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Tal vez ya es tiempo de desenterrar nuestros talentos.

Llegó otro siervo y dijo: ‘Señor, aquí tiene su dinero; lo he tenido guardado, envuelto en un pañuelo. Es que le tenía miedo a usted, que es un hombre muy exigente: toma lo que no depositó y cosecha lo que no sembró.
(‭Lucas‬ ‭19‬:‭20-21‬ NVI)

Yo busco libertad con nombre y apellido
Como una caída libre en un salto hacia el vacío
En un continuo desvarío, en un suave sinsentido
Que me lleva hacia el delirio

(Ana Tijoux)

Tal vez, sólo tal vez, el secreto mejor guardado por los poderosos de este mundo y por quienes caminan por la vida con el pecho inflado de un pato es que todos, no sólo ellos, podemos vivir esta vida sintiéndonos libres, sintiendo que no le debemos nada a nadie y con esa actitud emprender lo que nos propongamos.

Tal vez, sólo tal vez, los magnates que viajan en primera clase y jets privados, los dictadores tercermundistas, las celebridades que cuando no duermen en sus mansiones lo hacen en suites cinco estrellas, los ex-presidentes y ex-ministros llenos hasta el cuello de conflictos de intereses, los dueños de petroleras que son accionistas mayoritarios de industrias armamentistas y hasta los jefazos del cartel de Sinaloa han sabido guardar muy bien uno de los mayores secretos de la historia y este es que no sólo ellos, sino todos los hombres y mujeres – las asistentes del hogar, los albañiles y plomeros, las esclavas negras, los alcohólicos con la ropa hedionda a meado, los esquizofrénicos que se paran en las esquinas a pedir un cigarrito, los travestis de las favelas, los migrantes que se sientan en las plazas a esperar una oportunidad de trabajo, los ancianos que barren las calles, los jóvenes con síndrome de down, los niños de los leprosarios, los parapléjicos, las ancianas con Alzheimer – en fin, todos nosotros no tenemos por qué rendir cuentas a nadie más que a nuestro Creador. Y Él nos hizo a todos igualmente hermosos, poderosos, bellos y no necesitamos esforzarnos más por agachar el moño para agradar a nadie y todos tenemos derecho a emprender pidiendo más perdón que permiso. Voy más lejos aún: tampoco necesitamos exigir que nadie agache su moño frente a nosotros. Cuando sientes que no debes nada a nadie y, al mismo tiempo, que nadie te debe nada a ti, el temor al fin se va y empiezas a adueñarte de aquello para lo que Dios te creó, dejando el resentimiento amargo de quién se ha sentido desplazado.

Y es que tal vez, sólo tal vez, hay más poder en el gozo y en la gratitud que en la amargura, el miedo y el resentimiento. Como en Monsters Inc., sólo unos pocos se benefician de los gritos de terror de los niños, pero todos ganamos con creces con sus carcajadas espontáneas. Si esto es así, entonces la cholita que vende polulos en la calle mientras carga su bebé amarrado a los hombros podría no sólo ser tan libre como el magnate que posee un penthouse en Park Avenue, sino aún más.

Tal vez, sólo tal vez, vale la pena proponer un sistema político y económico basado en la libertad más libertaria que pueda existir, un sistema que podría hasta ser acusado de anarquismo porque su base sería un pueblo que no sentiría ninguna obligación de rendir cuentas a castas elitistas y endogámicas y que lo haría con toda naturalidad, sin ningún resentimiento ni amargura, riendo de gozo y asombro ante una vida hermosa, sintiéndose amado por Dios y atreviéndose a cometer errores y a tomar los riesgos más osados con tal de simplemente sentir el deleite de inventar algo nuevo haciendo uso de sus talentos. Y esto podría ser mejor que el moralismo de un estado todopoderoso que en nombre de la equidad – que ningún sistema humano jamás podrá producir porque ya es un hecho dado por el Creador – se inmiscuye farisaicamente en cada aspecto de la vida humana, de la familia, de la educación, de la salud, del emprendimiento. Tal vez, sólo tal vez, un Estado controlador y compensador no es más que otra cara más institucionalizada del antiguo moralismo que toda naturaleza humana trae consigo.

Tal vez, sólo tal vez, Nietzsche está menos equivocado que los comunistas y lo que necesitamos es más libertad, no menos. Hay que abandonar la moral del esclavo y abrazar la moral del señor y sentirnos dueños de nosotros mismos porque no somos esclavos del jefe ni de la señora de la casa, ellos son los que se benefician con nuestros talentos y si no saben verlo, entonces son más esclavos de lo que ellos mismos logran darse cuenta. Y si esto así, entonces la libertad de Adam Smith o la de Milton Friedman se quedan cortas, son sólo máscaras, cortinas de humo que le ocultan al 90% de la población la realidad de que todos en verdad somos libres y ricos porque hay libertades que valen más que la libertad de vender, comprar y consumir y hay riquezas que valen más que todo el dinero y el oro del mundo.

Tal vez, sólo tal vez, necesitamos empezar a entender con el corazón que todos somos hijitos de papá porque hemos heredado de nuestro Padre talentos que cuando empecemos a multiplicarlos, ganemos con ello dinero o no, nos llenaremos de risa, felicidad, propósito y alegría y eso nadie lo podrá quitar. Y muchos entenderán que son libres para irse cuando quieran, empezar de nuevo donde sea, intentarlo mil veces y morir en el intento, porque cuando mueran – incluso pobres, martirizados y en el anonimato – lo harán con una sonrisa y sólo el juicio final revelará que esos hombres y mujeres fueron más exitosos y ricos que todos los que han salido en la portada de la Forbes y la Time juntos. Y yo no sé ustedes, pero a mí me parece que la visión del Juez de jueces vale más que la de los editores de la Forbes.

Y tal vez, sólo tal vez, eso es precisamente lo que Cristo vino a entregarnos cuando nos trajo una salvación tan maravillosa, un perdón de pecados tan radical, una gracia tan escandalosa, cuando extendió sus brazos y nos dijo: “no teman, yo soy”. Porque el verdadero amor echa fuera el temor y cuando conocemos la verdad del amor de Dios revelado en Cristo Jesús, esa verdad nos hace libres porque es la Buena Noticia que el severo, justo y temible Dios, ya no está enojado con nosotros porque hemos sido declarados justos sólo por la fe, sólo por la gracia, sólo en Cristo.

Y tal vez, sólo tal vez, esa fue la Buena Noticia que no conoció el siervo que escondió su talento en un pañuelo y lo enterró. Así que ahora, simplemente, cristianos todos, dejemos de lamentarnos por lo que no tenemos olvidando lo mucho que nos ha sido dado inmerecidamente, dejemos de codiciar con envidia la vida de otros, destruyamos los ídolos que nos esclavizan a la ingratitud, abandonemos la queja, dejemos de paralizarnos de tanto preguntarle a Dios cuál es Su voluntad porque dudo que encontremos una zarza ardiente en el camino. Tan sólo gocémonos en la gracia de un Dios que ya nos amó y adoptó como hijos amados incondicionalmente y no porque hacemos las cosas bien (de hecho las hacemos bastante mal), llenémonos de las palabras de la Biblia, oremos pidiendo que Su providencia vaya adelante y levantémonos, lavémonos el rostro, salgamos de la casa, arriesguémonos, emprendamos, atrevámonos a equivocarnos y de una buena vez, simplemente desenterremos nuestro talento y ¡hagamos algo!

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Homosexualidad y Cristianismo

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Este texto es una versión – levemente corregida – de una ponencia (intento evitar presentar textos tan largos en mi blog) que compartí en un foro organizado por estudiantes de Letras de la Pontificia Universidad Católica de Santiago el pasado miércoles 4 de junio. Fue presentada en una pequeña sala repleta (calculamos unas 60 personas) en el campus San Joaquín. Por eso, el título de la ponencia es el mismo título del foro. Junto a mí presentaron sus perspectivas un pastor y teólogo luterano, llamado Marcelo Huenulef, y un psicólogo católico-romano que trabaja con grupos de homosexuales que buscan vivir su fe católica, llamado Tomás Ojeda. Espero que el presente texto les sea de edificación:

Introducción:

Hay muchas maneras de hablar sobre la homosexualidad. Desde distintas miradas, perspectivas, sujetos. Es un asunto que se aborda desde distintas hermenéuticas. Así en plural. Y no creo haber sido invitado aquí para dejar en casa mi hermenéutica, sino para traerla y para compartir desde ella cómo veo la realidad de la atracción a personas del mismo sexo.

Así que quiero ser el primero en salir del clóset: soy evangélico conservador. Y quiero hoy, aquí, hablar como evangélico, o sea como alguien centrado en el Evangelio y que ha encontrado en la Buena Noticia de Jesús el sentido, propósito y centro de su existencia y cosmovisión. No oculto mis colores, por un lado, pero por otro también quiero intentar recuperar una palabra, una etiqueta que me pertenece. No quiero que ciertos grupos caracterizados por su ignorancia, su intolerancia y sus manifestaciones homofóbicas en plazas públicas se adueñen de ese título que, con justa razón, también me pertenece. Está de moda entre evangélicos históricos y contemporáneos negar ese título para no ser confundido con ciertos grupos intolerantes. Prefieren llamarse “protestantes”, “reformados” o, simplemente “cristianos”. No quiero seguir esa tendencia hoy, aunque es verdad que soy protestante y que suscribo una confesionalidad reformada. Hoy ante Uds. quiero ser simplemente eso: evangélico. Aunque puede que a alguno de Uds. este nombre le traiga, en un primer momento, asociaciones con manifestaciones homofóbicas o de intolerancia extrema.

Desde esta mirada evangélica que les traigo hoy (que se caracteriza por una hermenéutica más histórico-gramática que crítica, que se acerca a la Escritura desde el paradigma de que ella es un libro único porque ha sido inspirado por el Espíritu Santo como revelación infalible y que es más que un texto para ser interpretado: es el lente desde el cual se interpreta todo texto y toda experiencia) quiero compartir con Uds. sólo 3 puntos:

  1. Nadie se va al infierno por ser homosexual, del mismo modo que nadie se va al cielo por ser heterosexual:

La Biblia nos dice que la razón por la cual hay muerte, destrucción y condenación sobre la humanidad es porque hombres y mujeres quieren vivir vidas independientes de Dios. Lo que la Biblia llama “pecado” es algo mucho más profundo que actos o conductas pecaminosas o “indecentes”, sean de la naturaleza que sea (sociales, sexuales etc.).

El pecado es una condición del corazón que heterosexuales y homosexuales compartimos por igual: queremos vivir independientes de Dios. Queremos ser nuestro propios SEÑORES, embriagándonos de la idea de que libertad es autonomía: siendo rebeldes, alternativos, de mentalidad rompedora que va contra todo status quo establecido. O queremos ser nuestros propios SALVADORES: siendo correctos, buscando superioridad moral y queriendo cumplir al pie de la letra las expectativas de decencia y rectitud moral que otros esperan de nosotros. Esto es el pecado: separación espiritual de Dios como único SEÑOR y SALVADOR, una condición del corazón que nos deja solos, agotados por dentro y sin rumbo en esta vida.

Probablemente una de las mejores definiciones de pecado la dio San Agustín cuando dijo que el pecado es “amor desordenado”. Esta es la raíz de cualquier condenación que se cierne sobre la humanidad: que nos hemos apartado de Dios y que hemos amado más a nosotros mismos que a Dios. Hemos amado más las tinieblas que la luz. Hemos amado más a las cosas que a las personas. De hecho, hemos usado personas, hemos amado cosas y hemos asumido que nuestra relación con Dios se fundamenta en una relación comercial, neo-liberal de mercado, de oferta y demanda.

Lo más curioso es que, hasta donde he podido ver y experimentar, conservadores y progresistas por igual parten desde esta misma premisa: que a Dios hay que comprarlo, con buenas obras, con rectitud moral, con esfuerzo, siendo “buenas personas”. Y la diferencia está en cómo cada lado define “buena persona”. Para unos, una “buena persona” es alguien que no presta su cuerpo y su mente para perversiones, que cumple con los parámetros de decencia que la sociedad, el cristianismo histórico, la Biblia y la naturaleza imponen sobre la humanidad. Para otros, en cambio, una “buena persona” es alguien que no teme ser todo lo queer que puede llegar a ser, alguien que ha salido del clóset y se asume, que ama su libertad y la vive, alguien que tiene conciencia social hacia el oprimido y que no oprime ni reprime al otro sólo porque es distinto.

Como evangélico, leo en la Biblia que ambos están IGUALMENTE equivocados. Porque ambos creen que se puede ser “buena persona” y la Biblia dice claramente que “no hay justo ni siquiera uno”. Se cita mucho en algunos círculos evangélicos homofóbicos la declaración de Pablo en Romanos 1 donde afirma que entre las transgresiones de la humanidad está el hecho de que “hombres con hombres cometen actos vergonzosos, al igual que las mujeres, dejando el uso natural de su cuerpo”, pero ellos mismos olvidan convenientemente que eso está dentro de un contexto muy claro: Pablo en toda esa sección está hablando (desde Romanos 1.18 al 3.23) que toda la humanidad, incluso aquellos que se creen decentes o religiosos, están igualmente bajo condenación, porque todos están igualmente lejos de Dios, no importando cuánto se esfuercen por alcanzarlo.

Resumiendo, en mi primer punto quiero ser, si me permiten, más conservador que los conservadores: los homosexuales no son condenados por su orientación homosexual (como si los heterosexuales fueran salvos por su orientación heterosexual). La condenación es una oscura nube que se cierne sobre todos: no importa cuán queer o cuán “decente” sea. Disculpen los estereotipos, pero es sólo para fines ilustrativos: El padre suburbano de familia, heterosexual, religioso, fiel a su esposa, que trabaja en horario de oficina de lunes a viernes y va la iglesia los domingos, está bajo la misma condenación que su hijo homosexual, que se fue enojado de casa, trabaja free-lance, vive más de noche que de día y comparte departamento con una pareja en el centro. “NO HAY JUSTO NI AÚN UNO”. “PORQUE TODOS PECARON Y ESTÁN DESTITUIDOS DE LA GLORIA DE DIOS”.

  1. Debido a nuestro pecado buscamos vivir estilos de vida que no son conforme al diseño de Dios para la humanidad:

Y esta es la parte que puede ser más controversial hoy en día de una mirada evangélica de la homosexualidad. Porque entre los varios estilos de vida que no serían conforme al diseño de Dios para la humanidad está, efectivamente, la homosexualidad.

Tengo conciencia que esto puede ser considerado una especie de discurso de odio, pero antes que se precipiten quiero decirles que toda vez que la Biblia rechaza la conducta homosexual, tanto del sexualmente activo (arsenokoitai) como del que sólo fantasea en su mente y mantiene voluntariamente actitudes que no corresponden a su sexo (malakoi): (1) lo hace dentro de una lista de otros quiebres del diseño como: un estilo de vida chismoso, la arrogancia de creerse superior moralmente, el codiciar “heterosexualmente” a alguien que es compañero(a) de otro(a), etc. y (2) que estas conductas no son la causa de la condenación, sino la consecuencia de que ya estamos perdidos, lejos de Dios. Observen los siguientes textos bíblicos para corroborar esta idea: Romanos 1.24-32; 1ª Corintios 6.9-11; 1ª Timoteo 1.8-11.

Este es un punto muy importante para mí como evangélico: todos nosotros quebramos el diseño de Dios para la vida humana. De distintas maneras, en distintos contextos y esto es preocupante según la Biblia no porque estos quiebres de diseño sean la causa de nuestra condenación sino porque son resultado palpable de cuán lejos estamos de Dios. Y lo opuesto, por lo tanto, también es verdad: no es cambiando de conducta o de orientación sexual que alguien se salva. No es dejando un estilo de vida homosexual que alguien va a encontrar el cielo o la salvación. Por eso, también, tiendo a ser escéptico de terapias ofrecidas indiscriminadamente para “curar a gays”.

Sólo hay un modo de ser salvo. Como enfatizó Lutero: ¡por la fe sola! ¡Por Cristo solo! ¡Por gracia sola! Es cuando entiendo y creo que Jesús, como perfecto Hijo de Dios, vivió una vida perfecta en mi lugar, me sustituyó porque me amó con amor inmerecido, así que tomó mi culpa y condenación y venció donde yo fracasé y fracaso constantemente. Por lo tanto, sin mediar obras de auto-perfeccionamiento, sin mediar esfuerzos humanos, sin mediar méritos (porque Dios nos invita a una relación de AMOR, no a una relación comercial de “dame-para-que-yo-te-dé-a-cambio”), Él regala la salvación a quienes creen porque Él sabe que no podemos salvarnos a nosotros mismos, pues estamos esclavos de nuestra vida yo-céntrica.

Y en este sentido, como evangélico, permítanme decirles lo siguiente: creo que el Evangelio es radicalmente distinto a cualquier religión. Porque la religión consiste en un conjunto de buenos consejos, de buenas advertencias y de buenas instrucciones para elevarnos y llevarnos a Dios. ¡Pero esto no es posible! Porque no hay justo ni aún uno. Así que es ahí donde el Evangelio rompe con todo: porque el Evangelio es la BUENA NOTICIA de que Dios mismo hizo TODO el esfuerzo y toda la obra y Él bajó para encontrarnos donde estábamos y regalarnos su salvación.

Permítanme aquí, ahora, ser más liberal que los liberales: no es abriendo tu mente y estilo de vida a un modo más “progre” de pensar y de vivir que te salvas. No es redefiniendo el concepto de “buena persona”, ni abandonando los conceptos conservadores de “ser bueno”, ni abrazando conceptos más modernos, alternativos, relevantes a las ideologías de turno de alguien “bueno”. No necesitas redefinir el significado de “buena persona” para salvarte, sino hacer algo más radical: abandonar por completo la ilusión de que alguien puede ser buena persona. Porque ningún tipo de esfuerzo por ser “bueno” te hará merecer el amor de Dios. El amor de Dios es un regalo inmerecido. Dios no te ama porque eres valioso. Dios te da valor al amarte. Y él te ama porque su voluntad es libre y soberana. Él te amó de pura gracia y su amor te da valor.

Esta es la idea de C. S. Lewis cuando afirmó que “los cristianos no creemos que Dios nos ama porque somos buenos. Al contrario: creemos que Dios nos ama a pesar de que no podemos ser buenos y porque nos ama, nos hará buenos.

Así que ¿hay aquí un discurso de odio? No creo. Por siglos el cristianismo ha creído y enseñado que todos por igual tienen derecho a re-hacer su estilo de vida, aunque haya dificultades, tropiezos, reincidencias. Y aunque es verdad que muchas iglesias, en distintos momentos, no han sido consistentes con esta proclamación, la verdad es que en muchos otros momentos sí lo ha sido, acogiendo a traficantes de esclavos, acogiendo a jóvenes desobedientes a los padres, acogiendo a chismosos, acogiendo a maridos heterosexuales que traicionan a sus mujeres con su mente y sus cuerpos, etc. Todos estos son quiebres del diseño y a todas estas personas se les ha dicho que ese no es un estilo de vida que permita el florecimiento de la humanidad, según la Palabra de Dios. Así que se les ha invitado, mediante el amor y la vida en comunidad a encontrar maneras creativas de abandonar un estilo de vida que quiebra el diseño de Dios. Pero esto, desde una perspectiva evangélica, no es entendido como una pre-condición para ser aceptado por Dios, sino un fruto (a veces duro de lograr, pero fruto al fin y al cabo) de que Dios ya nos aceptó y adoptó como hijos a pesar de que ninguno de nosotros vivimos 100% conforme al diseño.

Si esto es verdad para chismosos, para jóvenes desobedientes, para maridos heterosexuales que no aman a sus esposas, entonces también lo es para homosexuales.

Y aquí viene el 3º punto:

  1. La gracia y el amor de Dios son tan poderosos que redefinen nuestra identidad:

El famoso texto de Pablo de 1ª Corintios 6 afirma en el v. 11 que muchos en la comunidad cristiana de Corinto YA HABÍAN SIDO homosexuales (sexualmente activos y otros pasivos: arsenokoitai y malakoi), pero ya habían sido lavados por la gracia de Dios. En otro lugar dice, incluso, que para los que están en Cristo Jesús todas las cosas son hechas nuevas. Esto, si lo pensamos bien, es escandaloso porque relativiza los absolutos humanos desde los cuales forjamos nuestras identidades.

La Buena Noticia del amor y la gracia de Cristo tornan relativo lo que, antes era absoluto, desafiándonos a redefinir por completo nuestra identidad. Porque el amor de Jesús conforme revelado en la Escritura, pasa a ser el único absoluto y esto implica abandonar la idea de que mi identidad se construye primariamente desde otras cosas, incluyendo mi sexualidad.

Desde una mirada evangélica, Jesús me libera de construir mi identidad a partir de las cosas INMANENTES como mi profesión, mi estatus, mi vocación (aunque esta sea religiosa), mi etnia, mi familia, mi clan o mi sexualidad. Desde esta perspectiva, la idea de un movimiento que reivindique un “orgullo gay” resulta tan curiosa como la de un movimiento que reivindique el “orgullo Muñoz”, el “orgullo clase media aspiracional” o el “orgullo abogacil”. Jesús nos hace libres invitándonos a construir nuestra identidad cristiana desde lo TRASCENDENTE, desde el Totalmente Otro: el trascedente amor paternal de Dios y Su gracia inmerecida. Mi identidad ahora se forja a partir de la declaración que Dios hace (por Su gracia mediante la fe en la justicia de Cristo que me es imputada): “Tú eres mi hijo amado. En ti siento gran deleite”. Y de ahora en adelante, esto es lo que me define.

Jesús lo dice así: un hombre encontró una perla de gran precio en un campo de dudosa calidad. Y vendió todo lo que tenía para comprarse ese campo. ¿Por qué? Porque esa perla valía mucho más que todo lo que poseía y que lo que podía llegar a poseer en 2 vidas de duro trabajo. Así que no lo dudó y lo compró, pero a todos les pareció una decisión absurda, sin sentido.

Por eso miles de cristianos que sienten atracción al mismo sexo a lo largo de la historia han encontrado una libertad tan real y una libertad “tan libre” que no está presa ni siquiera a las inclinaciones y pasiones y pueden llegar enamorarse de alguien del sexo opuesto y formar familia, sin ocultar su inclinación ni lo que un día fueron. Tal es el caso, por ejemplo, de la profesora universitaria Rosaria Champagne Butterfield, especialista en estudios de género de la Syracuse University, quien al encontrar a Cristo en el Evangelio, abandonó su estilo de vida lésbico y tiempo después se enamoró de un hombre, se casó y formó familia con él, un pastor presbiteriano. Su testimonio está relatado en su libro “The Secrets Thoughts of an Unlikely Convert”, publicado en 2012.

Otros miles de cristianos que sienten atracción al mismo sexo, han optado por el celibato (no clerical) por amor a Jesús; han constituido novedosas formas de formar familia mediante el amor de una comunidad cristiana que han sido sus padres, compañeros e hijos espirituales. Han renunciado a la posibilidad de una vida erótica, no porque quieren ganar puntos para agradar a Dios con su sacrificio, sino porque ya encontraron un tesoro mayor en el amor inmerecido del Padre. Tal es el caso de uno de mis héroes personales, el profesor de Nuevo Testamento Wesley Hill, quien cuenta su testimonio en el maravilloso libro “Washed and Waiting” publicado por Zondervan. Junto a él muchos creyentes fieles destacan en esta renuncia, como el sacerdote holandés Henri Nouwen o el pastor y teólogo Vaughan Roberts, por nombrar sólo un par.

Esto parece locura. ¿Opresión heterosexual contra los homosexuales? La verdad es que la respuesta es un rotundo ¡NO! Porque todos los cristianos somos llamados a abandonar las cosas que más amamos a medida que amamos a Jesús sobre todas las cosas.

Ninguna enseñanza es más igualitaria que la enseñanza cristiana sobre la renuncia a las cosas que más amamos, aquellas que, cuando estamos lejos de Él, tienden a definir nuestra identidad. Jesús dijo claramente en Lucas 14: “nadie que no renuncia a todo lo que más ama puede ser mi discípulo”.

En estos tiempos de exigir reivindicaciones y derechos, hablar de renuncia puede ser contraproducente, pido disculpas por eso, pero debo hacerlo. ¿Por qué alguien abandonaría la posibilidad de completarse sexualmente, por ejemplo? ¿Por qué alguien renunciaría al único absoluto que parece prevalecer en estos días de relativismo (el gozo sexual en una relación erótica con un compañero o compañera)?

Pero si en algo Jesús y Pablo fueron consistentes y claros fue en que seguir a Jesús era algo radical, no se puede amar nada más de lo que se ama a Cristo, y todo lo que antes uno valoraba más que nada puede llegar a ser considerado basura cuando uno se encuentra con el amor de Dios en el Evangelio. Cristo es el tesoro mayor.

Pablo en Filipenses 3 llega incluso a referirse a su condición como judío – sin duda alguna, una condición genética inalterable – como una de las cosas que él ha considerado como “basura” a fin de ganar más de Cristo en su vida. Así de radical es la redefinición de identidad de quienes han sido alcanzados por la gracia de Dios en Jesús.

Conclusión:

Quisiera terminar leyendo las palabras de un sacerdote católico, creyente fiel en Jesús que sentía atracción por el mismo sexo. Él se llamaba Henri Nouwen y creo que sus palabras reflejan muy bien esta perspectiva evangélica que he querido exponer sucintamente hoy:

“Cuando nos enteramos de que alguien verdaderamente nos acepta por completo, queremos entregar todo lo que podemos y, a menudo, al entregar, descubrimos que tenemos mucho más de lo que creíamos”.

Eso es exactamente lo que el Evangelio hace en nuestra vida: nos anuncia que Dios nos acepta por completo (heterosexuales y homosexuales por igual), tal cual somos. Y cuando el Espíritu de Dios da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios, no dudamos en entregar lo que haya que entregar por amor y gratitud. Y cuando entregamos todo, encontramos un tesoro mayor que todo lo que teníamos o pudiéramos llegar a tener.

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Expectativas maternas y gracia divina

Caín no surgió de la nada. Caín, antes de recibir la marca de Dios, fue marcado – desde su infancia – por las expectativas y la crianza de su madre. No me malinterpreten, Caín fue responsable por sus decisiones, sin duda alguna. Aborrezco, por principios de antropología teológica, la psicología barata fatalista que dice que somos una mera masa de arcilla moldeada por la crianza de nuestros padres. Pero la misma exégesis que me lleva a negar el fatalismo, me lleva a entender que la influencia de nuestros padres sobre la formación de nuestra identidad es crucial. Y Caín (el primer hijo de la historia de la humanidad) no es la excepción.

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“El primer luto” de Bouguereau (1888) – Adán y Eva lloran la muerte de Abel

Eva tiene grandes expectativas sobre su hijo mayor. Celebra el hecho de tener un hijo varón como primogénito, contemplando la promesa que Dios había hecho que un descendiente suyo aplastaría la cabeza de la serpiente. Ella parece estar segura que su primogénito será el cumplimiento de esa promesa.

Pero este primer error involuntario (y bastante comprensible, si tenemos en cuenta que Dios nos les dijo en Gn 3.15 cuánto tardaría en revelar al descendiente que aplastaría la cabeza de la serpiente) no es el más grave. El verdadero problema es tener esta alta expectativa sobre su hijo mayor CON UNA VISIÓN SINÉRGICA del favor de Dios: Eva piensa que a los seres humanos les corresponde hacer su mejor esfuerzo y entonces Dios los ayudará. Eva afirma “YO OBTUVE VARÓN con la ayuda de Jehová” (Gn 4.1). Es la versión primigenia del sinergismo: es el “proto-ayúdate-que-yo-te-ayudaré”. Este segundo error de Eva es el más significativo y serio. Y ambos errores combinados fueron los factores determinantes para que Eva criara a su hijo como quien prepara a alguien que está místicamente destinado a ser un héroe, un líder espiritual, un rey vencedor, un winner.

Eva deposita sus esperanzas en Caín y le inculca que debe dar su mejor, hacer todo con excelencia porque está destinado a la grandeza. Siempre antes de dormir, Eva le dice a su varoncito que es y siempre será merecedor de todas las bendiciones y sonrisas del Altísimo porque él es especial. Dios lo hizo fuerte, inteligente y espiritual. “Haz tu mejor mi angelito y Dios verá tu esfuerzo y te bendecirá”. ¡Qué flaco favor le hacen al carácter de sus hijos las madres que depositan sobre ellos expectativas irreales! Como si ser niño fuera sinónimo de no pertenecer a una raza caída. Estas madres forjan en sus pequeños una gran autoestima, de eso no hay duda. Una autoestima tan enorme que no caben en sí mismos. Esta forma de crianza, tan presente en madres evangélicas “around the world”, basada en el propio esfuerzo y en las propias capacidades, sólo ayuda a forjar pequeños engreídos, fariseitos de 5 años que recitan de memoria “salmosveintreses” en las Escuelas Dominicales para ganarse el favor del pueblo. Pronto, muy pronto, estos pequeños aprenden que la aceptación de los demás lo puede ser todo.

Mientras tanto, Eva tiene otro hijo, pero Caín es sus ojos. Así que a su segundo pequeño le pone simplemente “Abel”, que significa “soplo”, “aliento”, incluso “efímero”. Es como si hubiera dicho: “Di a luz un soplo”. Es de esas cosas que en las respetables familias evangélicas no se habla, pero son realidades siempre presentes. Un hijo favorito, otro despreciado. Un hijo a quien se le dan todas las regalías y privilegios, mientras el otro vive a la sombra del favorito, buscando maneras de ganar el favor de su padre y el amor de su madre. Gracias a Dios Abel no recorrió ese camino. Pronto aprendió que “Jehová es mi porción” y que “sólo en Él halla descanso mi alma”. Así que creyó. Creyó en la paternidad por gracia de un Dios lleno de misericordia y se entregó de corazón a Él. Así Abel encontró reposo para su alma. Pero Caín no. Caín fue un joven atormentado por la idea de que estaba destinado a ser un winner… porque al final del día este tipo de expectativas son más un peso que una alegría.

Y así llegó el día D. Caín y Abel, como habían aprendido de sus padres, fueron a entregar sus ofrendas. La Biblia no da detalles, pero no es descabellado deducir, a la luz del contexto bíblico amplio, que la ofrenda de Caín era más grandiosa y excelente que la de Abel, como si Caín quisiera, a la manera de las religiones paganas, darle a Dios una ofrenda como un ciudadano le entrega a su rey un soborno. Abel, en cambio, con toda sencillez lleva lo mejor que tiene porque su corazón está agradecido. Habiendo sido despreciado por su propia madre, Abel vivió la experiencia de que Jehová lo recogió y lo amó. Así que para él es natural llevar lo mejor de su rebaño. Un acto que él no puede vislumbrar como un sacrificado esfuerzo o un pesado deber sino simplemente como un privilegio. Pero el Señor se agradó, dice claramente la Escritura, DE ABEL (en primer lugar) y de su ofrenda (en segundo lugar, como consecuencia) mientras que no se agradó DE CAÍN y de su ofrenda (Gn 4.4-5). Dios, que ve los corazones, no vio fe ni amor en Caín. Vio un astuto comerciante que quería negociar con él, que le quería dar grandes e importantes canastos de frutos a cambio de su favor y bendición. Pero Dios no fue implacable con Caín: lo invitó a examinar su corazón y a arrepentirse. Le advirtió que no se dejara llevar por el mal ni por las palabras de la serpiente que se arrastraba tras la puerta (Gn 4.7). El Dios soberano le entregó a Caín la responsabilidad que le correspondía como ser humano.

Sabemos la decisión que Caín tomó. El reyezuelo no fue capaz de soportar la idea de que Dios no lo aceptaba ni le sonreía como lo hacía mamá. Y al fin y al cabo ¿quién era Dios para interponerse entre él y sus planes de grandeza? Él había sido destinado para grandes cosas. Estaba en pleno proceso de descubrir el campeón que había en él. Era su deber reclamar, declarar y poseer lo que era suyo. Él era príncipe de la creación: siempre admirado, siempre hermoso, siempre fuerte. ¿Por qué habría de soportar que, ahora, su debilucho hermano se interpusiera? Caín, el proto-darwinista, actúa con la lógica del libre mercado y la tiranía de los estados totalitarios combinadas: decide que hay que deshacerse de la competencia a cualquier costo y que la violencia y el asesinato son el camino más corto al éxito.

Y así, por primera vez en la historia, la tierra se empapó de sangre: la sangre del pequeño Abel, el “efímero”, el despreciado de su madre que creyó en Jehová. Y por primera vez alguien apostató: Caín, la joven promesa de la religiosidad humana, el que estaba destinado a ser predicador de predicadores, sacerdote de sacerdotes, profeta de profetas, plantador de plantadores, líder de líderes. Se apartó de la presencia de Jehová (Gn 4.16) y fue padre de un linaje de hombres fuertes, inteligentes, luchadores y emprendedores, pero todos completamente humanistas. Creyentes incondicionales en las extraordinarias capacidades humanas.

Pero ¿y qué pasó con Eva? ¿Nos limitaremos simplemente a culparla como si fuera una irredimible mujer? No cabe duda: llama la atención la casi nula actuación de Adán en toda esta historia. Yo no veo una simple omisión en el texto bíblico en esto. Creo que el autor nos dice algo con este silencio: Adán, el pasivo, estaba muy ocupado en otros asuntos. Y mientras su familia caminaba al desastre, él se quedó, una vez más, callado. Pero vemos en Eva una reacción. Sin duda ella lloró amargamente todo este desastre. Pero no sólo debe haber llorado. Sus conceptos cambiaron. Su visión del mundo y de la vida cambiaron. Eva se arrepintió y su visión sinérgica del favor de Dios quedó definitivamente atrás.

Es verdad: su primogénito había mostrado su verdadero corazón, perdiéndose en la impiedad y apostasía y el pequeño a quien ella había dado poco valor, pero que estaba lleno de fe y amor a Dios, había muerto. ¿Qué esperanza quedaba para la humanidad ahora? Largas noches de llanto y dolor tal vez pasaron. Adán y Eva, como esos matrimonios que se encuentran cara a cara con el fracaso, se culparon el uno al otro de este desastre, discutieron, durmieron separados… pero un día se volvieron a abrazar. Y este abrazo fue largo, se pidieron perdón, lloraron, Adán le secó las lágrimas a Eva con un beso y volvieron a acariciarse como hacía tiempo no lo hacían. Se entregaron el uno al otro con ternura y la pasión entre ellos renació.

La pregunta permanece: ¿qué pasó con Eva? Eva quedó embarazada nuevamente y agradeció a Jehová como si cargara en su vientre la misma luz de la esperanza. Y entonces esta madre, que un día se equivocó como todas las madres lo hacen, ahora arrepentida da a luz un pequeño varón y expresa con clara SEGURIDAD MONÉRGICA: “Dios ME HA DADO otro hijo”. Y ella ahora – un poco tarde es verdad, pero más vale tarde que nunca – lo entiende con claridad cristalina: “y este varón no viene a ocupar el lugar del orgulloso Caín. ¡Viene a sustituir al humilde Abel! Al pequeño lleno de fe, a quien Caín asesinó” (Gn 4.25). Así que le puso a su tercer hijo (que cumple la función de un nuevo primogénito) “sustitución”, “un regalo que sustituye”: Set.

Y ahora – sólo ahora: después su gran fracaso familiar – Eva, la madre de todos nosotros, entendió la más importante lección de la vida: que todo esto es sólo por gracia. Y que, aún más a este lado del jardín, no depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios, quien tiene misericordia (Rm 9.16).

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Los tatuajes de Dios

“Ponme como un sello sobre tu corazón, como una marca sobre tu brazo.” (Cantares 8.6) 

Todo cristiano asientGod is Love tattooe intelectualmente y no teme verbalizar estas grandes verdades: “todas las personas son pecadoras y yo soy pecador”. “Yo sé que nadie es perfecto” solemos decir. Son lugares comunes. ¿Quién podría pasarlos por alto?

Pero en la vida cristiana – especialmente si hemos tenido la bendición de haber sido medianamente bien instruidos en las doctrinas bíblicas – las grandes verdades que conocemos intelectualmente y sabemos expresar verbalmente suelen criar raíces en nuestros corazones y formar parte estructural de nuestra forma de ver y sentir el mundo sólo después de experiencias palpables que nos impactan y que desestabilizan las creencias anti-bíblicas o poco-bíblicas anteriores, las cuales solemos poseer por “default” y que forman parte de nuestra formatación inicial como seres humanos caídos.

Son los fracasos, los tropiezos, la injusticia de otros hacia nosotros, la lucha contra tentaciones persistentes, el sufrimiento y dolor (propio y de quienes amamos), la pérdida de seres queridos, las noches sin dormir por cuidar un hijo enfermo, las largas tardes en un hospital, las oraciones balbuceadas desde la decepción, la rabia contra hermanos, la queja contra Dios y muchas cosas como estas la herramienta divina para grabar las verdades doctrinales como realidades palpables en lo más íntimo de nuestro ser. Esas experiencias son la tinta y la aguja con la que Dios tatúa las grandes verdades bíblicas en nuestro corazón. Cuando están en nuestra mente son sólo bocetos en un papel. Cuando las sabemos verbalizar y explicar, toman forma definida y hasta colores, pero aún siguen siendo diseños en la carpeta del Tatuador. Es recién en las experiencias del día a día que el Gran Tatuador Soberano nos sienta en su estudio, nos desnuda el corazón y procede a dejar una marca perpetua en él.

Tengo la impresión que el lugar donde la maquinita tatuadora de Dios suena con más frecuencia – con ese ruidito incómodo que nos recuerda al dentista – es en la vida matrimonial y familiar y, en segundo lugar, en la vida comunitaria de la iglesia local.

Digo esto porque una cosa es decir “yo sé que soy pecador y que nadie es perfecto” y otra muy distinta es encontrarte cara a cara con tu propio fracaso ante tu esposa y decir acerca de ti mismo “no puedo creer que hice eso” o “no puedo creer que dije aquello”. Estas frases son nuestra primera reacción. ¡Y estas frases muestran cuán poca conciencia tenemos de nuestro propio pecado! Porque “eso” que hice o “aquello” que dije es justamente lo que brotó de mi corazón y una expresión de la realidad de quién soy. Y cuando decepcionamos a nuestro cónyuge siendo simplemente quiénes en verdad en somos, es Dios quien nos está poniendo frente a un espejo. Y lo que Dios NO quiere es que balbuceemos un montón de excusas o nos llenemos la boca de reminiscencias de cosas que sí hicimos bien antes, porque los aciertos del pasado no tienen poder para cubrir los pecados presentes. Pero lo que Dios SÍ quiere es que nos decepcionemos de nosotros mismos. Porque así nos abre una puerta para que acudamos a Él, anhelando desesperadamente la gracia a fin de que, una vez más, Su cruz sea nuestra justicia y Su poder el que se perfeccione en nuestra debilidad.

Y vamos más allá: una cosa es decir “yo sé que mi esposo es pecador” o “claro que mi esposa no es perfecta” y otra muy distinta es encontrarte cara a cara con la decepción de tu esposo(a) que te golpea el rostro. Esa decepción que sientes a causa del pecado de la persona con quien has hecho un pacto ante Dios de compartir la vida, no es otra cosa sino la mano de Dios tatuando en tu corazón esta verdad que antes era sólo un diseño: tu cónyuge es pecador y necesita desesperadamente de perdón, de amor incondicional y de gracia sobreabundante… ¡exactamente como tú! ¡Y qué privilegio! Dios te puso ahí en la vida de él o de ella para que experimentes la bendición de ser un canal de la gracia y del perdón del Señor para tu cónyuge. En el pacto matrimonial las grandes verdades del Salmo 14 y de Romanos 3 se hacen una realidad palpable que cría raíces en nuestro corazón y que determinan nuestra forma de ver y sentir el mundo. Son los ciclos que vuelven, las reincidencias que persisten, los fracasos rotundos después de mil veces de prometer e intentar no hacerlo. Esas son las experiencias que hacen que nos apropiemos en lo más íntimo de nuestro ser de las grandes doctrinas bíblicas.

He llegado a la convicción de que aún no sabemos de corazón nada acerca de la depravación total, de la elección incondicional, de la expiación eficaz, de la gracia irresistible o de la perseverancia de los creyentes hasta que no nos involucramos de cuerpo y alma en la vida en comunidad. Para muchos – salvo honrosas excepciones – “comunidad” significa, en primer lugar, comprometerse y entregarse al pacto matrimonial. Y, en segundo lugar – aquí sin excepciones – “comunidad” significa vivir la vida de la iglesia local compartiendo tiempos y espacios, donde los ciclos incesantes de fracaso-decepción-perdón-gracia restauradora van marcando en nuestro corazón las grandes doctrinas. Y así, una vez más, confirmamos lo profundamente teológica que es la vida diaria y lo inevitablemente práctica que es la teología. Porque este Dios comunitario – Padre, Hijo y Espíritu Santo – nos muestra que sólo en la unión pactal de nuestra vida con la de otros es que la doctrina se hace doxología, el dogma se hace canción, los credos se hacen acrílico sobre tela y los densos capítulos de teologías sistemáticas salen de los libros para tornarse cinceles sobre la piedra de nuestro corazón.

¡El Verbo ya se hizo carne en la gran historia de la humanidad! Ahora nos toca a nosotros experimentarlo en las pequeñas historias de nuestras familias e iglesias.

P.D. Aquí va también una extraordinaria canción para acompañar la lectura del post: “Tatuagem” de Chico Buarque. Enjoy!

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Antes del primer sermón

Me encuentro en Campinas, Brasil, en este momento. Vine a la V Conferencia de Plantación de Iglesias organizada por el CTPI (Centro de entrenamiento de plantadores de iglesias). No es mi plan comentar todo, pero algunas notas y pensamientos que se despiertan en mí a partir de las plenarias los quiero compartir, sin mucha estructura, de la manera un tanto indisciplinada que me caracteriza.

Ayer en la noche, primera noche de plenarias en la Conferencia, mi amigo Ricardo Agreste habló una palabra a los pastores y líderes. Un llamado al corazón de los líderes a que descansemos en la obra de Cristo y en la realidad del Evangelio. ¡Muy buena! Una cosa me llamó la atención especialmente y la comparto aquí:

“Este es mi hijo amado en quien siento placer” (Mc 1.11) dijo el Padre a Su Hijo Jesucristo. ¿En qué momento? ¿Bajo qué circunstancias? Después de haber sido bautizado por Juan el Bautista.

Es interesante notar que, de la manera que lo presenta el Evangelio de Marcos, el Padre le dice estas palabras a Jesús antes de que él predicara su primer sermón o hiciera su primer milagro. Jesús aún no había reunido ni una multitud, no había hecho ninguna de sus grandes enseñanzas, no había siquiera iniciado su grupo de seguidores. El ministerio de Jesús aún no existía. Jesús no había realizado ningún logro ministerial. Y él oye estas palabras de su Padre: “este es mi Hijo amado. En ti mi corazón siente placer”.

Así también debe ser con nosotros: sabernos amados, saber y entender claramente que nuestro Padre se deleita en nosotros y que Él siente placer en nosotros como hijos no por nuestros logros. Él no es un padre que pone en una balanza logros y fracasos ministeriales para después decidir si nos abraza y demuestra su amor. ¡De ninguna manera! Nuestro Padre nos ama con amor eterno, no condicionado a nuestras conquistas.
Dios es tan radicalmente distinto a nuestra cultura contemporánea, incluso a la cultura eclesiástica contemporánea. No necesito reunir multitudes, predicar sermones bacanes, plantar muchas comunidades ni realizar grandes hazañas ministeriales para oír que el Padre me dice: “Eres mi hijo amado. ¡En ti siento placer inmenso!” Él me dice esto motivado sólo por Su gracia soberana. Y cuando el Padre habla, su voz es como el estruendo de muchas aguas: las otras voces se apagan. Sólo Su voz resuena en mi corazón: “te adopté por gracia y esta es tu identidad, es lo que te define. Eres mi hijo, por siempre serás mi hijo. El ministerio es algo que haces por ahora, no lo que tú eres eternamente”.

Esto es para todos, no sólo para pastores y plantadores de iglesias: nos sentimos agobiados muchas veces por ganar el respeto, la aceptación y el ser valorados. Corremos con desesperación tras logros académicos, logros laborales, éxitos económicos, rectitud moral, causas políticas, belleza física, etc. ¿Qué queremos en el fondo? Ser valorados. Sentir que nuestra vida tiene valor. Y buscamos ese valor mayormente en los ojos y las palabras de otros.

Que podamos sentir y percibir que ya somos amados y que a nuestra vida ya le ha sido dado el mayor valor que podría tener: la sangre de Jesucristo. Dios siente placer en nosotros no por nuestros logros, sino simplemente porque nos adoptó por Su gracia.

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Bosquejo para un salmo

“Júntate con gente decente” me decían. “Aprenderás mejores costumbres” decían. “Evita las malas juntas” repetían.

Y la gente decente sólo me hizo sentir cada vez más culpable y miserable. Todo era un asunto moral para ellos: lavarse bien las manos, cepillarse bien los dientes, estudiar para la prueba, usar tratamientos contra el acné, no comer demasiado, no comer tan poco, no atrasarse para la Escuela Dominical, no conversar en el culto, no enamorarse a tan corta edad.

Siempre tenían recetas, consejos y advertencias y lo intenté! Juro que lo intenté. Leí sus libros. Fui a sus conferencias. Pedí consejo a sus pastores. Pero sólo encontré fracaso, vez tras vez. Y cada vez que fracasé se fueron y me dejaron solo; escuché tras las puerta cómo hablaban de mí con desdén y lástima.

Ahora díganme: ¿cómo no voy a amar a Jesús de todo corazón, si cuando todos me daban la espalda avergonzados de mí y de mis errores, Él corrió a abrazarme? Y allí aferrado a mí, su rostro apegado al mío, mi alma apegada a la suya, sentí que sus lágrimas, mezcladas con la sangre tibia derramada en el madero, rozaban mi rostro mientras me decía: “te amo hijo, eres mi hijo amado que me llena de alegría el corazón”.

En medio de mis errores y rebeldías, lo miré a los ojos y percibí en ellos la misma ternura, la misma profunda admiración paternal, el mismo cariño que cuando hacía las cosas bien y correctas. ¡Amor invariable! ¡Amor que de verdad no pone condiciones!

¿Cómo no abrazar con desesperación, con lágrimas de alegría y con uñas sangrantes el Evangelio de la Gracia?

Tú que no conoces esta gracia violenta: ¡No malinterpretes lo que ves! No me sacrifico para obtener Su favor. No derramo sudor y lágrimas para ganarme su aceptación. De mi corazón brotan las canciones de amor y alegría, las lágrimas de felicidad, el esfuerzo por obedecer y el deseo de sacrificar mi vida entera ¡todo eso en un mismo movimiento! ¡En un mismo flujo! Es como si adentro corriera un río inevitable y caudaloso de amor y gratitud porque Él ya me salvó, me recogió cuando estaba lanzado, abortado en el basural, bañado en mi propia sangre.

No me mueve la conciencia pesada de una deuda por saldar. ¡Ya no le debo nada! Lo que me mueve es la admiración, la gratitud y el amor que Él despertó en mí cuando me amó primero.

Tú que aún no te has encontrado con Jesús: Sé que me has visto sufrir, cansarme, llorar, luchar con mis contradicciones y amargarme, pero no te engañes: no sufro por hacer Su voluntad. No es el obedecerle lo que me hace sufrir. Al contrario, ¡es el hecho de no obedecer siempre lo que me entristece! Porque mi alma quisiera ser uno con Él: sentir como Él siente y vivir como Él vive cada segundo de mi existencia.

Me asombra su carácter ¡mis ojos duelen y sienten punzadas como agujas profundas, pero ni aún así quiero dejar de mirar Su santidad, Su justicia, Su amor, Su belleza! No me canso de admirarlo y adonde Él vaya, yo quiero ir con Él. Porque mi alma lo busca con la misma desesperación y atracción irresistibles de un bebé hambriento que olfatea, buscando los pechos de su madre.

Aunque estuviera en el centro del infierno, mi alma se sentiría perfectamente segura y a salvo con el sólo hecho de estar bajo Su sombra, sintiendo su olor abrazado a su pecho.

¡Gracias por amarme Jesús! Cantaré tu gloria en las ciudades, en los bandejones centrales de las avenidas de las metrópolis, en los parques llenos de niños y gente en bicicleta. Entre todas las tribus de mi barrio, te exaltaré.

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