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Por qué no creo en LA Iglesia Evangélica

  
Pensar fuera de la caja tiene sus costos. Cuesta, primero, porque es desafiador intelectualmente, uno debe escapar de los estereotipos dentro de los cuales estuvo acostumbrado a pensar por largo tiempo y no saco nada con engañarme a mí mismo: no soy alguien intelectualmente aventajado y este tipo de ejercicios son difíciles para gente como yo. En segundo lugar, cuesta también porque para muchos se constituye en una traición personal que dejes de pensar como ellos, así que pierdes amigos o personas que pensabas que eran tus amigos. Pero uno no debe, por esa causa, entregarse a la deshonestidad intelectual. Y aquí, como hombre de fe y como ministro ordenado debo reconocer que hay cosas en las cuales, lisa y llanamente, no creo. Una de ellas es la famosa “Iglesia Evangélica” o “Iglesia Evangélica en Chile”. Me opongo tenazmente a creer en una entidad que, como el chupacabras o el viejito pascuero, sólo existe en la imaginación de unos pocos. Aquí mis razones:

1. Es un hecho innegable que las iglesias evangélicas chilenas no están unidas, y esto me parece que es una experiencia que se repite en casi todos los países. Es deshonesto intentar agrupar bajo un nombre propio (con la primera letra mayúscula y en singular: “Iglesia”) a un montón de denominaciones, corporaciones, sínodos, diócesis, convenciones, iglesias, concilios, etc. que son, además de diversos, claramente autónomos en su relación unos con otros. Simplemente no corresponde porque es deshonesto con la realidad. No existe tal cosa como “LA Iglesia Evangélica”, ni en Chile ni en Marte. No hay acuerdo sobre un montón de materias teológicas que no son menores, menos aún lo habrá, por lo tanto, sobre materias valóricas, políticas, sociales, etc.
Que un grupo de pastores y obispos, por muy grandes que sean sus iglesias, se junten a tomar desayuno y orar no los hace merecedores de un título tan irrealista. Está bien que se junten. Está bien que oren. Está bien que trabajen juntos en ciertas iniciativas que le hacen bien al país. Lo que no está bien es que se pongan a firmar declaraciones a nombre de una supuesta entidad que no existe más allá de sus imaginaciones y (por qué no decirlo) ansias de poder.

2. No es deseable que siquiera llegue a existir algo como una “Iglesia Evangélica en Chile”. Y esto es porque sería una simple y brutal violación a los principios fundacionales de los mismos evangélicos allá en la reforma protestante del siglo XVI. No lo tomo a la ligera: la grandísima mayoría de las iglesias evangélicas (más del 90%) se pusieron a celebrar felices cuando en Chile se decretó el feriado del 31 de octubre como el día nacional de las iglesias evangélicas y protestantes, justamente por su relación con la reforma. Pues bien, asumamos algo básico que compartimos las iglesias herederas (directas e indirectas) de la reforma protestante: nos oponemos a levantar sistemas eclesiásticos de poder jerárquico y terrenal al modo del catolicismo-romano. Soy evangélico, protestante y reformado y, como tal, pocas cosas me generan más anticuerpos que ver a evangélicos lamentando que, como institución visible, no seamos UNA sola “Iglesia” al modo de los papistas. Mi visión es clara y categórica: NO. No quiero que exista una sola, grande, poderosa y uniformizada “Iglesia Evangélica en Chile”. No sueño con eso, ni oro por eso. Me repugna imaginar un aparato institucional que, usando el mismo nombre del Evangelio, detente un poder tan grande, que políticos y empresarios por igual tengan que rendirle pleitesía y pedirle permiso para llevar adelante sus iniciativas. Leo el Apocalipsis y una institución como esa no me recuerda a los mártires que derraman su sangre y alaban al Cordero, sino a la Gran Ramera y, en esto al menos, tengo al mismísimo Martín Lutero de mi lado.

3. Finalmente, permítanme aclarar algo: anhelo de todo corazón ver mayor unidad entre las iglesias evangélicas; es más, he orado y trabajado por eso. Me siento identificado con Juan Calvino cuando le escribió al obispo de Canterbury, Thomas Cranmer, diciéndole que cruzaría diez mares en pro de la unidad de la iglesia. Pero creo que el mayor asesino de esa unidad sería justamente su mala copia, su “evil twin”: una grande y poderosa entidad llamada “Iglesia Evangélica”. Ese no es el camino a la unidad, sino a la tiranía de unos pocos y al totalitarismo religioso. Parafraseando a John Piper, la verdadera unidad se dará teniendo bien claras y definidas las diferencias denominacionales, y no “quitando las cercas” teológicas, confesionales y político-eclesiásticas, sino todo lo contrario: manteniéndolas, reforzándolas y estableciendo puertas claras que nos permitan amarnos y trabajar juntos a través de esas cercas. Eso significa reafirmar, delimitar, someterse y apoyar la autoridad del Obispo y de su consejo asesor,  en el caso de las iglesias con sistemas de gobierno episcopales; reforzar los sistemas de comunicación intereclesial y reunir más seguido a las convenciones, en el caso de quienes pertenecen a sistemas de gobierno más congregacionalistas; del mismo modo, en el caso de los presbiterianos, significará reforzar nuestra identidad y confesionalidad y fortalecer, con una participación activa y comprometida, a nuestros presbiterios y sínodos a fin de que, como representantes debidamente designados para ello, los pastores podamos participar, motivar a los miembros a participar y hacer crecer iniciativas interdenominacionales de evangelización, formación de profesionales, educación, acción social, causas políticas que nos parezcan justas (como la lucha contra el aborto o la corrupción política), etc. En este sentido serían bienvenidas iniciativas tales como una Asociación de iglesias evangélicas o un Consejo nacional de iglesias evangélicas (así: con la palabra “iglesias” en minúscula y en plural), pero los celos y la sed de poder nos impiden que nos pongamos de acuerdo… aunque esto último, ustedes se dan cuenta, ya es materia para otro post.

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Una palabra muy vigente de Leonard Ravenhill

 

 “Nuestra necesidad nacional en esta hora no es que el dólar recupere su fuerza, o que salvemos nuestro rostro ante el caso Watergate, o que encontremos la respuesta al problema de la ecología. ¡Lo que necesitamos es un profeta enviado por Dios!

[…]

Millones se han gastado en la evangelización en los últimos veinticinco años. Cientos de mensajes del evangelio avanzan por el aire sobre la nación todos los días. Cruzadas se han celebrado; reuniones de sanidad han hecho una contribución vital.(…)

Organizadores tenemos. Abundan los predicadores expertos y las organizaciones cristianas multimillonarias. Pero, ¿dónde, oh dónde, está el profeta? ¿Dónde están los hombres incandescentes recién salidos del lugar santo? ¿Dónde está el Moisés que clama en ayuno ante la santidad del Señor por nuestra moral mohosa, nuestra pérfida política y nuestra espiritualidad agria y enferma?

Los hombres de Dios permanecen ocultos hasta el día que han de ser mostrados. Ellos vendrán. El profeta es vejado durante su ministerio, pero es vindicado por la historia.

Hay un terrible vacío en el cristianismo evangélico de hoy. La persona desaparecida en nuestras filas es el profeta. El hombre con una terrible seriedad. El hombre totalmente de “otro mundo”. El hombre rechazado por otros hombres, incluso otros hombres buenos, porque lo consideran demasiado austero, demasiado-severamente comprometido, demasiado negativo y poco sociable.

Que sea tan claro como Juan el Bautista.

Que sea por un tiempo una voz que clama en el desierto de la teología moderna y del “iglesismo” estancado

Que se niegue a sí mismo como el apóstol Pablo.

Que diga y viva: “una cosa hago.”

Que rechace los favores eclesiásticos.

Que se humille a sí mismo, no complaciéndose a sí mismo, no auto-proyectándose, no justificándose, no gloriándose, no auto-proclamándose.

Que no diga nada que pueda atraer la atención de los hombres a sí mismo, sino sólo aquello que moverá los hombres hacia Dios.

Que venga a diario del salón del trono de un Dios santo, del lugar donde ha recibido la orden del día.

Que él, bajo Dios, destape los oídos de los millones que están sordos por el estruendo de las monedas ordeñadas en esta era de hipnotismo materialista.

Que llore con una voz que este siglo no ha escuchado porque él ha visto una visión que ningún hombre de esta época ha visto.

Dios envíanos este Moisés que nos llevará desde el desierto del materialismo craso, donde las serpientes de cascabel de la lujuria nos pican y donde los hombres ilustrados, totalmente ciegos espiritualmente, nos llevan a un siempre-cercano Armagedón.

¡Dios ten misericordia! ¡Envíanos PROFETAS!”

(Leonard Ravenhill)

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El poder de UNA palabra

Una vez más hay quienes necesitan simplificar al opositor para crear un enemigo. La oposición leal, madura, ética es demasiado compleja para muchos. Esto de entender que alguien o que un grupo de personas están en desacuerdo con nosotros aunque estemos buscando los mismos objetivos finales y tengamos las mismas motivaciones es algo que, culturalmente, se nos hace bastante difícil de asimilar. Así que muchos demonizan al opositor, tornándolo un enemigo ante los ojos de todos, simplificándolo, haciendo un esfuerzo por pulir las complejidades del pensamiento del adversario e intentando resumir todas sus propuestas a una palabra, una única palabra que sea capaz de despertar las más atávicas virulencias. Así es como muchos ganan seguidores, conquistan apoyo y engruesan sus filas contra las de su adversario. Una de las palabras más utilizadas con estos propósitos en los medios eclesiásticos evangélicos ha sido justamente la palabra “liberal”.

“Liberal” es una de las palabras más usadas y menos entendidas en la historia. Esto la hace muy útil para los inescrupulosos de siempre. Es una especie de palabra mágica que tiene el poder de trasformar al simple opositor en un ser maligno, demoníaco, que quiere destruir el futuro de la familia tradicional, de la iglesia fiel, del matrimonio bíblico, de la sana doctrina, de las buenas costumbres. Es interesante que esta es una palabra que resulta altamente conveniente no definir para aquellos que quieren mantener el poder mediante la distorsión de la realidad. La agenda de estos manipuladores de conciencia – entre los cuales se encuentran no pocos pastores y obispos evangélicos – es justamente dejar que cada persona se imagine lo que quiera con la palabra “liberal”, mientras la gente común se siga imaginando algo malo (muy malo: como el fin de la civilización), entonces está todo ok. Así se puede seguir usando para atacar, desprestigiar y dar falso testimonio a diestra y siniestra.

Nadie quiere saber acerca de las complejidades de lo que significa ser tildado de liberal. Liberalismo político, económico y teológico son cosas tan distintas que todo tipo de combinaciones entre ellas es posible y ninguno de ellos está necesariamente ligado al liberalismo moral. Pero, tristemente, el común de los feligreses nunca ha querido leer más de 100 páginas corridas y muchos de ellos menos aún quieren darse cuenta que, aún teniendo las ideas más conservadoras política y teológicamente, son por otro lado verdaderos defensores y promotores de pensamientos liberales económicos. Así que esto también los clasificaría, con justa razón, entre los “liberales”.

En la iglesia evangélica teológicamente conservadora, con la cual tiendo a identificarme, pocos quieren saber que, por ejemplo, el liberalismo teológico murió a inicios del siglo XX, aunque también es verdad que, desde esos años, han surgido otras corrientes tanto o más opuestas a la ortodoxia. Pero al liberalismo teológico en sí muchos eruditos le dan incluso fecha de deceso: la publicación del “Römerbrief” de Karl Barth en 1919 habría sido la “bomba puesta en el parque de juegos de los teólogos liberales”. Ni hablar sobre el, nada casual, apoyo de teólogos y pastores liberales de Alemania al Tercer Reich que terminó de desprestigiar por completo lo que quedaba del movimiento ya herido de muerte. Nadie quiere darse la lata de entender la epistemología de Immanuel Kant o la dialéctica idealista de G. W. F. Hegel a fin de comprender el por qué de los cuestionamientos liberales. Menos aún hay gente dispuesta a reconocer aquello que muchos eruditos reformados ortodoxos como G. Vos, G. K. Beale, Walter C. Kaiser y D. A. Carson ya reconocieron hace tiempo: que la contribución del liberalismo teológico a las ciencias bíblicas ha sido no menor, aunque no concordemos con sus presupuestos. Herramientas críticas como el “Sitz im leben”, la “Formgeschichte” y tantas otras siguen siendo usadas por muchos exegetas conservadores y es, simplemente, inconcebible hacer exégesis sin ellas. Y ni hablar sobre la tremendamente ignorante asociación automática e instantánea que muchos hacen en América Latina entre “teología de la liberación” y “teología liberal” ¡sólo porque suenan parecidas! Por más que ambas escuelas cuestionen la autoridad de la Escritura y relativicen la doctrina de la inspiración (negándola, incluso) por someterla a ideologías humanistas, ciertamente los posibles puntos de comparación paran por ahí. Adolf von Harnack y Albrecht Ritschl se deben dar unas notables vueltas de carnero en su tumba sólo de enterarse que se les pone en el mismo saco que Gustavo Gutiérrez, Leonardo Boff y otros teólogos de inspiración marxista o revolucionaria de izquierda.

Pero ¿quién se va a dar la lata de leer los volúmenes imprescindibles para entender todo esto? Es mejor mantener al pueblo en la ignorancia y hacerles creer que los liberales, como muertos vivientes altamente infecciosos, todavía andan dando vueltas por los seminarios y, mejor aún, cuando se logra hacer que la galucha identifique ciertas prácticas (que nada tienen que ver con ser o no liberal) con liberalismo. Por ejemplo: que un pastor use jeans, zapatillas y camiseta: ¡típico liberal! Que un seminarista lea un libro de Bonhoeffer: ¡vade retro liberal! Que un presbítero disfrute un tabaco en su pipa: ¡se pudrió todo! ¡El liberalismo invadió nuestras iglesias! Que cristianos quieran reformas sociales profundas en busca de una mayor equidad y justicia social: ¡puaj! ¡ya llegó el liberalismo izquierdoso a nuestros santos concilios! Y así, las simplificaciones siguen y siguen. Nadie quiere saber acerca de la oposición que Abraham Kuyper lideró en contra de los trajes demasiado formales de los pastores reformados holandeses. Nadie quiere enterarse que Bonhoeffer no sólo no puede ser clasificado como liberal, sino que incluso fue un dolor de cabeza para no pocos teólogos liberales. Menos aún queremos reconocer que héroes de los evangélicos como Charles Spurgeon (que combatió con todas sus fuerzas a las escuelas liberales de teología en Inglaterra) y C. S. Lewis (que combatió el evolucionismo, la alta crítica y las filosofías humanistas con pasión y erudición) eran aficionados a fumar un buen tabaco. Muchos evitan reconocer, o nombrar siquiera, que John Knox lideró la revolución parlamentaria de 1559 en Escocia o que no pocos de los líderes de la revolución norteamericana de la década de 1770 eran de inspiración calvinista en su doctrina y miembros de iglesias reformadas (incluyendo al único clérigo firmante de la declaración de independencia de EEUU: el pastor presbiteriano John Witherspoon).

Pero, una vez más, mi convicción es que la culpa principal no es de la gente común, que siempre va a tender a seguir lo que le digan con buena retórica desde el púlpito. La responsabilidad principal es de esos líderes y pastores que, por no saber hacer una oposición honesta y leal, con todas sus complejidades, prefieren la trasnochada estrategia – usada en el pasado por estalinistas y fascistas por igual – de simplificar al opositor para crear un demonio al cual atacar con todo. Aquella estrategia que aplicó magistralmente Goebbels, brazo derecho de Hitler y líder de la propaganda nazi: simplifiquen al enemigo, si es posible hacerlo con una sola palabra, mejor aún. Hubo un tiempo que fue la palabra “comunista”, o la palabra “momio”, hoy en ciertos contextos es la palabra “homofóbico” o la palabra “fundamentalista”. En contextos evangélicos actuales, sin embargo, es la palabra “liberal”.

Desde el infierno Goebbels mira con envidia a estos líderes evangélicos, pensando “¿cómo no se me ocurrió a mí usar la palabra ‘liberal’ de manera tan laxa e irresponsable para así lograr mis objetivos?”… y mordiéndose la rabia, pero reconociendo su astucia, los aplaude.

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Notas mentales a 25 años de la caída del muro

Esta semana se cumplen 25 años de la caída del muro de Berlín. Aquí dejo algunas notas mentales que me hago para mí mismo y que creo necesario compartirlas para conmemorar una fecha tan importante:

1. No hacer caso a los hipócritas e incoherentes. Muchos van a proferir palabras de buena crianza diciendo que el muro era una medida inadecuada y que fue bueno que se echara abajo, pero sin referirse al problema de fondo: el totalitarismo de los gobiernos comunistas (que a ratos me parece una tendencia intrínseca del pensamiento filosófico-político marxista), así como las violaciones sistemáticas a los Derechos Humanos de parte de las dictaduras de izquierda. Aquellos que hoy hablan de defender la democracia y los DDHH, pero se refugiaron en la Alemania oriental de los ’70 y ’80 y que nunca han sido ni fueron capaces de, públicamente, posicionarse contra estos regímenes y convenientemente omiten referirse a la Stasi, por ejemplo, no merecen la atención ni el respeto de ciudadanos demócratas pensantes. Menos aún si, más encima, siguen dispuestos a chuparle las patas al dictador Castro en pleno siglo XXI.

2. Recordar que los regímenes comunistas, más allá de lo político, constituían una verdadera idolatría destructiva y tóxica, una de las tantas manifestaciones de la bestia apocalíptica: un estado totalitario, dispuesto a reprimir las libertades, que blasfemaba contra el Dios del cielo y el Cordero e, incluso, perseguía a quienes profesaban la fe en Cristo. La idolatría del estado como si este fuera un “Páter” Omnipotente que soluciona los problemas de la desigualdad y la infelicidad humanas, debe ser considerado, además de ingenuo, altamente nocivo, pues es idolatría. Como bien expuso Lutero en su catecismo, todo aquello en lo cual depositamos nuestra confianza de corazón es un ídolo. Esto vale también para ideologías políticas y para el Estado.

3. No olvidar que, luego de la caída de los dioses del igualitarismo y del totalitarismo de estado, se han levantado fuertes, como una bestia que recibió una herida mortal, pero volvió a vivir, los dioses del mercado, el consumo y las libertades individuales. Hubo un día en que muchos creyeron que un supuesto estado proletario iría traer justicia, así que sacaron al estado de su esfera correspondiente (donde era un instrumento relativo) y lo elevaron a la categoría de absoluto, permitiéndole inmiscuirse en todas las demás esferas; así el estado se tornó nocivo. Del mismo modo, los neoliberales tomaron el mercado y la sacaron de su esfera correspondiente (donde su función no era otra sino ser un instrumento relativo) y lo elevaron a la categoría de absoluto, imponiendo desde las elites oligárquicas la ideología de que el mercado puede y debe solucionar todos los problemas en todas las demás esferas; así llegamos al actual estado de cosas: un mercado altamente nocivo y alienante, que destruye la vida comunitaria de la sociedad, de las familias e, incluso, de las iglesias. El libre mercado (instrumento útil y necesario dentro de su propia esfera, a mi entender) se ha tornado un absoluto, pasando a ser un falso dios, cruel, sanguinario, pero condescendiente hacia sus devotos. Esta es otra manifestación de la bestia que vio Juan en la isla de Patmos: nadie puede comprar ni vender si no adopta su ideología en su forma de pensar (marca en la frente) o si no está dispuesto a adoptar en su quehacer el modus operandi de la bestia (marca en la mano).

4. No perder de vista, aquello que los ciegos idólatras de la ideología neoliberal no pueden ver: así como cayó el Berlin Wall, caerá también Wall Street. No sé cuánto tardará, tampoco estoy seguro de cómo será, ¡pero ocurrirá! Porque toda la historia de la humanidad se resume en esto: cómo Dios desbarata, humilla y hace añicos a los falsos dioses, uno por uno, hasta que llegue el día en que Él reinará absoluto y llenará la tierra de la gloria del Cordero, que ya está sentado en el trono.

5. Aborrecer profundamente el pensamiento de quienes, como péndulos, tienden neciamente a levantar la idolatría del estado como respuesta a la idolatría del mercado. Toda idolatría es igualmente tóxica. Mi deber es levantar en alto a Cristo como único absoluto, Señor y Soberano sobre todas las esferas. Recordar y proclamar que todas las esferas son relativas, ninguna es absoluta, ninguna debe imponerse sobre las otras, sólo Dios es absoluto y sólo la lealtad, el amor y la fidelidad a Él han de ser el motor de nuestro actuar en la sociedad, en la política, en el mercado. Porque “no existe un sólo centímetro cuadrado en toda existencia humana sobre el cual Cristo, quién es soberano sobre todo, no clame: ¡esto me pertenece!” (Abraham Kuyper).

De manera genial, la película “Good Bye Lenin” muestra los últimos estertores del régimen comunista alemán, donde se aparentaba competencia teniendo 2 marcas de pepinillos en los supermercados, pero ambas del estado, obviamente: sarcástica muestra de los tontos esfuerzos que los poderes hacen para ocultar lo que todos ven. Así también, hoy vemos los esfuerzos de un régimen neoliberal de mercado por ocultar el hecho de que ha aumentado la brecha social, fragmentando al país, legitimando la codicia. Caen uno a uno los paladines de la recta moralidad, mostrando que, en realidad, el libre mercado no tiene moral y que todos, incluso quienes profesan una fe cristiana, ceden a las tentaciones más burdas de la codicia y del enriquecimiento ilícito. Es triste, por un lado, pero no es extraño: ¡el emperador está desnudo! Como lo estuvo el comunismo así está el neoliberalismo. Como lo estuvieron un día los Erich Honecker, así de desnudos están hoy los Donald Trump y yo como creyente en Cristo, adorador del Cordero que consumará su Reino sobre toda la tierra, no les temo, me río como un niño de las vanas estupideces de las cuales hacen gala: su buen nombre, su reputación, su prestigio, sus riquezas. No los envidio, Dios es mi testigo. Sólo me apena, a veces, que estén dando tan triste espectáculo: viven mostrando sus logros, sus emprendimientos, sus éxitos, sus millones y no saben que sólo son ciegos, miserables y desnudos. Y así se pasean por las avenidas, mostrando sus últimos trajes de hilo invisible…

Un gran ídolo ya cayó hace 25 años, el próximo caerá pronto. Semejantes a ellos son todos los que los construyen y cuantos confían en ellos. Sólo prevalecerán aquellas personas que han puesto toda su confianza en el Cordero. Dios me ayude a no dejarme seducir por la marca de la bestia y a mantener mi fidelidad y confianza en el Único que es digno de ella: Cristo el Señor.

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Timothy Keller sobre la idolatría política

La palabra “ideología” puede ser usada para referirse a cualquier conjunto coherente de ideas sobre un asunto, pero también puede tener una connotación negativa, cercana a su palabra hermana: idolatría. Una ideología, como un ídolo, es un relato limitado y parcial de la realidad que termina siendo elevado a la palabra final acerca de las cosas. Los ideólogos creen que su escuela de pensamiento o partido tiene la respuesta real y completa a los problemas de la sociedad. Sobre todo, las ideologías ocultan a sus adherentes la realidad de que dependemos de Dios.

El más reciente ejemplo de una gran ideología que fracasó es el comunismo. Por casi 100 años grandes cantidades de pensadores occidentales tuvieron altas esperanzas en aquello que ellos llamaron de “socialismo científico”. Pero, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hasta la caída del muro de Berlín en 1989, estas creencias comenzaron a venirse abajo.

(…)
Uno de los textos clave que fueron publicados durante ese periodo fue un libro escrito por varios comunistas y socialistas desilusionados, incluyendo a Arthur Koestler y André Gide, cuyo título era “The God that Failed” (“El dios que fracasó”). El título lo dice todo, describiendo cómo una ideología política puede hacer promesas absolutas y demandar un compromiso de vida total.
Con el despertar del colapso del socialismo, el péndulo se inclinó hacia abrazar el capitalismo de libre mercado como la mejor solución para lidiar con los problemas presentes de pobreza e injusticia. Muchos dirían hoy que esta es la ideología reinante. De hecho, uno de los documentos fundamentales del capitalismo moderno, “La riqueza de las naciones” de Adam Smith, parecía deificar al libre mercado cuando argumentaba que el mercado es una “mano invisible” que, cuando se le permite actuar libremente, automáticamente guía el comportamiento humano hacia aquello que es más beneficioso para la sociedad, sin necesidad de contar con cualquier tipo de dependencia de Dios o de un código moral.

Es muy pronto para estar seguros, pero puede ser que, a la luz de la tremenda crisis financiera de 2008-2009, esté ocurriendo el mismo rechazo hacia el capitalismo que ocurrió hacia el socialismo en la generación anterior. Está levantándose una ola de libros revelando la naturaleza altamente ideológica del capitalismo de mercado reciente, tanto populares como académicos, tanto secularizados como religiosos. Algunos de estos textos incluso tienen ciertas variaciones del título “el dios que fracasó”, considerando que a los mercados libres se les ha adjudicado un poder divino de hacer a las personas felices y libres.

Reinhold Niebuhr argumentó que el pensamiento humano siempre eleva algún o algunos valores u objetos finitos para que se tornen La Respuesta [eterna e infinita]. De esta manera, sentimos que nosotros somos quiénes podremos arreglar las cosas y que quienes se nos oponen son idiotas o malvados. Pero, como con todas las idolatrías, esto también nos puede tornar ciegos. En el marxismo el estado poderoso acaba siendo el salvador y los capitalistas son demonizados. En el pensamiento económico conservador, el libre mercado y la competitividad resolverá nuestros problemas y, por lo tanto, los izquierdistas y el gobierno son obstáculo para una sociedad feliz.

La realidad es bastante menos simplista. Estructuras tributarias excesivamente fuertes pueden producir un tipo de injusticia donde las personas que han trabajado duro no son recompensadas y son penalizadas mediante altos impuestos. Una sociedad de bajos impuestos y pocos beneficios, sin embargo, produce un tipo diferente de injusticia donde los niños de familias que pueden costear una buena atención en salud y una educación de elite, tienen oportunidades muchísimo mejores que quienes no pueden. Resumiendo, ideólogos no logran admitir que siempre hay significativos efectos colaterales negativos en cualquier programa político. Y tampoco logran conceder que sus oponentes también tienen buenas ideas.

En cualquier cultura donde Dios está ampliamente ausente, el sexo, el dinero o la política llenarán el vacío de distintas personas. Esta es la razón por la cual nuestros discursos políticos se hacen cada día más ideológicos y polarizados. Muchos describen el presente discurso público tóxico como consecuencia de la falta de bipartidismo, pero las raíces son mucho más profundas. Como Niebuhr enseñó, estas raíces van hasta el comienzo del mundo, a nuestra alienación de Dios y a nuestros abiertos esfuerzos por compensar nuestros sentimientos de desnudez e impotencia cósmicas. La única manera de tratar estas cosas es sanando nuestra relación con Dios.

KELLER, Timothy, Counterfeit Gods, New York, Dutton, 2009, pp. 104-107. (traducción propia)

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¿Dónde están los hombres sabios?

En esta sociedad del desarraigo se necesitan hombres sabios.

Hay todo tipo de hombres. Hombres llenos de certezas y hombres llenos de espíritu aventurero y emprendedor. Hay hombres ambiciosos y los hay muy inteligentes. Hombres valientes para defender sus propios intereses no son nada difíciles de encontrar. Hombres que callan ante la injusticia cometida contra otros abundan. Miro a mi al rededor y veo hombres estrategas, hombres astutos, hombres apasionados, hombres creativos, hombres abundantes en certezas doctrinales, hombres ideológicamente convencidos, hombres que hacen uso excelente de la retórica y del don de la persuasión, hombres visionarios, hombres con buena teología, hombres moralmente ejemplares, incluso hombres pacientes, dispuestos a oír y tardos para hablar. Estos últimos parecen ser buenos candidatos para ser sabios algún día. Pero no lo son aún. Y desde mi necedad aventuro la idea que necesitamos hombres sabios hoy, ya que mañana sea, tal vez, demasiado tarde.

No quiero ser pesimista. Sé que hay hombres sabios por ahí, pero son escasos. Y los pocos que hay no son oídos a causa de nuestra enfermiza obsesión con la excelencia, la eficiencia, el futuro y el perfeccionismo. No nos damos cuenta que necesitamos hombres sabios, no hombres perfectos. Y no nos damos cuenta que estos hombres sabios deben, precisamente, cuestionar nuestras supuestas osadías y hacernos sentir incomodidad y retrasar nuestros emprendimientos. Para eso Dios los creó. Para obligarnos a reflexionar antes de actuar. Que nos cuenten lo que fue y cómo las cosas ocurrieron para que dejemos de creernos tan originales e infalibles en nuestra arrogancia. Tal vez después de sus cuestionamientos seguiremos con nuestros planes, pero más enriquecidos, seguros y profundos a causa de la cuota de sabiduría que les habrá sido impartida. Pero en estos días de desarraigo nos negamos a ser cuestionados y así nos vamos alejando más y más de la sabiduría.

No se confundan. Hombres con edad no son hombres sabios necesariamente. Muchos hombres tienen canas, arrugas y nietos, pero son controlados por las mismas obsesiones y pasiones juveniles que muchos de nosotros, más jóvenes. Ciegos de ambición y codicia, deseosos de conquistar el mundo, mendigando reconocimiento y poder, su falta de sabiduría y exceso de celos, envidia y megalomanía a veces es asustadoramente peor, ya que se refugian en el hecho de tener más edad para darse más licencias y negarse a rendir cuentas. Ya el libro de Job lo ilustraba, no siempre los más viejos son los más sabios. Pero en estos días de “crisis de mediana edad”, la escasez de hombres sabios se da incluso entre los mayores.

Tampoco cometan otro error común: hombres moralmente correctos no son necesariamente sabios tampoco. La rectitud moral generalmente viene acompañada de la arrogancia y del sentido de superioridad que caracteriza a los más necios de los necios. Un hombre sabio, en cambio, está consciente de su miseria y su inmoralidad intrínseca, sabe desconfiar de sí mismo y por eso se ha tornado sabio.

En un par de ocasiones, en el último tiempo, me pareció vislumbrar hombres sabios. Pero no estaban donde debía encontrarlos. A un par de ellos los encontré en bares perdidos de la capital, de esos donde no van los turistas. Otro, afirmándose los suspensores, atendía en una librería frecuentada por ateos y agnósticos. Otro en su último lecho de cáncer balbuceaba palabras finales. Pero cuando busqué hombres sabios en las direcciones de colegios, en los escritorios de profesores universitarios, en las asambleas de presbiterio, en las directivas de empresas, en los concejos municipales, no los encontré. No estaban. Se habían ido. Tal vez cansados de hablar donde no se les escuchaba, prefirieron irse porque nosotros les hicimos ver que no los necesitábamos. Y como son sabios, pero humanos, prefieren no perder su tiempo y energía donde no son bienvenidos.

Quiera Dios que un día vuelvan. Un día que no sea demasiado tarde. Antes que paguemos un precio demasiado alto. Antes de que empecemos a sacarnos pedazos de carne unos a otros a mordidas.

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Reflexiones en torno a Israel

Nunca ha sido la intención en mis posts escribir artículos teológicos, menos aún artículos teológicos de peso académico. Para quienes quieran conocer más, tanto los sobre pilares fundamentales como sobre las implicaciones de mi postura al respecto de Israel como nación y su papel en la historia de la redención, les recomiendo que lean libros, no posts de blogs. “Israel en el plan de Dios” de David Holwerda (ed. Desafío) es un buen comienzo. También recomendaría, por causa de sus implicaciones, “Más que vencedores” y “La Biblia, el más allá y el fin del mundo” de William Hendriksen, así como su comentario a Romanos (especialmente a Romanos 9). Siempre es bueno, además, volver a consultar el Comentario al Apocalipsis de Simon Kistemaker. Estos autores y otros reformados amilenistas me representan bastante en mi postura respecto a este tema. Dicho esto, aquí va:

La nación (etnia) de Israel es hoy en día, después de la venida de Cristo, una nación más como los zulúes, los konkombas, los mapuche o los árabes. Su estatus como “pueblo de Dios escogido” ya no es tal, pues cumplieron su función y esta ya caducó con la venida del Mesías, al igual que las ceremonias y rituales del antiguo tabernáculo.

La declaración de Jesús “yo soy la vid verdadera” (Juan 15) expresa el quiebre definitivo entre el AT y el NT a este respecto. Todos los judíos que le escucharon decir eso, especialmente sus discípulos, entendieron las implicaciones de esta palabra. Basta con compararla con otro capítulo nº 15: el de Ezequiel. Tanto Ezequiel 15 como otros textos del AT muestran claramente que “la vid” era una de las formas favoritas que usaba Jehová para referirse a la nación de Israel. Pero el Israel del AT era en realidad la sombra de la vid verdadera. Esto lo deja claro Jesús al decir: “la vid verdadera SOY YO”. Para Juan “lo verdadero” no es lo opuesto a “lo falso” (como en las categorías metafísicas abstractas de los griegos), sino lo opuesto a “lo incompleto”, o sea a aquello que aún estaba en forma de señal o símbolo de una realidad histórica que aún no se revelaba en su plenitud. Cristo, es por lo tanto, la vid “plena”, la realización histórica de aquella vid veterotestamentaria que era sólo una señal de lo que había de venir.

Por si fuera poco, “verdadero israelita es el que lo es en el corazón, no en la carne” remata el apóstol Pablo (Romanos 2.28-29). Por lo tanto, el Israel del AT era una sombra, una señal, un paréntesis cuya función era prefigurar a Cristo. El que quería acercarse a Dios y relacionarse con Él debía unirse a Israel. Ahora quién quiera acercarse a Dios y relacionarse con Él debe unirse a Cristo mediante la fe, de otra manera “será cortado y echado fuera y quemado en el fuego” (Juan 15.6).

Esta visión teológica me permite vislumbrar varias cosas con relativa claridad. Aquí les comparto 3:

1. Muchos conocemos la famosa y muy útil división de tres leyes del AT que históricamente el cristianismo reformado ha hecho: ley moral (revelación del carácter santo de Dios, por lo tanto inmutable e inabrogable; se presenta explícitamente en los 10 mandamientos y se resumen en amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a mí mismo; es LA LEY por excelencia, base y sustento de todas las demás buenas leyes que existen), leyes civiles (buscan regular la vida comunitaria, expresando formas concretas de amar al prójimo; es mutable, cambia porque las sociedades también cambian) y leyes ceremoniales (buscaban anunciar el Evangelio antes de que sus hechos históricos sucediesen; son un preanuncio de la venida de Cristo y Su obra redentora, por lo tanto caducaron y ya no deben ser más observadas, es más: observarlas hoy sería despreciar a Cristo; los sacrificios de animales, el establecimiento de una casta sacerdotal, son ejemplos de este tipo de leyes).

La verdad es que una de las problemáticas que surgen a veces entre los entusiastas neófitos de la fe reformada es que sobre-enfatizan esta división, cuando en realidad la distinción de 3 leyes – que sin duda es muy útil y bien fundamentada bíblicamente – es un constructo teológico que debe servirnos para entender sobre todo el cómo estos tipos de leyes se entrelazan entre sí y se relacionan mutuamente. Si más que enfatizar la distinción, enfatizamos su interrelación, vamos a descubrir que la ley moral es el ADN de todas las demás (ya que las leyes civiles buscan aplicar el amor al prójimo en maneras comunitarias concretas y las leyes ceremoniales, por su parte, buscan ponernos a cuentas con Dios justamente por nuestra incapacidad de cumplir la ley moral). Y no solo eso, también vamos a descubrir que muchas leyes civiles, tal vez todas, tenían un cierto carácter ceremonial también. ¿Qué quiero decir con esto último? Por ejemplo: Israel no debía comer sangre o ciertos animales. Era una ley donde se entrelaza lo civil con lo ceremonial porque al mismo tiempo que le da un ordenamiento social al Israel del AT, es una orden que busca hacerlos distintos de otros pueblos para que puedan cumplir su función como vid. Al ser distintos de otros pueblos, ellos se tornarían “atractivos” (Deuteronomio 28) y así podrían cumplir su función de anunciar, como primogénito, a los demás pueblos la gloria de Jehová al obedecer Su ley. Lo mismo podemos decir sobre las prohibiciones a marcarse en la piel, a perforarse, a mezclar tejidos, etc.

Otro buen ejemplo de ley civil-ceremonial es el año del jubileo: tiene su fundamento en la ley moral del shabat y del amor al prójimo; a su vez es una ley civil que permite que los pobres no se endeuden eternamente y que les da nuevas oportunidades de empezar de nuevo a todas las familias de Israel; además, servía de señal para los demás pueblos y para la historia, al fin y al cabo ¿como es eso de una nación antigua que prospera protegiendo a los más necesitados y que, más encima, lo hace sin trabajar todos los años? ¡Ese era el plan de Dios! Que las naciones al ver esta curiosa joya entre medio de ellas, se acercaran a ver qué pasaba y descubrieran al Señor y se re-encontraran con su Creador mediante Su ley y Su auto-revelación en Israel. Antes de la venida de Cristo, aquellos que quedaban asombrados con esta revelación eran invitados a su vez a adoptar las leyes civiles y ceremoniales de Israel, como lo hicieron Rut, Rahab, Tamar, etc.

Hoy, después de la encarnación, muerte y resurrección de Cristo ya no se necesita más una etnia específica que cumpla esta función. Hoy es Cristo, de quién el antiguo Israel era sólo una sombra, quién se ha dado a conocer directamente en el Evangelio. El Evangelio, proclamado y enseñado en distintos contextos étnicos, elimina lo pecaminoso de una cultura, potencia lo bueno y hermoso de ella y redime todo para la gloria de Dios. Esa vid antigua ya cumplió su función, ahora la vid verdadera ha llegado. Así que podemos comer prietas, cangrejos y perniles para la gloria de Dios. Podemos perforar las orejitas de nuestras hijas al segundo día de nacidas para la gloria de Dios, podemos hasta tatuarnos el nombre de nuestros hijos en los brazos para la gloria de Dios. Importa que lo hagamos siguiendo las reglas generales de la prudencia, el amor cristiano (especialmente el cuidado por la conciencia del prójimo), la higiene, etc. Pero Dios ya le dio un uso a estas leyes en el antiguo Israel, hoy han caducado y sólo los principios generales que están por detrás son los que importa cuidar y observar.

2. Otra implicación de esta visión teológica de Israel es que, ya que ellos dejaron de ser el pueblo especial de Dios, está bien que mantengamos un sano equilibro en nuestra actitud ante los judíos en general. El antisemitismo es un pecado gravísimo como cualquier tipo de racismo o discriminación étnica. Ellos son un grupo cultural que necesita del Evangelio y necesita ser alcanzado por la predicación del verdadero Mesías. No serán salvos, a menos que crean que Jesús de Nazaret es el Mesías que murió por sus pecados. Así que está bien que la iglesia se preocupe de su evangelización TANTO COMO nos preocupamos de evangelizar a maoríes, hupda o escoceses. Pero no más. Ellos no son necesariamente una cultura superior o más cercana a Dios y están lejos de tener una religiosidad “más pura”. Los judíos necesitan del Evangelio para abandonar sus prácticas moralistas y supersticiosas, como la kabala, sus oraciones y rituales que deben ser cumplidos al pie de la letra, su angelología idólatra y otras visiones erróneas del mundo y de la vida. Los evangélicos que usan menorás (candelabro judaico) en sus templos, kipás en sus cabezas, shofar, estrellas de David, etc. son un engendro aborrecible a mí modo de ver. Desprecian a Cristo, desvalorizan el Evangelio y se dejan llevar por modas teológicas que ni siquiera han llegado a comprender.

3. Finalmente, creo que debemos también cuidarnos de no mostrar ningún tipo de favoritismo arbitrario hacia Israel en los actuales conflictos en la Franja de Gaza. Están habiendo crímenes de toda índole y de todos lados. El terrorismo palestino es injustificable tanto como lo es el abuso de poderío militar de los israelíes, también de carácter terrorista. El ejército israelí debe ser denunciado por matar civiles tanto como los palestinos. Mi punto es: el favoritismo arbitrario y a priori de parte de muchos evangélicos hacia Israel me parece francamente inmoral e ignorante. Yo me niego a eso. Sólo exhorto a que busquemos información fidedigna sobre qué está pasando en Palestina para hacernos una opinión bien informada al respecto. No nos dejemos llevar por un par de fotos con consignas baratas en internet. Busquemos información de distintos medios de comunicación y fuentes. Y, especialmente, roguemos al Señor que proteja a niños, mujeres y civiles que se ven obligados a vivir con temor en la Franja de Gaza. Mi anhelo es que más y más palestinos puedan conocer el Evangelio de Jesús al igual que más y más israelíes. Mi convicción es que sólo el Evangelio podrá traer paz a esa región tan afectada por los odios y la violencia. Sólo el Evangelio de Cristo podrá liberar a las conciencias esclavas de la idea de que un pedazo de tierra es más santo que otro. En estos tiempos neotestamentarios, Cristo es nuestra tierra prometida, Él es nuestro reposo. Que judíos y palestinos puedan encontrarse con esta verdad y que sean transformados por ella. Pero ¿considerar a priori que en este conflicto Dios está de parte de Israel más que de los palestinos? ¡Lejos de mí tan mala interpretación de la Biblia y de la historia actual!

Resumiendo: Israel YA FUE un pueblo especial escogido por Dios en el cual Él se revelaba. Ellos ya cumplieron su propósito como señal de la venida de Cristo, el consumador de la historia. El Israel del Antiguo Testamento fue un verdadero paréntesis en la historia de la redención. La revelación de Dios ahora es Cristo, Hijo de Dios (Hebreos 1.1-2). Esto significa que Israel hoy es un pueblo no más especial que otros pueblos, pero tampoco menos. Un pueblo que necesita ser alcanzado con el Evangelio a fin de que conozcan la verdad y sean salvos.

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