Category Archives: Iglesia Presbiteriana de Chile

Crisis de confianza y necesidad de control

  
Fue en septiembre de 2013, en el antiguo edificio de una iglesia luterana en Chelsea, Nueva York. Era un encuentro de profesionales cristianos y uno de los expositores, presbítero regente de la iglesia presbiteriana Redeemer, trabajando desde hace muchos años en el sector financiero de Wall Street dijo la sencilla y obvia idea que me dejó pensando hasta hoy: “La crisis financiera de 2008 fue una crisis de confianza. Personas dentro del sistema se aprovecharon de la confianza de todos los demás y arriesgaron lo que no debían. Necesitamos recuperar la confianza. Todo el sistema económico de EE.UU. se basa en la confianza. Sin confianza perderemos nuestro sistema.

Por supuesto. Cuando la confianza es traicionada los controles aumentan. Es así en todo orden de cosas. No quiero hablar en este post sobre política ni economía, sino, una vez más y muy brevemente, sobre principios de gobierno eclesiástico. Los sistemas basados en la confianza tornan imperiosa la necesidad de ser éticos, de mostrar y demostrar que somos coherentes, que hay honestidad en nuestras palabras y disposición sincera a corregir excesos y errores; incluso que nos arrepentimos cuando necesario y pedimos ayuda para enmendar nuestros caminos. Esto es cierto en un montón de orden de cosas, pero especialmente en las iglesias y sobre todo en el sistema presbiteriano de gobierno.

El sistema presbiteriano de gobierno está diseñado como un conjunto de principios generales que tiende a marginar o dar poca importancia a las reglas y reglamentos demasiado detallistas, ya que los estatutos presbiterianos son diseñados para que iglesias locales, consistorios, presbíteros regentes y pastores desarrollen sus ministerios con libertad. Un buen presbiteriano, por esto mismo, prefiere los principios generales a los reglamentos casuísticos. Es importante destacar que estos últimos son más propios del catolicismo-romano medieval y tridentino que forjó el carácter español y, por eso, tienden a ser culturalmente más anhelados por los hispanoamericanos, incluso los de teología reformada. En este aspecto se puede tornar especialmente difícil ser un presbiteriano consistente cuando se es latino (en otros aspectos, sin embargo, creo que puede dar ventaja).

Pero aquí es donde lo que escuché aquella noche de 2013 también se aplica a la política eclesial: cuando una iglesia local, consistorio, pastor o presbítero regente, rompe la confianza, yendo contra el espíritu del sistema y de los estatutos, buscando subterfugios, vacíos legales e incluso artículos pobremente interpretados para levantar proyectos personalistas, enseñar doctrinas o adoptar prácticas que contradicen nuestra confesionalidad, autopromoverse, enriquecerse o, simplemente, negarse a actuar como cuerpo en sumisión voluntaria a los consejos superiores, entonces es cuando la crisis de confianza se instala. En este caso la reacción natural va a ser buscar más mecanismos de control de los presbiterios y sínodos a las iniciativas de iglesias locales. Es natural. Es una ley de la vida que podrá gustarme o no, pero así es en casi toda esfera. 

Por lo tanto, sólo  existe un camino para que iglesias locales y pastores actúen con libertad y sus iniciativas no sean frustradas por un excesivo control de los consejos superiores: actuar siempre con transparencia, de buena fe, en genuino espíritu de colaboración con las demás iglesias y los consejos superiores y sin dejar de dar soporte irrestricto a los proyectos que los mismos presbiterios y sínodos han trazado en conjunto con las iglesias locales en ellos representadas. 

He oído quejas de consistorios y pastores del tipo “es que nos controlan demasiado, no debiera ser así” y concuerdo con ellas, pero cuando vienen de parte de quienes han traicionado confianzas de forma reciente, me parecen una falta de criterio y, en buen chileno, un cierto nivel de “patudez”. Primero se deben recuperar las confianzas, después los consejos superiores podrán ir soltando el control. Pero aquí también hay otro lado de la moneda: no podemos vivir en desconfianza constante y perpetua; sin genuino arrepentimiento por un lado y otorgamiento del perdón por el otro, toda demostración de confianza parecerá insuficiente. 

¿Dónde está el equilibro? Sinceramente: no lo tengo tan claro. Pero una cosa es segura: mientras más confianza, menos control y viceversa. Es una ley universal… en Wall Street y en la “quebrá del ají”.

P. D. Tal vez la sabiduría que proviene de la gracia común nos ayude a dilucidar los caminos: Confiá – Fito Páez

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Por qué no creo en LA Iglesia Evangélica

  
Pensar fuera de la caja tiene sus costos. Cuesta, primero, porque es desafiador intelectualmente, uno debe escapar de los estereotipos dentro de los cuales estuvo acostumbrado a pensar por largo tiempo y no saco nada con engañarme a mí mismo: no soy alguien intelectualmente aventajado y este tipo de ejercicios son difíciles para gente como yo. En segundo lugar, cuesta también porque para muchos se constituye en una traición personal que dejes de pensar como ellos, así que pierdes amigos o personas que pensabas que eran tus amigos. Pero uno no debe, por esa causa, entregarse a la deshonestidad intelectual. Y aquí, como hombre de fe y como ministro ordenado debo reconocer que hay cosas en las cuales, lisa y llanamente, no creo. Una de ellas es la famosa “Iglesia Evangélica” o “Iglesia Evangélica en Chile”. Me opongo tenazmente a creer en una entidad que, como el chupacabras o el viejito pascuero, sólo existe en la imaginación de unos pocos. Aquí mis razones:

1. Es un hecho innegable que las iglesias evangélicas chilenas no están unidas, y esto me parece que es una experiencia que se repite en casi todos los países. Es deshonesto intentar agrupar bajo un nombre propio (con la primera letra mayúscula y en singular: “Iglesia”) a un montón de denominaciones, corporaciones, sínodos, diócesis, convenciones, iglesias, concilios, etc. que son, además de diversos, claramente autónomos en su relación unos con otros. Simplemente no corresponde porque es deshonesto con la realidad. No existe tal cosa como “LA Iglesia Evangélica”, ni en Chile ni en Marte. No hay acuerdo sobre un montón de materias teológicas que no son menores, menos aún lo habrá, por lo tanto, sobre materias valóricas, políticas, sociales, etc.
Que un grupo de pastores y obispos, por muy grandes que sean sus iglesias, se junten a tomar desayuno y orar no los hace merecedores de un título tan irrealista. Está bien que se junten. Está bien que oren. Está bien que trabajen juntos en ciertas iniciativas que le hacen bien al país. Lo que no está bien es que se pongan a firmar declaraciones a nombre de una supuesta entidad que no existe más allá de sus imaginaciones y (por qué no decirlo) ansias de poder.

2. No es deseable que siquiera llegue a existir algo como una “Iglesia Evangélica en Chile”. Y esto es porque sería una simple y brutal violación a los principios fundacionales de los mismos evangélicos allá en la reforma protestante del siglo XVI. No lo tomo a la ligera: la grandísima mayoría de las iglesias evangélicas (más del 90%) se pusieron a celebrar felices cuando en Chile se decretó el feriado del 31 de octubre como el día nacional de las iglesias evangélicas y protestantes, justamente por su relación con la reforma. Pues bien, asumamos algo básico que compartimos las iglesias herederas (directas e indirectas) de la reforma protestante: nos oponemos a levantar sistemas eclesiásticos de poder jerárquico y terrenal al modo del catolicismo-romano. Soy evangélico, protestante y reformado y, como tal, pocas cosas me generan más anticuerpos que ver a evangélicos lamentando que, como institución visible, no seamos UNA sola “Iglesia” al modo de los papistas. Mi visión es clara y categórica: NO. No quiero que exista una sola, grande, poderosa y uniformizada “Iglesia Evangélica en Chile”. No sueño con eso, ni oro por eso. Me repugna imaginar un aparato institucional que, usando el mismo nombre del Evangelio, detente un poder tan grande, que políticos y empresarios por igual tengan que rendirle pleitesía y pedirle permiso para llevar adelante sus iniciativas. Leo el Apocalipsis y una institución como esa no me recuerda a los mártires que derraman su sangre y alaban al Cordero, sino a la Gran Ramera y, en esto al menos, tengo al mismísimo Martín Lutero de mi lado.

3. Finalmente, permítanme aclarar algo: anhelo de todo corazón ver mayor unidad entre las iglesias evangélicas; es más, he orado y trabajado por eso. Me siento identificado con Juan Calvino cuando le escribió al obispo de Canterbury, Thomas Cranmer, diciéndole que cruzaría diez mares en pro de la unidad de la iglesia. Pero creo que el mayor asesino de esa unidad sería justamente su mala copia, su “evil twin”: una grande y poderosa entidad llamada “Iglesia Evangélica”. Ese no es el camino a la unidad, sino a la tiranía de unos pocos y al totalitarismo religioso. Parafraseando a John Piper, la verdadera unidad se dará teniendo bien claras y definidas las diferencias denominacionales, y no “quitando las cercas” teológicas, confesionales y político-eclesiásticas, sino todo lo contrario: manteniéndolas, reforzándolas y estableciendo puertas claras que nos permitan amarnos y trabajar juntos a través de esas cercas. Eso significa reafirmar, delimitar, someterse y apoyar la autoridad del Obispo y de su consejo asesor,  en el caso de las iglesias con sistemas de gobierno episcopales; reforzar los sistemas de comunicación intereclesial y reunir más seguido a las convenciones, en el caso de quienes pertenecen a sistemas de gobierno más congregacionalistas; del mismo modo, en el caso de los presbiterianos, significará reforzar nuestra identidad y confesionalidad y fortalecer, con una participación activa y comprometida, a nuestros presbiterios y sínodos a fin de que, como representantes debidamente designados para ello, los pastores podamos participar, motivar a los miembros a participar y hacer crecer iniciativas interdenominacionales de evangelización, formación de profesionales, educación, acción social, causas políticas que nos parezcan justas (como la lucha contra el aborto o la corrupción política), etc. En este sentido serían bienvenidas iniciativas tales como una Asociación de iglesias evangélicas o un Consejo nacional de iglesias evangélicas (así: con la palabra “iglesias” en minúscula y en plural), pero los celos y la sed de poder nos impiden que nos pongamos de acuerdo… aunque esto último, ustedes se dan cuenta, ya es materia para otro post.

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Palabras a favor de una iglesia, al mismo tiempo, orgánica e institucional.

  
No. No veo la contradicción. Ni tampoco me parece nada nuevo. Creo que la iglesia debe ser una comunidad orgánica y creo que debe ser, al mismo tiempo, una institución corporativa. Creo que ambas dimensiones se complementan y se necesitan la una a la otra. Básicamente, por eso soy presbiteriano.

Primero, porque esta es la naturaleza de la iglesia desde una perspectiva bíblica: la iglesia es descrita en el Nuevo Testamento como planta y como edificio al mismo tiempo. La iglesia también es descrita como cuerpo y el cuerpo tiene músculos, arterias y órganos, pero también tiene un esqueleto rígido que sustenta todo esto, que soporta y permite el crecimiento de sus músculos y órganos. No es un exoesqueleto como muchos insectos o como los extraterrestres de las falsas películas del Área 51, o sea: no es un esqueleto externo que limita el crecimiento, sino todo lo contrario: es un esqueleto interno que crece junto con lo demás y permite que lo demás vaya desarrollándose.

En segundo lugar porque es acorde con la visión histórica de los reformadores: Lutero y Calvino fueron unánimes en rechazar tanto la cautividad babilónica del catolicismo-romano (que usaba una fuerte estructura institucional con el fin de mantener, promover y aumentar su poder terrenal) como el romanticismo iluso de los anabaptistas que proponían una iglesia sin estructuras porque, supuestamente, era “movida libremente por el Espíritu”. Como bien dijo alguien por ahí: generalmente las nuevas formas de cristianismo no son más que viejas herejías. Y eso es lo que identifico en muchos de esos movimientos que hacen un llamado a la iglesia sin estructura, sin jerarquías, sin pastores, sin estatutos: un retorno a las viejas herejías anabaptistas. En otras palabras, un caldo de cultivo para liderazgos mesiánicos unipersonales y carismáticos.

Muy relacionado a lo anterior, la visión clásica reformada, como lo expresa el capítulo I, párrafo VI, de la Confesión de Fe de Westminster, por ejemplo, entiende claramente que las estructuras de la iglesia se definen a la luz de lo dicho en las Escrituras EN CONJUNTO CON la luz de la naturaleza y la prudencia cristianas. Oponerse a una práctica eclesial utilizando solamente el argumento simplista: “¿Y dónde la Biblia dice que esto debe hacerse así?” es un tanto tramposo, ingenuo en el mejor de los casos, y, ciertamente, algo muy poco reformado cuando se trata de la forma de gobierno. Y la razón para esto es simple: la misma Escritura no nos deja demasiados detalles sobre cómo ordenar y organizar la vida práctica de la iglesia, así que es genuinamente reformado apelar a una sana simbiosis entre los argumentos bíblicos (que son la piedra de tope: no se debe adoptar nada que los contradiga y ellos proveen el marco dentro del cual se estructura lo demás) y argumentos y prácticas propios de la tradición e historia cristianas.

En cuarto (o tercer) lugar, una buena estructura institucional es justamente la que permite que la iglesia se desarrolle como comunidad orgánica sana y una sana comunidad orgánica es, a su vez, la base para una buena estructura institucional. Me explico con algunos ejemplos: cuando las estructuras institucionales obligan a las comunidades locales, y especialmente a los pastores, a rendir cuentas de sus decisiones, uso de los dineros, etc. esto se torna un freno natural para los abusos de poder, impide el surgimiento de liderazgos mesiánicos, permite resolver a tiempo las malversaciones de fondos, etc. Si una comunidad local está, a su vez, llevando adelante una sana vida orgánica como iglesia, esto facilitará a los concilios su labor, permitiéndoles no tener que inmiscuirse más allá ni burocratizar demasiado los procesos. La extrema burocratización de ciertos procesos son el resultado inevitable de pérdidas de confianza, si las confianzas se restauran de manera sana, la burocratización, supervisión y control de procesos (especialmente de parte de presbiterios y sínodos) se van haciendo cada vez más prescindibles. 

Por lo tanto, esta es básicamente mi visión eclesiológica: la iglesia es siempre organismo e institución y es bueno y sano que sea ambas cosas al mismo tiempo. Sin embargo, me parece que a nivel de comunidad LOCAL, la iglesia debe ser en un mayor porcentaje organismo y en un menor porcentaje (en áreas como tesorería o elección de pastores y oficiales, por ejemplo) institución. Pero a nivel más “METAECLESIAL” (corporaciones que congregan varias o muchas iglesias, como en el caso de presbiterios, sínodos y sínodos generales), la iglesia debe comportarse más como institución – con procesos racionales, más impersonales y burocráticos, establecidos en un estatuto – que como organismo, ya que se manejan cuotas mayores de poder, influencia y dinero y en estos contextos no es sano ni prudente dejar la puerta abierta a liderazgos carismáticos personalistas, que podrían llegar, incluso, a ser plenipotenciarios.

Concluyendo, una iglesia 100% institucionalizada es un aparato de poder terrenal, lento y difícil de mover, lleno de política pecaminosa humana y esto es totalmente contrario a la voluntad de Cristo para su esposa. Pero, por otro lado, una iglesia 100% orgánica (libre de estatutos y procesos institucionales de rendición de cuentas) es el caldo de cultivo ideal para liderazgos mesiánicos, personalismos, abusos de poder de parte de pastores y desvíos de dinero. Ambos extremos son rechazados por mí. Por eso soy presbiteriano por convicción. El sistema presbiteriano de gobierno – más fácil de ser leído en el papel que aplicado en la práctica y, sin duda, perfectible en muchos aspectos – me parece el que mejor encarna estos principios que acabo de exponer, así que hoy, 7 de junio de 2015, no quiero dejar de agradecer al Señor el ser parte de este organismo-institución: ¡Felices 147 años Iglesia Presbiteriana de Chile!

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Una palabra muy vigente de Leonard Ravenhill

 

 “Nuestra necesidad nacional en esta hora no es que el dólar recupere su fuerza, o que salvemos nuestro rostro ante el caso Watergate, o que encontremos la respuesta al problema de la ecología. ¡Lo que necesitamos es un profeta enviado por Dios!

[…]

Millones se han gastado en la evangelización en los últimos veinticinco años. Cientos de mensajes del evangelio avanzan por el aire sobre la nación todos los días. Cruzadas se han celebrado; reuniones de sanidad han hecho una contribución vital.(…)

Organizadores tenemos. Abundan los predicadores expertos y las organizaciones cristianas multimillonarias. Pero, ¿dónde, oh dónde, está el profeta? ¿Dónde están los hombres incandescentes recién salidos del lugar santo? ¿Dónde está el Moisés que clama en ayuno ante la santidad del Señor por nuestra moral mohosa, nuestra pérfida política y nuestra espiritualidad agria y enferma?

Los hombres de Dios permanecen ocultos hasta el día que han de ser mostrados. Ellos vendrán. El profeta es vejado durante su ministerio, pero es vindicado por la historia.

Hay un terrible vacío en el cristianismo evangélico de hoy. La persona desaparecida en nuestras filas es el profeta. El hombre con una terrible seriedad. El hombre totalmente de “otro mundo”. El hombre rechazado por otros hombres, incluso otros hombres buenos, porque lo consideran demasiado austero, demasiado-severamente comprometido, demasiado negativo y poco sociable.

Que sea tan claro como Juan el Bautista.

Que sea por un tiempo una voz que clama en el desierto de la teología moderna y del “iglesismo” estancado

Que se niegue a sí mismo como el apóstol Pablo.

Que diga y viva: “una cosa hago.”

Que rechace los favores eclesiásticos.

Que se humille a sí mismo, no complaciéndose a sí mismo, no auto-proyectándose, no justificándose, no gloriándose, no auto-proclamándose.

Que no diga nada que pueda atraer la atención de los hombres a sí mismo, sino sólo aquello que moverá los hombres hacia Dios.

Que venga a diario del salón del trono de un Dios santo, del lugar donde ha recibido la orden del día.

Que él, bajo Dios, destape los oídos de los millones que están sordos por el estruendo de las monedas ordeñadas en esta era de hipnotismo materialista.

Que llore con una voz que este siglo no ha escuchado porque él ha visto una visión que ningún hombre de esta época ha visto.

Dios envíanos este Moisés que nos llevará desde el desierto del materialismo craso, donde las serpientes de cascabel de la lujuria nos pican y donde los hombres ilustrados, totalmente ciegos espiritualmente, nos llevan a un siempre-cercano Armagedón.

¡Dios ten misericordia! ¡Envíanos PROFETAS!”

(Leonard Ravenhill)

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¿Qué es ser presbiteriano?

  

La tradición es la fe viva de los que murieron. 

El tradicionalismo es la fe muerta de los que viven

(Jaroslav Pelikan)
La iglesia reformada, una vez que se instala y difunde su predicación del Evangelio en Escocia bajo el liderazgo de John Knox (alumno y colaborador de Juan Calvino) en el siglo XVI, tomó el nombre de iglesia presbiteriana. Esto fue así principalmente por su forma de gobierno que consiste en consejos compuestos por varones con sabiduría, experiencia y dones para ejercer el gobierno y la enseñanza en la iglesia, a estos varones también se les llama en la Biblia de “presbíteros”, que significa literalmente “ancianos”. Al ser una iglesia gobernada por consejos de presbíteros, por lo tanto, las iglesias reformadas de Escocia se popularizan más con el nombre de presbiterianas.
Quise comenzar con esta breve introducción histórica sólo para puntualizar un hecho: ser presbiteriano es ser reformado. Históricamente, incluso, es ser de la primera generación de reformados. Esto no nos da privilegios ni muchos menos debería producir en un presbiteriano orgullo o arrogancia, sino todo lo contrario: debe infundir humildad y un gran sentido de responsabilidad, pues entendemos que “reformado” no es más que un nombre (importante y útil, sin duda) para designar la búsqueda por ser constantemente renovados a la luz de la Escritura por el poder del Espíritu Santo. Por principio, la búsqueda constante e incansable por ser consistentemente reformados es lo que debería, por lo tanto, caracterizar a los presbiterianos. Tristemente, sin embargo, en la historia reciente de algunas iglesias y denominaciones de tradición presbiteriana y reformada (como la PCUSA), ha habido un abandono de los principios que nos caracterizan como tal, al punto que, a mi entender, han perdido la esencia de su carácter reformado y presbiteriano.
Así que ¿qué es ser presbiteriano al final? A mí entender es la búsqueda de ser coherentemente reformado en, al menos, 3 aspectos muy básicos y fundamentales:

1. Es ser confesionalmente reformado:
Esto significa que reconocemos la necesidad y el altísimo valor de aquellos documentos donde la iglesia de Cristo ha manifestado explícitamente, después de haber estado reunida en concilio (como en Hechos 15), su posición doctrinal sobre materias fundamentales de la fe cristiana. Un documento doctrinal o confesión de fe no es la base ni el sustento de la fe de un presbiteriano, ya que sólo la Biblia, que es la Palabra de Dios, es la única regla de fe y práctica. Pero una confesión es la EXPRESIÓN de esta fe, cuyo fundamento es la Escritura. De esta manera, se da un complemento saludable donde las confesiones de fe sirven de marco para el actuar de la iglesia y del creyente, pero este marco, a su vez, está bajo el escrutinio de la Palabra de Dios como juez último. En este sentido, los presbiterianos tenemos una serie de documentos que nos caracterizan, siendo el principal de ellos la Confesión de Fe de Westminster (publicada en Inglaterra en 1648). Otros documentos son también: los catecismos mayor y breve de Westminster (1649), el catecismo de Heidelberg (1563), la Confesión Belga (1568) y documentos del cristianismo histórico, tales como el Credo Apostólico y el Credo Niceno-Constantinopolitano (siglo IV). Esto facilita para el presbiteriano que tenga una identidad comunitaria amplia, no sólo en términos geográficos o de espacio, porque nos sentimos hermanos con otras iglesias, familias y personas de otras latitudes, con toda naturalidad, sino también en términos históricos o de tiempo, ya que nos sentimos hermanos con los cristianos que lideraron la revolución norteamericana de 1776, con los pastores reunidos en el Sínodo de Dordrecht en 1618, con los hugonotes muertos en la matanza de San Bartolomé el 24 de agosto de 1572, con los valdenses del siglo XII e incluso con los cristianos de los siglos II y III perseguidos en el imperio romano, por igual.
2.  Es ser pactalmente reformado:
Esto significa que creemos en una unidad fundamental del pacto del Antiguo y Nuevo Testamentos. No creemos que Dios improvisó nuevos pactos a medida que los anteriores iban fallando, sino que su decreto eterno siempre fue revelar el pacto que hoy podemos disfrutar en el sacrificio de Cristo (Apocalipsis 13.8) y para eso fue revelando progresivamente los distintos pactos del Antiguo Testamento, como preparación y preanuncio del pacto definitivo que Cristo hizo con el Padre. Como la misma palabra griega usada en la Biblia lo indica, el nuevo pacto es “nuevo” en el sentido de “renovado”, no de algo absolutamente nuevo y original. Dios dio una renovación definitiva a los pactos del Antiguo Testamento en la persona de Jesucristo, esto implica, sin duda, el abandono de ciertos rituales y de la identidad nacional del pueblo de Dios de antes de Cristo, pero implica también que, en su esencia, el pacto que podemos disfrutar los cristianos hoy con nuestro Dios no es otra cosa sino la continuidad y plenitud de aquel pacto antiguo. Esto es especialmente notorio en los sacramentos, ya que en vez de Pascua, celebramos la Santa Cena (Mateo 26.26-29) y en vez de circuncisión, celebramos el bautismo como señal de que alguien pertenece al pueblo de Dios (Colosenses 2.11-12).
3. Es ser eclesiológicamente reformado:
Esto significa entender que, si bien Dios no nos dejó en Su Palabra una única forma de culto ni una única forma de gobierno para la iglesia, la diversidad que se pueda dar en estas áreas debe estar sometida siempre a las reglas generales de la Escritura. 
Por lo tanto, en cuanto a la adoración comunitaria, ya que esta se centra en Dios y consiste en la búsqueda de agradar al Señor y no a los hombres, la eclesiología presbiteriana busca guiarse por el principio reformado de que el culto debe ser entregado mediante la fe en el sacrificio de Cristo, teniéndole a Él como centro en todo momento. También implica que aquellos elementos que no son ordenados para el culto en la Escritura, deben ser quitados o prohibidos del culto cristiano (Principio Regulador del Culto) conforme se deduce claramente del 2º mandamiento: “no debemos adorar al Señor conforme a nuestra imaginación”. Es evidente que las CIRCUNSTANCIAS del culto varían según el contexto cultural o histórico (estilo musical, vestimentas, horarios, expresiones de adoración, etc.) y eso está bien, pero los ELEMENTOS son sólo aquellos que la Biblia ordena: lectura y predicación de la Palabra, oración, canciones congregacionales de contenido bíblico, sacramentos, acciones de gracias. 
Además, la eclesiología reformada entiende que el gobierno de la iglesia Cristo lo ejerce mediante hombres a quienes dio la sabiduría y los dones para gobernarla. Estos hombres son los presbíteros y si bien, por causa del sacerdocio universal de los creyentes, la asamblea de los hermanos es la que reconoce el don cuando los elige, una vez reconocido este don, los presbíteros son quienes deben gobernar mediante la enseñanza y aplicación de la Palabra. Algunos presbíteros, llamados de “docentes” (en América Latina les decimos pastores) se han preparado en Seminarios y reciben sustento económico de la iglesia para dedicarse a la enseñanza, conforme instruyó el apóstol Pablo (1ª Timoteo 5.17-18), ellos, sin embargo, no ejercen el gobierno solos sino sólo en consejo con los demás presbíteros, buscando con esto que jamás un pastor, mediante su personalidad, autoridad o carisma, se enseñoree del rebaño que no le pertenece (1ª Pedro 5.1-4). 
Como un detalle eclesiológico más que se hace necesario destacar en estos últimos días, quisiera recordar que las iglesias presbiterianas además, por principio de gobierno, tienden a ser movimientos nacionales (no confundir con “nacionalistas”) y por lo tanto no somos iglesias que se colegien internacionalmente y no tenemos ningún tipo de gobierno internacional, sino que cada sínodo general de la iglesia presbiteriana de cada país es independiente en relación a los de otros países, al punto de constituir, administrativamente, denominaciones distintas (aunque siempre puede haber vínculos fraternos). Esto implica que la decisión de un determinado concilio de una iglesia presbiteriana de Estados Unidos, por ejemplo, no afecta ni obliga las decisiones o prácticas de iglesias presbiterianas de otros países como Chile, Brasil o Argentina.
En fin, una tradición confesional y eclesiástica de más de 450 años, como la de las iglesias presbiterianas, no puede ser resumida en un breve post. Sin duda quedan muchas cosas en el tintero que mis colegas y amigos presbiterianos me recriminarán que no dije, y lo harán con justa razón. Pero mi intención aquí ha sido solamente dar una breve pincelada introductoria, casi como el inicio de una conversación para que, especialmente en América Latina, se pueda empezar a conocer qué significa ser presbiteriano. Nuestro anhelo es que también presbiterianos, y evangélicos en general, podamos valorar y apreciar nuestra identidad y tradición en su justa medida, no como tradicionalistas que idolatran costumbres y personas humanas, sino como creyentes que adoramos sólo a Cristo y que le agradecemos a Él la historia que nos ha dado y el ejemplo de los pastores que nos precedieron (Hebreos 13.7-8).

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Sobre analgésicos y cirugías

  

<<…porque el Señor disciplina a los que ama, 

y azota a todo el que recibe como hijo. (…) 

Si a ustedes se les deja sin la disciplina que todos reciben, 

entonces son bastardos y no hijos legítimos.>> 

(‭Hebreos‬ ‭12‬.‭6 y 8‬ NVI)

¿Cómo se te ocurre que vamos a disciplinar al joven fulano? Lo que él necesita es cuidado pastoral, que le acompañen y oren con él y no que lo disciplinen“. Las palabras, dichas hace años atrás, las podria haber dicho un cristiano de cualquier otra tradición evangélica y no me habrían sorprendido tanto, ¿pero que las dijera un reformado? Mal. Mayor fue mi espanto, sin embargo, al cerciorarme que las decía un pastor, con formación en un seminario reformado con historia y trayectoria.

Disciplinar es pastorear, es una forma muy eficiente y específica de dar cuidado y atención espiritual. Decir una aberración como la dicha por este colega es tan ilógico como si alguien dijera “Lo que necesita fulano no es cirugía, sino tratamiento médico especializado” (what??).

Que todavía muchos vean la disciplina como mero castigo, punición y hasta como una especie de venganza de la comunidad o de los líderes contra alguien que los decepcionó, me parece burdo, anti-bíblico y absolutamente indigno de un reformado. Sé, sin embargo, y entiendo que tenemos una triste y lamentable historia de disciplinas eclesiásticas que fueron literalmente tratadas como una mera punición. Me avergüenza que haya sido así en el pasado y afirmo enfáticamente que ESA MANERA de ejercer la disciplina debe acabar, sin duda. Pero eliminar la disciplina en sí y, más absurdo aún, contraponerla al cuidado pastoral como si aquella no fuera parte de este, es como botar el agua sucia de la bañera junto con el bebé.

Un mal médico – que será justamente acusado y condenado por negligencia – es aquel que, sabiendo que un paciente necesita cirugía, se limita a dar analgésicos. Un mal pastor es aquel que, sabiendo que es necesaria la disciplina de alguien, se limita sólo a orar con y por el hermano y hacerle visita pastoral. La verdadera disciplina implica, justamente, hacer todo eso de manera más presente, constante y atenta, uno no necesita oponer 2 cosas que en realidad van juntas por naturaleza. No toda atención pastoral es disciplina, pero toda disciplina es, sin duda, atención pastoral… y de la más intensiva.

La disciplina es necesaria tanto para el propio bien espiritual del miembro que ha cometido la ofensa, como para el bien de la comunidad cristiana de la que forma parte y también para el bien del testimonio de la iglesia ante el mundo, por causa del honor de Cristo (capítulo XXX, párrafo 3 de la Confesión de Fe de Westminster). Todos estos motivos son importantes considerarlos a la hora de ejercer la disciplina. Que Dios nos ayude a ser buenos pastores, buenos consistorios y buenos presbiterios y no líderes negligentes que se limitan a dar aspirinas espirituales ante casos que requieren cirugía mayor.

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Por qué la IPCH tiene un Seminario propio en pocas palabras

Este año 2014 se cumplieron 50 años de la formación del Sínodo de la Iglesia Presbiteriana de Chile (IPCH) en 1964, año en que dejamos de ser una misión norteamericana y pasamos a ser una iglesia nacional. Muchos dirán, con justa razón, que este es el hito que marca de forma concreta el nacimiento de la IPCH, con una identidad autónoma y con la capacidad de autosustento.

Casi 40 años más tarde la IPCH fue capaz de tomar la decisión madura y responsable de formar un Seminario propio, ligado íntimamente a la vida de la iglesia y de sus consejos, un espacio donde formar la vocación de jóvenes y adultos comprometidos con los desafíos de esta denominación, en este contexto chileno, en la presente hora.

Un Seminario denominacional es un órgano interno que fortalece la autonomía y la identidad de una denominación reformada como la IPCH. Tiene la responsabilidad de cumplir con 3 solemnes funciones, igualmente importantes, que no se pueden delegar:

1) Proveer formación teológica-académica a los futuros líderes, especialmente pastores, a fin de formar su mente en los parámetros confesionales propios de nuestra iglesia. Esto se busca entregando clases, módulos, lecturas y otras metodologías de aprendizaje, mediante un cuerpo docente comprometido con la Confesión de Fe de Westminster y en constante capacitación y crecimiento.

2) Proveer entrenamiento ministerial dentro del contexto de los desafíos propios de la IPCH, generando espacios e instancias de práctica, de acompañamiento pastoral y de diálogo con pastores, presbíteros y otros líderes que van entregando una constante retroalimentación (que incluye “tiradas de oreja”, exhortaciones, retos, consejería, palabras de ánimo y acompañamiento en oración) a quienes serán los próximos maestros, presbíteros y pastores de nuestra iglesia. Esto se busca mediante el contacto constante con pastores y presbíteros de la IPCH, tanto dentro como fuera del aula, que conocen los desafíos, cultura e historia propios de sus consejos e iglesias locales y que van transmitiendo su visión y entrega, como quien traspasa el bastón del testimonio.

3) Ser un catalizador interno de la denominación y de sus consejos, abriendo espacio de diálogo, de reflexión, de desafío. Encuentros, conferencias, foros y la misma labor de tesis de alumnos graduandos van trayendo a colación temas que la iglesia necesita reflexionar, dialogar y debatir. Todo esto contribuye al reciclaje interno necesario de la iglesia y de sus líderes para enfrentar los desafíos que se plantean en el Chile del siglo XXI.

En todo esto, el Seminario siempre ha sido y será sólo un colaborador, un brazo, un reflejo de las iglesias presbiterianas de Chile y de sus consejos, quienes nos envían sus candidatos y se preocupan de darles el acompañamiento necesario para su crecimiento. Un Seminario denominacional no es una fábrica de salchichas. No es una máquina donde uno pone en un extremo un joven medio desordenado y al otro lado sale, mágicamente después de 4 ó 5 años, un pastor responsable, maduro y respetado.

Unos dirán que la formación de liderazgo en la iglesia es un trabajo a dos manos, siendo una mano la iglesia y la otra el Seminario, no me parece descabellado pensar así, pero yo iría más allá y diría que la única capaz de producir orgánicamente su propio liderazgo es la iglesia, no las instituciones educacionales teológicas. Por lo tanto, yo sí diría que es un trabajo a dos manos, pero en otro sentido: siendo una mano la iglesia local y la otra mano la iglesia conciliar (presbiterio y sínodo) y estas dos manos usan para ciertas cosas una herramienta, un cincel: el Seminario. Un Seminario ligado a la vida de la iglesia y sus consejos es el único ente, por lo tanto capaz de no ser un mero prestador de servicios educacionales teológicos, sino de ser algo más: una comunidad donde la vocación de un futuro pastor, líder o maestro DE LA iglesia, CONECTADO A la iglesia y sus necesidades, es forjada, desafiada y enriquecida año a año, en conjunto con todas las actividades eclesiales. Esta es una relación institución-organismo benefactora y grandemente necesaria, algo así como un enrejado y una vid (usando la figura de Colin Marshall).

Por lo tanto, una iglesia que delega [“tercerizando”] sus obligaciones orgánicas, pagando cómodamente para que otro haga el trabajo que le corresponde a ella, pierde su alma. Y una de las obligaciones orgánicas esenciales e ineludibles de la iglesia es, justamente, capacitar nuevos liderazgos.

Por eso la IPCH tiene un Seminario propio: porque es una federación de comunidades orgánicas que busca, de forma orgánica, producir sus propios líderes. Para los que venimos estudiando, hace algunos años ya, los principios misiológicos y eclesiológicos neotestamentarios no nos causa ni un temor decir que esta es la forma más bíblica de formar nuevos cuadros pastorales, docentes, regentes y/o diaconales.

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