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El mito de lo no-mitológico

  
Hoy comienzo un nuevo ciclo de mis clases de historia de la filosofía en el Seminario Teológico Presbiteriano y esto me inspiró a escribir esta muy pequeña reflexión sobre los orígenes de la filosofía occidental.

Se dice en los manuales, especialmente desde el Iluminismo del siglo XVIII, que la filosofía surge en el mundo occidental con las primeras explicaciones “no-mitológicas” al origen del mundo. ¿Qué quieren decir con eso de “no-mitológicas”? Simple: sin depender de relatos religiosos que hagan referencia a una o varias divinidades que crearon el mundo como hoy lo conocemos. Por ejemplo: la tentativa de Tales de Mileto de explicar que todo procede del agua.

Pobre e ilusa forma de definir los orígenes de la filosofía.

Pobre, en primer lugar, porque el pretender que una explicación es mitológica sólo por el hecho que hace referencia a un creador trascendente es sumamente parcial y tendencioso, especialmente a la luz de la historia de las ideas y la ciencia. No son pocos los grandes pensadores y científicos e incluso las principales escuelas de pensamiento filosófico que han contribuido al avance y progreso de sus áreas justamente por causa de su fe en un Creador (Johannes Kepler y las órbitas elípticas es un ejemplo). Es más, como muestra el epistemólogo holandés Roy Hooykas – y hace eco Nancy Pearcey en “The Soul of Science” – la ciencia moderna occidental sólo pudo existir porque los presupuestos fundamentales de la fe cristiana le proveyeron el marco y el suelo fértil para florecer. Es pobre porque sólo un ciego que no quiere ver sería capaz de hacer la inmediata y dogmática asociación entre el creer en un Creador Personal, Trascendente, Omnipotente, Sabio y Soberano (cosa perfectamente racional y compatible con los hechos del mundo y la naturaleza) y la mitología de los grandes relatos ficticios humanos (que no son otra cosa sino leyendas inventadas que desafían abiertamente toda racionalidad y el mismo funcionamiento del mundo).

En segundo lugar es iluso, dije. Y es iluso porque hay que ser en verdad muy ingenuo para creer que las primeras explicaciones que no apelaban a lo trascendente eran menos religiosas que las que sí lo hacían. El agua de Tales de Mileto, el fuego de Heráclito de Éfeso podrán ser elementos inmanentes para explicar el origen del mundo, pero no por eso son menos religiosos. Se les adjudica omnipotencia, eternidad y, a veces, incluso, casi una personalidad, con voluntad e inteligencia propias. No son sólo elementos, son dioses. Podemos sumar a esto el hecho tan correctamente observado por Friedrich Nietzsche y Herman Dooyeweerd (¡irónica coincidencia!) que las religiones dionisíacas (de la naturaleza) y apolíneas (de la cultura y la forma), en una constante tensión una contra la otra, fueron la base formativa de la cultura griega, al punto que la famosa tensión entre Parménides y Heráclito no era otra cosa sino el dios Apolos luchando contra el dios Dionisos. En otras palabras, fueron dos cosmovisiones esencialmente religiosas en tensión las que cumplieron el rol de fundamento de todo el edificio que hoy llamamos cultura y filosofía greco-romana. Es iluso, claramente, no querer ver la evidente raíz religiosa de la filosofía griega. Podremos, tal vez, concederle a los manuales que es cierto que las explicaciones trascendentes fueron abandonadas por explicaciones más inmanentes, pero esa inmanencia no es menos religiosa ni menos mitológica que los antiguos relatos de dioses en conflicto que, luchando y compitiendo entre sí, crearon los cielos y la tierra.

En todo esto que buscan enseñar gran parte de los manuales de filosofía modernos, fuertemente atados aún a una visión iluminista del origen de la filosofía, podemos identificar con claridad el mayor mito de todos: seguir insistiendo en la no-religiosidad del pensamiento. Y hasta el día de hoy, incluso, muchos de los discursos supuestamente POST-modernos, siguen porfiando “modernamente” que existe neutralidad en el pensamiento humano y que existe razonamiento totalmente autónomo y libre de toda influencia religiosa. Mientras este mito – fantasioso, arbitrario e iluso como la mayoría de los mitos – insista en ser elevado dogmáticamente a la categoría de explicación del mundo, las tinieblas de la superstición laicista seguirán avanzando y prevaleciendo en nuestra cultura.

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