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Ministerio pastoral y pseudo-libertad

presbyterian pastorAlgo ha captado poderosamente mi atención desde hace un tiempo, especialmente trabajando en un Seminario Teológico donde vienen a capacitarse los futuros ministros del Evangelio y después de yo mismo recibir mi formación teológica en un Seminario de más de 120 alumnos y habiendo conocido muy bien, y de cerca, una denominación donde son ordenados más de 300 ministros al año en Brasil.

Algunos anhelan el pastorado como una especie de “tierra prometida” donde ya no tendrán que rendirle cuentas a nadie, donde serán “Ungidos del Señor” contra los cuales es pecado levantar críticas o cuestionar sus decisiones. Eso puede ser verdad en otras tradiciones cristianas, pero no en las de inspiración calvinista. Una de las cosas que más impresionó al ateo Voltaire cuando conoció los efectos de la gloriosa revolución inglesa (de clara inspiración calvinista) fue que en Inglaterra se había logrado “aquel sistema donde el Rey es libre para promover el bien del pueblo, pero lleno de frenos y cadenas para hacer lo malo o volverse un tirano” (paráfrasis mía a partir de una cita de Francis Schaeffer).

En las iglesias de inspiración calvinista se sabe (al menos en sus estatutos) muy claramente qué implica la Depravación Total, tanto en la vida de los creyentes no-ordenados, como en la de los presbíteros y pastores.  Por eso, en el sistema presbiteriano un pastor no puede ser pastor sin estar sujeto a un Presbiterio (los hay, lamentablemente, pero son irregulares), el pastor debe rendir cuentas regularmente al Presbiterio del cual es miembro y (aunque en ciertos círculos presbiterianos se haya perdido esa costumbre) un pastor debe incluso pedir permiso para participar, ejercer docencia o promover organizaciones o actividades paralelas a su denominación tales como organizaciones para-eclesiásticas, iniciativas interdenominacionales, etc.

Los episcopales saben que deben pedirle permiso a su obispo, ¿o no? Pues bien, los presbiterianos que entienden y abrazan la teología de su sistema de gobierno, saben que el hecho de no tener 1 obispo a quien rendirle cuentas o pedirle permiso no significa que no exista alguien a quien rendirle cuentas; significa, de hecho, todo lo contrario: los pastores presbiterianos le rinden cuentas a 10, 15 ó 20 obispos de una vez ¿Quiénes son estos obispos? ¡Sus colegas de presbiterio reunidos en asamblea!

Incluso en el gobierno de la iglesia local, en su Consistorio, el pastor es un primus inter pares y no un superior que manda sobre los presbíteros.

En fin, habiendo mencionado los principios generales, quisiera volver al asunto del inicio de mi post: me ha parecido sumamente curioso cómo, en la vida cotidiana de estos tiempos posmodernos, se da una paradoja en este asunto del deseo de ser pastor. Justamente aquellos que más se quejan, cuando son miembros no-ordenados, del autoritarismo pastoral y del clericalismo, una vez que son ordenados, hacen y deshacen en sus ministerios, negándose a rendir cuentas regularmente por sus decisiones. Tal parece que lo que los anima a criticar la autoridad pastoral (porque muchas veces sus críticas son tan ácidas y hechas con tanta amargura que no se están simplemente quejando del “autoritarismo”, lo que sería válido, sino de la “autoridad” de frentón, lo que ya es pecado), no es son convicciones teológicas-ministeriales profundas, sino pasiones que batallan dentro sus corazones tales como envidia o deseo de poder. Pareciera ser que lo que los mueve a este tipo de críticas es el anhelo por validarse ante los demás, a fin de compensar antiguas heridas en su autoestima, mediante el acceso al poder y al reconocimiento que el ministerio pastoral parece prometerles.

Muchos posmodernos desean el ministerio pastoral porque parecen anhelar “libertad” como sinónimo de “hago lo quiero y no le rindo cuentas a nadie”. Pues bien, eso es todo lo contrario a lo que el Nuevo Testamento enseña acerca del ministerio pastoral: el ministerio es “doulía”, esto es, “esclavitud”. Somos esclavos de Cristo, esclavos de la iglesia por la que Cristo derramó Su sangre, esclavos gozosos y agradecidos, esclavos por amor.

Un llamado a quienes anhelan obispado (que desde una visión reformada es lo mismo que anhelar presbiterato o pastorado): ¡Es un buen deseo! Pero hay que tener cuidado de uno mismo primero y después de la doctrina. Es imprescindible ejercitar el corazón en el consuelo del Evangelio, que nos recuerda que no somos nada especial, somos polvo y barro de este mundo, que Dios escogió y separó por gracia para sus propósitos. Debemos incansablemente ejercitarnos en la verdad de que la adopción como hijos de Dios en Cristo es motivo más que suficiente para afirmar el corazón y que no necesitamos reconocimientos ministeriales públicos, importantes títulos ni grandes logros o emprendimientos de fe para demostrar nuestro valor. Esas cosas podrán venir, si Dios en Su soberanía así lo ha determinado, pero no deben ser el sustento de nuestro corazón. Un ministerio anónimo, humilde, fiel a la Palabra, entregado por el cuidado de las ovejas en una pequeña parroquia, es más deseable que tener el rostro en la portada de un libro, si es que de esa forma estamos cumpliendo el llamado de Dios para nuestra vida.

Estas son tentaciones siempre presentes. Están presentes en mi ministerio y sólo hay 1 cosa que me puede salvar de mí mismo en estas luchas: gracia. Una gracia sobreabundante y poderosa que irrumpa en las inclinaciones pecaminosas de mi corazón como la luz en las tinieblas. ¡Gracias sean dadas a Dios porque ya nos dio esa gracia en Cristo!

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Los tatuajes de Dios

“Ponme como un sello sobre tu corazón, como una marca sobre tu brazo.” (Cantares 8.6) 

Todo cristiano asientGod is Love tattooe intelectualmente y no teme verbalizar estas grandes verdades: “todas las personas son pecadoras y yo soy pecador”. “Yo sé que nadie es perfecto” solemos decir. Son lugares comunes. ¿Quién podría pasarlos por alto?

Pero en la vida cristiana – especialmente si hemos tenido la bendición de haber sido medianamente bien instruidos en las doctrinas bíblicas – las grandes verdades que conocemos intelectualmente y sabemos expresar verbalmente suelen criar raíces en nuestros corazones y formar parte estructural de nuestra forma de ver y sentir el mundo sólo después de experiencias palpables que nos impactan y que desestabilizan las creencias anti-bíblicas o poco-bíblicas anteriores, las cuales solemos poseer por “default” y que forman parte de nuestra formatación inicial como seres humanos caídos.

Son los fracasos, los tropiezos, la injusticia de otros hacia nosotros, la lucha contra tentaciones persistentes, el sufrimiento y dolor (propio y de quienes amamos), la pérdida de seres queridos, las noches sin dormir por cuidar un hijo enfermo, las largas tardes en un hospital, las oraciones balbuceadas desde la decepción, la rabia contra hermanos, la queja contra Dios y muchas cosas como estas la herramienta divina para grabar las verdades doctrinales como realidades palpables en lo más íntimo de nuestro ser. Esas experiencias son la tinta y la aguja con la que Dios tatúa las grandes verdades bíblicas en nuestro corazón. Cuando están en nuestra mente son sólo bocetos en un papel. Cuando las sabemos verbalizar y explicar, toman forma definida y hasta colores, pero aún siguen siendo diseños en la carpeta del Tatuador. Es recién en las experiencias del día a día que el Gran Tatuador Soberano nos sienta en su estudio, nos desnuda el corazón y procede a dejar una marca perpetua en él.

Tengo la impresión que el lugar donde la maquinita tatuadora de Dios suena con más frecuencia – con ese ruidito incómodo que nos recuerda al dentista – es en la vida matrimonial y familiar y, en segundo lugar, en la vida comunitaria de la iglesia local.

Digo esto porque una cosa es decir “yo sé que soy pecador y que nadie es perfecto” y otra muy distinta es encontrarte cara a cara con tu propio fracaso ante tu esposa y decir acerca de ti mismo “no puedo creer que hice eso” o “no puedo creer que dije aquello”. Estas frases son nuestra primera reacción. ¡Y estas frases muestran cuán poca conciencia tenemos de nuestro propio pecado! Porque “eso” que hice o “aquello” que dije es justamente lo que brotó de mi corazón y una expresión de la realidad de quién soy. Y cuando decepcionamos a nuestro cónyuge siendo simplemente quiénes en verdad en somos, es Dios quien nos está poniendo frente a un espejo. Y lo que Dios NO quiere es que balbuceemos un montón de excusas o nos llenemos la boca de reminiscencias de cosas que sí hicimos bien antes, porque los aciertos del pasado no tienen poder para cubrir los pecados presentes. Pero lo que Dios SÍ quiere es que nos decepcionemos de nosotros mismos. Porque así nos abre una puerta para que acudamos a Él, anhelando desesperadamente la gracia a fin de que, una vez más, Su cruz sea nuestra justicia y Su poder el que se perfeccione en nuestra debilidad.

Y vamos más allá: una cosa es decir “yo sé que mi esposo es pecador” o “claro que mi esposa no es perfecta” y otra muy distinta es encontrarte cara a cara con la decepción de tu esposo(a) que te golpea el rostro. Esa decepción que sientes a causa del pecado de la persona con quien has hecho un pacto ante Dios de compartir la vida, no es otra cosa sino la mano de Dios tatuando en tu corazón esta verdad que antes era sólo un diseño: tu cónyuge es pecador y necesita desesperadamente de perdón, de amor incondicional y de gracia sobreabundante… ¡exactamente como tú! ¡Y qué privilegio! Dios te puso ahí en la vida de él o de ella para que experimentes la bendición de ser un canal de la gracia y del perdón del Señor para tu cónyuge. En el pacto matrimonial las grandes verdades del Salmo 14 y de Romanos 3 se hacen una realidad palpable que cría raíces en nuestro corazón y que determinan nuestra forma de ver y sentir el mundo. Son los ciclos que vuelven, las reincidencias que persisten, los fracasos rotundos después de mil veces de prometer e intentar no hacerlo. Esas son las experiencias que hacen que nos apropiemos en lo más íntimo de nuestro ser de las grandes doctrinas bíblicas.

He llegado a la convicción de que aún no sabemos de corazón nada acerca de la depravación total, de la elección incondicional, de la expiación eficaz, de la gracia irresistible o de la perseverancia de los creyentes hasta que no nos involucramos de cuerpo y alma en la vida en comunidad. Para muchos – salvo honrosas excepciones – “comunidad” significa, en primer lugar, comprometerse y entregarse al pacto matrimonial. Y, en segundo lugar – aquí sin excepciones – “comunidad” significa vivir la vida de la iglesia local compartiendo tiempos y espacios, donde los ciclos incesantes de fracaso-decepción-perdón-gracia restauradora van marcando en nuestro corazón las grandes doctrinas. Y así, una vez más, confirmamos lo profundamente teológica que es la vida diaria y lo inevitablemente práctica que es la teología. Porque este Dios comunitario – Padre, Hijo y Espíritu Santo – nos muestra que sólo en la unión pactal de nuestra vida con la de otros es que la doctrina se hace doxología, el dogma se hace canción, los credos se hacen acrílico sobre tela y los densos capítulos de teologías sistemáticas salen de los libros para tornarse cinceles sobre la piedra de nuestro corazón.

¡El Verbo ya se hizo carne en la gran historia de la humanidad! Ahora nos toca a nosotros experimentarlo en las pequeñas historias de nuestras familias e iglesias.

P.D. Aquí va también una extraordinaria canción para acompañar la lectura del post: “Tatuagem” de Chico Buarque. Enjoy!

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Thomas Chalmers y los afectos (un extracto).

Thomas Chalmers fue un importante pastor, filósofo y teólogo escocés, que vivió entre los siglos XVIII y XIX. Entre sus obras más destacadas se encuentra un importante tratado llamado “El poder expulsivo de un nuevo afecto” (1830). Aquí les dejo un breve y potente extracto que ha impactado mi corazón y puede impactar el suyo también:

“Un niño deja de ser esclavo de su apetito ¿cómo? Porque un otro gusto lo ha subordinado. El joven deja de idolatrar el placer sensual ¿Por qué? Porque el ídolo de la prosperidad ha tomado ascendencia. Incluso el amor por el dinero puede dejar de tener señorío sobre el corazón porque es atraído por la excitación de la ideología y la política y ahora el corazón es dominado por un amor al poder y a la superioridad moral. Pero en ninguno de estos cambios el corazón queda sin un objeto de adoración. Su deseo por un objeto particular puede ser conquistado, pero su deseo por tener un objeto al cual amar es inconquistable.

La única manera de despojar a un corazón de un antiguo afecto es por el poder expulsivo de un nuevo afecto. Es sólo por la fe en Jesucristo, cuando somos recibidos como hijos de Dios, que el espíritu de adopción es derramado sobre nosotros y el corazón, dominado bajo el señorío de un grandioso y predominante afecto, es liberado de la tiranía de los deseos anteriores. Está es la única forma posible de liberación.

Así que, para que pueda ocurrir verdadero cambio, no es suficiente con que se te muestre un espejo de tus imperfecciones. No es suficiente con demostrar que tienes una vida cristiana efímera, ni con hablarle a tu conciencia acerca de su necedad. En cambio, busquemos todo medio legítimo que le permita al corazón tener acceso al amor de Aquel que es mayor que el mundo.”

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De: “The Expulsive Power of a New Affection” en: The Works of Thomas Chalmers (New York: Robert Carter, 1830) vol. II

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