estaciones fructíferas, proporcionándoles comida y alegría de corazón.” (‭Hechos‬ ‭14‬:‭14-17‬ NVI)

Me asombra seguir encontrando en la Escritura evidencias de una visión claramente no-dualista de la cultura producida por hombres y mujeres que no temen a Dios o que se niegan a adorarle. La cultura producida por paganos es, en la visión bíblica una manifestación no sólo de la bondad y providencia de Dios generales sobre la creación como un todo (como lo muestra el Salmo 104.23), sino también la expresión de corazones que se alegran por el sustento y la bondad que Dios muestra a todos los pueblos.

El salmista, en el Salmo 65, afirma de forma muy clara (y muy poco nacionalista, al contrario de como solían ser las religiones antiguas) que el Dios adorado en Sión es la esperanza de los confines de la tierra y afirma que las bellas músicas y expresiones artísticas de los pueblos paganos son inspiradas – no en el sentido de la doctrina de la “inspiración de la Escritura”, sino en el sentido más genérico de la palabra – por Dios mismo. Del mismo modo, y casi como un eco del Salmo 65, Pablo predica a un grupo de paganos algo confundidos de Listra diciéndoles que, aunque Dios realizó un milagro por medio de ellos, ellos son simples hombres mortales y se rasgan las vestiduras para mostrarles que son de carne y hueso. En ese contexto un tanto tumultuoso, la teología de Pablo, bastante más consistente y compleja que los simplismos evangélicos y liberales (por igual) del siglo XX, no le impide en absoluto el hacerles, por un lado, un llamado al arrepentimiento para que se vuelvan de sus falsos dioses al Único Dios verdadero y, por otro lado, reconocer también que la alegría que han tenido en sus corazones (expresada, sin duda, en tantas canciones y otras manifestaciones artístico-culturales) les ha sido dada por Dios mismo, aún sin haberse sometido a adorar al Creador. De la exhortación podría deducirse, a la luz de toda la teología paulina, que Pablo les está diciendo que si se arrepienten de sus idolatrías y se vuelven al Dios verdadero, su alegría será aún mayor y más duradera, pues se habrán reconciliado con la fuente misma de todo gozo y de todo bien.

¿De qué maneras hoy los cristianos, especialmente en contextos pluralistas y “neo-paganos” como los de las grandes ciudades, podemos y debemos aprender a tener esta mirada de la cultura que nos rodea? Ir al cine, ir a una exposición o museo, ir al teatro, ir a la ópera, leer los clásicos de la literatura universal, escuchar los clásicos del rock, del jazz, del blues o del folk y leer en esas expresiones culturales no sólo la desolación y miseria de vidas alejadas de su Creador, sino también la alegría y la esperanza providencial que Dios les ha concedido a sus corazones, cuando les ha dado amistad, familia, romanticismo, erotismo, hijos, tradición, atardeceres y amaneceres, sustento, anhelos de justicia y de una nueva realidad, etc. es una manera muy concreta de reconocer el señorío de Dios, nuestro Único Creador, Sustentador y Redentor.

Una mirada dualista que separa radicalmente lo sagrado de lo secular y luego desprecia por completo lo secular, no sólo nos torna poco efectivos para comunicar las Malas y Buenas Noticias del Evangelio, sino también nos distancia de una visión bíblica de la cultura – como la que tenían el autor del Salmo 65 y el apóstol Pablo – y levanta en nuestras conciencias un montón de escombros que nos hacen ciegos, sordos e insensibles a aquellos regalos que Dios concedió a todos los que son su imagen y semejanza. 

Como decía Juan Calvino, hablando sobre la cultura producida por paganos:

¿Diremos que los filósofos estaban ciegos también cuando observaban con tanto celo los secretos de la naturaleza y los describían con tanto arte? ¿Diremos que los que enseñaron el arte de la retórica, la buena manera de hablar con elocuencia, no tenían ninguna inteligencia? ¿Diremos que los que inventaron la medicina eran necios? ¿Pensamos que las otras disciplinas son irracionales? Todo lo contrario, no podremos leer los libros escritos sobre estos temas sin maravillarnos. Nos maravillaremos porque no tendremos más remedio que percibir la sabiduría que contienen. ¿Consideraremos que algo puede ser excelente o elogiable y no ver que viene de Dios? Si es ese el caso, demostraríamos una gran ingratitud que no se encuentra ni en los poetas paganos, quienes reconocieron que la filosofía, las leyes, la medicina y las otras formas de conocimiento eran dones de Dios.” (Juan Calvino, Institución de la Religión Cristiana, Grand Rapids, Desafío, 2012: Libro II, capítulo II, p. 200).

Y mientras re-leo secciones de la Institución de Calvino, suena aquí en casa (a buen volumen, como debe ser) el disco “Blonde on Blonde” de Bob Dylan del año 1966 y mi corazón se llena de gratitud al Creador y Dador de todo don y talento…

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Lo que he hablado, lo que he callado y lo que oro.




“También éstos son dichos de los sabios: 

No es correcto ser parcial en el juicio. 

Maldecirán los pueblos, y despreciarán las naciones, 

a quien declare inocente al culpable. 

Pero bien vistos serán, y bendecidos, 

los que condenen al culpable.”


(Proverbios 24:23-25 NVI)


Lamento mucho si alguno entendió algo que nunca dije y que no pienso. Asumo mi responsabilidad como comunicador, por un lado, pero también les pido humildemente que Uds. también revisen sus prejuicios, ya que tal vez ellos les impidieron entender lo que afirmo.

Nunca he querido la condenación ni la implacabilidad contra los políticos corruptos de este país ni contra los empresarios que han desviado fondos. Quiero su arrepentimiento y su perdón, que enmienden sus caminos, que se vuelvan al Señor y que hagan restitución como Zaqueo cuando recibió a Jesús en su casa. Estoy consciente de mi necesidad de perdón como pecador y por eso anhelo lo mismo para los demás. Es justamente porque NO ME SIENTO MEJOR que los demás que denuncio lo que denuncio: yo también he necesitado que se me llame al arrepentimiento y lo seguiré necesitando. Pero eso no niega que se cumplan las leyes. Por un lado me entristece que gente se vaya presa, pero por otro me alegra que se haga justicia porque quiero vivir en un país donde los que roban una gallina al vecino o los que se niegan a pagar el pasaje en la micro también sean punidos como corresponde junto con quienes firman boletas ideológicamente falsas. Y entiendo que la corrupción ya parte con subirse a la micro sin pagar. Eso lo tengo claro.


Sólo he querido equilibrar un poco la balanza cuando he publicado ciertos posts o ciertas noticias. Si piensa que me he equivocado en esto, acérquese a mí (por interno si prefiere) y dígamelo directamente. Mi punto al equilibrar la balanza es el siguiente: todos conocen lo que los evangélicos pensamos, bíblicamente fundados, sobre el aborto y el horrendo pecado de matar la vida de un inocente que habita el viente de su madre; también todos saben lo que pensamos sobre la homosexualidad y como la Biblia, tanto en el AT como en el NT, condena a quienes viven un estilo de vida homosexual por ser este pecaminoso y contrario al diseño de Dios para la sexualidad humana; es archi-conocido también que nos oponemos con argumentos bíblicos a la destrucción cultural de la familia. Todo esto lo hemos dicho fuerte y claro en MUCHAS ocasiones y hasta hemos organizado marchas para manifestarnos públicamente sobre ello. 


Pero del mismo modo también hay fundamento bíblico para denunciar la corrupción política, el fraude al fisco y el enriquecimiento ilícito. Incluso Jesús habló más de la avaricia que del adulterio, la inmoralidad sexual o el divorcio. Pero como que los evangélicos y pastores nos quedamos extrañamente callados ante estos hechos. Amós no se quedaría callado, ni Isaías, Miqueas tampoco, Santiago tampoco… ni Jesús. Entonces me preocupa que seamos, como hemos sido, tan condenatorios contra el homosexual, pero que exijamos tanto silencio y “prudencia” ante el empresario que ha cometido ilegalidades. Insisto: sólo quise equilibrar la balanza porque estamos dando un espectáculo patético como iglesia al denunciar históricamente en los últimos años sólo unos pecados (los sexuales), y al callar otros pecados (sociales) contra los cuales la Biblia habla tan claro. ¿Me equivoqué? ¿Se me pasó la mano? ¿Parecí parcial? Dígamelo, especialmente si Ud. me conoce personalmente, pero no me mande recados tirando la piedra y escondiendo la mano.


Nuestro país está al borde de una crisis política sin precedentes. Temo por nuestras instituciones democráticas y las nefastas consecuencias que pueden ocurrir si se siguen minando las confianzas en nuestras instituciones. Ya ocurrió en Venezuela, puede ocurrir aquí también. Así que pidamos TODA la verdad. Que se investiguen a fondo los hechos, CAIGA QUIÉN CAIGA, no porque nos gusta ver caer a los poderosos, sino porque amamos la justicia y porque los chilenos necesitamos recuperar la confianza en nuestras instituciones… de otro modo terminaremos abriendo el camino para el populismo izquierdoso o fascistoide. ¡Y yo no quiero eso! Se levantará un Chávez chileno y todos los que creemos en la democracia lo lamentaremos amargamente. Así que apoyemos al poder judicial y sus investigaciones, apoyemos que se sepa todo, propongamos ideas para mejorar nuestras instituciones como el SERVEL, el SII, etc. Y sobre todas las cosas: ¡oremos! Oremos mucho por Chile. Yo ya empecé a hacerlo, le invito a unirse a este clamor.


Permítanme compartirles algo que le escuché a un presbítero en una asamblea sinodal de la IPCH hace años y que me quedó grabado: “los pecados privados, Dios los trata privadamente, pero los pecados públicos deben ser tratados de forma pública”. Me parece razonable y es el principio que he buscado aplicar. Si estuvo mal, estoy abierto a corregirlo.


De mi parte como pastor: las puertas de mi iglesia y mis brazos están abiertos al homosexual, al político corrupto y al empresario que defraudó al fisco por igual. Oro por su perdón. Oro por su arrepentimiento. Oro para que el Señor les conceda otra oportunidad como lo hizo con María Magdalena, con la mujer adúltera y con Zaqueo y Leví por igual. Los confrontaré por igual con la Palabra de Dios (como ya he hecho con homosexuales y adúlteros que han llegado a mi congregación). Lloraremos juntos, buscaremos al Señor juntos y acompañaré a quién pida acompañamiento, aunque las consecuencias que tengan que enfrentar por sus pecados sean duras. Ya que los principios de la consejería protestante (al contrario del confesionario católico-romano) siempre ha ordenado que uno aconseje, promueva y presione a los que han cometido delitos a que se entreguen a la justicia y paguen por sus actos. Eso es, justamente, considerado una muestra concreta de arrepentimiento.

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Notas mentales a 25 años de la caída del muro

Esta semana se cumplen 25 años de la caída del muro de Berlín. Aquí dejo algunas notas mentales que me hago para mí mismo y que creo necesario compartirlas para conmemorar una fecha tan importante:

1. No hacer caso a los hipócritas e incoherentes. Muchos van a proferir palabras de buena crianza diciendo que el muro era una medida inadecuada y que fue bueno que se echara abajo, pero sin referirse al problema de fondo: el totalitarismo de los gobiernos comunistas (que a ratos me parece una tendencia intrínseca del pensamiento filosófico-político marxista), así como las violaciones sistemáticas a los Derechos Humanos de parte de las dictaduras de izquierda. Aquellos que hoy hablan de defender la democracia y los DDHH, pero se refugiaron en la Alemania oriental de los ’70 y ’80 y que nunca han sido ni fueron capaces de, públicamente, posicionarse contra estos regímenes y convenientemente omiten referirse a la Stasi, por ejemplo, no merecen la atención ni el respeto de ciudadanos demócratas pensantes. Menos aún si, más encima, siguen dispuestos a chuparle las patas al dictador Castro en pleno siglo XXI.

2. Recordar que los regímenes comunistas, más allá de lo político, constituían una verdadera idolatría destructiva y tóxica, una de las tantas manifestaciones de la bestia apocalíptica: un estado totalitario, dispuesto a reprimir las libertades, que blasfemaba contra el Dios del cielo y el Cordero e, incluso, perseguía a quienes profesaban la fe en Cristo. La idolatría del estado como si este fuera un “Páter” Omnipotente que soluciona los problemas de la desigualdad y la infelicidad humanas, debe ser considerado, además de ingenuo, altamente nocivo, pues es idolatría. Como bien expuso Lutero en su catecismo, todo aquello en lo cual depositamos nuestra confianza de corazón es un ídolo. Esto vale también para ideologías políticas y para el Estado.

3. No olvidar que, luego de la caída de los dioses del igualitarismo y del totalitarismo de estado, se han levantado fuertes, como una bestia que recibió una herida mortal, pero volvió a vivir, los dioses del mercado, el consumo y las libertades individuales. Hubo un día en que muchos creyeron que un supuesto estado proletario iría traer justicia, así que sacaron al estado de su esfera correspondiente (donde era un instrumento relativo) y lo elevaron a la categoría de absoluto, permitiéndole inmiscuirse en todas las demás esferas; así el estado se tornó nocivo. Del mismo modo, los neoliberales tomaron el mercado y la sacaron de su esfera correspondiente (donde su función no era otra sino ser un instrumento relativo) y lo elevaron a la categoría de absoluto, imponiendo desde las elites oligárquicas la ideología de que el mercado puede y debe solucionar todos los problemas en todas las demás esferas; así llegamos al actual estado de cosas: un mercado altamente nocivo y alienante, que destruye la vida comunitaria de la sociedad, de las familias e, incluso, de las iglesias. El libre mercado (instrumento útil y necesario dentro de su propia esfera, a mi entender) se ha tornado un absoluto, pasando a ser un falso dios, cruel, sanguinario, pero condescendiente hacia sus devotos. Esta es otra manifestación de la bestia que vio Juan en la isla de Patmos: nadie puede comprar ni vender si no adopta su ideología en su forma de pensar (marca en la frente) o si no está dispuesto a adoptar en su quehacer el modus operandi de la bestia (marca en la mano).

4. No perder de vista, aquello que los ciegos idólatras de la ideología neoliberal no pueden ver: así como cayó el Berlin Wall, caerá también Wall Street. No sé cuánto tardará, tampoco estoy seguro de cómo será, ¡pero ocurrirá! Porque toda la historia de la humanidad se resume en esto: cómo Dios desbarata, humilla y hace añicos a los falsos dioses, uno por uno, hasta que llegue el día en que Él reinará absoluto y llenará la tierra de la gloria del Cordero, que ya está sentado en el trono.

5. Aborrecer profundamente el pensamiento de quienes, como péndulos, tienden neciamente a levantar la idolatría del estado como respuesta a la idolatría del mercado. Toda idolatría es igualmente tóxica. Mi deber es levantar en alto a Cristo como único absoluto, Señor y Soberano sobre todas las esferas. Recordar y proclamar que todas las esferas son relativas, ninguna es absoluta, ninguna debe imponerse sobre las otras, sólo Dios es absoluto y sólo la lealtad, el amor y la fidelidad a Él han de ser el motor de nuestro actuar en la sociedad, en la política, en el mercado. Porque “no existe un sólo centímetro cuadrado en toda existencia humana sobre el cual Cristo, quién es soberano sobre todo, no clame: ¡esto me pertenece!” (Abraham Kuyper).

De manera genial, la película “Good Bye Lenin” muestra los últimos estertores del régimen comunista alemán, donde se aparentaba competencia teniendo 2 marcas de pepinillos en los supermercados, pero ambas del estado, obviamente: sarcástica muestra de los tontos esfuerzos que los poderes hacen para ocultar lo que todos ven. Así también, hoy vemos los esfuerzos de un régimen neoliberal de mercado por ocultar el hecho de que ha aumentado la brecha social, fragmentando al país, legitimando la codicia. Caen uno a uno los paladines de la recta moralidad, mostrando que, en realidad, el libre mercado no tiene moral y que todos, incluso quienes profesan una fe cristiana, ceden a las tentaciones más burdas de la codicia y del enriquecimiento ilícito. Es triste, por un lado, pero no es extraño: ¡el emperador está desnudo! Como lo estuvo el comunismo así está el neoliberalismo. Como lo estuvieron un día los Erich Honecker, así de desnudos están hoy los Donald Trump y yo como creyente en Cristo, adorador del Cordero que consumará su Reino sobre toda la tierra, no les temo, me río como un niño de las vanas estupideces de las cuales hacen gala: su buen nombre, su reputación, su prestigio, sus riquezas. No los envidio, Dios es mi testigo. Sólo me apena, a veces, que estén dando tan triste espectáculo: viven mostrando sus logros, sus emprendimientos, sus éxitos, sus millones y no saben que sólo son ciegos, miserables y desnudos. Y así se pasean por las avenidas, mostrando sus últimos trajes de hilo invisible…

Un gran ídolo ya cayó hace 25 años, el próximo caerá pronto. Semejantes a ellos son todos los que los construyen y cuantos confían en ellos. Sólo prevalecerán aquellas personas que han puesto toda su confianza en el Cordero. Dios me ayude a no dejarme seducir por la marca de la bestia y a mantener mi fidelidad y confianza en el Único que es digno de ella: Cristo el Señor.

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Timothy Keller sobre la idolatría política

La palabra “ideología” puede ser usada para referirse a cualquier conjunto coherente de ideas sobre un asunto, pero también puede tener una connotación negativa, cercana a su palabra hermana: idolatría. Una ideología, como un ídolo, es un relato limitado y parcial de la realidad que termina siendo elevado a la palabra final acerca de las cosas. Los ideólogos creen que su escuela de pensamiento o partido tiene la respuesta real y completa a los problemas de la sociedad. Sobre todo, las ideologías ocultan a sus adherentes la realidad de que dependemos de Dios.

El más reciente ejemplo de una gran ideología que fracasó es el comunismo. Por casi 100 años grandes cantidades de pensadores occidentales tuvieron altas esperanzas en aquello que ellos llamaron de “socialismo científico”. Pero, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hasta la caída del muro de Berlín en 1989, estas creencias comenzaron a venirse abajo.

(…)
Uno de los textos clave que fueron publicados durante ese periodo fue un libro escrito por varios comunistas y socialistas desilusionados, incluyendo a Arthur Koestler y André Gide, cuyo título era “The God that Failed” (“El dios que fracasó”). El título lo dice todo, describiendo cómo una ideología política puede hacer promesas absolutas y demandar un compromiso de vida total.
Con el despertar del colapso del socialismo, el péndulo se inclinó hacia abrazar el capitalismo de libre mercado como la mejor solución para lidiar con los problemas presentes de pobreza e injusticia. Muchos dirían hoy que esta es la ideología reinante. De hecho, uno de los documentos fundamentales del capitalismo moderno, “La riqueza de las naciones” de Adam Smith, parecía deificar al libre mercado cuando argumentaba que el mercado es una “mano invisible” que, cuando se le permite actuar libremente, automáticamente guía el comportamiento humano hacia aquello que es más beneficioso para la sociedad, sin necesidad de contar con cualquier tipo de dependencia de Dios o de un código moral.

Es muy pronto para estar seguros, pero puede ser que, a la luz de la tremenda crisis financiera de 2008-2009, esté ocurriendo el mismo rechazo hacia el capitalismo que ocurrió hacia el socialismo en la generación anterior. Está levantándose una ola de libros revelando la naturaleza altamente ideológica del capitalismo de mercado reciente, tanto populares como académicos, tanto secularizados como religiosos. Algunos de estos textos incluso tienen ciertas variaciones del título “el dios que fracasó”, considerando que a los mercados libres se les ha adjudicado un poder divino de hacer a las personas felices y libres.

Reinhold Niebuhr argumentó que el pensamiento humano siempre eleva algún o algunos valores u objetos finitos para que se tornen La Respuesta [eterna e infinita]. De esta manera, sentimos que nosotros somos quiénes podremos arreglar las cosas y que quienes se nos oponen son idiotas o malvados. Pero, como con todas las idolatrías, esto también nos puede tornar ciegos. En el marxismo el estado poderoso acaba siendo el salvador y los capitalistas son demonizados. En el pensamiento económico conservador, el libre mercado y la competitividad resolverá nuestros problemas y, por lo tanto, los izquierdistas y el gobierno son obstáculo para una sociedad feliz.

La realidad es bastante menos simplista. Estructuras tributarias excesivamente fuertes pueden producir un tipo de injusticia donde las personas que han trabajado duro no son recompensadas y son penalizadas mediante altos impuestos. Una sociedad de bajos impuestos y pocos beneficios, sin embargo, produce un tipo diferente de injusticia donde los niños de familias que pueden costear una buena atención en salud y una educación de elite, tienen oportunidades muchísimo mejores que quienes no pueden. Resumiendo, ideólogos no logran admitir que siempre hay significativos efectos colaterales negativos en cualquier programa político. Y tampoco logran conceder que sus oponentes también tienen buenas ideas.

En cualquier cultura donde Dios está ampliamente ausente, el sexo, el dinero o la política llenarán el vacío de distintas personas. Esta es la razón por la cual nuestros discursos políticos se hacen cada día más ideológicos y polarizados. Muchos describen el presente discurso público tóxico como consecuencia de la falta de bipartidismo, pero las raíces son mucho más profundas. Como Niebuhr enseñó, estas raíces van hasta el comienzo del mundo, a nuestra alienación de Dios y a nuestros abiertos esfuerzos por compensar nuestros sentimientos de desnudez e impotencia cósmicas. La única manera de tratar estas cosas es sanando nuestra relación con Dios.

KELLER, Timothy, Counterfeit Gods, New York, Dutton, 2009, pp. 104-107. (traducción propia)

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Algo más sobre la apologética de “Dios no está muerto”

Más bien, honren en su corazón a Cristo como Señor. Estén siempre preparados para responder a todo el que les pida razón de la esperanza que hay en ustedes. Pero háganlo con gentileza y respeto, manteniendo la conciencia limpia, para que los que hablan mal de la buena conducta de ustedes en Cristo, se avergüencen de sus calumnias”. (‭1 Pedro‬ ‭3‬:‭15-16‬ NVI)

Obviamente vi la película “Dios no está muerto”. Enseño apologética en el Seminario. Estoy plantando una iglesia en un contexto secularizado donde la apologética es clave. Me gusta mucho el trabajo con universitarios. En fin, tenía mis motivos. Cuando me di cuenta que estaba en Netflix, no lo dudé y me di el tiempo de verla.

No haré una crítica a la película como un todo. Otros han hecho críticas y han mostrado cosas interesantes. Estoy de acuerdo con los que dicen que los argumentos de apología de la fe fueron incompletos, porque de hecho lo fueron, especialmente cuando el joven usa el argumento del libe albedrío para justificar el mal en el mundo. Estoy de acuerdo con los que dijeron que el film era muy ingenuo, porque de hecho lo era. La caricaturización que hicieron de varios personajes, especialmente del profesor ateo de filosofía, la encontré básica, ofensiva para los ateos y hasta algo manipuladora. Además, me cayó pésimo el marketing evidente para la industria del pop cristiano; también manipulador. En fin, una película que deja mucho que desear en varios sentidos. Sin embargo, tiene un punto a favor: tiene algunos argumentos interesantes a favor del cristianismo y de la fe en Dios que pueden servir para una discusión con no-creyentes. Pero paradojalmente, aunque tenga algunos buenos argumentos de apología de la fe, la verdad es que esta película tiene una apologética deficiente.

Me explico: la apologética es la visión general que se tiene sobre cómo defender la fe. La apología de la fe, en cambio, es el ejercicio en sí, práctico, de defender la fe. En otras palabras, en la apologética conocemos, estudiamos y definimos los principios, pero en la apología de la fe están los argumentos, razones y evidencias en sí.

Pues bien, lo que me llamó la atención de “Dios no está muerto” fueron algunas escenas donde muestra lo inadecuada que era su apologética, a pesar de que su apología de la fe sí fuera acertada en uno u otro punto. De muestra un botón: alguien me contó que a la salida de un cine, después de ver esta película, escuchó a unos evangélicos comentando: “Qué bien que murió ese profesor ateo. ¡Era lo que se merecía por haber desafiado a Dios!”.

Yendo más allá de lo anecdótico, sin embargo, lo que me dejó una impresión especialmente negativa de la película fue una de las escenas finales cuando el joven alumno está dando su última “clase” ante el profesor ateo y sus compañeros y comienza no sólo a levantarle la voz al profesor en sala de clases, sino incluso a interrumpirlo. No entendí muy bien la idea de los directores. Tal vez querían mostrar “autoridad espiritual” o algo similar. Pero lo que yo vi fue mera falta de respeto. Como soy ingenuo, yo pensé que más adelante la película iba a mostrar al alumno disculpándose o, por último, doliéndose por haber tratado de manera indebida al profesor en sala de clases. Pero no. La película simplemente avala la actitud desafiante e irrespetuosa del chico.

Yo no sé Uds. pero yo me crié en un contexto donde el profesor siempre era tratado con respeto, incluso cuando uno debía presentar alguna queja o denunciar alguna injusticia de parte de él. Este era un respeto que nacía del reconocimiento hacia su posición, no del miedo. Al menos para mí fue así y siempre que le falté el respeto a mis profesores entendí que esto era una falta grave y busqué pedir perdón y enmendar mi actitud. Y claro que tuve y conocí a compañeros que eran por costumbre insolentes e irrespetuosos con los profesores, pero en general tenían esta característica en común: no eran creyentes. Así que me sentí especialmente impactado con esta escena de la película.

Pensando en esto me di cuenta que ahí está uno de los problemas de la manera cómo los evangélicos estamos haciendo apología de la fe en estos días. Y este tal vez, a la luz de 1ª de Pedro 3.15-16, sea un problema más central y crucial de lo que creemos: no guardamos las reglas básicas de la gentileza y el respeto. Primeramente parto por esto, que ya lo enseñaba Francis Schaeffer hace décadas: TODO NO-CREYENTE merece ser tratado con respeto y dignidad en la conversación evangelística porque es imagen y semejanza de Dios. Punto. No importa cuán desafiante o blasfemo nos pueda parecer. En segundo lugar, pienso: aunque el no-creyente me trate mal y me falte el respeto, mi deber es siempre pagar el mal con el bien. Es lo que enseñó el Señor Jesús. Y en tercer lugar, algo crucial que aprendí también con Schaeffer, con la filosofía de L’Abri y con William Edgar: el amor, el servicio, el respeto, el trato digno hacia el no-creyente es la mejor apología de la fe que podemos hacer. “Hay razones del corazón que la razón no entiende” decía Pascal y nosotros somos llamados a llegar a esas razones del corazón más que a las razones de la razón.

“Dios no está muerto”, a mi entender, falló miserablemente en lo mismo que se propuso. Según sus promotores, esta película pretendía, por un lado, hacer apología de la fe y, por otro, desafiar a los jóvenes cristianos a hacer apología de la fe en sus universidades. Pero lo que este largometraje terminó enseñando fue el perpetuamiento del ciclo en el cual nos hemos encontrado como evangélicos: seguir respondiendo con agresión a los cuestionamientos de los ateos y no-cristianos en general. Insultar y faltar a las reglas más básicas del respeto a la autoridad (un profesor en sala de clases es una autoridad). Golpear la mesa y hablar fuerte para que nos escuchen.

Tal vez sin quererlo, los productores terminaron transmitiendo un mensaje que más se parece al nietzschismo (que el que tiene la verdad es aquel que muestra poder) y al budismo (que a la gente mala le ocurren cosas malas y a la gente “buena” le ocurren cosas buenas). A mi entender les faltó más Evangelio. Me imagino: ¿qué habría pasado si el joven hubiera gritado y faltado el respeto al profesor de igual modo, pero después se le hubiera acercado para pedirle perdón, reconociendo su pecado y error? ¡Bum! ¡Esa sí habría sido una bomba del Evangelio! O ¿qué hubiera pasado si al que atropellan y muere al final hubiera sido al joven cristiano y en la calle, tirado, hubiera sido atendido por el profesor ateo, cual samaritano, y allí, mientras el joven agoniza en el asfalto siendo atendido por su profesor, le hubiera dado testimonio, balbuceando, que su fe y su gozo no se ven en nada afectados con este atropello porque para él el vivir es Cristo y el morir es ganancia y su mayor tesoro es Cristo, no la vida, ni la salud ni el reconocimiento de sus compañeros? ¡Bum! ¡Bum! ¡Doble bomba de racimo del Evangelio!

Pero no. Tristemente, no terminó así la película. ¿Y saben qué es lo más me inquieta? Comenté con varios amigos y conocidos esto mismo y ninguno se había dado cuenta de que el joven le faltaba el respeto a su profesor. ¡Qué días extraños vivimos, donde la falta de respeto y de gentileza se han normalizado! Y una vez más seguimos reafirmando y confirmando la mediocre apologética en la que nos hemos encontrado como evangélicos: levantar la voz, gritar más fuerte, marchar por la calle, juntar gente en las plazas, juntar firmas, jugar los juegos de poder y anhelar que a todo este montón de ateos, incrédulos, liberales y agnósticos les vaya mal… ¡ojalá pase un camión y los atropelle a todos!. Pero ¿y qué hacemos con el método apologético de Cristo: amar, servir, caminar decididamente hacia el auto sacrificio? No, gracias. Eso es para perdedores y los evangélicos no queremos perder.

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