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¿Y eso edifica, hermano? (otra vez algo sobre cristianismo y cultura).

  
Es clara la Biblia acerca de que los creyentes en Cristo debemos dedicarnos a aquello que nos edifica. No cuestiono ni jamás podría cuestionar una enseñanza tan clara y un mandato tan explícito de mi Señor. ¡Busquemos aquello que edifica y evitemos todo lo que no nos edifica! 

El punto, sin embargo es: ¿qué significa “edificar”? “Edificante” no significa simplemente algo que es útil de un modo pragmático y utilitarista. No sólo edifican aquellas cosas o actividades que pueden ser identificadas racionalmente como cumpliendo una función para satisfacer necesidades de supervivencia o prosperidad material humanas. He visto a muchos pseudo- [o neo-] reformados que rechazan cualquier actividad u objeto que sea mera fuente de placer y deleite. Si no logran verle la utilidad pragmática a algo, dentro de un concepto mecánico y ascético del universo, entonces de inmediato su voz grave se hace sentir como el eco de un trueno del Sinaí: “Eso no edifica, hermano” o, peor aún, como una pregunta, que es en realidad un reproche que no espera respuesta: “¿Y eso edifica, hermano?

A no pocos cristianos que se consideran reformados – aunque están fuertemente influenciados por esa curiosa mezcla de pragmatismo y moralismo ascético que caracterizó buena parte del pensamiento moderno de los siglos XVIII y XIX y no por una visión genuinamente cristiana reformada – les haría muy bien leer las palabras de aquel a quién consideran su referente en cuanto a teología y cosmovisión: Juan Calvino.

En su obra magna, el brillante reformador de Ginebra, con la impronta propia de un mentor y padre espiritual, escribe lo siguiente:

Ahora bien, si consideramos el fin para el cual Dios creó los alimentos, veremos que no solamente quiso proveer para nuestras necesidades, sino que también tuvo en cuenta nuestro placer y satisfacción. Así, en los vestidos, además de la necesidad, pensó en el decoro y en la autenticidad. En los vegetales, los árboles y las frutas, además de la utilidad que nos proporcionan, quiso alegrar nuestros ojos con su hermosura, añadiendo también la suavidad de su fragancia. De no ser esto así, el salmista no cantaría entre los beneficios de Dios, acerca de “el vino que alegra el corazón del hombre”, y de “el aceite que hace brillar el rostro” (Sal. 104, 14). Ni la Escritura, para engrandecer su benignidad, mencionaría a cada paso que Él dio todas estas cosas a los hombres. Las cualidades naturales de cada cosa muestran claramente cómo debemos disfrutar de ellas, con qué fin y en qué medida. 

¿Pensamos que el Señor ha dado tal hermosura a las flores, que espontáneamente se ofrecen a la vista, y un olor tan suave que penetra los sentidos y que, sin embargo, no nos es lícito experimentar el placer de su belleza y perfume? ¿No ha diferenciado los colores de modo que unos nos parezcan más atractivos que otros? ¿No ha dado él una gracia particular al oro, la plata, el marfil y el mármol, con la que los ha hecho más preciosos y de mayor estima que el resto de los metales y las piedras? En definitiva, ¿no nos ha dado Dios innumerables cosas que podemos apreciar sin tener verdadera necesidad de ellas?

(Juan Calvino, Institución de la Religión Cristiana, libro III, capítulo X, título 2)

Los invito a reflexionar sobre estas cosas, mientras continúo siendo enormemente edificado mediante el disfrute de una copa de Petit Verdot, escuchando algo de John Coltrane y Thelonius Monk y asomándome cada cierto tiempo a la ventana sólo para sentir el suave aroma que dejan en el aire los árboles del Parque después de 2 días de lluvia en Santiago. 

Buenas noches.

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Psicoanálisis de un diario

Un día, a causa del estrés, El Mercurio decidió ir al psiquiatra. El doctor, un fiel seguidor de la escuela del psicoanálisis, le hizo terapia de hipnosis para que revelara su inconsciente más profundo, aquellos sueños y pensamientos que buscaba reprimir diariamente. Así nació La Segunda. Lo cual no impide que, perfectamente despierto, al Decano no pocas veces le salgan actos fallidos, especialmente después de un par de copas en las fiestas de la alta sociedad.

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Algunas palabras sobre el terror y los zombies

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Hace un tiempo atrás publiqué un post donde dije que, en algún momento, enumeraría las razones por qué me gustan las películas de terror y, especialmente, las de zombies. Algunos me han pedido que lo haga y me han insistido en el último tiempo, así que aquí daré algunas razones de por qué me gustan películas de terror en general y las de zombies en particular.

0. La razón 0 [“cero”] es una aclaración previa: el gusto por películas de terror y de zombies es una fascinación personal que, casualmente, comparto con otros, pero no tengo ninguna intención de convencer ni hacer proselitismo sobre esto. Tengo amigos que, a diferencia de mí, les fascina el fútbol y logran ver desde una cosmovisión cristiana el “jogo de bola” hasta el punto de descubrir en él múltiples metáforas útiles para la vida en general, para comprender el Evangelio, para ilustrar sus sermones, etc. Yo los entiendo, respeto y admiro pero no sigo su fascinación. Lo mismo puedo decir al respecto de mi gusto por el rock. Por lo tanto, antes de cualquier conclusión precipitada de parte de los lectores de este blog, quiero decir que no espero convencer a nadie de que comparta mi gusto por la temática zombie. Lo que expongo a continuación no son razones POR LAS CUALES a mí ni a nadie le deban gustar las películas de terror. Honestamente, a mí me gustan porque me gustan y, en un segundo momento, he reflexionado sobre algunos elementos que me llaman la atención desde mi cosmovisión como cristiano. Sólo espero, al menos, que estos cristianos no me condenen y que en esto, como en tantas cosas que son “adiáfora” (o asuntos de importancia secundaria) “vivan y dejen vivir”, ó como diría el gran Paul MacCartney (de una manera tan adecuada al mundo zombie): “vivan y dejen morir”.

1. Las películas de terror EN GENERAL me parecen un recordatorio de la verdadera fragilidad de la condición humana y de la realidad siempre presente de la muerte. Las películas de terror muestran lo fácil que es que alguien te esté esperando atrás de la puerta y te corte por la mitad con una sierra eléctrica, un hacha o te muerda el cuello y tu yugular se desangre hasta el deceso. Desde una perspectiva más [micro] evolucionista, tal vez estas películas nos recuerdan un antiguo tiempo donde la humanidad tenía que esconderse en cuevas, subirse a árboles y convivir con el constante terror de criaturas horribles que acechaban en la noche. La familia turnándose para dormir, colgando cuerdas con cascabeles en un determinado perímetro al rededor para oír si alguna fiera salvaje de horribles dientes se acerca en las densas tinieblas, etc. Desde una perspectiva más teológica (que para mí se complementa con la anterior) del sensus divinitatis de Calvino, las películas de terror tal vez nos recuerdan aquello que habita en el fondo de nuestra conciencia: que sí existe el juicio y que lo merecemos. Que la ira implacable de un Ser desconocido, pero Santo, nos persigue incansablemente. No importa cuán rápido corramos o dónde nos escondamos, la muerte se cierne como una oscura cortina sobre toda la raza humana y nos despedazará en el momento más inesperado. Cuando una película de terror es buena, aparece en pantalla la frase “The End”, suben los créditos y ¿cuál es la sensación que nos queda? Encendemos todas las luces antes de acostarnos, revisamos si hay alguien atrás de la cortina del baño, miramos bajo la cama y adentro del armario. Las películas de terror nos recuerdan que el juicio de un Dios Santo está sobre toda la humanidad, “por cuanto todos pecaron” y “el alma que pecare esa morirá”.

2. Muy asociado a lo anterior, y aún hablando sobre películas de terror EN GENERAL, ¿qué puede ser más terrorífico que “Lo Santo”? Inner Sanctum se llamaba un antiguo programa de radionovelas muy popular en EE.UU., acerca del cual habla R. C. Sproul en su libro “La Santidad de Dios”. Y es que entrar en la presencia de lo santo es entrar en la presencia de lo desconocido, de la otredad, del “Totalmente Otro”, diría Karl Barth. Por lo tanto, las buenas películas o series de terror tienen esa capacidad de no sólo despertar en nosotros el temor a la muerte, siempre presente, que es la consecuencia de ser una raza caída, sino que incluso van más allá: despiertan en nosotros el temor a un ser que apenas se ve, que es poco explícito, pero que está ahí (una luz enceguecedora en el armario, una silueta apenas visible que susurra en sueños, la mirada fría de un niño psicópata, etc.), que no se le puede describir con palabras, que no se mueve ni actúa con las leyes naturales que conocemos y que, ciertamente, no actúa conforme a nuestras expectativas. En muchas escenas vemos la expresión de terror de quienes se encuentran cara a cara con este ser desconocido, pero no vemos al ser en sí. Los personajes descubren cadáveres que tienen el horror impreso en sus rostros. Como si lo más terrorífico que alguien pudiera ver fuera, al mismo tiempo, lo último que a alguien se le permite ver. Nadie ve lo desconocido sin morir como consecuencia. ¿No nos recuerda eso – de forma burda e incompleta – a la Santidad del mismísimo Dios? Nadie le ha visto jamás sin morir. Porque esa es la característica de lo santo: es temible porque es inmensurable, no hay parámetros para compararlo. En varias buenas películas aparece incluso esa persona psicótica que adora a la criatura asesina y la considera hermosa justamente porque no ha conocido nada en este mundo que se le pueda comparar. Si consideramos que la santidad es un atributo comunicable, estos horribles y desconocidos personajes sobrenaturales de ficción, tales como fantasmas vengativos ó seres extraterrestres ó incluso (¡qué paradoja!) la misma fealdad de un zombie que camina con su cráneo abierto y su rostro deformado, nos dan un vislumbre pequeño de cómo sería la sensación de encontrarse frente a lo desconocido, o sea “Lo Santo”.

3. Ahora hablando sobre películas de zombies EN PARTICULAR, en primer lugar me llama la atención lo gráficas que son estas criaturas para mostrar la realidad de la raza humana caída. “Muertos vivientes”, “muertos caminantes”, etc. son descripciones casi perfectas de una humanidad sin Dios. Son seres que se están descomponiendo mientras caminan, sus pieles se pudren, sus heridas van expuestas, sus órganos internos al aire, sin embargo se mueven. ¡Se mueven y nos persiguen! ¿Por qué? Porque sólo hay una cosa que los mueve: el hambre instintiva, animal e insaciable. Ya no sienten, ya no aman, ya no son humanos. Sólo son caminantes que quieren devorar carne fresca y satisfacer de la manera más básica e irracional su hambre. Dudo que exista una manera mejor de graficar no sólo a aquellos que no han nacido de nuevo, sino también al viejo hombre que habita en todos los creyentes. En esta humanidad sin amor no sabemos entregar ni servir, sino sólo usar al otro como se usa un objeto de consumo. ¿Y qué manera más explícita de hacer del otro un objeto de consumo que imaginarlo y verlo como un trozo de carne para ser devorado? “Nos mordemos unos a otros y nos devoramos unos a otros, no vaya a ser que terminemos consumiéndonos unos a otros“, nos advierte el apóstol Pablo (Gálatas 5.15) y esta advertencia no aplica sólo a los no-creyentes, sino especialmente a los creyentes que aún tenemos dentro nuestro la antigua naturaleza carnal del viejo hombre que lucha contra la nueva naturaleza espiritual. Personalmente no me agrada la idea de que los zombies sirvan de metáfora de la nueva vida en Cristo, ya que la gracia de Dios “hace nuevas todas las cosas” y un zombie es la carne vieja y putrefacta que camina. En este sentido, la declaración de “The Walking Dead” es incomparable y muestra cómo esta maravillosa serie ha logrado sacar lo mejor de todos los que antes bosquejaron ideas grandiosas en películas de zombies (como George Romero en los ’70 y ’80): “We are all infected”, o sea: “TODOS ESTAMOS INFECTADOS”.

4. Las películas y series de zombies también logran algo muy especial en el espectador: la sensación de una era apocalíptica que podría estar a la vuelta de la esquina. Generalmente es repentino como empieza un apocalipsis zombie. Todo se pone patas arriba en el mundo. Como una gripe maldita que se extiende en aeropuertos y grandes centros urbanos, de repente la gente comienza a morir, los que no se quedan muertos, se transforman en horribles criaturas devoradoras de carne humana y todo el orden social, económico y político que conocíamos se viene abajo. Hay que volver a vivir huyendo de un lado a otro, haciendo turnos en las noches (como en los antiguos tiempos de las cavernas) y esas maravillosas escenas apocalípticas aparecen frente a nuestros ojos: una Torre Eiffel cortada por la mitad, una Estatua de la Libertad hecha pedazos, Manhattan en llamas, la Casa Blanca bombardeada, etc. ¡Cae Babilonia, cae Roma! Y su humo sube por los siglos. La comodidad y serenidad de los barrios residenciales, con casas de 2 pisos con ante-jardin y despensa siempre llena, se transforma en la crueldad y abyección de campos de batallas, con sillones y mesas de 1000 dólares usados como barricadas, con escasez de alimentos y bebés zombies haciendo ruidos guturales en las cunas. Estas películas también son un llamado profético-escatológico a la conciencia vana de clase media que la cultura norteamericana ha diseminado en el mundo: esa que basa su seguridad en sus bienes, en sus pólizas de seguro, en sus cuentas bancarias, en sus casas lindas en barrios lindos con bebés lindos. ¡Estas películas son un llamado a no aferrarnos a nada de este mundo! ¡Todo termina! Eso es un hecho, pero también es verdad que puede terminar de la peor manera posible. Basta que un arma biológica se escape de un laboratorio y entonces tu esposa linda de portada de revista dejará de ser tu esposa y será un ser maligno al cual debes darle un escopetazo en el cerebro; tu esposo protector y proveedor se tornará en un monstruo perseguidor que quiere devorarte a ti y a tus hijos, así que habrá que buscar corriendo el cuchillo grande de la cocina y metérselo en el ojo, que es la forma más fácil de llegar al cerebro. No hay mucho tiempo para llorar tampoco. Hay que tomar lo que se pueda y salir corriendo. Así es un Apocalipsis. Así lo describe, al menos, el discurso escatológico de Jesús en Mateo 24.

5. Y bien, cuando el Apocalipsis llega y la policía ya no protege y los ejércitos que salieron a la calle fueron superados en número por seres que no temen un disparo ¿qué viene? El intento de los pocos sobrevivientes de formar un nuevo orden social. Aunque sea en pequeñas comunidades nómades. Muchos son los caminos posibles. Están aquellos que intentan vivir vidas vanas de consumo como la retratada por el gurú de los zombies, George Romero, en “Amanecer de los muertos”: escondidos en un Mall entero para ellos solos: un pequeño grupo de sobrevivientes se da la gran vida siguiendo la proclama: “comamos y bebamos que mañana moriremos”. Están, por otro lado, aquellos que logran imponer un orden aparentemente perfecto y armónico, pero mediante la tiranía y el abuso de poder, como el caso del Gobernador de “The Walking Dead”. Muchos otros forman aparentes comunidades – en realidad son grupos de sobrevivientes – donde simplemente vence la más básica ley del más fuerte. Otros intentan formar comunidades acogedoras, protectoras y productivas como en el caso del protagonista de The Walking Dead, el sheriff Rick y su amigo y padre espiritual, el cristiano Hershel, pero esto se muestra casi imposible a causa de la crueldad, egoísmo y falta de amor de los vivos, que, con el tiempo, se tornan en el peor enemigo. Los zombies pasan a ser parte del paisaje, simplemente. El punto más crucial aquí es el que, una vez más, “The Walking Dead” logra sintetizar con su lema “Fight the Dead, Fear the Living”, en otras palabras: “Lucha contra los muertos, pero teme a los vivos”. Al poco andar de las semanas, se torna evidente que el problema de los zombies es el menor de los problemas. La verdad es que la famosa frase de Francis Schaeffer vuelve a hacer eco después de que la plaga zombie logra ser controlada: “Y ahora ¿cómo viviremos?”. El gran problema planteado por las buenas películas donde ocurren apocalipsis zombies es: ¿cómo lo haremos para vivir armónicamente entre los sobrevivientes? Esta también es una temática que me parece en gran manera interesante y que es inevitablemente planteada en las películas y series de zombies.

No quiero terminar estas reflexiones sin decir algo más personal y pastoral sobre las películas de terror: me parece evidente que esto es una temática para adultos (y ni siquiera para todos los adultos), no para niños y, tal vez, tampoco para adolescentes. Obviamente cada padre conoce a sus hijos y sabe hasta dónde este tipo de temáticas puede influenciar negativamente a sus hijos en más de un aspecto. Personalmente empecé a ver películas de terror recién con 23 años (1 año antes casarme), no antes, por motivos que no vienen al caso detallar ahora y que tienen que ver con las sabias prohibiciones de mi madre. Crecí con amigos del colegio, de la iglesia y de la universidad que me comentaban sobre películas acerca de las cuales no tenía idea y eso no me traumó en absoluto. Cuando un día me di cuenta que ya tenía la madurez emocional para ver películas de terror, no sólo empecé a verlas, sino que traté de ponerme al día viendo casi todos los fines de semana 1 ó 2 clásicos de terror con compañeros del Seminario… pero eso ya es harina de otro costal y da para otro post.

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Rumiando una experiencia enriquecedora

Pronto, muy pronto, espero publicar aquí mi ponencia de hoy en el foro “Homosexualidad y Cristianismo” que se llevó a cabo en una sala de la Facultad de Letras de la PUC de Santiago, donde fui invitado a exponer mi perspectiva sobre este tema. También participaron un pastor y teólogo luterano y un psicólogo católico-romano. La verdad es que espero publicarla “melhorada”, o sea en una versión 2.0. Por mientras, mi objetivo sólo es comentar la experiencia en sí en palabras muy breves que expongo a continuación:

Fui invitado a este foro como pastor presbiteriano y director del Seminario Teológico Presbiteriano. En la tradición presbiteriana se suele llamar al pastor – además de “presbítero docente” – de “ministro del Evangelio”. Eso fue exactamente lo que ayer decidí hacer: servir al Evangelio. Pensé por días anteriores qué aporte podía hacer yo en el foro. Y no lo tuve claro hasta después de leer investigaciones históricas, artículos con estadísticas y argumentos médicos, biológicos, psicológicos, etc. Y es que no soy especialista en ninguna de esas áreas y lo máximo que podría haber hecho era dar mi opinión como un ciudadano más. No creo que eso hubiera sido acorde con el propósito de invitarme al foro. Si quisieran opiniones de ciudadanos que no son expertos en estas áreas, entonces habrían elaborado un instrumento y hecho una encuesta. Pero no fue lo que los organizadores hicieron. Así que pensé con cierta rigurosidad y me dije “ellos me invitaron para compartir mi visión como alguien vocacionado y dedicado a un área específica. No como un ciudadano de a pie que da opiniones personales. ¿Y cuál es esa área a la cual estoy dedicado y para la cual estoy vocacionado? ¡Predicar el Evangelio, sin duda!” Y fue así como, con Romanos 1.16 tatuado en la frente, me di cuenta que para eso yo debía estar en este foro: para hablar sobre cristianismo y homosexualidad como un ministro del Evangelio debe hacerlo, sin avergonzarme de ello, estando dispuesto a ser motivo de escándalo. Soy ministro del Evangelio, a eso fui llamado. No tengo méritos, dignidad ni destacadas habilidades para serlo, pero esta es mi vocatio y a esto me dedico, así que ¿qué otra cosa podía hacer? Un poco tarde, pero resoluto tomé esta decisión: que en el foro me enfocaría – contra toda erudición, pulcritud técnica y academicismo, tal vez – en predicar el Evangelio, aunque en el camino causara más de algún escándalo o desconcierto.

Tengo claro que varias cosas no las hice del todo bien. En un momento, por ejemplo, con el sólo propósito de mantener las diferencias con mi colega luterano, tal vez exageré, pues ante una pregunta realizada por alguien del auditorio, él se dedicó con detalles a promoverse a sí mismo y a su ministerio desarrollado dentro de su iglesia local, supuestamente muy progresista e inclusiva. Yo pensaba hablar de mi iglesia hasta ese momento, pero al sentir que la autopromoción iba a ser un tanto contradictoria con el Evangelio que acababa de predicar, simplemente dije ciertas generalidades acerca de la Iglesia Presbiteriana y me negué (casi visceralmente) a promover mi ministerio, mi iglesia local o mi denominación. Lo reconozco: tal vez debí aprovechar esa oportunidad para dar una página web o invitar a los cultos dominicales, dando un par de direcciones. Tal vez. Pero hasta este momento no estoy del todo seguro.

Gracias a Dios, todo, en general, se desarrolló dentro del mejor ambiente. Hubo respeto y disposición a escuchar, al menos externamente. Una vez terminado el foro, hubo intercambio de e-mails y una conversación muy amigable, curiosamente, no con mi colega de la Iglesia Evangélica Luterana, sino con el psicólogo católico-romano, quien además resultó ser gay, trabajando con grupos de homosexuales que buscan formas de compatibilizar su fe con su orientación sexual. Él pareció estar muy interesado en conocer más acerca de lo que, por la gracia de Dios, pude compartir. Así que evidentemente: con la experiencia de hoy, me gozo y aún me gozaré.

 

Foro 2

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La trompeta final de Mozart

Desde niño, por la influencia de mi viejo (que, además de hacerme oír sus obras, me llevó a ver la película Amadeus con 5 ó 6 años), sentí una irresistible fascinación por la música de Mozart y, específicamente por su Réquiem.

Esa leyenda (no sé qué tanto tiene de cierta) de que el loquillo Wolfgang se habría compuesto esta maravillosa obra de arte para sí mismo porque sabía que estaba a las puertas de la muerte por tuberculosis me parece sublime.

Hasta el día de hoy lo escucho cuando, en medio de mis recurrentes fases nihilistas, necesito recordarme a mí mismo que aún hay hermosura en el mundo, incluso cuando todo parece apuntar hacia la oscuridad y la muerte.

Desde mi adolescencia “Tuba Mirum” ha sido un favorito entre favoritos por su música. Cuando descubrí qué dice la letra, con mayor razón aún. Aquí se las comparto:

La trompeta, esparciendo un asombroso sonido
por los sepulcros de las regiones
reunirá a todos ante el trono.

La naturaleza y la muerte se asombrarán
cuando resuciten las criaturas
para responder ante el Juez.
Y por aquel profético libro
en que todo está contenido
el mundo será juzgado.

El Juez, pues, cuando se siente
todo lo oculto saldrá a la luz,
nada quedará impune.

¿Qué podré decir yo, desdichado?
¿A qué abogado invocaré,
cuando ni los justos están seguros?

Y aquí pueden apreciar la maravillosa música con su bellísima progresión de voces, de barítono a soprano:

 

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Bosquejo para una trilogía (parte 3).

regla quebrada3. Pero hay un pero y por la sola gracia de Dios, que no dejó a los hombres hundidos en las justas consecuencias de sus actos. Esta historia comenzó a ser revertida hace unos dos mil años atrás. Un problema humano necesitaba ser resuelto por un hombre, pero un problema de ese tamaño sólo Dios podía solucionarlo. Así que Dios se hizo hombre.

Siendo Dios-hombre, también conocido como el Cristo, caminó entre las multitudes y las miró con amor. Con los ojos llenos de lágrimas observó que la gente cargaba pesas en las mochilas, reglas en una mano y cronómetros en la otra y se medían unas a otras. Unos les decían a los otros: “ustedes no son rígidos como nosotros, ¡no han respetado la moral y las buenas costumbres!”. Los otros les respondían “el problema son ustedes que no tienen una ética alternativa como nosotros, ¡no han respetado la libertad y la espontaneidad!”. Pero todos por igual habían adaptado las reglas, las pesas y los cronómetros para medir milimétricamente a los demás según lo que para sí mismos era importante. Dios-hombre los miró, caminó entre la multitud, en medio de sus furiosos alegatos y lloró porque estaban solos. No podemos afirmar que su visión era de rayos-x, pero sabemos que vio los corazones y se fijó que se habían convertido en desiertos porque ya nadie sabía amar.

¡Sin embargo no se confundan! El Cristo no acostumbraba medir. No usaba pesas, reglas ni cronómetros. Como máximo cerraba un ojo para mirar a alguien a la distancia y hacía una medición rústica con su pulgar y su meñique y aún así se reía porque sus mediciones nunca eran del todo exactas, pero, por alguna extraña razón, a Él le servían.

Les acarició el cabello a las mujeres, les dio golpecitos de cariño en la espalda a los hombres, besó la frente de los niños, le tomó la mano a los ancianos, pero nadie parecía notar su presencia porque a estas alturas ya eran todos muertos vivientes que sólo sabían contar, medir y calcular. Se gruñían y mordían unos a otros y no faltaban relatos acerca de que, “por ahí”, alguien se había devorado a otro.

Y fue entonces cuando algo abyecto ocurrió en la creación y el mayor acto de obscenidad e inmoralidad se desató (y espero que se preparen para lo que les voy a contar, pues es realmente repulsivo): todos los muertos vivientes, dejando a un lado sus pesas, reglas y cronómetros atentaron contra todo lo que es recto, justo y bueno y se lanzaron, como la horda de zombies que eran, contra El Cristo. Él soportó todo sin abrir su boca. Le rompieron su ropa, lo golpearon con bates de béisbol, se burlaron de Él, bailaron sobre su vientre con tacones-aguja, le arrancaron un brazo y se lo comieron, con la boca chorreando sangre blasfemaron y maldijeron Su nombre, le quitaron la piel de las piernas a arañazos, le lanzaron todo lo que encontraron a mano (especialmente sus cronómetros, reglas y pesas), trataron de abrirle el cráneo con una piedra afilada para devorar su cerebro. En todo este tiempo Él no dijo nada, no pronunció ni una palabra, excepto gemidos y gritos de dolor.

En el preciso momento cuando estaban a punto de abrirle el cráneo, Él abrió su boca para decir algo. Fue curioso, pero todos enmudecieron y se echaron hacia atrás y yo diría que hasta sintieron miedo, como si supieran que con una palabra Él podía consumirlos. Se hizo un círculo a su al rededor para escuchar qué iba a decir y el silencio más absoluto se escuchó en la tierra y en el cielo. Hasta Belcebú, que miraba toda la escena desde cierta distancia, dejó de bailar y celebrar y prestó atención para saber qué iba a decir el Cristo a los hombres. Tirado en el suelo, sacó del bolsillo de su pantalón, con la única mano que le quedaba, la regla más exacta y perfecta jamás vista, la cual podía medir micras, nanometros y hasta unidades armstrong. ¡Ahora sí todos temblaron de miedo! Y con la boca sin dientes y la lengua lacerada habló con la poca voz que le quedaba: “¡No tengan miedo! No me deben nada. Yo los perdono. Porque los amo… te amo a ti… a ti también… y a ti que estás con la boca manchada de sangre porque te comiste mi antebrazo… y a ti que aún estás con esa roca afilada entre tus manos.” Y, entonces, lanzando la regla muy lejos, les dijo: “¡ya no van a necesitar esto nunca más!”. La regla se hizo añicos contra una piedra…

Jamás en la vida. Nunca. Ni antes ni después en la historia de todo lo creado, se vio tal rostro de desconcierto en Satán. Él, que era el más astuto de todos los seres creados, quedó perplejo, sin respuesta, sin teorías explicativas, sin posibilidad de formular hipótesis. Se sintió un verdadero imbécil, se sentó, con el rostro duro de amargura y no supo nunca más cómo responder a esto. Toda la lógica, toda la ética, toda la historia de la medición universal se vino abajo por causa del acto más escandaloso realizado por Dios-hombre: el perdón.

Todo su conglomerado de empresas e instituciones se incendió. Los ejecutivos de Wall Street se abrazaron con los dictadores de izquierda y lloraron amargamente porque la multinacional del Mefistófeles se vino abajo en un solo día y su humo subió por siglos y siglos y se podía ver desde cualquier parte de la tierra. La astucia y la fría lógica de la retribución de Satán no pudo contra el amor y la gracia del Cristo. El Belcebú se quedó sin estrategia por siempre, pues nunca más lo pudo superar.

Los hombres que entendieron lo que el Cristo hizo, volvieron a vivir, sus corazones volvieron a amar y sus cuerpos abandonaron el estado de descomposición. Se empezaron a dar abrazos tibios, y a olvidar poco a poco para qué servían las reglas, las pesas y los cronómetros. Los que antes se decían libres, ¡ahora sí podían serlo de verdad! Y los que antes se decían rectos, ¡ahora sí podían serlo de verdad! Porque empezaron a vivir la verdadera rectitud: la que brota desde el amor y el perdón.

Se dice por ahí que la serpiente antigua aún anda merodeando, como esos esquizofrénicos de terno, corbata y buena familia que se han ido de casa y mendigan un cigarrito en las esquinas y las puertas de las iglesias. A cada transeúnte que se detiene a oírle y le paga un café, le susurra algo acerca de las obligaciones morales y la necesidad de rectitud en el mundo. A muchos les hace sentido y muchos son los que le prestan oídos y parten corriendo a la tienda de antigüedades más cercana para comprar un cronómetro o una pesa ¿Y cómo no? Si el tipo habla bien, como un Undurraga o un Perez-Cotapos, y no como los flaites de la periferia.

Pero dicen también, que cada vez que alguien, imitando al Cristo, ofrece perdón inmerecido y deja de usar su pesa, su regla y su cronómetro y toma la decisión de ya no medir, ya no cobrar, ya no calcular las acciones y conductas de los otros, el Satán vuelve a quedar desconcertado, se pierde por un par de días y cuando vuelve, vuelve con aún menos poder que antes.

 

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Bosquejo para una trilogía (partes 1 & 2).

regla-de-madera_21747381. Dios creó el universo bueno. Con acciones y reacciones. Con causas y consecuencias. Lo recto, lo justo, lo hermoso y lo verdadero fueron creados en perfecta y compleja armonía, manifestando la raíz y la esencia del bien supremo: el amor.

Dios es amor y en Su amor diseñó un hermoso sistema de actos y consecuencias, que llamamos “lo justo”, lo “correcto”, y que reflejan Su gloria llena de bondad y compasión. Satanás – que es sólo odio y rencor, por lo tanto queja y reclamo – reaccionó pateando la perra con celos, amargura y cinismo cuando vio que Dios puso este orden en el mundo al crear al hombre y a la mujer y al colocar en sus corazones el mismo amor que lo caracteriza a Él.

Al inicio, no robar, no mentir, no fallar a sus compromisos y promesas eran sólo formas de expresarse amor entre Adán y Eva. Satán odió este orden de acciones, conductas y actitudes de rectitud movidas por el amor, pero, como era la más astuta de las criaturas de Dios, pronto se dio cuenta que había una posible estrategia para subvertir este orden creacional…

2. Al poco tiempo el hombre cayó y, aunque engañado por la serpiente, lo hizo tomando una decisión libre de la cual fue plenamente responsable y culpable. Satanás tenía ahora el escenario perfecto para aplicar la estrategia que había diseñado: exaltar las conductas rectas, resaltar el deber moral de mantener externamente el orden de lo recto y lo bueno, pero cometiendo un acto de profundo desarraigo: divorciando la rectitud del amor.

Así, Satanás reemplazó las hermosas flores de justicia y rectitud que brotaban desde el fértil suelo del amor a Dios y al prójimo por flores secas (que secaba entre páginas de libros gruesos) y luego por flores plásticas.

Pero además de incursionar en la industria de los derivados del petróleo, el diablo se hizo hábil abogado y, con la astucia que le caracteriza, comenzó a susurrar a los hombres en su oído palabras encolerizadas sobre la necesidad de justicia, de rectitud, de integridad. “Haz siempre lo correcto”, les dijo, “pero hazlo sólo con la secreta esperanza de que los demás sean correctos contigo a cambio”. También les susurró a los hombres la necesidad de vindicación, de quejarse constantemente y de retribución cuando les hacían algún mal o no les correspondían sus actos de generosidad y bondad. Nadie en la historia del desarrollo humano supo ser tan hábil estudioso de la moral y maestro de ética como la misma serpiente. Y mientras la humanidad caminaba su largo camino, ella le iba mordiendo el talón, susurrándoles a las esposas que ya no soportaran más las negligencias de maridos distraídos; diciéndoles a los esposos que ya no toleraran la falta de respeto de esposas ingratas; enseñó a los hijos a murmurar contra las equivocaciones de sus padres y a quejarse de todas sus promesas sin cumplir; les habló a los padres que no toleraran más la insolencia de sus hijos y que de ahora en adelante les pusieran condiciones claras para hacerse merecedores de su amor y atención parental.

Pero el diablo no sólo emprendió su carrera como hábil jurista y maestro de moral, sino especialmente como experto en cálculos infinitesimales. Fue así cómo enseñó a los hombres, de una manera fatal y oscura, a medir para cobrar. Les enseñó que existen medidas muy pequeñas, como los gramos, los miligramos, los centímetros y los milímetros. Y les dijo a los clanes familiares que no toleraran que sus vecinos corrieran sus cercas “ni siquiera un milímetro”. Les enseñó a los feligreses dominicales que, bajo ninguna circunstancia, debían tolerar “ni un miligramo” más de desprecio o falta de atención de parte de sus hermanos que se sentaban en la banca de adelante. Los hombres, alejados del amor, aprendieron rápido a calcular y se tornaron expertos medidores, con reglas en sus bolsillos, pesas en las mochilas y tablas de medidas en sus Biblias. Así, la humanidad, a partir de su propia falta de amor, llegó a superar a su instructor y desarrolló hábilmente la ciencia de la medición, la clasificación y las tipologías, especialmente en las corporaciones religiosas: medían miradas, tonos de voz, el ángulo de inclinación en las comisuras de los labios y los segundos y milisegundos que alguien se demoraba en darles el saludo. Así les iban poniendo etiquetas a las acciones de los demás, realizando categóricas afirmaciones con tono científico, tales como: “hoy fulano no me saludó con los mismos decibeles de efusividad que la semana pasada” ó “ya han pasado exactamente 259.247 segundos que fulano no me llama por teléfono para saber cómo estoy” ó, simplemente: “fulano me miró feo”.

¡Satán era rey en este orden de cosas! Estableció un conglomerado de empresas e instituciones que se tornó la más poderosa multinacional y que incluía desde institutos de educación para enseñar moral, ética y cálculo hasta fábricas de plástico que producían reglas y flores para adornar antejardines en los condominios, pasando por fábricas de cronómetros, pesas digitales, laboratorios para medir miradas y sonrisas, etc. El rubro de la construcción tampoco le fue ajeno: imponentes condominios eran levantados por su constructora y se caracterizaban por tener una perfecta (“milimétrica”) delimitación de los espacios, además de murallas altas para siempre mantener al otro como un ajeno, un extraño, “un ser de inferior calidad moral respecto a mí y a mi familia”.

El diablo llegó entonces a hacer poderosas alianzas con grandes organizaciones religiosas y así pudo vender, a módicos precios, pesas, reglas y cronómetros a la entrada de los templos. Estos instrumentos eran usados especialmente por los feligreses a la hora del café posterior para medir cosas como “rectitud”, “generosidad”, “consecuencia”, “integridad” y “consagración” en otros.

La influencia del Belcebú era tanta que nunca fue portada de la Forbes, porque tenía influencia más que suficiente para impedir que publicaran su foto en la revista. Aunque, con su característico bajo perfil de falsa modestia, llegó a controlar el gran mercado de las relaciones humanas, constituyéndose en poderosísimo legislador y juez privado, entregando siempre boleta por sus servicios eso sí.

Pero seamos honestos: el Mefistófeles jamás habría logrado tamaño poder e influencia sobre el cosmos si no fuera porque los hombres, creados para gobernar la creación, se lo permitieron. Un simple acto del corazón humano fue la puerta abierta de par en par que dejó que el diablo se instaurara como amo y señor: hombres y mujeres, ancianos y niños, todos por igual, olvidaron amar.

(Continuará…)

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