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Reflexiones en torno a Israel

Nunca ha sido la intención en mis posts escribir artículos teológicos, menos aún artículos teológicos de peso académico. Para quienes quieran conocer más, tanto los sobre pilares fundamentales como sobre las implicaciones de mi postura al respecto de Israel como nación y su papel en la historia de la redención, les recomiendo que lean libros, no posts de blogs. “Israel en el plan de Dios” de David Holwerda (ed. Desafío) es un buen comienzo. También recomendaría, por causa de sus implicaciones, “Más que vencedores” y “La Biblia, el más allá y el fin del mundo” de William Hendriksen, así como su comentario a Romanos (especialmente a Romanos 9). Siempre es bueno, además, volver a consultar el Comentario al Apocalipsis de Simon Kistemaker. Estos autores y otros reformados amilenistas me representan bastante en mi postura respecto a este tema. Dicho esto, aquí va:

La nación (etnia) de Israel es hoy en día, después de la venida de Cristo, una nación más como los zulúes, los konkombas, los mapuche o los árabes. Su estatus como “pueblo de Dios escogido” ya no es tal, pues cumplieron su función y esta ya caducó con la venida del Mesías, al igual que las ceremonias y rituales del antiguo tabernáculo.

La declaración de Jesús “yo soy la vid verdadera” (Juan 15) expresa el quiebre definitivo entre el AT y el NT a este respecto. Todos los judíos que le escucharon decir eso, especialmente sus discípulos, entendieron las implicaciones de esta palabra. Basta con compararla con otro capítulo nº 15: el de Ezequiel. Tanto Ezequiel 15 como otros textos del AT muestran claramente que “la vid” era una de las formas favoritas que usaba Jehová para referirse a la nación de Israel. Pero el Israel del AT era en realidad la sombra de la vid verdadera. Esto lo deja claro Jesús al decir: “la vid verdadera SOY YO”. Para Juan “lo verdadero” no es lo opuesto a “lo falso” (como en las categorías metafísicas abstractas de los griegos), sino lo opuesto a “lo incompleto”, o sea a aquello que aún estaba en forma de señal o símbolo de una realidad histórica que aún no se revelaba en su plenitud. Cristo, es por lo tanto, la vid “plena”, la realización histórica de aquella vid veterotestamentaria que era sólo una señal de lo que había de venir.

Por si fuera poco, “verdadero israelita es el que lo es en el corazón, no en la carne” remata el apóstol Pablo (Romanos 2.28-29). Por lo tanto, el Israel del AT era una sombra, una señal, un paréntesis cuya función era prefigurar a Cristo. El que quería acercarse a Dios y relacionarse con Él debía unirse a Israel. Ahora quién quiera acercarse a Dios y relacionarse con Él debe unirse a Cristo mediante la fe, de otra manera “será cortado y echado fuera y quemado en el fuego” (Juan 15.6).

Esta visión teológica me permite vislumbrar varias cosas con relativa claridad. Aquí les comparto 3:

1. Muchos conocemos la famosa y muy útil división de tres leyes del AT que históricamente el cristianismo reformado ha hecho: ley moral (revelación del carácter santo de Dios, por lo tanto inmutable e inabrogable; se presenta explícitamente en los 10 mandamientos y se resumen en amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a mí mismo; es LA LEY por excelencia, base y sustento de todas las demás buenas leyes que existen), leyes civiles (buscan regular la vida comunitaria, expresando formas concretas de amar al prójimo; es mutable, cambia porque las sociedades también cambian) y leyes ceremoniales (buscaban anunciar el Evangelio antes de que sus hechos históricos sucediesen; son un preanuncio de la venida de Cristo y Su obra redentora, por lo tanto caducaron y ya no deben ser más observadas, es más: observarlas hoy sería despreciar a Cristo; los sacrificios de animales, el establecimiento de una casta sacerdotal, son ejemplos de este tipo de leyes).

La verdad es que una de las problemáticas que surgen a veces entre los entusiastas neófitos de la fe reformada es que sobre-enfatizan esta división, cuando en realidad la distinción de 3 leyes – que sin duda es muy útil y bien fundamentada bíblicamente – es un constructo teológico que debe servirnos para entender sobre todo el cómo estos tipos de leyes se entrelazan entre sí y se relacionan mutuamente. Si más que enfatizar la distinción, enfatizamos su interrelación, vamos a descubrir que la ley moral es el ADN de todas las demás (ya que las leyes civiles buscan aplicar el amor al prójimo en maneras comunitarias concretas y las leyes ceremoniales, por su parte, buscan ponernos a cuentas con Dios justamente por nuestra incapacidad de cumplir la ley moral). Y no solo eso, también vamos a descubrir que muchas leyes civiles, tal vez todas, tenían un cierto carácter ceremonial también. ¿Qué quiero decir con esto último? Por ejemplo: Israel no debía comer sangre o ciertos animales. Era una ley donde se entrelaza lo civil con lo ceremonial porque al mismo tiempo que le da un ordenamiento social al Israel del AT, es una orden que busca hacerlos distintos de otros pueblos para que puedan cumplir su función como vid. Al ser distintos de otros pueblos, ellos se tornarían “atractivos” (Deuteronomio 28) y así podrían cumplir su función de anunciar, como primogénito, a los demás pueblos la gloria de Jehová al obedecer Su ley. Lo mismo podemos decir sobre las prohibiciones a marcarse en la piel, a perforarse, a mezclar tejidos, etc.

Otro buen ejemplo de ley civil-ceremonial es el año del jubileo: tiene su fundamento en la ley moral del shabat y del amor al prójimo; a su vez es una ley civil que permite que los pobres no se endeuden eternamente y que les da nuevas oportunidades de empezar de nuevo a todas las familias de Israel; además, servía de señal para los demás pueblos y para la historia, al fin y al cabo ¿como es eso de una nación antigua que prospera protegiendo a los más necesitados y que, más encima, lo hace sin trabajar todos los años? ¡Ese era el plan de Dios! Que las naciones al ver esta curiosa joya entre medio de ellas, se acercaran a ver qué pasaba y descubrieran al Señor y se re-encontraran con su Creador mediante Su ley y Su auto-revelación en Israel. Antes de la venida de Cristo, aquellos que quedaban asombrados con esta revelación eran invitados a su vez a adoptar las leyes civiles y ceremoniales de Israel, como lo hicieron Rut, Rahab, Tamar, etc.

Hoy, después de la encarnación, muerte y resurrección de Cristo ya no se necesita más una etnia específica que cumpla esta función. Hoy es Cristo, de quién el antiguo Israel era sólo una sombra, quién se ha dado a conocer directamente en el Evangelio. El Evangelio, proclamado y enseñado en distintos contextos étnicos, elimina lo pecaminoso de una cultura, potencia lo bueno y hermoso de ella y redime todo para la gloria de Dios. Esa vid antigua ya cumplió su función, ahora la vid verdadera ha llegado. Así que podemos comer prietas, cangrejos y perniles para la gloria de Dios. Podemos perforar las orejitas de nuestras hijas al segundo día de nacidas para la gloria de Dios, podemos hasta tatuarnos el nombre de nuestros hijos en los brazos para la gloria de Dios. Importa que lo hagamos siguiendo las reglas generales de la prudencia, el amor cristiano (especialmente el cuidado por la conciencia del prójimo), la higiene, etc. Pero Dios ya le dio un uso a estas leyes en el antiguo Israel, hoy han caducado y sólo los principios generales que están por detrás son los que importa cuidar y observar.

2. Otra implicación de esta visión teológica de Israel es que, ya que ellos dejaron de ser el pueblo especial de Dios, está bien que mantengamos un sano equilibro en nuestra actitud ante los judíos en general. El antisemitismo es un pecado gravísimo como cualquier tipo de racismo o discriminación étnica. Ellos son un grupo cultural que necesita del Evangelio y necesita ser alcanzado por la predicación del verdadero Mesías. No serán salvos, a menos que crean que Jesús de Nazaret es el Mesías que murió por sus pecados. Así que está bien que la iglesia se preocupe de su evangelización TANTO COMO nos preocupamos de evangelizar a maoríes, hupda o escoceses. Pero no más. Ellos no son necesariamente una cultura superior o más cercana a Dios y están lejos de tener una religiosidad “más pura”. Los judíos necesitan del Evangelio para abandonar sus prácticas moralistas y supersticiosas, como la kabala, sus oraciones y rituales que deben ser cumplidos al pie de la letra, su angelología idólatra y otras visiones erróneas del mundo y de la vida. Los evangélicos que usan menorás (candelabro judaico) en sus templos, kipás en sus cabezas, shofar, estrellas de David, etc. son un engendro aborrecible a mí modo de ver. Desprecian a Cristo, desvalorizan el Evangelio y se dejan llevar por modas teológicas que ni siquiera han llegado a comprender.

3. Finalmente, creo que debemos también cuidarnos de no mostrar ningún tipo de favoritismo arbitrario hacia Israel en los actuales conflictos en la Franja de Gaza. Están habiendo crímenes de toda índole y de todos lados. El terrorismo palestino es injustificable tanto como lo es el abuso de poderío militar de los israelíes, también de carácter terrorista. El ejército israelí debe ser denunciado por matar civiles tanto como los palestinos. Mi punto es: el favoritismo arbitrario y a priori de parte de muchos evangélicos hacia Israel me parece francamente inmoral e ignorante. Yo me niego a eso. Sólo exhorto a que busquemos información fidedigna sobre qué está pasando en Palestina para hacernos una opinión bien informada al respecto. No nos dejemos llevar por un par de fotos con consignas baratas en internet. Busquemos información de distintos medios de comunicación y fuentes. Y, especialmente, roguemos al Señor que proteja a niños, mujeres y civiles que se ven obligados a vivir con temor en la Franja de Gaza. Mi anhelo es que más y más palestinos puedan conocer el Evangelio de Jesús al igual que más y más israelíes. Mi convicción es que sólo el Evangelio podrá traer paz a esa región tan afectada por los odios y la violencia. Sólo el Evangelio de Cristo podrá liberar a las conciencias esclavas de la idea de que un pedazo de tierra es más santo que otro. En estos tiempos neotestamentarios, Cristo es nuestra tierra prometida, Él es nuestro reposo. Que judíos y palestinos puedan encontrarse con esta verdad y que sean transformados por ella. Pero ¿considerar a priori que en este conflicto Dios está de parte de Israel más que de los palestinos? ¡Lejos de mí tan mala interpretación de la Biblia y de la historia actual!

Resumiendo: Israel YA FUE un pueblo especial escogido por Dios en el cual Él se revelaba. Ellos ya cumplieron su propósito como señal de la venida de Cristo, el consumador de la historia. El Israel del Antiguo Testamento fue un verdadero paréntesis en la historia de la redención. La revelación de Dios ahora es Cristo, Hijo de Dios (Hebreos 1.1-2). Esto significa que Israel hoy es un pueblo no más especial que otros pueblos, pero tampoco menos. Un pueblo que necesita ser alcanzado con el Evangelio a fin de que conozcan la verdad y sean salvos.

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Los filtros que todos tenemos

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Porque vino Juan, que ni comía ni bebía, y dicen: Demonio tiene. Y vino el Hijo del Hombre que come y bebe, y dicen: He aquí un hombre comilón y bebedor de vino, amigo de publicanos y pecadores.
Mateo 11.18-19

Uno de mis [incondicionalmente] queridos “masters” que tuve en mi época de estudios en el Seminario en Sao Paulo fue el Dr. Davi Charles Gomes, Ph.D. por el Westminster Theological Seminary, donde también sirvió como profesor asistente de apologética en los años ’80. Él solía citar en clases la historia de Charles Darwin (si es apócrifa o no, no lo sé, sólo he leído pequeñas secciones de su diario) en la cual relata que en cierto lugar, él y los demás tripulantes del Beagle desembarcaron e hicieron el clásico intercambio de regalos con algunos nativos. A Darwin le habría llamado la atención que estos nativos, acostumbrados a navegar por generaciones solamente en pequeñas canoas para 1 ó, máximo, 2 personas, quedaron extremadamente asombrados con los botes en los cuales llegaron a la playa los ingleses, donde cabían 15 a 20 personas sin hundirse. Tanta fue su impresión que despreciaron los espejos, vestidos, armas de fuego y otros objetos que los ingleses les habrían mostrado a fin de ir a mirar cómo funcionaban estos “increíblemente grandes botes”. Pero lo que más llamó la atención de Darwin es que estos nativos ni se habrían percatado de la presencia del VERDADERO gran barco (el Beagle) que estaba anclado a unos cientos de metros de la orilla. Ellos simplemente habrían confundido la enorme embarcación con el paisaje sin siquiera percatarse de su presencia. Mi profesor Charles Gomes entonces remataba con una reflexión, al más puro estilo Maturana y Varela, acerca de cómo nuestras infraestructuras de pensamiento, los presupuestos que conforman nuestras cosmovisiones, funcionan como un filtro, donde ciertos datos pueden ser procesados y otros simplemente se tornan invisibles.

Pues bien, no pude evitar acordarme de mis lecturas de “El árbol del conocimiento” (justamente de Humberto Maturana y Francisco Varela) y de mis clases con el Dr. Charles Gomes cuando el otro día, en un artículo del sitio web “El quinto poder”, fui descrito como un pastor y teólogo pro-gay y pro-diversidad sexual. ¡Interesantísimo! ¿No? Primero lo tomé con humor, mucho humor, pues me reía a carcajadas con la descripción no porque me sintiera ofendido por ella; no me siento ofendido en absoluto, de hecho. Después lo reflexioné un poco, revisé mentalmente mi ponencia (publicada en Youtube y en este mismo blog en una versión escrita) y me di cuenta que las ideologías de género, tristemente, han causado entre quienes las abrazan un apego tal a ciertos filtros mentales, que, aunque su símbolo preferido sea el arco-iris, sólo ven en blanco y negro. Y es que parecen no ser capaces de reconocer a cristianos que leemos la Biblia desde una hermenéutica histórico-gramática – esto es, desde el presupuesto de que ella ES (no “contiene” ni es “testimonio humano de”) la Palabra de Dios inspirada sobrenaturalmente por el Espíritu Santo – y que, simultáneamente, mostramos genuino amor y acogida al homosexual.

En otras palabras, en sus binomios simplistas, no cabemos los creyentes evangélicos que, al mismo tiempo que creemos efectivamente que el comportamiento homosexual es consecuencia de la caída y, por lo tanto, pecaminoso, les invitamos amorosamente a acudir al Evangelio, a formar comunidad con nosotros en nuestras iglesias y a perseverar juntos, en compañerismo cristiano, en la lucha contra nuestras inclinaciones y pasiones que no son conforme al diseño de Dios para la humanidad. Todos en condición de igualdad, pues fuimos hechos a imagen y semejanza del mismo Creador, estamos condenados por la misma raíz del pecado: nuestra vida auto-centrada en el yo y hemos nacido de nuevo por la misma gracia sobrenatural del Evangelio de Jesús (1ª Corintios 6.11).

Desde estas ideologías de género “trasnochadas” (que surgen desde el odio, el rencor, la ira y el deseo de reivindicación tan característicos de ideologías sesenteras y setenteras) que inundan nuestro Chile del siglo XXI sólo existen dos posibles posturas: la aceptación incondicional de la orientación homosexual como algo perfectamente aceptable a los ojos de Dios… ó la homofobia.

Así, terminamos siendo invisibles los que decimos: “la orientación homosexual (antes de siquiera entrar a conversar sobre sus posibles causas) no es conforme al diseño de Dios para el florecimiento y la dignificación de la raza humana, creada a imagen y semejanza de Dios, pero TODOS NOSOTROS hemos quebrado y violado el diseño de Dios en más de algún aspecto de nuestra vida y TODOS NOSOTROS somos invitados por igual a acudir a la maravillosa gracia revelada en Jesucristo, quien como sustituto perfecto, pagó el precio mediante su muerte expiatoria en la cruz del Calvario. Por lo tanto, aborrecemos las manifestaciones de “odio” ó “terror hacia” (descripción técnica de la palabra “fobia”) el homosexual e invitamos a todos a acudir a Cristo, nuestro Redentor y a aferrarnos juntos a Su gracia que nos transforma y hace nuevos.”

La verdad es que las ideologías de género que circulan hoy en nuestro país no nos ven. Somos confundidos con el triste paisaje ideológico y sólo les llaman la atención nuestras pequeñas embarcaciones – frases sueltas y sacadas de contexto – y no el enorme buque de nuestra cosmovisión, que no es otra sino el Evangelio. No importa cuán clara y explícita se la presentemos.

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Homosexualidad y Cristianismo

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Este texto es una versión – levemente corregida – de una ponencia (intento evitar presentar textos tan largos en mi blog) que compartí en un foro organizado por estudiantes de Letras de la Pontificia Universidad Católica de Santiago el pasado miércoles 4 de junio. Fue presentada en una pequeña sala repleta (calculamos unas 60 personas) en el campus San Joaquín. Por eso, el título de la ponencia es el mismo título del foro. Junto a mí presentaron sus perspectivas un pastor y teólogo luterano, llamado Marcelo Huenulef, y un psicólogo católico-romano que trabaja con grupos de homosexuales que buscan vivir su fe católica, llamado Tomás Ojeda. Espero que el presente texto les sea de edificación:

Introducción:

Hay muchas maneras de hablar sobre la homosexualidad. Desde distintas miradas, perspectivas, sujetos. Es un asunto que se aborda desde distintas hermenéuticas. Así en plural. Y no creo haber sido invitado aquí para dejar en casa mi hermenéutica, sino para traerla y para compartir desde ella cómo veo la realidad de la atracción a personas del mismo sexo.

Así que quiero ser el primero en salir del clóset: soy evangélico conservador. Y quiero hoy, aquí, hablar como evangélico, o sea como alguien centrado en el Evangelio y que ha encontrado en la Buena Noticia de Jesús el sentido, propósito y centro de su existencia y cosmovisión. No oculto mis colores, por un lado, pero por otro también quiero intentar recuperar una palabra, una etiqueta que me pertenece. No quiero que ciertos grupos caracterizados por su ignorancia, su intolerancia y sus manifestaciones homofóbicas en plazas públicas se adueñen de ese título que, con justa razón, también me pertenece. Está de moda entre evangélicos históricos y contemporáneos negar ese título para no ser confundido con ciertos grupos intolerantes. Prefieren llamarse “protestantes”, “reformados” o, simplemente “cristianos”. No quiero seguir esa tendencia hoy, aunque es verdad que soy protestante y que suscribo una confesionalidad reformada. Hoy ante Uds. quiero ser simplemente eso: evangélico. Aunque puede que a alguno de Uds. este nombre le traiga, en un primer momento, asociaciones con manifestaciones homofóbicas o de intolerancia extrema.

Desde esta mirada evangélica que les traigo hoy (que se caracteriza por una hermenéutica más histórico-gramática que crítica, que se acerca a la Escritura desde el paradigma de que ella es un libro único porque ha sido inspirado por el Espíritu Santo como revelación infalible y que es más que un texto para ser interpretado: es el lente desde el cual se interpreta todo texto y toda experiencia) quiero compartir con Uds. sólo 3 puntos:

  1. Nadie se va al infierno por ser homosexual, del mismo modo que nadie se va al cielo por ser heterosexual:

La Biblia nos dice que la razón por la cual hay muerte, destrucción y condenación sobre la humanidad es porque hombres y mujeres quieren vivir vidas independientes de Dios. Lo que la Biblia llama “pecado” es algo mucho más profundo que actos o conductas pecaminosas o “indecentes”, sean de la naturaleza que sea (sociales, sexuales etc.).

El pecado es una condición del corazón que heterosexuales y homosexuales compartimos por igual: queremos vivir independientes de Dios. Queremos ser nuestro propios SEÑORES, embriagándonos de la idea de que libertad es autonomía: siendo rebeldes, alternativos, de mentalidad rompedora que va contra todo status quo establecido. O queremos ser nuestros propios SALVADORES: siendo correctos, buscando superioridad moral y queriendo cumplir al pie de la letra las expectativas de decencia y rectitud moral que otros esperan de nosotros. Esto es el pecado: separación espiritual de Dios como único SEÑOR y SALVADOR, una condición del corazón que nos deja solos, agotados por dentro y sin rumbo en esta vida.

Probablemente una de las mejores definiciones de pecado la dio San Agustín cuando dijo que el pecado es “amor desordenado”. Esta es la raíz de cualquier condenación que se cierne sobre la humanidad: que nos hemos apartado de Dios y que hemos amado más a nosotros mismos que a Dios. Hemos amado más las tinieblas que la luz. Hemos amado más a las cosas que a las personas. De hecho, hemos usado personas, hemos amado cosas y hemos asumido que nuestra relación con Dios se fundamenta en una relación comercial, neo-liberal de mercado, de oferta y demanda.

Lo más curioso es que, hasta donde he podido ver y experimentar, conservadores y progresistas por igual parten desde esta misma premisa: que a Dios hay que comprarlo, con buenas obras, con rectitud moral, con esfuerzo, siendo “buenas personas”. Y la diferencia está en cómo cada lado define “buena persona”. Para unos, una “buena persona” es alguien que no presta su cuerpo y su mente para perversiones, que cumple con los parámetros de decencia que la sociedad, el cristianismo histórico, la Biblia y la naturaleza imponen sobre la humanidad. Para otros, en cambio, una “buena persona” es alguien que no teme ser todo lo queer que puede llegar a ser, alguien que ha salido del clóset y se asume, que ama su libertad y la vive, alguien que tiene conciencia social hacia el oprimido y que no oprime ni reprime al otro sólo porque es distinto.

Como evangélico, leo en la Biblia que ambos están IGUALMENTE equivocados. Porque ambos creen que se puede ser “buena persona” y la Biblia dice claramente que “no hay justo ni siquiera uno”. Se cita mucho en algunos círculos evangélicos homofóbicos la declaración de Pablo en Romanos 1 donde afirma que entre las transgresiones de la humanidad está el hecho de que “hombres con hombres cometen actos vergonzosos, al igual que las mujeres, dejando el uso natural de su cuerpo”, pero ellos mismos olvidan convenientemente que eso está dentro de un contexto muy claro: Pablo en toda esa sección está hablando (desde Romanos 1.18 al 3.23) que toda la humanidad, incluso aquellos que se creen decentes o religiosos, están igualmente bajo condenación, porque todos están igualmente lejos de Dios, no importando cuánto se esfuercen por alcanzarlo.

Resumiendo, en mi primer punto quiero ser, si me permiten, más conservador que los conservadores: los homosexuales no son condenados por su orientación homosexual (como si los heterosexuales fueran salvos por su orientación heterosexual). La condenación es una oscura nube que se cierne sobre todos: no importa cuán queer o cuán “decente” sea. Disculpen los estereotipos, pero es sólo para fines ilustrativos: El padre suburbano de familia, heterosexual, religioso, fiel a su esposa, que trabaja en horario de oficina de lunes a viernes y va la iglesia los domingos, está bajo la misma condenación que su hijo homosexual, que se fue enojado de casa, trabaja free-lance, vive más de noche que de día y comparte departamento con una pareja en el centro. “NO HAY JUSTO NI AÚN UNO”. “PORQUE TODOS PECARON Y ESTÁN DESTITUIDOS DE LA GLORIA DE DIOS”.

  1. Debido a nuestro pecado buscamos vivir estilos de vida que no son conforme al diseño de Dios para la humanidad:

Y esta es la parte que puede ser más controversial hoy en día de una mirada evangélica de la homosexualidad. Porque entre los varios estilos de vida que no serían conforme al diseño de Dios para la humanidad está, efectivamente, la homosexualidad.

Tengo conciencia que esto puede ser considerado una especie de discurso de odio, pero antes que se precipiten quiero decirles que toda vez que la Biblia rechaza la conducta homosexual, tanto del sexualmente activo (arsenokoitai) como del que sólo fantasea en su mente y mantiene voluntariamente actitudes que no corresponden a su sexo (malakoi): (1) lo hace dentro de una lista de otros quiebres del diseño como: un estilo de vida chismoso, la arrogancia de creerse superior moralmente, el codiciar “heterosexualmente” a alguien que es compañero(a) de otro(a), etc. y (2) que estas conductas no son la causa de la condenación, sino la consecuencia de que ya estamos perdidos, lejos de Dios. Observen los siguientes textos bíblicos para corroborar esta idea: Romanos 1.24-32; 1ª Corintios 6.9-11; 1ª Timoteo 1.8-11.

Este es un punto muy importante para mí como evangélico: todos nosotros quebramos el diseño de Dios para la vida humana. De distintas maneras, en distintos contextos y esto es preocupante según la Biblia no porque estos quiebres de diseño sean la causa de nuestra condenación sino porque son resultado palpable de cuán lejos estamos de Dios. Y lo opuesto, por lo tanto, también es verdad: no es cambiando de conducta o de orientación sexual que alguien se salva. No es dejando un estilo de vida homosexual que alguien va a encontrar el cielo o la salvación. Por eso, también, tiendo a ser escéptico de terapias ofrecidas indiscriminadamente para “curar a gays”.

Sólo hay un modo de ser salvo. Como enfatizó Lutero: ¡por la fe sola! ¡Por Cristo solo! ¡Por gracia sola! Es cuando entiendo y creo que Jesús, como perfecto Hijo de Dios, vivió una vida perfecta en mi lugar, me sustituyó porque me amó con amor inmerecido, así que tomó mi culpa y condenación y venció donde yo fracasé y fracaso constantemente. Por lo tanto, sin mediar obras de auto-perfeccionamiento, sin mediar esfuerzos humanos, sin mediar méritos (porque Dios nos invita a una relación de AMOR, no a una relación comercial de “dame-para-que-yo-te-dé-a-cambio”), Él regala la salvación a quienes creen porque Él sabe que no podemos salvarnos a nosotros mismos, pues estamos esclavos de nuestra vida yo-céntrica.

Y en este sentido, como evangélico, permítanme decirles lo siguiente: creo que el Evangelio es radicalmente distinto a cualquier religión. Porque la religión consiste en un conjunto de buenos consejos, de buenas advertencias y de buenas instrucciones para elevarnos y llevarnos a Dios. ¡Pero esto no es posible! Porque no hay justo ni aún uno. Así que es ahí donde el Evangelio rompe con todo: porque el Evangelio es la BUENA NOTICIA de que Dios mismo hizo TODO el esfuerzo y toda la obra y Él bajó para encontrarnos donde estábamos y regalarnos su salvación.

Permítanme aquí, ahora, ser más liberal que los liberales: no es abriendo tu mente y estilo de vida a un modo más “progre” de pensar y de vivir que te salvas. No es redefiniendo el concepto de “buena persona”, ni abandonando los conceptos conservadores de “ser bueno”, ni abrazando conceptos más modernos, alternativos, relevantes a las ideologías de turno de alguien “bueno”. No necesitas redefinir el significado de “buena persona” para salvarte, sino hacer algo más radical: abandonar por completo la ilusión de que alguien puede ser buena persona. Porque ningún tipo de esfuerzo por ser “bueno” te hará merecer el amor de Dios. El amor de Dios es un regalo inmerecido. Dios no te ama porque eres valioso. Dios te da valor al amarte. Y él te ama porque su voluntad es libre y soberana. Él te amó de pura gracia y su amor te da valor.

Esta es la idea de C. S. Lewis cuando afirmó que “los cristianos no creemos que Dios nos ama porque somos buenos. Al contrario: creemos que Dios nos ama a pesar de que no podemos ser buenos y porque nos ama, nos hará buenos.

Así que ¿hay aquí un discurso de odio? No creo. Por siglos el cristianismo ha creído y enseñado que todos por igual tienen derecho a re-hacer su estilo de vida, aunque haya dificultades, tropiezos, reincidencias. Y aunque es verdad que muchas iglesias, en distintos momentos, no han sido consistentes con esta proclamación, la verdad es que en muchos otros momentos sí lo ha sido, acogiendo a traficantes de esclavos, acogiendo a jóvenes desobedientes a los padres, acogiendo a chismosos, acogiendo a maridos heterosexuales que traicionan a sus mujeres con su mente y sus cuerpos, etc. Todos estos son quiebres del diseño y a todas estas personas se les ha dicho que ese no es un estilo de vida que permita el florecimiento de la humanidad, según la Palabra de Dios. Así que se les ha invitado, mediante el amor y la vida en comunidad a encontrar maneras creativas de abandonar un estilo de vida que quiebra el diseño de Dios. Pero esto, desde una perspectiva evangélica, no es entendido como una pre-condición para ser aceptado por Dios, sino un fruto (a veces duro de lograr, pero fruto al fin y al cabo) de que Dios ya nos aceptó y adoptó como hijos a pesar de que ninguno de nosotros vivimos 100% conforme al diseño.

Si esto es verdad para chismosos, para jóvenes desobedientes, para maridos heterosexuales que no aman a sus esposas, entonces también lo es para homosexuales.

Y aquí viene el 3º punto:

  1. La gracia y el amor de Dios son tan poderosos que redefinen nuestra identidad:

El famoso texto de Pablo de 1ª Corintios 6 afirma en el v. 11 que muchos en la comunidad cristiana de Corinto YA HABÍAN SIDO homosexuales (sexualmente activos y otros pasivos: arsenokoitai y malakoi), pero ya habían sido lavados por la gracia de Dios. En otro lugar dice, incluso, que para los que están en Cristo Jesús todas las cosas son hechas nuevas. Esto, si lo pensamos bien, es escandaloso porque relativiza los absolutos humanos desde los cuales forjamos nuestras identidades.

La Buena Noticia del amor y la gracia de Cristo tornan relativo lo que, antes era absoluto, desafiándonos a redefinir por completo nuestra identidad. Porque el amor de Jesús conforme revelado en la Escritura, pasa a ser el único absoluto y esto implica abandonar la idea de que mi identidad se construye primariamente desde otras cosas, incluyendo mi sexualidad.

Desde una mirada evangélica, Jesús me libera de construir mi identidad a partir de las cosas INMANENTES como mi profesión, mi estatus, mi vocación (aunque esta sea religiosa), mi etnia, mi familia, mi clan o mi sexualidad. Desde esta perspectiva, la idea de un movimiento que reivindique un “orgullo gay” resulta tan curiosa como la de un movimiento que reivindique el “orgullo Muñoz”, el “orgullo clase media aspiracional” o el “orgullo abogacil”. Jesús nos hace libres invitándonos a construir nuestra identidad cristiana desde lo TRASCENDENTE, desde el Totalmente Otro: el trascedente amor paternal de Dios y Su gracia inmerecida. Mi identidad ahora se forja a partir de la declaración que Dios hace (por Su gracia mediante la fe en la justicia de Cristo que me es imputada): “Tú eres mi hijo amado. En ti siento gran deleite”. Y de ahora en adelante, esto es lo que me define.

Jesús lo dice así: un hombre encontró una perla de gran precio en un campo de dudosa calidad. Y vendió todo lo que tenía para comprarse ese campo. ¿Por qué? Porque esa perla valía mucho más que todo lo que poseía y que lo que podía llegar a poseer en 2 vidas de duro trabajo. Así que no lo dudó y lo compró, pero a todos les pareció una decisión absurda, sin sentido.

Por eso miles de cristianos que sienten atracción al mismo sexo a lo largo de la historia han encontrado una libertad tan real y una libertad “tan libre” que no está presa ni siquiera a las inclinaciones y pasiones y pueden llegar enamorarse de alguien del sexo opuesto y formar familia, sin ocultar su inclinación ni lo que un día fueron. Tal es el caso, por ejemplo, de la profesora universitaria Rosaria Champagne Butterfield, especialista en estudios de género de la Syracuse University, quien al encontrar a Cristo en el Evangelio, abandonó su estilo de vida lésbico y tiempo después se enamoró de un hombre, se casó y formó familia con él, un pastor presbiteriano. Su testimonio está relatado en su libro “The Secrets Thoughts of an Unlikely Convert”, publicado en 2012.

Otros miles de cristianos que sienten atracción al mismo sexo, han optado por el celibato (no clerical) por amor a Jesús; han constituido novedosas formas de formar familia mediante el amor de una comunidad cristiana que han sido sus padres, compañeros e hijos espirituales. Han renunciado a la posibilidad de una vida erótica, no porque quieren ganar puntos para agradar a Dios con su sacrificio, sino porque ya encontraron un tesoro mayor en el amor inmerecido del Padre. Tal es el caso de uno de mis héroes personales, el profesor de Nuevo Testamento Wesley Hill, quien cuenta su testimonio en el maravilloso libro “Washed and Waiting” publicado por Zondervan. Junto a él muchos creyentes fieles destacan en esta renuncia, como el sacerdote holandés Henri Nouwen o el pastor y teólogo Vaughan Roberts, por nombrar sólo un par.

Esto parece locura. ¿Opresión heterosexual contra los homosexuales? La verdad es que la respuesta es un rotundo ¡NO! Porque todos los cristianos somos llamados a abandonar las cosas que más amamos a medida que amamos a Jesús sobre todas las cosas.

Ninguna enseñanza es más igualitaria que la enseñanza cristiana sobre la renuncia a las cosas que más amamos, aquellas que, cuando estamos lejos de Él, tienden a definir nuestra identidad. Jesús dijo claramente en Lucas 14: “nadie que no renuncia a todo lo que más ama puede ser mi discípulo”.

En estos tiempos de exigir reivindicaciones y derechos, hablar de renuncia puede ser contraproducente, pido disculpas por eso, pero debo hacerlo. ¿Por qué alguien abandonaría la posibilidad de completarse sexualmente, por ejemplo? ¿Por qué alguien renunciaría al único absoluto que parece prevalecer en estos días de relativismo (el gozo sexual en una relación erótica con un compañero o compañera)?

Pero si en algo Jesús y Pablo fueron consistentes y claros fue en que seguir a Jesús era algo radical, no se puede amar nada más de lo que se ama a Cristo, y todo lo que antes uno valoraba más que nada puede llegar a ser considerado basura cuando uno se encuentra con el amor de Dios en el Evangelio. Cristo es el tesoro mayor.

Pablo en Filipenses 3 llega incluso a referirse a su condición como judío – sin duda alguna, una condición genética inalterable – como una de las cosas que él ha considerado como “basura” a fin de ganar más de Cristo en su vida. Así de radical es la redefinición de identidad de quienes han sido alcanzados por la gracia de Dios en Jesús.

Conclusión:

Quisiera terminar leyendo las palabras de un sacerdote católico, creyente fiel en Jesús que sentía atracción por el mismo sexo. Él se llamaba Henri Nouwen y creo que sus palabras reflejan muy bien esta perspectiva evangélica que he querido exponer sucintamente hoy:

“Cuando nos enteramos de que alguien verdaderamente nos acepta por completo, queremos entregar todo lo que podemos y, a menudo, al entregar, descubrimos que tenemos mucho más de lo que creíamos”.

Eso es exactamente lo que el Evangelio hace en nuestra vida: nos anuncia que Dios nos acepta por completo (heterosexuales y homosexuales por igual), tal cual somos. Y cuando el Espíritu de Dios da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios, no dudamos en entregar lo que haya que entregar por amor y gratitud. Y cuando entregamos todo, encontramos un tesoro mayor que todo lo que teníamos o pudiéramos llegar a tener.

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El caos matrimonial

¿Tienes un plan para tu vida y casarte forma parte de ese plan? Entonces debes saber esto: vivir el pacto matrimonial dejará tus mejores planes por los suelos. No quedará piedra sobre piedra de ellos. Mientras más detallados y bien construidos sean tus planes, mayor será su ruina.

Casarse es abrir la puerta al caos. Soy de la opinión de que quienes más se resisten a abrirse a que el caos entre a su vida, son los que tienden con más facilidad a tornarse “solterones”. A veces (especialmente hace décadas atrás en nuestra cultura), no había mucha opción: una madre enferma que necesitaba de cuidados especiales, un padre viudo que dependía demasiado del cuidado femenino, eran motivos suficientes para que un hijo o una hija se resistieran a dejar que el caos entrara a su vida. Hoy en día me parece que para muchos es la simple y ultra-moderna obsesión por el control. Mientras más “control-freaks”, más difícil se les hará compartir los tiempos y espacios que un pacto matrimonial demanda.

El caos de la vida matrimonial es necesario y está cargado de esperanza. En el lugar donde mueran tus planes, otros mejores crecerán, pero sólo si los aprehendes, absorbes e incorporas como la tierra a la semilla. Y esa absorción no será sin lágrimas, pero su fruto es la alegría. ¿Recuerdas el Génesis? En el caos y en el vacío, el Espíritu de Dios movió sus alas – como un ave empollando sus huevos – y creó de la nada, mediante procesos poco racionales para nosotros, pero que nos obligan a confiar por fe. Al fin y al cabo ¿qué es eso de crear primero las plantas y después el sol? Pero Dios es Dios y buena parte del caos que produce la vida matrimonial tiene el gran y principal objetivo de que aprendamos a dejar a Dios ser Dios en nuestro corazón, gozándonos en las cosas que Él hace simplemente por eso: porque es Él quién las hace.

He aquí una advertencia para los novios o casados que tienen detallados planes de crecimiento laboral, conquistas profesionales y carreras prósperas a los cuales no quieren renunciar: en algún momento, tarde o temprano, tendrás que optar. O tu cónyuge o tu carrera. Que, en esa hora, Dios te dé la sabiduría para decidir bien. ¡Que siempre, todos, podamos decidir bien! Decidir lo que Dios decidió: le dijo adiós a su trono en las alturas (más altas que los rascacielos del Wall Street o Sanhattan); le dijo adiós a los cantos de los ángeles que exaltaban Su gloria día y noche (más elocuentes que los reconocimientos de colegas de profesión o de la prensa especializada); abandonó todas sus riquezas (comparadas a las cuales las mayores cuentas bancarias de este mundo son sólo una partícula de polvo atrapada por el sudor entre los dedos de los pies) y bajó. Bajó a estar con su amada en el caos. Bajó para vivir con ella en calles laberínticas y sucias, en mercados ruidosos, en barcazas de pescadores artesanales con multitudes agolpándose al rededor.

Y en esa vida que bajó a vivir, sólo fue levantado 1 vez un poco antes de morir: ensangrentado, clavado en sus manos y pies, torturado, escupido, burlado y humillado. Y allí sufrió en silencio hasta la muerte para que su esposa pudiera vivir en felicidad eterna.

P. D. Si quieres, puedes leer nuevamente este post con esta extraordinaria canción de fondo.

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Evangélicos no-alcanzados

“Estoy pagando, estoy pagando.
El precio para vivir en el cielo estoy pagando.
Voy luchando y voy llorando.
Cada detalle el Señor lo va sumando.
Estoy pagando, estoy pagando.
El precio para vivir en el cielo estoy pagando.
Voy luchando y voy llorando.
La santidad tiene un precio y yo lo estoy pagando”.

Me puse a pensar…

Oigo esta canción. Considero que este es el “tono” de gran parte de la música evangélica contemporánea. Recuerdo que el pueblo canta aquello que cree, de acuerdo a lo que se les enseña. Y dejo de pensar que solamente evangelizan aquellas iglesias que predican el Evangelio fielmente a personas de trasfondo no-evangélico.

Hoy ya no es más como antes. Hay muchísimos (cada vez más) perdidos en el medio evangélico. Tal vez estemos ante un desafío misiológico de grandes proporciones en América Latina: un nuevo grupo no-alcanzado que proviene de trasfondo evangélico.

Tal vez haya que cambiar el switch y entender que muchas iglesias que están alcanzando con el Evangelio de gracia a los ex-neopentecostales están haciendo la obra de Dios y siendo tan misionales como aquellas iglesias que alcanzan a otros grupos no alcanzados.

Tal vez sea tiempo de analizar la cosmovisión de este grupo cultural con corazón misionero, tratando de entender cómo quienes vienen de estos contextos necesitan no sólo ser evangelizados, sino también discipulados de una manera relevante y contextualizada a su forma de ver y sentir el mundo, desafiando sus ídolos culturales, entendiendo sus temores, llevándolos a la verdadera paz en Cristo.

Me pongo a pensar que la estrategia misionera de Pablo en las ciudades era ir primero a las sinagogas (donde había un conocimiento de las promesas del Señor, aunque bajo escombros de legalismo, antropocentrismo y religiosidad hipócrita) y después (casi paralelamente a veces) iba al ágora y hablaba a los gentiles, conformando después iglesias que reunían en un mismo cuerpo a personas y familias de diversos trasfondos en el Evangelio.

En fin. Sólo lo estaba pensando…

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Bosquejo para un salmo

“Júntate con gente decente” me decían. “Aprenderás mejores costumbres” decían. “Evita las malas juntas” repetían.

Y la gente decente sólo me hizo sentir cada vez más culpable y miserable. Todo era un asunto moral para ellos: lavarse bien las manos, cepillarse bien los dientes, estudiar para la prueba, usar tratamientos contra el acné, no comer demasiado, no comer tan poco, no atrasarse para la Escuela Dominical, no conversar en el culto, no enamorarse a tan corta edad.

Siempre tenían recetas, consejos y advertencias y lo intenté! Juro que lo intenté. Leí sus libros. Fui a sus conferencias. Pedí consejo a sus pastores. Pero sólo encontré fracaso, vez tras vez. Y cada vez que fracasé se fueron y me dejaron solo; escuché tras las puerta cómo hablaban de mí con desdén y lástima.

Ahora díganme: ¿cómo no voy a amar a Jesús de todo corazón, si cuando todos me daban la espalda avergonzados de mí y de mis errores, Él corrió a abrazarme? Y allí aferrado a mí, su rostro apegado al mío, mi alma apegada a la suya, sentí que sus lágrimas, mezcladas con la sangre tibia derramada en el madero, rozaban mi rostro mientras me decía: “te amo hijo, eres mi hijo amado que me llena de alegría el corazón”.

En medio de mis errores y rebeldías, lo miré a los ojos y percibí en ellos la misma ternura, la misma profunda admiración paternal, el mismo cariño que cuando hacía las cosas bien y correctas. ¡Amor invariable! ¡Amor que de verdad no pone condiciones!

¿Cómo no abrazar con desesperación, con lágrimas de alegría y con uñas sangrantes el Evangelio de la Gracia?

Tú que no conoces esta gracia violenta: ¡No malinterpretes lo que ves! No me sacrifico para obtener Su favor. No derramo sudor y lágrimas para ganarme su aceptación. De mi corazón brotan las canciones de amor y alegría, las lágrimas de felicidad, el esfuerzo por obedecer y el deseo de sacrificar mi vida entera ¡todo eso en un mismo movimiento! ¡En un mismo flujo! Es como si adentro corriera un río inevitable y caudaloso de amor y gratitud porque Él ya me salvó, me recogió cuando estaba lanzado, abortado en el basural, bañado en mi propia sangre.

No me mueve la conciencia pesada de una deuda por saldar. ¡Ya no le debo nada! Lo que me mueve es la admiración, la gratitud y el amor que Él despertó en mí cuando me amó primero.

Tú que aún no te has encontrado con Jesús: Sé que me has visto sufrir, cansarme, llorar, luchar con mis contradicciones y amargarme, pero no te engañes: no sufro por hacer Su voluntad. No es el obedecerle lo que me hace sufrir. Al contrario, ¡es el hecho de no obedecer siempre lo que me entristece! Porque mi alma quisiera ser uno con Él: sentir como Él siente y vivir como Él vive cada segundo de mi existencia.

Me asombra su carácter ¡mis ojos duelen y sienten punzadas como agujas profundas, pero ni aún así quiero dejar de mirar Su santidad, Su justicia, Su amor, Su belleza! No me canso de admirarlo y adonde Él vaya, yo quiero ir con Él. Porque mi alma lo busca con la misma desesperación y atracción irresistibles de un bebé hambriento que olfatea, buscando los pechos de su madre.

Aunque estuviera en el centro del infierno, mi alma se sentiría perfectamente segura y a salvo con el sólo hecho de estar bajo Su sombra, sintiendo su olor abrazado a su pecho.

¡Gracias por amarme Jesús! Cantaré tu gloria en las ciudades, en los bandejones centrales de las avenidas de las metrópolis, en los parques llenos de niños y gente en bicicleta. Entre todas las tribus de mi barrio, te exaltaré.

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