Category Archives: Espiritualidad cristiana

Hermanos, no somos profesionales… pero sí debemos ser pro.

  
El lenguaje es algo maravilloso. Muta, se adapta, se hace flexible, se ajusta. El lenguaje es el ámbito donde existen nuestras sociedades y culturas. Por más que ciertos antropólogos ideológicamente sesgados se opongan, la verdad es que las culturas van evolucionando y cambian conforme entran en contacto con otras culturas distintas y estos cambios se van reflejando en varios ámbitos, pero es en el lenguaje donde primero se notan.

En el caso del idioma español hablado en mi país, Chile, ya hace un tiempo entró en él, proveniente del inglés, una palabrita, corta, de apenas tres letras, pero que tiene un potente significado en el uso cotidiano, especialmente entre los más jóvenes. Me gusta esa palabra porque, aunque es la abreviación de otra más larga, puede ser usada con un significado muy distinto al de la palabra larga de la cual procede. Me refiero a la palabrita “pro”. 

Esta palabra, de apenas una sílaba, como decía, es la abreviación del vocablo “profesional” – de cuatro sílabas ni más ni menos. Pero ser pro no es exactamente lo mismo que ser profesional, por varias razones.

En primer lugar, profesional se usa para designar a alguien que tiene estudios, generalmente superiores, y es un especialista en algún área X, por lo tanto es alguien que obtuvo una educación formal – reconocida por su gremio y por los mecanismos estatales, como el Ministerio de Educación en Chile – en X. Ya alguien pro, en cambio, puede haber obtenido esos estudios, pero no es pro por eso, sino porque es realmente muy bueno en lo que hace, dedicándose a ello con esfuerzo, determinación y disciplina, llegando a destacarse. No pocas veces, incluso, alguien sin estudios formales en X puede ser considerado “muy pro” justamente porque lo hace mejor que aquellos que sí se especializaron en X en alguna universidad. ¿No les parece interesante?

En segundo lugar, el concepto profesional después de tanto uso a lo largo de tantos años ya ha ido adquiriendo cada vez más un significado un tanto negativo. Muchas veces, profesional se usa para designar a alguien que se dedica a determinado trabajo u oficio motivado solamente por el dinero y el reconocimiento social que esto le trae y no porque realmente esa persona ame lo que hace. Esta persona puede incluso hacerlo razonablemente bien, ser muy metódico y serio en su quehacer profesional, pero no hay pasión por lo que realiza. 

Fue en este segundo sentido de la palabra que, de modo profético, el pastor John Piper publicó su libro dirigido a pastores: “Hermanos, no somos profesionales.” No puedo estar más de acuerdo con el llamado que el pastor de Minneapolis hace a sus colegas, entre los cuales me cuento. No puede ser que terminemos dedicándonos al oficio pastoral meramente para buscar estabilidad económica, reconocimiento social y admiración de círculos que nos interesan. En este sentido, no podemos ser meramente profesionales que predican, enseñan, visitan, aconsejan, en fin, que hacen todo lo que un pastor de verdad también hace, pero que lo terminemos haciendo sin amor a Cristo, sin pasión por Su gloria, sin amor por las almas que somos llamados a apacentar, sin amor por la iglesia que es la esposa de Cristo, que es nuestra madre aunque se prostituya (como tan fuertemente muestra el profeta Oseas) y por la que nuestro corazón ha de latir tan intensamente como el del mismo Señor.

Un pastor pro, en cambio, es alguien que hace lo que hace porque lo mueve un amor profundo, una pasión incontrolable como un fuego que arde dentro de sí. Es amor por su Dios y Salvador, sin duda, pero también es amor por la iglesia y amor por su vocación. En este sentido un pro puede que sea un “amateur” (curiosa evolución del lenguaje) pero que ama tanto lo que hace, que por lo mismo cada día crece, se disciplina un poco más, abandona los obstáculos que le impiden seguir su llamado y termina buscando dedicarse a tiempo completo a su vocación porque de verdad la ama. Esto puede que lo lleve, incluso, a tornarse un “profesional” según la primera acepción (alguien con estudios formales; de hecho conozco y admiro a varios pastores que recién después de ordenados fueron al Seminario), pero cuya motivación no es el salario ni el reconocimiento, sino el amor; el amor a su llamado, el amor a su vocación. Como un agricultor que ama cultivar y cuya felicidad proviene de trabajar la tierra, de sembrar, de podar, de regar y de cosechar. Y cuando la cosecha llega, llama a todos sus amigos y vecinos y comparte con ellos los frutos dulces de lo que cultivó porque no los quiere sólo para sí, ya que como todo corazón que ha aprendido a amar, ama también ver a otros felices con el fruto de su trabajo. ¡Esto es ser pro!

Es interesante, pero externamente un mero profesional puede estar haciendo las mismas cosas que un pro. Su día a día de actividades puede verse muy similar. Pero, una vez más, es en el corazón donde está la diferencia. Y cuando la diferencia está en el corazón, esta se notará externamente, más tarde o temprano. Y no me refiero necesariamente al abandono ministerial, ya que a veces la pasión los lleva a incendiarse y, como decía Neil Young, “es mejor incendiarse que irse apagando lentamente” (“It’s better to burn out than to fade away”). En este sentido, alguien, como Juan el Bautista, puede tener un ministerio de apenas unos meses (entre 6 y 18 meses deducen los eruditos bíblicos), pero aún así, como el profeta del desierto, tener un ministerio de entrega total a Cristo y no a sus propios objetivos de estabilidad económica personal o de reconocimiento social (generalmente para compensar Dios sabe qué traumas infanto-adolescentes). 

Pero, como decíamos, al final de todo, se notará en los frutos. Porque un corazón pro da frutos pro. Sus frutos son resultado del amor, no del resentimiento, no del tener que demostrarle nada a nadie, ni mucho menos el resultado de un trabajo metódicamente impecable, socialmente loable, pero frío, sin corazón. No nos ilusionemos: el amor del pro no es celestial, es terrenal y muy real. Es ese amor humano, muchas veces cargado de contradicciones, que se abre paso en el corazón mediante luchas intensas y terribles a solas en la madrugada, pero es 100% real, es ese amor que el Espíritu de Dios planta en corazones caídos a los que está redimiendo de sí mismos. Y el fruto del pro es producto de ese amor, de amar lo que se hace y, sobre todo, de amar al Dueño del huerto, a Cristo el Señor.

En este sentido, hermanos pastores, hago eco de las palabras de Piper, buscando aplicarlas a mí mismo en primer lugar e invitándolos a caminar conmigo en esta visión: no seamos meros profesionales, pero sí seamos [y busquemos ser cada día más] pro.

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¿Y eso edifica, hermano? (otra vez algo sobre cristianismo y cultura).

  
Es clara la Biblia acerca de que los creyentes en Cristo debemos dedicarnos a aquello que nos edifica. No cuestiono ni jamás podría cuestionar una enseñanza tan clara y un mandato tan explícito de mi Señor. ¡Busquemos aquello que edifica y evitemos todo lo que no nos edifica! 

El punto, sin embargo es: ¿qué significa “edificar”? “Edificante” no significa simplemente algo que es útil de un modo pragmático y utilitarista. No sólo edifican aquellas cosas o actividades que pueden ser identificadas racionalmente como cumpliendo una función para satisfacer necesidades de supervivencia o prosperidad material humanas. He visto a muchos pseudo- [o neo-] reformados que rechazan cualquier actividad u objeto que sea mera fuente de placer y deleite. Si no logran verle la utilidad pragmática a algo, dentro de un concepto mecánico y ascético del universo, entonces de inmediato su voz grave se hace sentir como el eco de un trueno del Sinaí: “Eso no edifica, hermano” o, peor aún, como una pregunta, que es en realidad un reproche que no espera respuesta: “¿Y eso edifica, hermano?

A no pocos cristianos que se consideran reformados – aunque están fuertemente influenciados por esa curiosa mezcla de pragmatismo y moralismo ascético que caracterizó buena parte del pensamiento moderno de los siglos XVIII y XIX y no por una visión genuinamente cristiana reformada – les haría muy bien leer las palabras de aquel a quién consideran su referente en cuanto a teología y cosmovisión: Juan Calvino.

En su obra magna, el brillante reformador de Ginebra, con la impronta propia de un mentor y padre espiritual, escribe lo siguiente:

Ahora bien, si consideramos el fin para el cual Dios creó los alimentos, veremos que no solamente quiso proveer para nuestras necesidades, sino que también tuvo en cuenta nuestro placer y satisfacción. Así, en los vestidos, además de la necesidad, pensó en el decoro y en la autenticidad. En los vegetales, los árboles y las frutas, además de la utilidad que nos proporcionan, quiso alegrar nuestros ojos con su hermosura, añadiendo también la suavidad de su fragancia. De no ser esto así, el salmista no cantaría entre los beneficios de Dios, acerca de “el vino que alegra el corazón del hombre”, y de “el aceite que hace brillar el rostro” (Sal. 104, 14). Ni la Escritura, para engrandecer su benignidad, mencionaría a cada paso que Él dio todas estas cosas a los hombres. Las cualidades naturales de cada cosa muestran claramente cómo debemos disfrutar de ellas, con qué fin y en qué medida. 

¿Pensamos que el Señor ha dado tal hermosura a las flores, que espontáneamente se ofrecen a la vista, y un olor tan suave que penetra los sentidos y que, sin embargo, no nos es lícito experimentar el placer de su belleza y perfume? ¿No ha diferenciado los colores de modo que unos nos parezcan más atractivos que otros? ¿No ha dado él una gracia particular al oro, la plata, el marfil y el mármol, con la que los ha hecho más preciosos y de mayor estima que el resto de los metales y las piedras? En definitiva, ¿no nos ha dado Dios innumerables cosas que podemos apreciar sin tener verdadera necesidad de ellas?

(Juan Calvino, Institución de la Religión Cristiana, libro III, capítulo X, título 2)

Los invito a reflexionar sobre estas cosas, mientras continúo siendo enormemente edificado mediante el disfrute de una copa de Petit Verdot, escuchando algo de John Coltrane y Thelonius Monk y asomándome cada cierto tiempo a la ventana sólo para sentir el suave aroma que dejan en el aire los árboles del Parque después de 2 días de lluvia en Santiago. 

Buenas noches.

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El guerrero es un niño

Este post no es mío. Es una de la reflexiones semanales de Steve Brown en el blog de su ministerio KeyLife. La traducción tampoco es mía, es de mi amigo Danilo Járlaz, quien la ha dispuesto como un regalo para todos los que quieran leerla. Una vez más: ¡gracias Danilo! Por tu excelente trabajo y generosidad.


Estas últimas semanas han sido particularmente difíciles y muy dolorosas para mí. Probablemente han escuchado acerca de la renuncia del pastor Tullian Tchividjian como pastor de la Iglesia Presbiteriana Coral Ridge en Fort Lauderdale. No voy a profundizar en detalles porque los medios de comunicación ya nos han dicho todo lo que se puede contar al respecto, incluyendo con esto, por supuesto, el regocijo de personas no creyentes acerca de la “hipocresía” de los Cristianos que “se creen mejor que todo el resto” y los fariseos que gustosamente señalan a lo que lleva “el enfatizar tanto la gracia”.

Francamente me he hastiado de todo esto.

Mi dolor es mucho más profundo y personal que esto. Veran, yo amo a Tullian… le amo muchísimo. Lo conozco desde que tenía seis años de edad y he orado por él diariamente la mayor parte de su vida. Fui su profesor de seminario hasta que culminó sus estudios y he conocido y amado a su familia (tanto a los Tchividjian como a los Graham) la mayor parte de mi vida adulta. El difunto padre de Tullian, a quien extraño mucho, fue un amigo muy cercano.

Francamente, no planeé decir ni escribir nada respecto a lo ocurrido. Ya se ha dicho demasiado y a veces, cuando uno no sabe qué decir, es mejor guardar silencio. Sin embargo, formo parte del equipo pastoral (como pastor docente) de la iglesia presbiteriana de Coral Ridge, Key Life se ha asociado con Coral Ridge y Tullian en el Movimiento “Liberate” casi desde los inicios de “Liberate”. Muchos de ustedes me han llamado por teléfono, mandado e-mails, o escrito cartas para expresar su preocupación por mí y por todos aquellos que estamos involucrados en esto. Supongo que alguien que ama y conoce a Tullian y ha compartido el potente mensaje que ha predicado y enseñado no puede mantenerse en silencio. Por esto voy a escribir algo aquí… un pecador que ama a Jesús escribirá, para a otros pecadores que aman a Jesús acerca de pecadores que aman a Jesús. Estoy haciendo esto por ustedes, por mí y por todos aquellos que han sido heridos o están enojados o confundidos por lo ocurrido. Me he sentido igual que ustedes las últimas semanas.

Como pueden imaginar, es peligroso decir cualquier cosa acerca de una tragedia como esta. No daré excusas para el pecado, ni para el mío, ni para el de ustedes o el para el de Tullian. La santidad de Dios no es algo menor. No hay excusas para el pecado. El pecado es pecado porque es oscuro, destructivo y hace agonizar al pecador, tanto a los que luchan contra el pecado como aquellos que aman pecar. Nunca he insinuado que la gracia signifique no estar dolido por el pecado o que el arrepentimiento sea innecesario. Los cristianos están llamados a vivir una vida de arrepentimiento. Es la fuente de nuestro poder. Y por esto, a menudo he sido acusado de animar a la gente a pecar deliberadamente (una acusación, que de paso sea dicho, es falsa) No quiero darles más auge a los acusadores. Ya tienen suficiente. 

Déjenme compartiles algunas preguntas que he recibido últimamente:

Steve, ¿acaso el pecado de Tullian no demuestra que hablar un mensaje de gracia tan radical es muy peligroso y finalmente provoca lo que ocurrió?

La verdad es que no. De hecho, es precisamente lo opuesto. A pesar de que odio totalmente lo que ocurrió, Tullian ha demostrado que Cristo no murió por pecados pequeños o “respetables”. Jesús no murió porque no nos cepillamos los dientes el mes pasado, o dijimos alguna mentirita blanca a nuestro profesor de escuela dominical, o porque le robamos un poco de comida a nuestra madre cuando éramos niños. Cristo murió por pecados y pecadores REALES. Si la gracia que Tullian predicó y enseñó no estuviera disponible para él, tampoco estaría disponible para ti, ni para mí.

Una de las verdades elementales del cristianismo, el corazón de nuestra fe, es que Dios reveló su gracia y misericordia. Satanás odia este mensaje y sabe que si logra que los cristianos rechazen o duden acerca de esta verdad incondicional de Dios, de su amor y su perdón para los pecadores, ganará una gran batalla. No dejemos que nos engañe. Escuchen los sermones de Tullian y lean sus libros. Si Dios hablara su verdad sólo a través de predicadores “puros”, nadie podría hablar de su mensaje. No es acerca de Tullian, o de mí ni de nadie más. Es acerca de Jesús. Somos inmensamente pecadores y necesitamos un inmenso Salvador.

Si Tullian ha predicado o enseñado acerca de su propia obediencia o los ha llamado a contemplar su propia obediencia, quemen sus libros y borren sus sermones. Pero Tullian hizo esto. Él predicó la obediencia, la fidelidad y la santificación, pero él siempre apuntó hacia Jesús y confesó repetidamente que estaba luchando contra sus pecados al igual que nosotros.

Una vez más, esto no es una “excusa”, pero es algo importante de recordar. 

Pero muchos han sido heridos y están confundidos.

Por supuesto que lo están. Yo también lo estoy. Nos recuerda a todos nosotros que es peligroso adorar cualquier altar que no sea el de Dios. Porque muchas veces los maravillosos dones de Tullian, su predicación y escritura tan poderosa, su tan atractiva y encantadora personalidad, nos hacían olvidar fácilmente que él tambien es un pecador como cualquier de nosotros, que tenemos nuestros “demonios” internos, los cuáles muchas veces son aterradores.

Algunos años atrás Twila Paris escribió y cantó una canción que me ha estado rondando estos días.

Últimamente he estado ganando batallas a diestra y a siniestra.

Pero incluso los ganadores son heridos en batalla.

La gente dice que soy asombroso.

Que me he vuelto fuerte con el pasar de los años.

Pero ellos no pueden ver dentro de mí.

 

Que escondo las lágrimas.

No saben que corro a casa cuando caigo.

No saben quién me levanta cuando nadie me ve.

Dejo caer mi espada y lloro un momento.

Porque dentro de esta armadura

El Guerrero es sólo un niño. 

¿El pecado no importa? 

Por supuesto que el pecado importa. Cualquier cosa que haya costado la sangre del Hijo de Dios importa profundamente. Dios está haciéndonos como Jesús y es un proceso doloroso y lento que incluye los errores y el pecado. Se llama santificación y ocurre a medida que amamos más a Cristo. Él crece y nosotros menguamos. Pablo dijo que estamos crucificados con Cristo y que incluso Cristo vive en nosotros. Ambas cosas son un hecho un proceso. Durante este proceso nunca somos rechazados, nunca dejamos de ser amados y nunca dejamos de ser vestidos con la justicia de Cristo. Pero sin embargo, el proceso continúa.

¿Qué ocurrió con el “proceso” de Tullian?

Nunca sabremos la historia completa de nadie más que la nuestra, y no lo sé. Alguien ha dicho que cuando los cristianos pecan hay tres cosas que no sabemos acerca de como ellos enfrentan este hecho. Primero, no sabemos qué poderes están acechándolos. Segundo, no sabemos cuán difícil o por cuánto tiempo la persona ha peleado contra estos poderes. Y tercero, no sabemos el horror y la vergüenza que ellos sienten cuando han perdido la batalla.

Yo sí se que la reacción más apropiada para el pecado de un hermano o hermana cristiana debería ser la tristeza y las lágrimas. Muchos de ustedes han reaccionado en una forma en que ha sido una bendición para mí. Ni se lo imaginan. Como muchos de ustedes saben, este último tiempo he llorado más de lo que no había llorado en mucho tiempo. Sus palabras de comprensión, oración y sensibilidad me han sonreído como lo haría Jesús. Ric Cannada, mi mentor principal en el Reformed Seminary, apuntó a que hiciéramos una pausa en Key Life, y oró conmigo y otras personas de nuestro equipo. Muchos de ustedesn han escrito y llamado, como muchos otros amigos diciendo “déjame orar por ti” y oramos juntos por teléfono.

Pero Steve, tú no fuiste el que pecó esta vez.

¿No se dan cuenta? ¡Ése es mi punto! EL cuerpo de Cristo está tan conectado que deberíamos saborear la sal de las lágrimas los unos de los otros. Cuando los errores marcan a un hermano o hermana, ése es nuestro error también. Cuando nuestros amigos cristianos triunfan sobre el pecado o se mantienen firmes ante, todos deberíamos corear juntos el “ALELUYA”. Tus pecados son mis pecados, y tu fidelidad es mi fidelidad. Estamos todos juntos en esto, todos. Y todos nosotros pecamos y tenemos nuestros pequeños éxitos contra el pecado en ocasiones. Esto hace que nuestro vínculo sea mucho más fuerte.

Desafortunadamente no todos comprenden esto. He escuchado “¿¡Él?! ¡Pero cómo es posible!” y “Quizá ni siquiera sea salvo”, “Un Cristiano Real nunca haría algo como esto” y muchas cosas similares. Un pastor que evidentemente estaba muy contento con lo ocurrido, me escribió diciéndome: “Finalmente vemos los resultados de tus enseñanzas.” Él me dijo que era tiempo de arrepentirme de mi propia enseñanza y de mi narcisismo. Incluso me ofreció ayuda para arrepentirme y cambiar. (De paso le respondí que él sólo había visto la mitad de mi narcisísmo y que si supiera la verdad, quedaría horrorizado.)

Recibí un e-mail de un amigo que recientemente había expuesto su más horrendo pecado a la iglesia públicamente. Su vergüenza y horror me llevaron a sentir compasión por él, al igual que Tullian. Mi amigo me escribió: 

“¿Sientes la misma frustración que yo? Que la iglesia se siente como un lugar donde debemos mantener lo que se ve de afuera limpio y alejar todos los pecados socialmente inaceptables? Donde los pecados más grandes cometidos por cristianos necesitan ser quitados de la atención publica lo más rápido posible. Odio el mensaje que estas cosas comunican a nuestro mundo y a otros cristianos que quieren arrepentirse. 

Sólo mantiene el sentimiento de cómo la iglesia no es un lugar seguro para arrepentirse. ¿Cuándo estas personas dejarán de ver la paja en el ojo ajeno y dejarán de juzgarnos? Si mis líderes hubieran hecho esto cuando lidiaron con mi confesión, habrían manejado mi situación de manera distinta. Al que mucho se le perdona, mucho ama y ellos no me amaron a mí…

Me encanta que tu blog muestre a la iglesia como un lugar seguro para arrepentirse. ¿Pero por qué no es así? De eso se trata la iglesia. Gracias, Steve, por compartir este mensaje. Lo necesitamos mucho. Oro a Dios de que podamos aprender a manejar el pecado de manera diferente…

Si ves a Tullian dile que lo siento mucho. Y que lo perdono y lo sigo amando totalmente. Voy a extrañar sus sermones también. Estoy muy angustiado por todo esto y necesitaba decírtelo. 

Gracias por escucharme. Sólo seguiré confiando que Dios es Soberano aún en medio de este desastre y se que puedo confiar en que Dios puede sacar cosas buenas aún de las cosas malas. Y seguiré perdonando. No voy a juzgar ni tampoco condenar a otros pecadores…” 

Y ¿ahora qué?

No tengo idea, pero sí estoy de acuerdo con mi amigo de que Dios es soberano aún en medio de este desastre y se que puedo confiar en que Dios puede sacar cosas buenas aún de las cosas malas. Sigo amando a Tullian y él sigue siendo mi amigo. Nada ha cambiado eso. Su mensaje sigue siendo poderoso porque es verdadero. No es menos verdadero ahora ,ni lo será con el pasar de los años… y quizás sea más necesario ahora que nunca.

En Lucas 22, recordarán que Jesús le dice a Pedro que Pedro le negará y Satanás intentará destruirle. Entonces Jesús le dice a Pedro “Pero yo he orado por ti para que tu fe no falle. Y tú, cuando te hayas vuelto a mí, fortalece a tus hermanos.” (v. 32). 

Esto es lo que Jesús le dice a Tullian, a ti y a mí. El poder de los cristianos no está en su fortaleza, sino en sus debilidades, en su quebrantamiento y en su pecado. Este es el mensaje con el que “fortalecemos a nuestros hermanos y hermanas.” Es un mensaje acerca de redención, perdón e increible Gracia de Dios, de misericordia y amar a las personas que no lo merecen. Sólo los pecadores pueden proclamar este mensaje porque somos los únicos suficientemente descalificados para hacerlo. 

Steve Brown.

  

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Eliminando el deismo de nuestras iglesias

  
Aún no tengo el privilegio de leerlo, pero he oído bastante acerca de un libro llamado “Soul Searching: The Religious and Spiritual Lives of American Teenagers” de Christian Smith y Melinda Lundquist Denton (Oxford University Press, 2005). Allí ellos, como sociólogos estudiosos del fenómeno religioso, definen, después de entrevistar a muchos adolescentes de iglesias y de analizar los datos, la religión de los jóvenes evangélicos norteamericanos como un “Deismo Moralista Terapéutico Cristiano“. Impactante.

Me resulta impactante porque aprendí desde hace años, leyendo libros sobre herejías y sectas y, más tarde, textos de prolegómenos en Teología, que el Deismo y el Cristianismo son incompatibles, ya que el Cristianismo es Teista, esto es: cree en un Dios personal, que no sólo creó todas las cosas, sino que las sostiene y que interviene en su creación, prescindiendo de las leyes que Él mismo estableció en ella, cuando Él así lo determina. Ya el Deismo, en cambio, nos propone un dios que no es mucho más que la causa-no-causada de Aristóteles: el famoso relojero que creó el mundo, le dio cuerda y lo dejó andando como un sistema cerrado de causas y efectos; como máximo un juez cósmico que va a volver al final de todo esto a juzgar a cada uno según sus acciones. Insisto: esto me impacta porque estoy casi seguro que en sus iglesias evangélicas no les enseñan ni predican Deismo a estos jóvenes y esto me deja profundamente inquieto. Obviamente, mi primera reacción, fruto de mi arrogancia, es pensar que los autores se equivocan, pero luego de darle una segunda vuelta, por la gracia de Dios, prevalece la cordura y deduzco que no necesitamos enseñarle Deismo a las personas para que ellas se vuelvan deistas.

Tengo la impresión que el Deismo de estos jóvenes sólo es la consecuencia final de su Moralismo Terapéutico Cristiano. Y entonces todo calza porque eso sí que se enseña en nuestras iglesias evangélicas (históricas, contemporáneas y pentecostales, por igual), sobre todo a los niños y a los adolescentes. Me explico: cuando ser cristiano consiste básica y esencialmente en una decisión tomada en un punto X de tu pubertad o niñez (“recibir a Cristo”) y, después de eso, en un constante esfuerzo por ser cada día mejor para agradar a Dios, entonces eres básicamente un cristiano moralista terapéutico. “Cristiano” porque tu dios se llama Cristo y porque tu sistema de doctrina proviene de sus enseñanzas. “Moralista” porque asumes que la gran meta de la vida es el auto-perfeccionamiento moral; obviamente para no parecer un mero humanista y mantener la identidad “cristiana” de tus creencias, afirmas que no lo puedes hacer solo y reconoces que necesitas la ayuda de Dios y de la comunidad de fe para lograr esa gran meta de la vida: ser bueno. Y, precisamente, el papel que juega la comunidad de fe le añade el elemento “terapéutico”, ya que ellos te van supervisando, acompañando, diciéndote [pelagianamente] que con un poco más de esfuerzo sí puedes obedecer los preceptos divinos, pero sobre todo: desafiándote a ser mejor, vigilando y castigando, exhortándote cuando fallas, apuntándote tus errores para que la próxima vez no vuelvas a fallar en eso mismo.

No me da el espacio aquí para mostrar el gran daño que este falso evangelio del cristianismo moralista terapéutico hace a nuestras iglesias y comunidades. Pero uno de los peores daños que causa es lo que me llamaba la atención más arriba: nos torna deistas. Dios se hace lejano, una figura sombría y exigente, a quien sólo los más disciplinados y espirituales podrán agradar. Un juez que mira con ceño fruncido desde las alturas nuestro esfuerzo, que de vez en cuando nos regala una gracia o un favor, pero que tiende a estar constantemente decepcionado de sus hijos. Un dios al que hay que sacarle una sonrisita con buenas obras, compromiso, diezmos, asistencia dominical, etc. Esto me parece profundamente inquietante porque lo que ocurre en Norteamérica, sabemos bien que ocurre aquí también, incluso porque sus teologías y prácticas eclesiales son las que nos moldean como iglesia evangélica latinoamericana hasta hoy.

Es en medio de esta situación que quiero invitarnos (sí, invitarme a mí mismo inclusive) a abandonar la obsesión evangélica con el progreso moral. Nuestro afán con ser cada día mejores personas nos está distanciando del Padre, está creando falsas ilusiones a nuestros niños y está apartando a nuestros jóvenes de la fe: agotados, confundidos (especialmente con ese mito de que “a la gente buena le ocurren cosas buenas“), decepcionados y, sobre todo, cansados de tratar de agradar a un dios que, como sus padres, jamás siente placer en ellos a no ser que conquisten algún logro moral. En nuestras comunidades se están mordiendo unos a otros por culpa de esta enseñanza que ha salido de nuestros púlpitos y de nuestras clases de escuela dominical: que la santificación consiste en ser cada día mejores. Existen entre uno y mil argumentos teológicos de peso en los puritanos y en los reformados de los siglos XVI y XVII para mostrar que esa no es la esencia de la santificación. La santificación no consiste en auto-perfeccionamiento moral. La santificación consiste en amar cada día más a Dios y esto implica, a su vez, 2 cosas: (1) cada día estar más consciente de la profundidad de mi miseria y absoluta incapacidad para hacer la voluntad de Dios, sin importar cuánto me esfuerce y (2) cada día asombrarme más con el hecho de que Dios me amó y me ama, que Él siente placer en mí cuando hago el bien y cuando hago el mal porque soy Su hijo, que no hay castigo, juicio ni condenación contra mí, que su ceño ya no está ni nunca estará fruncido y que sus brazos siempre están abiertos para mí, todo esto gracias a la obra de Cristo en la cruz.

¿Queremos limpiar nuestras iglesias del Deismo Moralista Terapéutico Cristiano? Entonces más que una serie de clases y mensajes sobre herejías, falsas doctrinas y sectas, lo que necesitamos es predicar el Evangelio Cristocéntrico, el amor de Dios revelado en Cristo. Necesitamos invitarnos unos a otros no a ser mejores personas sino a asombrarnos más con el amor escandaloso, persistente, obstinado, incondicional del Dios a quien llamamos Padre, siempre cercano, siempre con sus brazos extendidos a nuestro al rededor, como un papá con su bebé que está aprendiendo a andar, siempre mirándonos sonrientes mientras vamos caminando, nunca frunciendo el ceño porque tropezamos y caemos, pero siempre levantándonos mientras se ríe, transmitiéndonos su paz y diciéndonos que no pasó nada, que está todo bien, que Él está a nuestro lado por siempre y que Él tiene el control de todo.

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Una palabra muy vigente de Leonard Ravenhill

 

 “Nuestra necesidad nacional en esta hora no es que el dólar recupere su fuerza, o que salvemos nuestro rostro ante el caso Watergate, o que encontremos la respuesta al problema de la ecología. ¡Lo que necesitamos es un profeta enviado por Dios!

[…]

Millones se han gastado en la evangelización en los últimos veinticinco años. Cientos de mensajes del evangelio avanzan por el aire sobre la nación todos los días. Cruzadas se han celebrado; reuniones de sanidad han hecho una contribución vital.(…)

Organizadores tenemos. Abundan los predicadores expertos y las organizaciones cristianas multimillonarias. Pero, ¿dónde, oh dónde, está el profeta? ¿Dónde están los hombres incandescentes recién salidos del lugar santo? ¿Dónde está el Moisés que clama en ayuno ante la santidad del Señor por nuestra moral mohosa, nuestra pérfida política y nuestra espiritualidad agria y enferma?

Los hombres de Dios permanecen ocultos hasta el día que han de ser mostrados. Ellos vendrán. El profeta es vejado durante su ministerio, pero es vindicado por la historia.

Hay un terrible vacío en el cristianismo evangélico de hoy. La persona desaparecida en nuestras filas es el profeta. El hombre con una terrible seriedad. El hombre totalmente de “otro mundo”. El hombre rechazado por otros hombres, incluso otros hombres buenos, porque lo consideran demasiado austero, demasiado-severamente comprometido, demasiado negativo y poco sociable.

Que sea tan claro como Juan el Bautista.

Que sea por un tiempo una voz que clama en el desierto de la teología moderna y del “iglesismo” estancado

Que se niegue a sí mismo como el apóstol Pablo.

Que diga y viva: “una cosa hago.”

Que rechace los favores eclesiásticos.

Que se humille a sí mismo, no complaciéndose a sí mismo, no auto-proyectándose, no justificándose, no gloriándose, no auto-proclamándose.

Que no diga nada que pueda atraer la atención de los hombres a sí mismo, sino sólo aquello que moverá los hombres hacia Dios.

Que venga a diario del salón del trono de un Dios santo, del lugar donde ha recibido la orden del día.

Que él, bajo Dios, destape los oídos de los millones que están sordos por el estruendo de las monedas ordeñadas en esta era de hipnotismo materialista.

Que llore con una voz que este siglo no ha escuchado porque él ha visto una visión que ningún hombre de esta época ha visto.

Dios envíanos este Moisés que nos llevará desde el desierto del materialismo craso, donde las serpientes de cascabel de la lujuria nos pican y donde los hombres ilustrados, totalmente ciegos espiritualmente, nos llevan a un siempre-cercano Armagedón.

¡Dios ten misericordia! ¡Envíanos PROFETAS!”

(Leonard Ravenhill)

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Libertad que libera, gracia que transforma 

Leyendo a quien considero uno de mis autores favoritos de los que he descubierto en el último par de años, Steve Brown – pastor presbiteriano y un tremendo comunicador – encontré esta historia extraordinaria que quiero compartir por el simple hecho de que muestra la realidad de cómo la gracia nos transforma y nos hace agentes de transformación para bendecir la vida de otros.

<<Un amigo mío me envió una maravillosa historia de su diario local. Contaba acerca de un sacerdote, el Rev. Thomas J. Quinlan, un fumador empedernido de 71 años y con una voz carrasposa que parecía siempre arreglárselas para ofender personas. “Cierta vez entró por el pasillo central de la Basílica de Saint Mary en Norfolk en una motocicleta de la policía durante una procesión de Domingo de Ramos”. En otra ocasión se vistió como Superman en un servicio dominical con el fin de enseñar algo. Siempre tratan de llamar a Quinlan al orden, pero él hace poco caso. A él no le gusta jugar al gallito con las autoridades, y odia las trampas del poder. Lo divertido del Rev. Quinlan es que las iglesias donde él sirve siempre crecen. De hecho, una iglesia triplicó tanto en asistencia como en recaudación. Donde sea que Quinlan sirve, los miembros de la iglesia se involucran en el ministerio eclesial. Así que, a pesar de sus formas raras, Dios está haciendo algo a través de él de una manera maravillosa y fascinante. El año pasado Quinlan, quien venía luchando desde hacía muchos años con el alcoholismo, fue arrestado por manejar bajo los efectos del alcohol. Él se levantó delante de su congregación y confesó su pecado, diciéndoles que se retiraba voluntariamente. Pero durante el tiempo que había estado con ellos, él les había enseñado a ser libres y les había enseñado bien. ¿Sabes qué fue lo que le dijeron ellos a él? “No queremos que te vayas; queremos que cambies”. Estos queridos feligreses, decía el periodista que escribió la nota, “lo amaron hasta llevarlo a la sobriedad.” ¡Eso es! ¡Ellos lo entendieron! Sólo desearía que él hubiese sido presbiteriano.>>

Steve Brown, A Scandalous Freedom, p. 23.

  

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Sobre analgésicos y cirugías

  

<<…porque el Señor disciplina a los que ama, 

y azota a todo el que recibe como hijo. (…) 

Si a ustedes se les deja sin la disciplina que todos reciben, 

entonces son bastardos y no hijos legítimos.>> 

(‭Hebreos‬ ‭12‬.‭6 y 8‬ NVI)

¿Cómo se te ocurre que vamos a disciplinar al joven fulano? Lo que él necesita es cuidado pastoral, que le acompañen y oren con él y no que lo disciplinen“. Las palabras, dichas hace años atrás, las podria haber dicho un cristiano de cualquier otra tradición evangélica y no me habrían sorprendido tanto, ¿pero que las dijera un reformado? Mal. Mayor fue mi espanto, sin embargo, al cerciorarme que las decía un pastor, con formación en un seminario reformado con historia y trayectoria.

Disciplinar es pastorear, es una forma muy eficiente y específica de dar cuidado y atención espiritual. Decir una aberración como la dicha por este colega es tan ilógico como si alguien dijera “Lo que necesita fulano no es cirugía, sino tratamiento médico especializado” (what??).

Que todavía muchos vean la disciplina como mero castigo, punición y hasta como una especie de venganza de la comunidad o de los líderes contra alguien que los decepcionó, me parece burdo, anti-bíblico y absolutamente indigno de un reformado. Sé, sin embargo, y entiendo que tenemos una triste y lamentable historia de disciplinas eclesiásticas que fueron literalmente tratadas como una mera punición. Me avergüenza que haya sido así en el pasado y afirmo enfáticamente que ESA MANERA de ejercer la disciplina debe acabar, sin duda. Pero eliminar la disciplina en sí y, más absurdo aún, contraponerla al cuidado pastoral como si aquella no fuera parte de este, es como botar el agua sucia de la bañera junto con el bebé.

Un mal médico – que será justamente acusado y condenado por negligencia – es aquel que, sabiendo que un paciente necesita cirugía, se limita a dar analgésicos. Un mal pastor es aquel que, sabiendo que es necesaria la disciplina de alguien, se limita sólo a orar con y por el hermano y hacerle visita pastoral. La verdadera disciplina implica, justamente, hacer todo eso de manera más presente, constante y atenta, uno no necesita oponer 2 cosas que en realidad van juntas por naturaleza. No toda atención pastoral es disciplina, pero toda disciplina es, sin duda, atención pastoral… y de la más intensiva.

La disciplina es necesaria tanto para el propio bien espiritual del miembro que ha cometido la ofensa, como para el bien de la comunidad cristiana de la que forma parte y también para el bien del testimonio de la iglesia ante el mundo, por causa del honor de Cristo (capítulo XXX, párrafo 3 de la Confesión de Fe de Westminster). Todos estos motivos son importantes considerarlos a la hora de ejercer la disciplina. Que Dios nos ayude a ser buenos pastores, buenos consistorios y buenos presbiterios y no líderes negligentes que se limitan a dar aspirinas espirituales ante casos que requieren cirugía mayor.

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