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Tal vez ya es tiempo de desenterrar nuestros talentos.

Llegó otro siervo y dijo: ‘Señor, aquí tiene su dinero; lo he tenido guardado, envuelto en un pañuelo. Es que le tenía miedo a usted, que es un hombre muy exigente: toma lo que no depositó y cosecha lo que no sembró.
(‭Lucas‬ ‭19‬:‭20-21‬ NVI)

Yo busco libertad con nombre y apellido
Como una caída libre en un salto hacia el vacío
En un continuo desvarío, en un suave sinsentido
Que me lleva hacia el delirio

(Ana Tijoux)

Tal vez, sólo tal vez, el secreto mejor guardado por los poderosos de este mundo y por quienes caminan por la vida con el pecho inflado de un pato es que todos, no sólo ellos, podemos vivir esta vida sintiéndonos libres, sintiendo que no le debemos nada a nadie y con esa actitud emprender lo que nos propongamos.

Tal vez, sólo tal vez, los magnates que viajan en primera clase y jets privados, los dictadores tercermundistas, las celebridades que cuando no duermen en sus mansiones lo hacen en suites cinco estrellas, los ex-presidentes y ex-ministros llenos hasta el cuello de conflictos de intereses, los dueños de petroleras que son accionistas mayoritarios de industrias armamentistas y hasta los jefazos del cartel de Sinaloa han sabido guardar muy bien uno de los mayores secretos de la historia y este es que no sólo ellos, sino todos los hombres y mujeres – las asistentes del hogar, los albañiles y plomeros, las esclavas negras, los alcohólicos con la ropa hedionda a meado, los esquizofrénicos que se paran en las esquinas a pedir un cigarrito, los travestis de las favelas, los migrantes que se sientan en las plazas a esperar una oportunidad de trabajo, los ancianos que barren las calles, los jóvenes con síndrome de down, los niños de los leprosarios, los parapléjicos, las ancianas con Alzheimer – en fin, todos nosotros no tenemos por qué rendir cuentas a nadie más que a nuestro Creador. Y Él nos hizo a todos igualmente hermosos, poderosos, bellos y no necesitamos esforzarnos más por agachar el moño para agradar a nadie y todos tenemos derecho a emprender pidiendo más perdón que permiso. Voy más lejos aún: tampoco necesitamos exigir que nadie agache su moño frente a nosotros. Cuando sientes que no debes nada a nadie y, al mismo tiempo, que nadie te debe nada a ti, el temor al fin se va y empiezas a adueñarte de aquello para lo que Dios te creó, dejando el resentimiento amargo de quién se ha sentido desplazado.

Y es que tal vez, sólo tal vez, hay más poder en el gozo y en la gratitud que en la amargura, el miedo y el resentimiento. Como en Monsters Inc., sólo unos pocos se benefician de los gritos de terror de los niños, pero todos ganamos con creces con sus carcajadas espontáneas. Si esto es así, entonces la cholita que vende polulos en la calle mientras carga su bebé amarrado a los hombros podría no sólo ser tan libre como el magnate que posee un penthouse en Park Avenue, sino aún más.

Tal vez, sólo tal vez, vale la pena proponer un sistema político y económico basado en la libertad más libertaria que pueda existir, un sistema que podría hasta ser acusado de anarquismo porque su base sería un pueblo que no sentiría ninguna obligación de rendir cuentas a castas elitistas y endogámicas y que lo haría con toda naturalidad, sin ningún resentimiento ni amargura, riendo de gozo y asombro ante una vida hermosa, sintiéndose amado por Dios y atreviéndose a cometer errores y a tomar los riesgos más osados con tal de simplemente sentir el deleite de inventar algo nuevo haciendo uso de sus talentos. Y esto podría ser mejor que el moralismo de un estado todopoderoso que en nombre de la equidad – que ningún sistema humano jamás podrá producir porque ya es un hecho dado por el Creador – se inmiscuye farisaicamente en cada aspecto de la vida humana, de la familia, de la educación, de la salud, del emprendimiento. Tal vez, sólo tal vez, un Estado controlador y compensador no es más que otra cara más institucionalizada del antiguo moralismo que toda naturaleza humana trae consigo.

Tal vez, sólo tal vez, Nietzsche está menos equivocado que los comunistas y lo que necesitamos es más libertad, no menos. Hay que abandonar la moral del esclavo y abrazar la moral del señor y sentirnos dueños de nosotros mismos porque no somos esclavos del jefe ni de la señora de la casa, ellos son los que se benefician con nuestros talentos y si no saben verlo, entonces son más esclavos de lo que ellos mismos logran darse cuenta. Y si esto así, entonces la libertad de Adam Smith o la de Milton Friedman se quedan cortas, son sólo máscaras, cortinas de humo que le ocultan al 90% de la población la realidad de que todos en verdad somos libres y ricos porque hay libertades que valen más que la libertad de vender, comprar y consumir y hay riquezas que valen más que todo el dinero y el oro del mundo.

Tal vez, sólo tal vez, necesitamos empezar a entender con el corazón que todos somos hijitos de papá porque hemos heredado de nuestro Padre talentos que cuando empecemos a multiplicarlos, ganemos con ello dinero o no, nos llenaremos de risa, felicidad, propósito y alegría y eso nadie lo podrá quitar. Y muchos entenderán que son libres para irse cuando quieran, empezar de nuevo donde sea, intentarlo mil veces y morir en el intento, porque cuando mueran – incluso pobres, martirizados y en el anonimato – lo harán con una sonrisa y sólo el juicio final revelará que esos hombres y mujeres fueron más exitosos y ricos que todos los que han salido en la portada de la Forbes y la Time juntos. Y yo no sé ustedes, pero a mí me parece que la visión del Juez de jueces vale más que la de los editores de la Forbes.

Y tal vez, sólo tal vez, eso es precisamente lo que Cristo vino a entregarnos cuando nos trajo una salvación tan maravillosa, un perdón de pecados tan radical, una gracia tan escandalosa, cuando extendió sus brazos y nos dijo: “no teman, yo soy”. Porque el verdadero amor echa fuera el temor y cuando conocemos la verdad del amor de Dios revelado en Cristo Jesús, esa verdad nos hace libres porque es la Buena Noticia que el severo, justo y temible Dios, ya no está enojado con nosotros porque hemos sido declarados justos sólo por la fe, sólo por la gracia, sólo en Cristo.

Y tal vez, sólo tal vez, esa fue la Buena Noticia que no conoció el siervo que escondió su talento en un pañuelo y lo enterró. Así que ahora, simplemente, cristianos todos, dejemos de lamentarnos por lo que no tenemos olvidando lo mucho que nos ha sido dado inmerecidamente, dejemos de codiciar con envidia la vida de otros, destruyamos los ídolos que nos esclavizan a la ingratitud, abandonemos la queja, dejemos de paralizarnos de tanto preguntarle a Dios cuál es Su voluntad porque dudo que encontremos una zarza ardiente en el camino. Tan sólo gocémonos en la gracia de un Dios que ya nos amó y adoptó como hijos amados incondicionalmente y no porque hacemos las cosas bien (de hecho las hacemos bastante mal), llenémonos de las palabras de la Biblia, oremos pidiendo que Su providencia vaya adelante y levantémonos, lavémonos el rostro, salgamos de la casa, arriesguémonos, emprendamos, atrevámonos a equivocarnos y de una buena vez, simplemente desenterremos nuestro talento y ¡hagamos algo!

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Dios no quiere tu felicidad

Imagen“Dios quiere que seamos felices, ¿no te das cuenta?” me dijo una ilustre desconocida en Facebook. Ya ni recuerdo bien por qué.

Me resulta cada vez más curiosa y abyecta la idea de que Dios quiere que seamos felices. Sí, está claro que la Biblia está llena de todo tipo de bienaventuranzas desde el Antiguo Testamento hasta el mismísimo Apocalipsis, pero si nos fijamos bien, no se trata de la felicidad que nosotros imaginamos.

La mayoría de las personas hoy en día cuando dicen “Dios quiere hacerme feliz” dan por supuesto primero todo aquello que, según ellos mismos, los haría felices: una carrera exitosa, una familia bonita, una casa en la colina, un ministerio reconocido, fama y reconocimiento, una relación duradera con alguien hacia quien se sienten atraídos, etc. Y desde ese presupuesto intocable imaginan que Dios “les concederá las peticiones de su corazón”. Pero Dios afirma claramente que sólo le son concedidas las peticiones del corazón a quienes, primero, se deleitan en Jehová (Salmo 37.4), no en las cosas, circunstancias o relaciones que Jehová da o podría dar. Y deleitarse en Jehová significa valorarlo como el tesoro mayor, el tesoro suficiente, el deleite último, el más sublime de todos, al lado del cual vale la pena dejar atrás cualquier otro placer, pues todos los demás son menores e insuficientes.

La noticia es esta: Dios no quiere darte TU concepto de felicidad. Dios definitivamente no quiere TU felicidad. Él te creó y Él sabe qué es lo mejor para ti, mejor que tú mismo, pues la raza humana hace tiempo que perdimos el rumbo y que vagamos en las granjas de cerdos deseando las algarrobas que les dan, mientras nuestro Padre tiene un banquete en casa. Hace rato que tomamos agua de la letrina y la llamamos deliciosa cuando a sólo un paso está el agua fresca y cristalina de la vertiente que Dios nos ofrece. Hace rato que empezamos a llamar a lo malo bueno y a lo bueno malo.

Dios quiere destruir TU felicidad. Y, si es necesario, para librarte de la triste esclavitud en la que te encuentras, preso de tus propios conceptos mediocres de felicidad, Dios va a romper tu corazón, Dios va a hacer que se venga abajo tu carrera, Dios te va a quitar tu mejor trabajo, Dios va a hacer que te decepciones de tu iglesia y tu iglesia se decepcionará de ti, Dios va a arruinar tu reputación, Dios te va a llevar a la bancarrota financiera, Dios va a deshacer el buen nombre tuyo y de tu familia, Dios te va a quitar tu hijo(a), Dios no te va a prosperar (no importa cuánto lo intentes), Dios va a alejar de ti a la persona que más amas, Dios te dará el desprecio de las personas que quieres agradar, Dios va a destruir la relación de tus sueños. Y todo esto simplemente porque Dios no quiere TU felicidad.

¿Por qué Dios hace eso? ¡Para que seamos verdaderamente libres! Y es que hemos construido muros alrededor de nosotros mismos que nos aíslan de Dios y de la verdadera felicidad. Nos hemos construido burbujas de concreto. Burbujas de sueños vanos. Burbujas donde cada ladrillo es un deseo que nuestro corazón pecaminoso anhela. Sin puertas. Sin ventanas. Nos construimos habitaciones perfectamente aisladas, muy bien higienizadas por dentro como cámaras hiper-báricas, de murallas blancas como nieve y todo iluminado por una pequeña luz tenue, muy tenue, que dan dos ampolletas titilantes. Una ampolleta de superioridad moral y otra de esperanza superficial: “algún día mis sueños se harán realidad”. No importa si tus sueños son sueños ambiciosos de fama, fortuna y grandes logros o si son sueños más “hippies” de vida en familia, casa sencilla y disfrute de la naturaleza. Todos tus sueños son vanos. Y Dios lo sabe… pero tú no. No importa si te sientes moralmente superior porque eres más exitoso o porque, justamente, no has logrado éxito (“es que yo no me vendo a este sistema”), pero la moralina supura por tus poros igual y enrarece el aire en tu habitación aparentemente perfecta, construida de certezas, sueños e ideologías.

Entonces Dios, porque nos ama, comienza a deshacer nuestros sueños, nuestros logros, nuestras expectativas. Pequeñas grietas comienzan a aparecer en las paredes de nuestro cuarto de aire enrarecido. Dios nos muestra Su soberanía quitándonos lo que un día nos dio. Los necios ignorantes culpan al diablo y a las maldiciones hereditarias. Los ilusionados (un poco menos necios que los anteriores), piensan que hicieron algo mal y que Dios los está castigando. La verdad es que ninguna de esas cosas está ocurriendo. ¡Dios nos está libertando por amor! Dios nos está salvando de nuestro peor enemigo: nosotros mismos. Y su misericordia nos está conduciendo para que sintamos desagrado, decepción e insatisfacción con la vida que estamos llevando.

Dios comienza a producir grietas en nuestros sueños y entonces la verdadera luz, la luz del Sol resplandeciente de Justicia, comienza a entrar y se cumple la profecía del gran poeta canadiense Leonard Cohen “hay una trizadura, un quiebre en todas las cosas… y es por ahí que la luz entra”. El aire enrarecido se empieza a ir y comienza a entrar aire fresco. Con ese aire entran partículas de polvo que nos hacen estornudar y descubrimos ese placer infantil que existe en el segundo previo y posterior a los estornudos. Nuestro concepto de higiene moral se viene abajo. Las grietas del suelo permiten que toda clase de insectos y lombrices entren con la tierra, las flores y pastos se abren paso a través de las trizaduras. Las grietas del techo hacen que la lluvia nos moje. Al inicio nos irritamos, pero luego descubrimos el placer de pisar los charcos y de ver cómo los rayos de sol hacen que se vean brillantes y hermosas las telas de arañas cargadas con gotas de rocío.

Así nuestro corazón se empieza a libertar de sus ídolos esclavizantes, llenos de demandas sanguinarias. Así comenzamos el lento reencuentro con nuestro Creador y Redentor: cuando dejamos atrás nuestra felicidad y corremos a abrazar, como niños colgados del cuello de papá, la felicidad que Él tienen para nosotros.

Y esta es la buena noticia: Dios no quiere TU felicidad. Dios quiere hacerte verdaderamente feliz.

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Bosquejo para una trilogía (parte 3).

regla quebrada3. Pero hay un pero y por la sola gracia de Dios, que no dejó a los hombres hundidos en las justas consecuencias de sus actos. Esta historia comenzó a ser revertida hace unos dos mil años atrás. Un problema humano necesitaba ser resuelto por un hombre, pero un problema de ese tamaño sólo Dios podía solucionarlo. Así que Dios se hizo hombre.

Siendo Dios-hombre, también conocido como el Cristo, caminó entre las multitudes y las miró con amor. Con los ojos llenos de lágrimas observó que la gente cargaba pesas en las mochilas, reglas en una mano y cronómetros en la otra y se medían unas a otras. Unos les decían a los otros: “ustedes no son rígidos como nosotros, ¡no han respetado la moral y las buenas costumbres!”. Los otros les respondían “el problema son ustedes que no tienen una ética alternativa como nosotros, ¡no han respetado la libertad y la espontaneidad!”. Pero todos por igual habían adaptado las reglas, las pesas y los cronómetros para medir milimétricamente a los demás según lo que para sí mismos era importante. Dios-hombre los miró, caminó entre la multitud, en medio de sus furiosos alegatos y lloró porque estaban solos. No podemos afirmar que su visión era de rayos-x, pero sabemos que vio los corazones y se fijó que se habían convertido en desiertos porque ya nadie sabía amar.

¡Sin embargo no se confundan! El Cristo no acostumbraba medir. No usaba pesas, reglas ni cronómetros. Como máximo cerraba un ojo para mirar a alguien a la distancia y hacía una medición rústica con su pulgar y su meñique y aún así se reía porque sus mediciones nunca eran del todo exactas, pero, por alguna extraña razón, a Él le servían.

Les acarició el cabello a las mujeres, les dio golpecitos de cariño en la espalda a los hombres, besó la frente de los niños, le tomó la mano a los ancianos, pero nadie parecía notar su presencia porque a estas alturas ya eran todos muertos vivientes que sólo sabían contar, medir y calcular. Se gruñían y mordían unos a otros y no faltaban relatos acerca de que, “por ahí”, alguien se había devorado a otro.

Y fue entonces cuando algo abyecto ocurrió en la creación y el mayor acto de obscenidad e inmoralidad se desató (y espero que se preparen para lo que les voy a contar, pues es realmente repulsivo): todos los muertos vivientes, dejando a un lado sus pesas, reglas y cronómetros atentaron contra todo lo que es recto, justo y bueno y se lanzaron, como la horda de zombies que eran, contra El Cristo. Él soportó todo sin abrir su boca. Le rompieron su ropa, lo golpearon con bates de béisbol, se burlaron de Él, bailaron sobre su vientre con tacones-aguja, le arrancaron un brazo y se lo comieron, con la boca chorreando sangre blasfemaron y maldijeron Su nombre, le quitaron la piel de las piernas a arañazos, le lanzaron todo lo que encontraron a mano (especialmente sus cronómetros, reglas y pesas), trataron de abrirle el cráneo con una piedra afilada para devorar su cerebro. En todo este tiempo Él no dijo nada, no pronunció ni una palabra, excepto gemidos y gritos de dolor.

En el preciso momento cuando estaban a punto de abrirle el cráneo, Él abrió su boca para decir algo. Fue curioso, pero todos enmudecieron y se echaron hacia atrás y yo diría que hasta sintieron miedo, como si supieran que con una palabra Él podía consumirlos. Se hizo un círculo a su al rededor para escuchar qué iba a decir y el silencio más absoluto se escuchó en la tierra y en el cielo. Hasta Belcebú, que miraba toda la escena desde cierta distancia, dejó de bailar y celebrar y prestó atención para saber qué iba a decir el Cristo a los hombres. Tirado en el suelo, sacó del bolsillo de su pantalón, con la única mano que le quedaba, la regla más exacta y perfecta jamás vista, la cual podía medir micras, nanometros y hasta unidades armstrong. ¡Ahora sí todos temblaron de miedo! Y con la boca sin dientes y la lengua lacerada habló con la poca voz que le quedaba: “¡No tengan miedo! No me deben nada. Yo los perdono. Porque los amo… te amo a ti… a ti también… y a ti que estás con la boca manchada de sangre porque te comiste mi antebrazo… y a ti que aún estás con esa roca afilada entre tus manos.” Y, entonces, lanzando la regla muy lejos, les dijo: “¡ya no van a necesitar esto nunca más!”. La regla se hizo añicos contra una piedra…

Jamás en la vida. Nunca. Ni antes ni después en la historia de todo lo creado, se vio tal rostro de desconcierto en Satán. Él, que era el más astuto de todos los seres creados, quedó perplejo, sin respuesta, sin teorías explicativas, sin posibilidad de formular hipótesis. Se sintió un verdadero imbécil, se sentó, con el rostro duro de amargura y no supo nunca más cómo responder a esto. Toda la lógica, toda la ética, toda la historia de la medición universal se vino abajo por causa del acto más escandaloso realizado por Dios-hombre: el perdón.

Todo su conglomerado de empresas e instituciones se incendió. Los ejecutivos de Wall Street se abrazaron con los dictadores de izquierda y lloraron amargamente porque la multinacional del Mefistófeles se vino abajo en un solo día y su humo subió por siglos y siglos y se podía ver desde cualquier parte de la tierra. La astucia y la fría lógica de la retribución de Satán no pudo contra el amor y la gracia del Cristo. El Belcebú se quedó sin estrategia por siempre, pues nunca más lo pudo superar.

Los hombres que entendieron lo que el Cristo hizo, volvieron a vivir, sus corazones volvieron a amar y sus cuerpos abandonaron el estado de descomposición. Se empezaron a dar abrazos tibios, y a olvidar poco a poco para qué servían las reglas, las pesas y los cronómetros. Los que antes se decían libres, ¡ahora sí podían serlo de verdad! Y los que antes se decían rectos, ¡ahora sí podían serlo de verdad! Porque empezaron a vivir la verdadera rectitud: la que brota desde el amor y el perdón.

Se dice por ahí que la serpiente antigua aún anda merodeando, como esos esquizofrénicos de terno, corbata y buena familia que se han ido de casa y mendigan un cigarrito en las esquinas y las puertas de las iglesias. A cada transeúnte que se detiene a oírle y le paga un café, le susurra algo acerca de las obligaciones morales y la necesidad de rectitud en el mundo. A muchos les hace sentido y muchos son los que le prestan oídos y parten corriendo a la tienda de antigüedades más cercana para comprar un cronómetro o una pesa ¿Y cómo no? Si el tipo habla bien, como un Undurraga o un Perez-Cotapos, y no como los flaites de la periferia.

Pero dicen también, que cada vez que alguien, imitando al Cristo, ofrece perdón inmerecido y deja de usar su pesa, su regla y su cronómetro y toma la decisión de ya no medir, ya no cobrar, ya no calcular las acciones y conductas de los otros, el Satán vuelve a quedar desconcertado, se pierde por un par de días y cuando vuelve, vuelve con aún menos poder que antes.

 

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Bosquejo para una trilogía (partes 1 & 2).

regla-de-madera_21747381. Dios creó el universo bueno. Con acciones y reacciones. Con causas y consecuencias. Lo recto, lo justo, lo hermoso y lo verdadero fueron creados en perfecta y compleja armonía, manifestando la raíz y la esencia del bien supremo: el amor.

Dios es amor y en Su amor diseñó un hermoso sistema de actos y consecuencias, que llamamos “lo justo”, lo “correcto”, y que reflejan Su gloria llena de bondad y compasión. Satanás – que es sólo odio y rencor, por lo tanto queja y reclamo – reaccionó pateando la perra con celos, amargura y cinismo cuando vio que Dios puso este orden en el mundo al crear al hombre y a la mujer y al colocar en sus corazones el mismo amor que lo caracteriza a Él.

Al inicio, no robar, no mentir, no fallar a sus compromisos y promesas eran sólo formas de expresarse amor entre Adán y Eva. Satán odió este orden de acciones, conductas y actitudes de rectitud movidas por el amor, pero, como era la más astuta de las criaturas de Dios, pronto se dio cuenta que había una posible estrategia para subvertir este orden creacional…

2. Al poco tiempo el hombre cayó y, aunque engañado por la serpiente, lo hizo tomando una decisión libre de la cual fue plenamente responsable y culpable. Satanás tenía ahora el escenario perfecto para aplicar la estrategia que había diseñado: exaltar las conductas rectas, resaltar el deber moral de mantener externamente el orden de lo recto y lo bueno, pero cometiendo un acto de profundo desarraigo: divorciando la rectitud del amor.

Así, Satanás reemplazó las hermosas flores de justicia y rectitud que brotaban desde el fértil suelo del amor a Dios y al prójimo por flores secas (que secaba entre páginas de libros gruesos) y luego por flores plásticas.

Pero además de incursionar en la industria de los derivados del petróleo, el diablo se hizo hábil abogado y, con la astucia que le caracteriza, comenzó a susurrar a los hombres en su oído palabras encolerizadas sobre la necesidad de justicia, de rectitud, de integridad. “Haz siempre lo correcto”, les dijo, “pero hazlo sólo con la secreta esperanza de que los demás sean correctos contigo a cambio”. También les susurró a los hombres la necesidad de vindicación, de quejarse constantemente y de retribución cuando les hacían algún mal o no les correspondían sus actos de generosidad y bondad. Nadie en la historia del desarrollo humano supo ser tan hábil estudioso de la moral y maestro de ética como la misma serpiente. Y mientras la humanidad caminaba su largo camino, ella le iba mordiendo el talón, susurrándoles a las esposas que ya no soportaran más las negligencias de maridos distraídos; diciéndoles a los esposos que ya no toleraran la falta de respeto de esposas ingratas; enseñó a los hijos a murmurar contra las equivocaciones de sus padres y a quejarse de todas sus promesas sin cumplir; les habló a los padres que no toleraran más la insolencia de sus hijos y que de ahora en adelante les pusieran condiciones claras para hacerse merecedores de su amor y atención parental.

Pero el diablo no sólo emprendió su carrera como hábil jurista y maestro de moral, sino especialmente como experto en cálculos infinitesimales. Fue así cómo enseñó a los hombres, de una manera fatal y oscura, a medir para cobrar. Les enseñó que existen medidas muy pequeñas, como los gramos, los miligramos, los centímetros y los milímetros. Y les dijo a los clanes familiares que no toleraran que sus vecinos corrieran sus cercas “ni siquiera un milímetro”. Les enseñó a los feligreses dominicales que, bajo ninguna circunstancia, debían tolerar “ni un miligramo” más de desprecio o falta de atención de parte de sus hermanos que se sentaban en la banca de adelante. Los hombres, alejados del amor, aprendieron rápido a calcular y se tornaron expertos medidores, con reglas en sus bolsillos, pesas en las mochilas y tablas de medidas en sus Biblias. Así, la humanidad, a partir de su propia falta de amor, llegó a superar a su instructor y desarrolló hábilmente la ciencia de la medición, la clasificación y las tipologías, especialmente en las corporaciones religiosas: medían miradas, tonos de voz, el ángulo de inclinación en las comisuras de los labios y los segundos y milisegundos que alguien se demoraba en darles el saludo. Así les iban poniendo etiquetas a las acciones de los demás, realizando categóricas afirmaciones con tono científico, tales como: “hoy fulano no me saludó con los mismos decibeles de efusividad que la semana pasada” ó “ya han pasado exactamente 259.247 segundos que fulano no me llama por teléfono para saber cómo estoy” ó, simplemente: “fulano me miró feo”.

¡Satán era rey en este orden de cosas! Estableció un conglomerado de empresas e instituciones que se tornó la más poderosa multinacional y que incluía desde institutos de educación para enseñar moral, ética y cálculo hasta fábricas de plástico que producían reglas y flores para adornar antejardines en los condominios, pasando por fábricas de cronómetros, pesas digitales, laboratorios para medir miradas y sonrisas, etc. El rubro de la construcción tampoco le fue ajeno: imponentes condominios eran levantados por su constructora y se caracterizaban por tener una perfecta (“milimétrica”) delimitación de los espacios, además de murallas altas para siempre mantener al otro como un ajeno, un extraño, “un ser de inferior calidad moral respecto a mí y a mi familia”.

El diablo llegó entonces a hacer poderosas alianzas con grandes organizaciones religiosas y así pudo vender, a módicos precios, pesas, reglas y cronómetros a la entrada de los templos. Estos instrumentos eran usados especialmente por los feligreses a la hora del café posterior para medir cosas como “rectitud”, “generosidad”, “consecuencia”, “integridad” y “consagración” en otros.

La influencia del Belcebú era tanta que nunca fue portada de la Forbes, porque tenía influencia más que suficiente para impedir que publicaran su foto en la revista. Aunque, con su característico bajo perfil de falsa modestia, llegó a controlar el gran mercado de las relaciones humanas, constituyéndose en poderosísimo legislador y juez privado, entregando siempre boleta por sus servicios eso sí.

Pero seamos honestos: el Mefistófeles jamás habría logrado tamaño poder e influencia sobre el cosmos si no fuera porque los hombres, creados para gobernar la creación, se lo permitieron. Un simple acto del corazón humano fue la puerta abierta de par en par que dejó que el diablo se instaurara como amo y señor: hombres y mujeres, ancianos y niños, todos por igual, olvidaron amar.

(Continuará…)

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Ministerio pastoral y pseudo-libertad

presbyterian pastorAlgo ha captado poderosamente mi atención desde hace un tiempo, especialmente trabajando en un Seminario Teológico donde vienen a capacitarse los futuros ministros del Evangelio y después de yo mismo recibir mi formación teológica en un Seminario de más de 120 alumnos y habiendo conocido muy bien, y de cerca, una denominación donde son ordenados más de 300 ministros al año en Brasil.

Algunos anhelan el pastorado como una especie de “tierra prometida” donde ya no tendrán que rendirle cuentas a nadie, donde serán “Ungidos del Señor” contra los cuales es pecado levantar críticas o cuestionar sus decisiones. Eso puede ser verdad en otras tradiciones cristianas, pero no en las de inspiración calvinista. Una de las cosas que más impresionó al ateo Voltaire cuando conoció los efectos de la gloriosa revolución inglesa (de clara inspiración calvinista) fue que en Inglaterra se había logrado “aquel sistema donde el Rey es libre para promover el bien del pueblo, pero lleno de frenos y cadenas para hacer lo malo o volverse un tirano” (paráfrasis mía a partir de una cita de Francis Schaeffer).

En las iglesias de inspiración calvinista se sabe (al menos en sus estatutos) muy claramente qué implica la Depravación Total, tanto en la vida de los creyentes no-ordenados, como en la de los presbíteros y pastores.  Por eso, en el sistema presbiteriano un pastor no puede ser pastor sin estar sujeto a un Presbiterio (los hay, lamentablemente, pero son irregulares), el pastor debe rendir cuentas regularmente al Presbiterio del cual es miembro y (aunque en ciertos círculos presbiterianos se haya perdido esa costumbre) un pastor debe incluso pedir permiso para participar, ejercer docencia o promover organizaciones o actividades paralelas a su denominación tales como organizaciones para-eclesiásticas, iniciativas interdenominacionales, etc.

Los episcopales saben que deben pedirle permiso a su obispo, ¿o no? Pues bien, los presbiterianos que entienden y abrazan la teología de su sistema de gobierno, saben que el hecho de no tener 1 obispo a quien rendirle cuentas o pedirle permiso no significa que no exista alguien a quien rendirle cuentas; significa, de hecho, todo lo contrario: los pastores presbiterianos le rinden cuentas a 10, 15 ó 20 obispos de una vez ¿Quiénes son estos obispos? ¡Sus colegas de presbiterio reunidos en asamblea!

Incluso en el gobierno de la iglesia local, en su Consistorio, el pastor es un primus inter pares y no un superior que manda sobre los presbíteros.

En fin, habiendo mencionado los principios generales, quisiera volver al asunto del inicio de mi post: me ha parecido sumamente curioso cómo, en la vida cotidiana de estos tiempos posmodernos, se da una paradoja en este asunto del deseo de ser pastor. Justamente aquellos que más se quejan, cuando son miembros no-ordenados, del autoritarismo pastoral y del clericalismo, una vez que son ordenados, hacen y deshacen en sus ministerios, negándose a rendir cuentas regularmente por sus decisiones. Tal parece que lo que los anima a criticar la autoridad pastoral (porque muchas veces sus críticas son tan ácidas y hechas con tanta amargura que no se están simplemente quejando del “autoritarismo”, lo que sería válido, sino de la “autoridad” de frentón, lo que ya es pecado), no es son convicciones teológicas-ministeriales profundas, sino pasiones que batallan dentro sus corazones tales como envidia o deseo de poder. Pareciera ser que lo que los mueve a este tipo de críticas es el anhelo por validarse ante los demás, a fin de compensar antiguas heridas en su autoestima, mediante el acceso al poder y al reconocimiento que el ministerio pastoral parece prometerles.

Muchos posmodernos desean el ministerio pastoral porque parecen anhelar “libertad” como sinónimo de “hago lo quiero y no le rindo cuentas a nadie”. Pues bien, eso es todo lo contrario a lo que el Nuevo Testamento enseña acerca del ministerio pastoral: el ministerio es “doulía”, esto es, “esclavitud”. Somos esclavos de Cristo, esclavos de la iglesia por la que Cristo derramó Su sangre, esclavos gozosos y agradecidos, esclavos por amor.

Un llamado a quienes anhelan obispado (que desde una visión reformada es lo mismo que anhelar presbiterato o pastorado): ¡Es un buen deseo! Pero hay que tener cuidado de uno mismo primero y después de la doctrina. Es imprescindible ejercitar el corazón en el consuelo del Evangelio, que nos recuerda que no somos nada especial, somos polvo y barro de este mundo, que Dios escogió y separó por gracia para sus propósitos. Debemos incansablemente ejercitarnos en la verdad de que la adopción como hijos de Dios en Cristo es motivo más que suficiente para afirmar el corazón y que no necesitamos reconocimientos ministeriales públicos, importantes títulos ni grandes logros o emprendimientos de fe para demostrar nuestro valor. Esas cosas podrán venir, si Dios en Su soberanía así lo ha determinado, pero no deben ser el sustento de nuestro corazón. Un ministerio anónimo, humilde, fiel a la Palabra, entregado por el cuidado de las ovejas en una pequeña parroquia, es más deseable que tener el rostro en la portada de un libro, si es que de esa forma estamos cumpliendo el llamado de Dios para nuestra vida.

Estas son tentaciones siempre presentes. Están presentes en mi ministerio y sólo hay 1 cosa que me puede salvar de mí mismo en estas luchas: gracia. Una gracia sobreabundante y poderosa que irrumpa en las inclinaciones pecaminosas de mi corazón como la luz en las tinieblas. ¡Gracias sean dadas a Dios porque ya nos dio esa gracia en Cristo!

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